Lo lloraremos como a los héroes muertos

22/04/2017

Por Álvaro Bisama

La primera vez que escuché la voz de Pedro Lemebel fue en un casette pirata que circulaba en la década del 90. Yo era pendejo y estudiaba castellano en una universidad de Valparaíso. Lemebel aún no publicaba ningún libro. Yo ya había escuchado sobre las Yeguas del Apocalipsis, de ese mito urbano del Santiago de los 90. Las Yeguas habían estado ahí, habían incendiado todo y luego se habían deshecho tal y como los hacían las bandas de rock, dejando un vacío que era una extraña nostalgia. Pero Lemebel escribía. Leía esas crónicas en la radio Tierra, colaboraba con algunas revistas desaparecidas como “Página Abierta”, existía en los bordes de la narrativa chilena de los 90, tan dada a la felicitación, tan ridícula en sus sueños de gloria.
Lemebel no era nada de eso. Sus textos ya contenían la ferocidad de una escritura va descubriendo sus propios modos, decantando un estilo, una gramática que puede contener o inventar un mundo. Sus textos hablaba de lo que no se hablaba en esos años: muchachos muertos por el SIDA, música popular sonando el dial de los espacios íntimos de la memoria, íconos pop donde el deseo era un disfraz de la nostalgia, además de la descripción de un Santiago secreto que no había sido tocado por la literatura chilena en muchos años y que, en esa época, podía proponerse como la refutación de todo el discurso oficial del gobierno de Frei Jr. sobre los derechos humanos y los logros económicos de los “jaguares de América Latina”. Leer el resto de esta entrada »

Cuchillo entre los dientes

17/04/2017

Pesada, en caída libre, la maza golpea el acero que reposa tórrido sobre el yunque. Ante cada embestida, el vapuleado metal dispara decenas de chispas como un volcán en erupción. Con dosis desparejas de templanza y frenesí, los mazazos de Mariano Gugliotta dibujan el candente acero de Damasco. “¡Guarda con los chispazos! –advierte el artesano y ensaya la arremetida final–. Como le comentaba hace un rato, este va a ser un cuchillo multilaminado, con varias capas. El proceso es largo: hay que limpiarlas, llevarlas a 1200 grados en la fragua y luego hacer el caldeo a puro golpe: una soldadura sin electrodos. Imagínese el trabajo para lograr el dibujo, es como un hojaldre. Arranco con 20 capas, pero se van plegando, después son 40, 80… Soy el segundo que lo hizo en el país. El primero fue mi padre”.

Gugliotta lleva en los genes el noble oficio de forjar hojas afiladas. La saga familiar arrancó hace varias décadas, cuando su abuelo Miguel llegó de Italia a hacer la América. En el campo comenzó a trabajar en un taller de herrería y adoptó el gusto gaucho por los facones. Su hijo Miguel, mecánico de profesión, heredó la pasión por trabajar el fierro. “Mi viejo fue explorando esta técnica artesanal que viene de los romanos –recuerda Gugliotta–. Le preguntaba a mi abuelo sobre herrería, pero también aprendía de las revistas especializadas yanquis que llegaban acá en los ’80. Pateábamos Corrientes para revolver las mesas de saldos y por ahí aparecía alguna”.

Golpe a golpe sobre el yunque, papá Miguel se transformó en un secreto a voces de la cuchillería. Su otra pasión eran las artes marciales, y un día decidió forjar katanas, el sable curvo de los samuráis. Su fama atravesó fronteras: le llegaban pedidos desde Estados Unidos y aun de Japón. Una tarde, Lou Reed, fan y coleccionista, visitó el taller de Villa Soldati para asegurarse una espada.

Una crónica de Nicolás G. Recoaro, se lee completa en Tiempo Argentino, por acá.

Miedo y asco en Hawai

14/04/2017

La fórmula se repite y sigue siendo infalible hasta la mitad del libro: el periodista-narrador es enviado a cubrir un evento deportivo de masas pero una vez allí todo se desbarranca en una semi-cobertura del acontecimiento entre peripecias regadas con alcohol y drogas legales e ilegales. La maldición de Lono es un texto menor dentro de la obra de Hunter Thompson, comparado con el contundente Miedo y asco en Las Vegas, aunque es una excelente introducción al gran circo del gonzo y presenta menos jerga a traducir al lenguaje callejero de Madrid o Barcelona, lo cual en estas latitudes se agradece.

El escenario hawaiano es por cierto más exótico que otros, incluido el portorriqueño de El diario del ron o el yucateco La gran caza del tiburón, dado que aquellas islas en medio del Pacífico o de la nada, según el narrador, pueden volver loco al más sensato: “No hay ningún otro lugar en el mundo que soporte tan constantemente el embate del mal tiempo de los demás”. Allí es donde se encerró el autor para escribirlo, acompañado como desde sus inicios con el Derby de Kentucky por su amigo el artista inglés Ralph Steadman, cuyos dibujos ilustraron una edición de culto de 1000 ejemplares en 2005, bastante después de haberse agotado la primera edición de The Curse of Lono en 1983.

Una nota de Osvaldo Baigorria, se lee en la revista Ñ.

Quiero dinero

02/04/2017

En la vitrina se exhiben elegantes billetes de fiel papel decimonónico, pero también los ultramodernos forjados en polímero. Rupias indias con la figura de Gandhi, devaluados marcos de la República de Weimar, minúsculos takas de Bangladesh, y hasta el pantagruélico dólar zimbabuense de ¡cinco mil millones de dólares! “Los billetes argentinos son bellos, pero poco vistosos. Tenemos buenas impresiones, ojo”, afirma Claudio Fernández, maestro de ceremonias y organizador del encuentro. Señala un ejemplar de moneda nacional que lleva tatuado el busto del general San Martín: “Este era conocido como el ‘ladrillo’, por su tamaño y color. Circuló hasta finales de los ’60. En esos años, el Libertador era el personaje omnipresente. Como antes, la efigie de la Libertad. Ahora hay más innovación, con la incorporación de la flora y la fauna. Son políticas de Estado.”

Una crónica de Nicolás G. Recoaro, se lee completa en Tiempo Argentino, por acá.

Un arca rusa frente al Parque Lezama

26/03/2017

Solemne, pomposo y sobre todo hierático. Así luce el zar Nicolás II en el retrato que decora uno de los ambientes de la Catedral de la Santísima Trinidad, en San Telmo. La sala de reuniones en particular, y el templo en general, son un viaje en el tiempo a la Rusia presoviética. No lejos del lienzo, las paredes tapizadas exhiben documentos tatuados en eslavo. También fotos viejas, íconos religiosos y hasta un corpulento pasaporte emitido en los años previos a la abdicación del último de los zares. “Es imposible separar al zarismo de la Iglesia Ortodoxa Rusa en el Extranjero. Fundamentalmente, porque llega a la Argentina durante la época imperial”, explica el presbítero Alejandro Iwaszewicz, responsable del templo y máxima autoridad en estas pampas de la mayor de las iglesias ortodoxas orientales del planeta.

Una crónica de Nicolás G. Recoaro en Tiempo Argentino, se lee completa por acá.

Taller de escritura de ficción

20/03/2017

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Matar al mensajero

20/03/2017

La lluvia es particularmente copiosa en la tarde de miércoles. Los baldazos que caen del cielo no apagan el tórrido clamor de los motociclistas. A bocinazo limpio, protestan custodiados por unos pocos agentes de tránsito y el solitario Obelisco. “Las personas no se patentan”, llevan tatuadas las banderas que unos estoicos muchachitos motorizados agitan, frente al bravo mar de autos y colectivos estancado sobre la 9 de Julio.

“Nos quieren meter el chaleco de prepo. ¿A quién le gusta que lo traten como ganado?”, se pregunta Matías, un mensajero pasado por agua que llegó al microcentro porteño desde Avellaneda. Mientras hace tronar el caño de escape de su fiel Honda CJ 150, dispara una ráfaga de quejas: “No es justo que nos vivan metiendo multas, impuestos, o que nos saquen lugares para estacionar. Ahora también nos discriminan: dicen que todos somos motochorros. Estamos cansados de que nos verdugueen”.

Una crónica firmada por Nicolás G. Recoaro en Tiempo Argentino. Se lee por acá.