“En la orgía, como en la revuelta, el esclavo se caga –a veces, literalmente- en el amo (‘las fuerzas de la naturaleza se han desencadenado’, diría Lamborghini). También se lo devora: es una celebración antropófaga, un sacrificio a expensas de la majestad, la jerarquía y el poder, un rito el cual se rompen las reglas de juego que luego volverán a ser ‘santas e inviolables’ (Callois, según Bataille en El erotismo). En las crónicas de Mansilla, los cuerpos y las voces de los otros se rozan, tocan, cruzan e intercambian como si estuviesen revueltos: gauchos refugiados entre ranqueles, frailes, cautivas, paraguayos, tobas, mestizos, mulatos, lenguaraces, minorías o devenires minoritarios, cristianos o paganos. Pero ‘yo no soy más que un simple cronista, ¡felizmente!’ proclamará Mansilla a la vez que se pregunta: ‘qué es filosofar’. La operación tiende a encajar en las reglas de juego de la época, sobre todo en la búsqueda de modos apropiados de representar esas ‘razas’ de indios, negros y gauchos, dentro de la construcción de la nación desplegada entre 1870 y 1880″, escribe Osvaldo Baigorria en “El cronista filósofo vs. el negro del acordeón”, un artículo publicado en el nuevo número de la revista Mancilla. Se puede leer un adelanto por acá.