Estrés de pez

23/05/2019

estrés de pez

Las piezas que componen este libro son reescrituras de crónicas o “notas” en el sentido argentino y rioplatense del término, escritas durante el período en el que viví en una isla de Tigre, en el Delta del Paraná (2006-2016)… Este es más o menos el inicio del libro que acabo de publicar con Borde Perdido, editado con elegante diseño y arte de tapa de Sebastián Maturano y una simpática contratapa de Marie Miy en la que se lee lo siguiente:

“El Tigre deja de ser un lugar ajeno y desconocido para transformarse en isla con cuerpo, con historia. Esa montaña de verde —de verduras a la lejanía— se convierte en universo paralelo, donde detrás del desencanto se respira, de todas formas, magia.

“La contaminación que se inhala es entrecortada, de a tramos, de forma similar a los peces que intentan sobrevivir a la falta de oxígeno generada por la acumulación de mierda y de lo trash-contaminante, aunque también puede tornarse el lugar más encantado de tus sueños.

“Historias de glifosato y de militantes de los 70 viviendo en el exilio interior, de peces muertos y escritores embrollados en el amor por una isla-enigma, proto-asesinos en serie, mujeres refugiadas de la urbe que sostienen una biblioteca fluvial, un Frente de Liberación Isleño o un Frente Isleño de Liberación, pueden encontrarse en las páginas de Estrés de pez. Un Delta narrado donde aparecen voces foráneas, del guaraní paraguayense al castellano impostado de la “inglesada” colonizadora.

“El Tigre es opaco, reserva su energía, jamás muestra su fondo” escribe Baigorria. Y desde ese fondo desmesurado emergen estas historias sobre lo que significa el llamado de la isla, o el llamado a aislarse. El Tigre es un cuerpo que seduce y el Delta son piernas que piden ser atravesadas, tan enigmáticas como lo descubierto, lo sugerido y lo no dicho en Estrés de pez”.

borde perdido editora

Biografía con pánico y locura

18/05/2019

Allá por los años sesenta del siglo pasado hubo gente que se asustó del libro Miedo y asco en Las Vegas, de la estatura icónica que parecía haber alcanzado su autor y del efecto que tendría en la juventud. Yo no alcanzo a ver el menor efecto en la juventud actual, ¿ustedes sí? ¿Cuándo fue la última vez que vieron a la juventud intentar algo más iconoclasta que bloquear a alguien en Facebook? Me temo que la Generación Millennial necesita conectar un poco con su Hunter Thompson interior. La Generación X también, para ser francos, y mejor no mencionemos a mi propia, decrépita generación. Así que esto va para todos ustedes, zopencos y blandengues de la era virtual. Apaguen sus celulares y sumérjanse en lo más hondo de ustedes mismos. Es hora de empezar a vivir. Es hora de conectar con su Hunter Thompson interior.

Por supuesto, Hunter se suicidó el 20 de febrero de 2005, es decir que a veces ni siquiera él podía conectar con su Hunter interior. Su partida se debió a problemas de salud: ya no podía caminar, ni disparar, ni causar destrozos en su bar favorito, la taberna de Woody Creek. La nota que dejó antes de volarse la cabeza decía: “Se acabaron las travesuras. Se acabaron las drogas y las armas y las bombas y el alcohol. Hasta las caminatas y la natación se han acabado para mí. Ya no sé cómo divertirme. Sesenta y siete años: diecisiete más que cincuenta, diecisiete más de lo que necesitaba. Me quejo y me aburro todo el día. No soy entretenido para nadie. Eso me pasa por ambicioso. Hay que asumirlo y respirar hondo. No va a doler”.

Así empieza la biografía Hunter, escrita por E.Jean Carroll, se lee en Radar por acá

Último tren a London

18/04/2019

Agustín Molina y Vedia analiza “escenas” de lectura argentina en torno a Jack London: la del Che Guevara en sus diarios y la mía en Anarquismo trashumante. ¿Disparatado? No señor(a). Desde una revisión critica del enfoque de Pierre Bordieu sobre la recepción y la circulación de las ideas, se propone una afinidad entre London (y Kerouac en tanto heredero de esa tradición del escritor que se aleja para luego transmitir su experimento en clave autobiográfica), el Che y los vagabundos de los libros de Osvaldo Baigorria (linyeras, Néstor Sánchez, etc.) en el artículo “London al sur. Escenas de lectura argentina en torno a Jack London”, publicado en la revista digital Estudios de teoría literaria, año 5, nro. 9, marzo 2016, Facultad de Humanidades, Universidad Nacional de Mar del Plata.

“Dicho sea de paso, los libros de Jack London en mi infancia (cuenta Osvaldo Baigorria) los leía de la biblioteca de mi padre, el “Pibe Materia” de En Pampa y la vía, croto, obrero panadero y ávido lector autodidacta que apenas terminó el tercer grado de la escuela primaria.”

El artículo de referencia puede leerse en PDF por acá.

Symns: nuevos escritos de un viejo indecente

18/04/2019

“Symns es un escritor; en este tiempo en que cualquier imbécil se autodenomina ‘artista’ y los ejecutivos imprimen creativo en su tarjeta de negocios, Symns es un escritor. Y Symns, como todo escritor, se odia a sí mismo. Hay algo en él que combate su esencia; no sé qué es, pero Symns se suicida, se boicotea, se ama exageradamente, duda de sí o se reza, todo a la vez. Quizá por eso su obra puede verse sólo a la distancia: la ‘carrera’ de Symns no es lineal, no empieza en el under y termina en el best seller. Symns gira sobre sí mismo, como un espiral metiéndose en el centro de la Tierra.” El preciso fresco que acaban de leer lleva la firma de Jorge Lanata y presenta un apartado de Fantasmas de luz, la nueva antología engordada por crónicas, notas y papeles perdidos y reencontrados que Enrique Symns publicó en diversos medios (La Mano, Crítica de la Argentina, Mavirock, THC, Orsai, entre otros), en las últimas décadas. También perlas de los años ochenta.

Poeta maldito, cráneo candente detrás y al frente de la mítica revista Cerdos & Peces, filoso performer del rock y cronista del bajo fondo porteño, el Conurbano y muchos infiernos más. “Enrique fue el escritor más inmerso en un submundo pocas veces tan bien retratado”, espeta el Indio Solari en otro texto del volumen. Territorios tórridos: el San Telmo afiebrado de la post dictadura y el menemato, el Soldati heavy del nuevo mileno, la Santiago fiestera, la eterna y demacrada Mar del Plata fuera de temporada y el siempre fascinante Once inmundo.

Una reseña de Nicolás G. Recoaro en Tiempo Argentino, completa por acá.

Twerking: breve historia del culo y la danza

15/04/2019

Una rápida genealogía enseña que el culo y el baile forman una pareja virtuosa desde hace miles de años. Las ménades griegas, las bailarinas de Gades en la Roma imperial y las danzas sagradas de la India son parte capital de esta alcurnia trasera. En su deliciosa obra Breve historia del culo, el escritor francés Jean-Luc Hennig arriesga que con la danza “se acabó el culo tristón sin energías ni perspectivas en la vida”. Con el ritmo de la danza, explica, el culo se volvió más desenfrenado, más disparatado, más desesperado. Incluso más peligroso. Si hasta en un concilio reunido en 1212, la Iglesia consideró que bailar era, sin más, pecado. Bien temprano habían detectado que el baile era la chispa que encendía la lujuria.

Las mujeres de la Costa de Marfil habían avivado la llama batiendo sus caderas en una danza llamada mapouka. En los ’90, el movimiento Bounce, en Nueva Orleans, tomó la posta y bautizó al estilo con el nombre que llega hasta nuestros días: twerking. El término, incorporado hace unos años al prestigioso diccionario Oxford, tiene un origen etimológico ajeno a la cultura del hip-hop, el reggaeton y el perreo caribeño que le rinden culto en el presente. Fusiona los términos twist (torsión o contracción) y jerk(movimiento veloz o espasmódico). En criollo, de la cintura para abajo, un terremoto bailable.

Una crónica de Nicolás G. Recoaro. Se lee en Tiempo Argentino por acá.

La vida originaria

27/03/2019

La obra de Osvaldo Baigorria deslumbra por el sentimiento de libertad que emanan sus mejores páginas. Indiada es un ejemplo cabal de su estilo único. Una vida rica en la experiencia que se ve reflejada en su propuesta narrativa abierta a la oralidad y sus marcas indelebles, como su sesgo multiculturalista. El presente libro está compuesto por cinco relatos donde erotismo y delirio encuentran una prosa permeable a la invención. Escenarios que llevan al lector a las pampas argentinas de mediados del siglo XIX, en plenos festejos del cincuentenario de la independencia de 1816, pero también a las comunidades hippies de los bosques canadienses de los años 60 y 70. Historia, mitología, experiencia personal e imaginación no tardan en mezclarse para enriquecer el modo en que aparece y desaparece el mundo indígena en la literatura y la historia argentina. Por sus páginas barrocas, profundamente lúdicas y líricas, indígenas, negras cuarteleras, soldados de fortín, oficiales de carrera, hijas de estancieros, entre muchos otros, se entremezclan en un crisol de posibilidades sin distinción de rango, etnia o lengua.

Una reseña de Indiada firmada por Augusto Munaro, se lee completa por acá.

Qué tren, qué tren

26/03/2019

El club surgió a principios de los ’90, años oscuros en que los ferrocarriles comenzaron a recorrer el camino inverso al progreso que había marcado su historia en el país. La máxima menemista “ramal que para, ramal que cierra” fue el golpe de nocaut para los trenes nacionales. Quedaron en Pampa y la vía. “Los pueblos del interior que vivían a la vera del tren, las cosechas rumbo al puerto, todo eso dejaba de existir. Más allá del hobby, el club rinde homenaje a esas formaciones”, asegura el tesorero Raúl Guzmán, con un tono crítico que remeda a otro gran ferrófilo, su tocayo Scalabrini Ortiz.

Esta tarde, Martín hace correr una locomotora Alstom, la primera diesel que tuvo la línea Roca. El lustroso bólido acarrea sin transpirar unos vagones ganaderos. “Los hice cuando tenía diez años, hace más de treinta. Cada varilla está cortada y pintada a mano. Les tengo mucho cariño, los vi nacer”. El paciente modelista explica que a los pibes de ahora les cuesta engancharse: “Ponen un simulador y ya está”. Aunque aprovecha la digitalización, la vieja escuela no arría la bandera analógica.

Enrique picó el boleto del modelismo en 1963. El hobby, dice, le permite disfrutar un viaje mental al escenario añorado. Fija la mirada nostálgica en los rieles y regresa a su patria de la infancia: “Hurlingham, tomando la merienda con mis viejos bajo unos eucaliptus, junto a las vías. Pasa el San Martín, con sus vagones de madera gastada. El humo, el silbato, tantos recuerdos… El tren era importante y ser ferroviario, un orgullo”.

Una crónica de Nicolás G. Recoaro en Tiempo Argentino, por acá.