El museo de Evo Morales

24/09/2017

La carretera es una recta infinita. En los bordes hay paja brava, maleza, arbustos, grietas, y en el horizonte, algunos cerros del color de una tubería oxidada. A izquierda y derecha aparecen y desaparecen algunas viviendas. La mayor parte del tiempo la superficie es pura pampa, a veces ocre, a veces blanquecina. Los postes de luz son lo más parecido a un árbol en varios kilómetros a la redonda. En un surtidor de gasolina, un motorista como los de las películas de Mad Max, con rastas interminables y la ropa salpicada por un polvo minúsculo, escudriña con unos ojos azules tan inquietantes y apocalípticos como el paisaje. En algunos tramos del viaje, las dunas amenazan con comerse el camino. Pero el sol no calienta: hace frío.

En esta tierra recóndita, a seis horas en coche desde La Paz, nació el presidente boliviano Juan Evo Morales Ayma. Un cartel en Isallavi, la comunidad campesina donde aprendió a pastorear camélidos, recuerda la fecha —26 de octubre de 1959— y un letrero con el fondo verde anuncia: “Casa Evo”. La construcción tiene unos siete metros de largo por tres de ancho, las paredes de adobe, el techo de paja, la puerta cerrada y las ventanas selladas, y es similar a las que hay en las inmediaciones.

Una crónica de Álex Ayala Ugarte. Se lee en El País, por acá.

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Los muchachos del tablón

24/09/2017

“Quién iba a decirlo, esta era una auténtica cultura underground, bien marginal. Si hace 30 años me decían que iba a haber una exposición de skate bancada por el gobierno, me cagaba de la risa”, confiesa Emiliano Fredes, docto miembro de la vieja escuela, mientras analiza las cualidades de un modelo 100% nacional, parido en 1979 por la marca Spada, el primer emprendimiento local que fabricó –en Vicente López– tablas, ruedas, bujes y pivotes. Muy cerca duerme la siesta una inmaculada Powell Peralta, diseño exclusivo de Steve Cavallero, patinador sagrado del gremio. “Si tenías una tabla importada como esta, en el barrio eras Maradona. Costaban mucho y no se conseguían, era medio elitista, en esto andaba ‘Chapete’ Lacroze, el nieto de Amalita”, resalta Fredes, cuarentón de Parque Patricios, y recuerda sus primeros escarceos con una patineta casera en las bajadas del Hospital Garrahan: “Nos tirábamos con un amigo y hacíamos ‘catamarán'”.

Una crónica de Nicolás G. Recoaro. Se lee en Tiempo Argentino, por acá.

México: cuando pase el temblor

20/09/2017

La muerte reptó bajo la superficie de la Ciudad de México desde el sur, penetrando hasta los barrios del centro; sólo entonces asesta el primer golpe. Son las 13.14 horas. Caen escombros. Luego toma camino de regreso, pero ahora trepa rascacielos y otras estructuras. Es una serpiente que se muerde la cola. Los daños que provocó ayer el terremoto de magnitud 7.1 forman un cinturón que inicia en la colonia Guerrero, por la antigua terminal de trenes de Buenavista, de donde partió el primer tren en la historia de México en 1873, hoy convertida en la Biblioteca Nacional. Y en la colonia Morelos, donde se encuentra el histórico barrio bravo de Tepito, cuna de José “Huitlacoche” Medel, Octavio “El Famoso Gómez”, Raúl “El Ratón” Macías, Rubén “El Púas” Olivares y Carlos Zárate, estos últimos tres campeones mundiales de box. Ayer, el terremoto noqueó al edificio del Consejo Mundial de Boxeo en lo que fuera el barrio más aristocrático, la colonia Juárez, dentro de la llamada Zona Rosa, bautizada así por el pintor José Luis Cuevas, en tiempos en que la intelectualidad mexicana se reunía en sus cafeterías y casas de té. Sacude al barrio vecino, la colonia Cuauhtémoc, el eje financiero de la ciudad.

Una crónica de Gerardo Albarrán de Alba. Se lee en Página 12 completa, por acá.

 

Suenan los cascabeles

17/09/2017

Será cuestión de fe. “Si puede mover montañas, cómo no me va a ayudar a bailar cuatro horas seguidas”, arriesga Omar Mercado, devoto. Desde el centro de la pista tira unas pataditas al aire junto a otros danzarines, mientras todos hacen sonar los cascabeles que llevan zurcidos en sus pesadas botas. La inmaculada figura de la virgen del Socavón de Oruro no los deja solos, ni de noche ni de día. Es el faro que alumbra el ensayo de la fraternidad: “Algunos bailan para aparentar, otros simplemente para divertirse. Pero los caporales lo hacemos por devoción a la mamita de la mina.” Mercado no tiene dudas: la danza también puede ser una experiencia religiosa.

Una crónica de Nicolás G. Recoaro en Tiempo Argentino, se lee completa por acá.

Las dos vidas de Maxi Kaplan

11/09/2017

Entre noviembre y diciembre de 2007, grabé quince horas de conversaciones con Maxi Kaplan. Nos juntábamos en un restaurant de la avenida Flushing, en Brooklyn, cerca de su casa, y hablábamos sobre su vida antes y después de los atentados del 11 de septiembre de 2001. De esas conversaciones escribí un texto de veintipocas páginas, que Maxi leyó, corrigió y aprobó, con un entusiasmo menor al que me habría gustado, la última vez que nos vimos. Éste es un párrafo de la primera página. Maxi había bajado a la explanada del World Trade Center, a las ocho y media de la mañana, para fumar su primer cigarrillo en cuatro años.

Una crónica de Hernán Iglesias Illa, publicada en Medium. Se lee completa por acá.

Surfistas de la tercera ola

11/09/2017

Lo primero que hay que decir sobre las feministas chilenas, es que tienen razón. No faltan en la vida de la mayor parte de las mujeres chilenas los golpes, las muertes, las violaciones, aunque esos extremos no son más que la metáfora sangrante de un perpetuo estado de humillación, una infinita metáfora de esta minoría mayoritaria, tratada al mismo tiempo como diosas de fertilidad y esclavas que deben agradecer el látigo de la diferencia y la indiferencia que se descarga sobre sus espaldas por un sí y, sobre todo, por un no.

Una columna de Rafael Gumucio en The Clinic. Completa por acá.

Apología del chongo

11/09/2017

La noche está en pañales. Brian, en paños menores. Como carta de presentación, el anfitrión del Golden ofrece a las señoritas su sonrisa de marfil y músculos dignos de un semidiós griego. “No tenga dudas, la primera impresión es fundamental. Mi trabajo es como la chispa que enciende el fuego. Así las chicas van quedando en llamas para el show”, alardea el joven pirómano, ataviado con un asfixiante chupín y fogosos tatuajes. Para completar el look, en su robusto cuello brilla un moñito de etiqueta. El auténtico portero de un infierno encantador.

Mientras ubica a las damas en las mesas, Brian confiesa que hace seis años lleva una doble vida. De día se calza el traje para auditar las cuentas de un hotel. De noche, se lo saca para despuntar el digno oficio de stripper. Arrancó de casualidad, cuando un profesor del gimnasio le vio aptitudes para el baile sensual. Con los años, se curtió en la noche y comprendió que más allá de mantener tonificados los bíceps y bronceado el abdomen, el buen desnudista debe tallar sobre todo su carisma. Y tener la cabeza abierta para brindarse a todos los públicos sin prejuicios: desde los ardorosos boliches donde las mujeres celebran su última noche de solteras hasta las tórridas discos sólo para caballeros. “Es divertido ganarse la vida bailando, siempre hay buena vibra. En definitiva, le damos afecto al público, y todo vuelve.” Esta noche lo custodia su novia: “Cero celosa, lo acompaño siempre que puedo.” Acodada en la barra, la rubia sigue atenta el andar de Brian en la pista. Las chicas lo abrazan, le piden poses para una foto y hasta acarician sus pectorales. Ella ni se mosquea: “Es un laburo como cualquier otro. Pueden mirar, tocar, pero el corazón tiene dueña.”

Una crónica de Nicolás G. Recoaro. Se lee completa en Tiempo Argentino por acá.