De la cabeza

14/10/2018

La dueña de la sombrerería Maidana tiene un don muy especial. Cuando un cliente entra a su local, Adriana demora una fracción de segundo en adivinar el talle preciso para su cabeza. “Debe ser la vista de sombrerera –explica–, herencia de mi familia, que tiene más de un siglo en el rubro”. Su padre, su abuelo y su bisabuelo fueron sombrereros, y sus hijos dan una mano. Todos son auténticos artesanos de la buena sombra.

Con sus variados diseños, los Maidana han dado elegancia, estilo y reparadora protección a las cabezas de varias generaciones. Sin dudas, entrar a este clásico local de la avenida Rivadavia al 1900 es una invitación a recorrer la historia familiar. Como la tarde viene floja, por la crisis y la ausencia de clientes, Adriana se toma el tiempo necesario para repasar las andanzas y desandanzas de sus antepasados en el gremio.

Cuenta que el primer miembro del linaje fue Luis Maidana, migrante italiano llegado al puerto de Buenos Aires a principios del siglo XX: “Mi bisabuelo aprendió el oficio en Europa. Piense que Italia es la cuna del borsalino. Acá arrancó marcando tafiletes, el cuero que va dentro de la copa. Trabajaba para varias casas”. Al poco tiempo, una idea le empezó a dar vueltas en la testa: ser su propio jefe. Entonces, Luis se asoció a otro obrero y empezaron a producir bombines y otras variedades en un caserón de Palermo. Los primeros años fueron duros, pero lograron abrir un local sobre la calle Victoria, frente al antiguo Senado.

El sombrero era todavía un signo de distinción patricia, aristocrática y por demás elitista. El poder siempre se sube a la cabeza: desde el chambergo de Bartolomé Mitre hasta las galeritas de la UCR antipersonalista de Marcelo T. de Alvear, pasando por el bicorne emplumado de Roca. En las antípodas estaba Hipólito Yrigoyen, que prefería diseños más populares como el bombín, heredero directo del jipijapa con que San Martín cruzó los Andes o el gorro frigio del escudo nacional. Adriana asegura que el “Peludo” era cliente asiduo de la casa. Dejaba su gastado hongo de fieltro para que lo reparara Maidana.

Una crónica de Nicolás G. Recoaro en Tiempo Argentino, se lee completa por acá.

Postales salvajes

13/10/2018

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En la primera postal se ve un curtido mapa de Norteamérica. Una línea tatuada con fibra gruesa se mueve a los tumbos desde el extremo sur del continente. Cruza la frontera del Río Bravo y atraviesa San Bernardino, Los Ángeles, San Francisco y se pierde en el infinito canadiense y más allá. El viajero ducho sabe que la cartografía oficial es solo una guía. Nunca es el territorio.

El mapa personal es otra historia. Muchas historias. La de Osvaldo Baigorria arranca hace más de cuatro décadas: “En enero de 1974 salí en tren y en parte a dedo a un viaje que me llevaría casi once año de búsqueda por territorios de la contracultura que se propagaba desde y hacia la Costa Oeste norteamericana”. Las primeras líneas de Postales de la contracultura: un viaje a la Costa Oeste (1974-1984), flamante libro editado por Caja Negra, son el punto de partida para que este escritor y periodista peregrino, nacido y criado en el barrio porteño de Mataderos, ensaye un fascinante ejercicio de memoria.

A partir de decenas de bellísimas postales salvajes, que capturó con las lentes de una Leica IIIC -perdida on the road- y una Pentax K 1000, Baigorria se anima a trazar un mapa personal, pero sobre todo epocal, de sus fugas y derivas de más de una década. Un documento que echa un haz de luz sobre el pasado pisado. Pero también sobre el oscuro presente y, por qué no, el incierto futuro que nos tocará recorrer.

Soltar amarras. La pulsión nómade de Baigorria floreció a principios de los ’70, con las últimos calenturas que regalaba el “verano del amor” sesentero en estas pampas. En ese tiempo, el joven Osvaldo –miembro activo del colectivo Política Sexual- se lanzó a la aventura. Como un fugitivo, decidió escapar de la Buenos Aires opresiva y policial, previo al baño de sangre del Proceso militar. Tomó su pesada mochila, alambres y herramientas para forjar artesanías, y partió para hacerse la América rumbo a la tierra prometida de la contracultura.

En el horizonte divisaba un paisaje imaginario, enclavado en la occidental costa brava estadounidense. California dreaming. Paraíso del amor libre, las drogas, la psicodelia, el rock, los hippies, los poetas beat y la vida comunitaria. Cuando llegó a destino, el panorama era muy distinto: “Mi experiencia fue otra también porque el ‘afuera’ en el que me hallaba no era el de un cronista de Life o de Look que venía a observar el boom del hipismo en la Costa Oeste sino el del chico argentino que había querido participar de esta movida aunque arriba años más tarde, sin entender todo lo que estaba sucediendo a causa de la barrera del idioma aunque sin barrera ni prejuicio contra la cultura de la contracultura. La frustración era doble. No había llegado a vivir en el Haight-Ashbury en el ’67 ni en el ’74. California era una tierra prometida difícil de alcanzar hasta para los que nacieron en el medio de la promesa.” Laburar de sirviente con cama adentro en Silicon Valley, cuidar ancianos y aprovechar el pan de cada día que ofrecían los templos religiosos de Frisco eran también una forma alternativa de acercarse a la contracultura. Experiencias de migrante, latino y pobre. Devenir minoritario.

Engordado por más de 40 postales y 70 potentes crónicas, divididas en tres apartados –“La ruta”, “La ciudad” y “El bosque”-, el libro de Baigorria se aleja de la saudade y el tono melancólico para explorar un sendero que se bifurca ante la reflexión sobre la(s) contracultura(s), desde aquellos años tórridos hasta nuestro frío presente. En Postales… hay espacio para todes: los beatniks, los pibes del flower power, las Panteras Negras, los yippies del Youth International Party (YIP), los ecologistas, las feministas, los drop outs, los freaks, la prensa alternativa, los nudistas, los desertores del hogar, de la escuela y del servicio militar… Nosotros versus ellos.

Se recuerda también a los compañeros de ruta, fiesta, cama y bosque. Como Hugh Elliot, un ingeniero autodidacta inglés que llevó la electricidad a los profusos bosques de Argenta, en la Columbia Británica canadiense, la comuna donde Baigorria ensayó su propio “retorno a la tierra” después del stop californiano. O Fernando González, un chicano pacifista ex combatiente de Vietnam que atendía un sex shop en Frisco. También la familia Stevenson: cuáqueros, enemigos de las guerras y siempre solidarios con los evasores de la cruzadas militaristas.

Memorias, ensayo, crónica de viaje, manifiesto, manual de supervivencia… El libro de Baigorria es difícil de clasificar, como toda su fascinante obra. No lo dude, querido lector, rompa el chanchito y cómprese un ejemplar. O siga el consejo del anarco Abbie Hoffman: vaya a una gran cadena de librerías, fíjese si el empleado está distraído y cometa un acto de justicia contracultural. Robe este libro.

Una reseña firmada por Nicolás G. Recoaro en Tiempo Argentino.

El héroe del whisky

27/09/2018

Los retratos de la dinastía Walker, los caminantes Alexander I y II, dan la bienvenida al Museo del Whisky. La sala es una pinturita. En las vitrinas lucen sus pócimas botellas de todo el globo. Las de fina etiqueta japonesa, la conmemorativa del casamiento de Lady Di y su príncipe infiel y hasta la que degustaron los pasajeros del Concorde en su vuelo de bautismo. Reigosa dice que probó el néctar de casi todas. ¿Su truco? Conseguir siempre dos ejemplares: uno para coleccionar, el otro para compartir con amigos.

Cuenta que erigir el museo fue más duro que vencer a la peor resaca. Invirtió lo que no tenía y trabajó más de dos años codo a codo con los albañiles para hacer realidad su sueño. “Hace poco, una empresa francesa me quiso comprar la colección. Les pregunté cuánto pagarían por una vida. Porque estaba en juego la mía. Todo esto queda para mi hijito Lorenzo, el heredero al trono.” La reina madre de la antología etílica es la Royal Salute 50 años, valorada en más de 40 mil libras esterlinas, una edición especial de 225 botellas.

Párrafo aparte merece la 62 Gun Salute, lanzada al mercado para celebrar el cumpleaños de la reina Isabel. Reigosa asistió al ágape. “Me costó ir. Justo coincidía con el cumpleaños de mi vieja. Además, lo charlé con mis compañeros excombatientes. Me dijeron que fuera, que los hiciera quedar bien.” Alquiló un smoking en el barrio y se mandó para la capital del imperio: “Sólo tres argentinos conocemos a la reina en persona: el ‘Turco’, Adolfito Cambiaso y quien le habla. De Villa Urquiza al Palacio de Buckingham, quién lo iba a pensar”.

Al despedirse, Reigosa convida una copa de Dylan Thomas, la etiqueta que rinde culto al brillante poeta que, cuentan las malas lenguas, pasó a mejor vida luego de beber 18 medidas al hilo. Una proeza digna del escritor galés. ¡A su salud! «

Una crónica de Nicolás G. Recoaro, publicada en Tiempo Argentino, se lee completa por acá.

El regreso del malón

09/09/2018

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Vaca muerta

09/09/2018

“¿Te acordás cuando comíamos asado?” La pregunta se escucha al pasar frente al Museo de la Ciudad, en el corazón del casco histórico porteño. Con la ñata contra el vidrio, a una jubilada se le van los ojos al ver las piezas que integran la exquisita muestra “Carne”, recientemente inaugurada en el edificio de Defensa y Alsina. En una época que vuelve a ser de vacas flacas, no es extraño que la carne bovina se convierta en objeto digno de museo. Y aunque todavía conserve el primer puesto en el podio culinario nacional –41,2 kilos per cápita por año–, cada vez pasa más lejos de la mesa de los argentinos.

Traspasar la plástica, muy colorida y desflecada cortina kitsch que cubre el acceso al museo permite repensar la relación que enlaza a las vacas, su carne y derivados con el metafísico ser nacional. Desde hace siglos, son el pan de cada día de los habitantes de este suelo. Vaquerías, saladeros, mataderos, frigoríficos: los bovinos marcaron a fuego el modelo de país. “Desde hace un tiempo, el museo decidió mostrar cosas que, de tan evidentes, no las vemos. El año pasado fue el alfajor, ahora la carne, un producto que forma parte de nuestra vida cotidiana: en cada cuadra hay un carnicero amigo, y en la ciudad quedan los vestigios de la industria de la carne”, explica Ricardo Pinal, director de la institución.

La exposición se nutre del aporte de coleccionistas privados, de obras de los museos de los Corrales y de Zárate, del Mercado de Hacienda, del Sindicato de la Carne y de muy diversos artistas e investigadores ligados a la plástica, la literatura y el cine. “Carne” ofrece un menú bien diverso, segmentado en dos platos fuertes: la cocina de la industria cárnica y la guarnición cultural.

Una línea de tiempo permite recorrer los grandes hitos del país de las vacas. Arranca con la travesía desde el Brasil hasta la Pampa que realizaron en 1556 los hermanos Goes con siete vacas y un toro semental. Culmina cuando las exportaciones de carne llegaron a las 330 mil toneladas en 2008, durante el tórrido lockout sojero por la resolución 125. En el medio, la creación del primer frigorífico en 1883, o el asesinato del senador Enzo Bordabehere, en medio de las denuncias de Lisandro de la Torre por los negociados del nefasto pacto Roca-Runciman. Los trabajadores de la carne, que robustecieron los músculos del naciente peronismo, el 17 de Octubre del ’45, también tienen su espacio.

Cuadros al óleo de bifes, lomos y mollejas, firmados por Micaela Gauna, adornan las paredes. También obras más populares: el Patoruzú de Dante Quinterno, la Vaca Aurora dibujada por Mirco Repetto y un grabado del maestro Carlos Alonso fechado en 1976, cuando los militares convirtieron a la Argentina en un matadero.

La instalación, que replica una carnicería del siglo XX, es otro detalle de color de la muestra. Y los afiches originales, a 50 años de su estreno, del mítico film Carne, regalan la carnosa imagen de Coca Sarli.

El cierre del paseo tiene su broche de oro justo enfrente del museo, donde una improvisada parrilla al paso ofrece choris, patys y jugosos sánguches de bondiola a precios populares. “¡Ochenta pesos el chori con chimi! Todavía no aumentamos”, asegura el comerciante. Un aplauso para el asador. «

Una crónica de Nicolás G. Recoaro, publicada en Tiempo Argentino, por acá.

Hongos: la vida debajo del sombrero

02/09/2018

En el bosque hay un duende regordete. Sonrisa dibujada, larga barba ya canosa, cuerpito por demás macizo y, por supuesto, gran bonete. Reposa relajado, quizá algo solemne, duro como toda buena estatua. “A veces pienso que debo tener algo de estos enanos. Y no lo digo por la barriga, sino por cómo me gustan los hongos. Son mi pasión”, dice Gabriel Terzzoli, entusiasta micófilo y dedicado productor de muy diversas especies del reino funyi en la Villa de Merlo, provincia de San Luis.

“Primero, aclaremos los tantos –dice el caballero–: ni animales ni vegetales, los hongos son un reino aparte, del que no se sabe demasiado y todavía queda mucho por estudiar. Hay 250 mil especies conocidas, pero más de un millón y medio por describir. Tienen rasgos del reino animal. Por ejemplo, el gameto masculino es igual al del espermatozoide. Y también son seres que responden a los ciclos circadianos, los ritmos que tenemos los individuos de una especie. ¿Sabía que los humanos compartimos el 30% de los genes con los hongos? Pero vamos más despacio. Ya le dije que soy un apasionado, por eso creamos este espacio.”

Terzzoli detiene su apasionado relato por unos segundos, otea el bosque al fondo de sus dominios puntanos como para tomar envión, pasea por los senderos de su memoria y luego se larga a recordar la génesis de MundHongo, el proyecto productivo que le cambió la vida para siempre: “Con mi familia queríamos estar más cerca de la tierra. Los hongos nos dieron esa posibilidad. Acá estamos, creciendo de a poco.”

Una crónica de Nicolás G. Recoaro, se lee completa en Tiempo Argentino, por acá.

Ginsberg para todes

28/08/2018

Vi las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, hambrientas histéricas desnudas/ arrastrándose por las calles de los negros a la madrugada en busca de una droga furiosa”, dice el célebre inicio de “Aullido” en sus versiones más actuales y la que se encuentra en Ginsberg esencial es una de ellas, pese a que reitera el discutible “colérico pinchazo” que aparece en ediciones españolas como traducción de angry fix.

Son detalles: es mérito de esta antología de más de 500 páginas haber reunido las piezas más célebres del poeta central de la generación beat junto a su temprana poesía narrativa de fines de los años 40, como “La hora del almuerzo del albañil”, hasta las canciones con partituras y las rimas del hospital en “Muerte y fama” de fines de los años 90, pasando por joyas como “Sutra del girasol”, “Por favor, Amo”, “Confesión del ego” y “Sutra del vórtice de Wichita”, entre otras traducidas por Rodrigo Olavarría, a las que se suman numerosos textos menos conocidos o hasta ahora inéditos, incluyendo artículos, entrevistas, diarios, cartas y otras muestras de una potente prosa traducida por Andrés Barba.

Dado que el conjunto fue compilado por el editor Michael Schumacher en orden cronológico, Ginsberg esencial funciona como una autobiografía involuntaria y en fragmentos, perfecta introducción para lectores principiantes y bibliografía obligatoria para fans que creían haber leído todo de un autor que nunca escribió sus memorias porque suponía –con razón– que bastaba con su obra para dar cuenta de su vida. El esfuerzo de los traductores, aun con altibajos, se sostiene con dignidad en la tarea de reponer la atmósfera de textos escritos mayormente para ser leídos en vivo y en voz alta.

Esto último pude constatarlo cuando en 1975 tuve la oportunidad de escuchar y ver en escena a Allen Ginsberg recitando frente a miles de personas en San Francisco. Desde ese momento, creo que las versiones impresas en castellano siempre serán insuficientes aun cuando puedan captar el clima, el espíritu, el componente activo de un discurso construido desde las entrañas y la garganta.