El día más triste de los libreros del Parque Rivadavia

14/01/2019

La grúa hunde sus dos dientes afilados bajo el puesto 84. La veterana casilla de la feria de libros, revistas y discos del Parque Rivadavia se entrega mansa a los empleados del Gobierno de la Ciudad. La batalla para mantener su espacio original, que ocupa desde hace décadas, está perdida.

“Se lo resumo en dos palabras: absoluta tristeza, eso es lo que sentimos hoy”, dice, apenado, Fabián Torres, curtido vendedor de exquisitas obras literarias y delegado de los feriantes. Desde el año ’90 se gana el pan en el parque, en el puesto 97, reubicado precariamente sobre la avenida Rivadavia desde el último y auténtico día de miércoles.

Con paciencia infinita, Torres desembala, limpia y acomoda unos textos clásicos de Walter Benjamin, Pasolini y Bukowski sobre los estantes. “Esta es una mudanza distinta, que nos mueve todo: la estructura de laburo, pero también nuestra relación personal y afectiva con el parque. Hicimos de todo, la verdad: juntamos más de  5000 firmas, hicimos un festival, fuimos a ver a la gente de Patrimonio Histórico, convocamos a las organizaciones vecinales, hablamos con S.O.S. Caballito, pero no hubo caso. Con la sanción del nuevo Código Urbanístico en la Legislatura, donde figura la posibilidad de apertura de la calle Beauchef, ya no hubo vuelta atrás.” La decisión, en definitiva, les dio la espalda y se tomó a partir de una encuesta online realizada por el Ministerio de Ambiente y Espacio Público porteño, apenas difundida, en la que votaron poco más de cien vecinos.

Una crónica de Nicolás G. Recoaro en Tiempo Argentino, se lee completa por acá.

El hombre que amaba las muñecas

08/01/2019

Una tarde de principios de los ’60, en los brazos de su pequeña dueña, la sonriente Rayito de Sol dejó de hablar. Los padres de la nena le cambiaron la pila, pero no pasó nada. La beba de plástico seguía muda. Ese fue el primer caso que tuvo que atender Sofanor Julio Roldán. “Me la trajo una vecina. Era una muñeca de industria nacional, pero tenía un mecanismo japonés –recuerda el hombre de peinado beat algo canoso, sentado en el ambiente principal de su taller–. La desarmé y le arreglé los contactos. Una cirugía menor.” Al salir del improvisado quirófano, la Rayito, resplandeciente, había recuperado la palabra. Con dos de sus empalagosas frases pregrabadas, certificó su buena salud: “¿Te gusta mi nuevo vestido? ¡Vamos a la plaza!” Al joven Roldán se le dibujó una sonrisa. Había descubierto su vocación. Un oficio para toda la vida. Sería “doctor” de muñecas.

Tenía apenas 15 años. Cordobés, había llegado a Buenos Aires de la mano de un tío, a finales de los ’50. “Nací en Tulumba, pleno campo y sierra. Ranchito con techo de paja y suelo de tierra”, dice con tono campechano y deja ver sus manos curtidas. Con esas manos fabricó sus primeros juguetes campo adentro. Recuerda que no le gustaba jugar con la gomera. Julito prefería forjar muñequitos de adobe.

Por aquella reparación inicial, decidió no cobrarle ni un peso a su vecina. La señora le pagó recomendando sus virtudes en el barrio. Dos semanas después, cuatro o cinco heridas damiselas esperaban su turno en la mesita de luz del joven galeno. “Desde que arranqué me hice llamar doctor, porque ese es mi trabajo –dice Roldán, ataviado con un inmaculado guardapolvo–. Esta es una auténtica clínica de muñecas. Ellas tienen que ir al médico, como los seres humanos.”

En poco tiempo y a pura maña, supo ganarse su lugarcito en el gremio. Su formación profesional la completó con el gran maestro Betancourt, figura capital en el arte de resucitar juguetes. “Fui su aprendiz. Pasaba a buscarme en su Renault Gordini y me llevaba al taller que tenía en Lugano: un galponcito al fondo de la casa, con todas las piezas ordenaditas. Casi una terapia intensiva.”

Con Betancourt aprendió los secretos de la reparación y las particularidades de cada ejemplar. La anatomía, los materiales, la diversidad de pegamentos y hasta el devenir de las modas. También el código ético profesional: “Me dijo que chicos iba a haber siempre, por eso nunca iba a faltarme laburo. Con él entendí sobre todo que la muñeca es un regalo muy particular, que se queda grabado para siempre en la memoria de los más chiquitos, que es un miembro más de la familia. Sé que arreglo muñecas, pero en el fondo, mi oficio es recuperar valores afectivos”.

Muñecas bravas

En su clínica de Venezuela al 3700, pleno barrio de Boedo, hay pilas y pilas de muñecas y muñecos. De plástico, de silicona, de porcelana, de trapo, de madera, rubias, morenas, pelirrojas, italianas, alemanas, argentinas, inglesas, japonesas, Piel Rose, Rayito de Sol, Yoli-Bell, Shirley Temple, Gracielita, Marilú, clásicas, modernas y también decimonónicas.

Cada una guarda una historia. Cuenta Roldán que muchas huyeron de las guerras, padecieron migraciones forzadas y atravesaron océanos para hacerse la América. De repente, posa su mirada en una blonda Lenci italiana que atesora en su caja original y reflexiona: “El otro día vi una foto de una familia africana que intentaba llegar a Europa en balsa. La mamá, el papá y una nena. ¿Sabe qué llevaba la nena en sus manos? Por supuesto, una muñeca. Usted no se puede imaginar el valor afectivo que va a tener ese juguete en el futuro. Por eso siempre digo que el secreto de este trabajo es el amor. El amor que le pongo para revivir un tesoro familiar”.

En el consultorio duermen la siesta varias bebotas de más de 30 abriles. También muñecas de belleza eterna que superan el siglo de vida: “Esta de flequillo es francesa y tiene 105 años. Mire esa carita, esa expresión, la boca abierta. Los franceses exploraron el camino de la calidad y el detalle. Los alemanes son maestros en la porcelana. Y crearon los malcriados, otro clásico”. Casi sacados –pero esto Roldán no lo dice– de una película de terror.

El trabajo de don Julio es variopinto y, sobre todo, muy detallista. Implanta pelucas sedosas, cambia ojos radiantes, recauchuta piernitas y bracitos y tiene destreza para tratar las diversas parálisis que aquejan a sus pacientes.

“No hay dos muñecas iguales –asegura–. Siempre tengo que pensar cómo solucionar cada rotura y eso me mantiene ágil. Hay veces que no le encuentro la vuelta y me voy a casa con el trabajo en la mente. Por ahí me tiro a dormir y sueño cómo arreglarlo. Esto tiene mucho de creativo, pero también de magia.”

Esta tarde, Roldán dedicó largas horas al trasplante de los ojos de vidrio color ámbar de un ejemplar de bebote germano. De paso, aceitó el mecanismo que le permite abrirlos y cerrarlos. El profesional prefiere respetar a rajatabla el diseño de fábrica de cada variedad. Aunque, muchas veces, su sello de autor se filtra en las curaciones. Como médico, respeta el juramento hipocrático, pero también es un eximio artista.

De las miles de pacientes que pasaron en los últimos 50 años por su consultorio, el doctor Roldán no duda ni un instante a la hora de elegir a su fetiche: “Hace un tiempo me trajeron un autómata francés de mediados del siglo XIX. Tenía una finísima cabecita de porcelana y un vestido de terciopelo. En las manos sujetaba un peine y un espejito. Por dentro era como un humano, pero en vez de venas tenía alambre y una cajita musical. Lo trajo una señora, era de su madre. Fue un laburo difícil, de varias semanas. Al final, volvió a la vida. La dueña no lo podía creer. Para fin de año, me regaló dos botellas de champán.”

¿Y si hacemos un muñeco?

La obra cumbre de Roldán brilló en mil y un escenarios de nuestro país. El doctor cuenta que tuvo el honor de clonar a quien, para muchos, es el muñeco más famoso de la historia argentina: Chirolita. “Vino Chasman a la clínica y me comentó que andaba necesitando un muñeco suplente. Me dijo que con los viajes y el ajetreo, el Chirola original andaba medio descajetado. Me mandé a laburar de una”, recuerda el tordo.

La tarea fue titánica, digna de Geppetto. Casi un año de frenético trabajo para darle vida al personaje: “Primero elegí el torso. Un modelo Jumeau francés al que le serruché la espalda. Le puse una cabeza alemana y le agregué un palo de escoba para manejar los movimientos. Y una peluca rubia. Cuando lo probó Chasman, no lo podía creer.” El sueño del ventrílocuo hecho realidad. Roldán muestra las fotos y no hay dudas. Chirolita luce rejuvenecido, atlético y hasta más pintón. “Creo que ese muñeco, por su agilidad, le dio una vuelta de tuerca al show. Cuando murió Chasman, vinieron de la asociación de ventrílocuos a preguntar si sabía dónde estaba el muñeco. Pero lamentablemente no sé nada.”

En estos tiempos de juguetes descartables y pasatistas, el doctor Roldán no se ensaña con el avance tecnológico. “En realidad, esas cosas me favorecen. Porque estas muñecas que me rodean son eternas. Si va a una juguetería, se puede comprar una muñeca china por dos mangos. Pero en el fondo son un curro y encima hacen mal a la salud. Estas muñecas guardan historias. Historias de afecto. Y eso no se puede comprar.”  «

Una crónica de Nicolás G. Recoaro publicada en Tiempo Argentino, por acá.

Lemebel oral

01/01/2019

Abierta y dispuesta al escrutinio mediático aunque desconfiara y no le gustasen las preguntas armadas desde el prejuicio, esa loca que nunca salió del closet porque siempre estuvo afuera, según decía, ya que no tenía ni un armario en su casa proletaria del Zanjón de la Aguada, ahora despliega sus alas con gracia en Lemebel oral, libro de 40 entrevistas compiladas y anotadas por Gonzalo León, además de un posfacio escrito por Alejandro Modarelli que traza un conmovedor perfil del “coliza cetrino, izquierdista y de pobla” que fue Lemebel hasta sus últimos días de 2014 cuando el cáncer había convertido a su garganta en una “gruta expuesta a las miradas”.

El cronista-poeta debía saber que la entrevista es una escena de cierto cuestionamiento, poder e inquisición. Y quizá no le hizo falta leer a Barthes para deducir que aunque un periodista parezca un “policía bueno, que te da la palabra y te da publicidad”, la voz distante y la influencia del medio siempre impondrá su presencia en la edición de ese interrogatorio. Pero se las arregló para escapar o dominar la escena con gran estilo, asistido por su velocidad de reflejos, en entrevistas con y sin firma en Chile, Perú o Argentina, de reporteros más o menos famosos y otros no tanto, incluso colaboradores de esta misma revista. Preguntan Flavia Costa, Julián Gorodischer, Cristian Alarcón, Martín Lojo, Andi Nachón, entre otros, y Lemebel responde siempre con inteligencia, humor y desparpajo a los mejores y a los peores interrogantes. “¿Barroco? Agrégale, caca, marihuana y un poco de deseo homoerótico”.

Una reseña de Osvaldo Baigorria en la Revista Ñ. Se lee completa por acá.

Vida de perros rescatistas

26/12/2018
Con una sonrisa, la lengua afuera y, por supuesto, moviendo la cola. Así da Rocha la bienvenida a la oficina de la Unidad Canina de Búsqueda y Rescate Bomberos Voluntarios Vuelta de Rocha. El cuartel está enclavado en la calle Garibaldi. A cien metros, el barrio de La Boca besa el Riachuelo.
A la perrita la escolta Daniel Condoleo. Es el director del cuerpo, rescatista curtido y compañero inseparable de la labradora negra. “Estamos juntos hace ocho años. Ella es mi primera perra preparada para búsqueda. La traje cuando tenía apenas dos meses, era una bolita; ahora la gorda está veterana. Pero todavía le falta para pasar a cuarteles de invierno”, explica Condoleo con un mate tibio en la mano, mientras Rocha descansa a pata suelta sobre un sillón.
Hace una década, algo saturado de su trabajo como radiólogo en el Hospital Ramos Mejía, Condoleo decidió darle una vuelta de página a su vida. Para ello unió dos grandes pasiones: la solidaridad y los animales. “Como que me cansé del trabajo rutinario con humanos, me absorbía mucha energía –cuenta–. En paralelo, se me despertó la veta solidaria y también por investigar el trato con los perros”. Así llegó al cuerpo de bomberos voluntarios, y al universo del adiestramiento. “Vengo de familia perrera. No tengo recuerdos de mi casa sin pelos en el piso”. Autodidacta, leía artículos y miraba El Portal de las mascotas en tevé, hasta que arrancó con cursos más especializados: “Primero lo básico: saber condicionar al perro para que haga lo que le pidas, que se siente, se quede, se eche. Después ya me largué con herramientas más avanzadas para la búsqueda de personas”.
Un día cayó con la idea en el cuartel: les propuso a sus compañeros armar la unidad canina. “Arrancamos desde cero. Todo a pulmón, como buenos voluntarios. Era una experiencia inédita y le dimos nuestra impronta”. Desde su nacimiento, el equipo se planteó romper con los crueles paradigmas que regían la relación entre humanos y perros de trabajo: “En el pasado, el perro hacía algo por miedo al castigo. No nos gusta el maltrato a los animales ni a nadie. Nosotros aplicamos técnicas alternativas de aprendizaje. Para ellos –señala a la labradora que duerme–, el trabajo de búsqueda es como un juego. Y también lo hacen para que su dueño se sienta bien”.
Esta ideología se materializa en prácticas. Por ejemplo, los canes de la unidad no pasan sus días confinados. “No tenemos caniles. Los perros están en nuestras casas y son miembros de las familias. Más o menos dos veces por semana nos juntamos a entrenar y cuando hay que ir a trabajar, les ponemos el arnés, les damos una orden y entran en modo de búsqueda. El resto del tiempo, son perros hogareños”.
Rocha no es la excepción. Vive en Palermo con Condoleo, su esposa y una coqueta yorkshire terrier. Los otros seis integrantes de la patrulla canina –Clara, Uma, Quela, Daga, Monique y Max– también comparten hogar con los 13 rescatistas que le ponen el cuerpo a la unidad. “Canela fue una perrita mestiza que me acompañó en los inicios y que me enseño todo –recuerda el bombero–: la riqueza del lenguaje canino y cómo arrancar a decodificarlo, leer pequeñas señales: cómo mueve la cola, en qué contexto. Y con Rocha siempre aprendo algo nuevo. Eso mejora nuestro trabajo como pareja de rescatistas. Esto es siempre un trabajo en equipo”.
Una crónica de Nicolás G. Recoaro en Tiempo Argentino, se lee completa por acá.

La política sexual de Perlongher

13/12/2018

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Viaje al mundo de un terraplanista

11/12/2018

“Los satélites no existen”. El título del artículo posteado en Facebook primero llamó su atención. Se sabe: el algoritmo de la red de Zuckerberg es infalible para dar en el target. El muchacho dudó un instante, dos o tres segundos, hasta que decidió darle una oportunidad a la lectura. Tomó coraje y le dio click.

“Era 2015. Estaba investigando en la compu, convaleciente, recuperándome de una operación de rodilla. Antes de ponerme a leer, pensé que era una estupidez. ¿Cómo que no existen los satélites? Por mi trabajo yo había usado un software para simulación de partículas para una publicidad del History Channel. Lo que me llamó la atención fue que el artículo estaba firmado por un ingeniero en telecomunicaciones, muy bien fundamentado, con muchos tecnicismos. Cuando lo terminé, se me había abierto la puerta de otro mundo: el terraplanismo”, dice Lautaro Iru Fernando Landucci, sentado frente a dos monitores encendidos, en uno de los ambientes de su productora audiovisual enclavada en Calle 13, pleno centro de La Plata.

Landucci tiene 37 años y se gana la vida como técnico en efectos visuales, pero es, sobre todo –según se define–, un apasionado por las “mal llamadas” –aclara– teorías conspirativas. Durante un lustro le puso voz a una columna dedicada a ese difuso gran tópico en pequeños programas de FM. La masonería, el asesinato de Kennedy, los ovnis y el “Nuevo Orden Mundial” son materias a las que ha dedicado largas horas de estudio, quemando sus pestañas en la Web.

Pero más allá de estos pergaminos, el currículum de Landucci va ganando notoriedad como divulgador de una “teoría” que (¡en pleno siglo XXI!) sostiene que la Tierra, lejos de ser un esferoide oblato, es más plana que una plancha. Entre otros principios, los terraplanistas afirman que no existen evidencias empíricas de que el planeta gire alrededor del Sol. Mucho menos de que el hombre haya dado siquiera un pequeño gran paso para la humanidad sobre la superficie lunar.

“Antes vivía en el heliocentrismo y la historia oficial de la NASA –dice Landucci, categórico–. Pero cuando comencé a investigar, surgieron las dudas. No te hacés terraplanista de un día para el otro.” La mayoría de la gente, dice, no se hace preguntas, cree en los principios de la ciencia como si fuera una religión: “El terraplanismo moderno se aleja de la religión y tiene una pata científica. Nuestra teoría es empírica, real, observable, y pone en duda todo el modelo establecido”.

De repente, Landucci hace un alto en su discurso, toma el mouse, bucea en las mil y una carpetas que atesora su computadora y abre un video: “Fíjese bien, ¿dónde ve la curvatura de la Tierra en esta toma? El asunto es fácil de explicar: la esfera terrestre tiene 12 mil kilómetros de diámetro, si nos elevamos 15 kilómetros en una vertical tangente al centro tendría que verse la curvatura. Pero no aparece. Se han tirado globos con lentes rectilineales, que llegaron hasta los 35 kilómetros. Y no se ve. La primera vez que vi este video me dije: ¡Upa, ahora sí sé cómo es la Tierra!”.

Una crónica de Nicolás G. Recoaro. Se lee completa en Tiempo Argentino por acá.

Un Boca-River con el relator más superclásico

26/11/2018

Cuando comienza la transmisión, Víctor Hugo Morales se transforma. Entra en trance como un chamán poético. Aunque confiesa que en los últimos años ha dejado de lado el relato sobrecargado de ornamentación, neobarroco, o mejor dicho neobarroso, por la impronta rioplatense como le gustaba decir al poeta Néstor Perlongher, el partido se convierte en una excusa para la metáfora. Obras de arte efímeras talladas con la garganta.

Pero de repente, en un parpadeo: visto, no visto. Luego el silencio, el estallido de la popular y el grito sagrado de gol explota en el parlante. El madrugador cabezazo de Lanzini hace entrar en erupción a la todavía fría garganta poderosa del relator. “Goooooooooooooooooooool, de River, de River, de River. Un cabezazo perfecto de Lanzini, en el primer Lanzini de la tarde. Un minuto y ya gana River. River 1 Boca 0”. Pasan los minutos y las palabras brotan como si estuvieran conectadas con los movimientos de los futbolistas. Con la paciencia de una tejedora de ñandutí, Víctor Hugo va bordando un tejido narrativo poblado de anécdotas, imágenes impredecibles y diálogos imaginarios: “Ledesma le reclama al árbitro y le dice: ‘Cuando pego yo, vaya y pase. Pero cuando lo hace otro…’”; “La Bombonera ruge pidiendo justicia por una falta, signo de que no lo es. En realidad es una injusticia…”; y “las serpentinas que cuelgan del alambrado como un plato de fideos rebalsado”. Hasta hay espacio en el relato para la ironía ideológica: si el lateral riverplatense Mercado anticipa a Lautaro Acosta, “gana el mercado, por esta vez”, aclara Víctor Hugo. Aunque durante la transmisión, la mano invisible del mercado se cuela en el juego: un desodorante auspicia los tiros de esquina, el aviso de comida para perros patrocina un cambio y un vino de mesa apadrina un tiro libre. A los 38 minutos, termina la siesta de la parcialidad boquense con el gol del “Pelado” Silva. “Qué manera de rematar abajo. Sí, sí, sí, Siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiilva para colocarla bien a la derecha de Barooooooooovero. Para empatar el partido. Andá a hablar de justicia ante una jugada tan extraordinaria del ataque de Boca. El partido, 1 a 1”.

Ya promediando el segundo tiempo, Víctor Hugo le da otra chupada a la exhausta bombilla del mate. El partido es un fiasco y el papel de las tribunas le gana la pulseada al que interpretan los 22 jugadores que corren por la cancha. Quizás Borges tenía razón: “El fútbol es feo estéticamente. Once jugadores contra once corriendo atrás de un balón, no son especialmente hermosos”. Pero Víctor Hugo no se resigna y ensaya algún dribling con la garganta, como para despertar a la audiencia que sueña con un barrilete cósmico. No hay caso, no se puede jugar peor. Empate cantado. “Un minuto de fútbol, muchachos, por favor… Y por fin se termina el partido. Muchas gracias por la atención dispensada”. El relator cierra la faena.

Cae el telón y la noche en La Bombonera. El estadio se desinfla. Los hinchas vuelven a sus casas empatados. A estas horas, sólo gana el cansancio y la depresión dominguera.

Víctor Hugo deja la cabina, luego la cancha, y se pierde por las calles de La Boca. En silencio.

Una crónica de Nicolás G. Recoaro, publicada en la boliviana Revista Rascacielos, se lee completa por acá.