Campamento

25/02/2020

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El señor de los bombos

23/02/2020

Una banda de murgueros desfila por la fábrica Nuciforo. La muchachada llegada hasta los arrabales de Rincón de Milberg está ansiosa, y no es para menos. A pocos días del inicio del Carnaval, aguardan la entrega de sus bullangueras herramientas de trabajo. “Surdos, redoblantes y muchos parches. Estamos a full ensayando, pero sin los instrumentos nos falta la banda de sonido”, cuenta Graciela, integrante histórica de Los Olvidados de Almirante Brown. La morocha y sus secuaces lucen inquietos pero no tanto. Si esperaron 12 meses para que lleguen los cuatro días locos, pueden aguantar media hora más.

“Paciencia, muchachos, que ya salen del horno los repiques y estamos”, entra en escena don Federico Nuciforo, pater familias y motor histórico de la pyme que, desde hace casi un siglo, aprovisiona de instrumentos de percusión a buena parte del universo murguero nacional y sus satélites. El auténtico señor de los bombos.

Las semanas previas al festejo en honor al Rey Momo marcan el ritmo cumbre de la producción fabril de los Nuciforo: “Nuestro laburo es todo el año, pero ahora estamos justo en temporada alta. Se lo digo aliviado, venimos de dos años malísimos, trabajando al 30 por ciento. No había plata ni para festejar el Carnaval”, dice sobre la pasada fiesta de pocos del macrismo.

Con 80 pirulos bien llevados sobre el lomo, Federico vivió varias épocas de melodías tristes: “Imagínese, arrancó mi viejo en el año ’29. Pasamos todas. Fuimos la primera fábrica de baterías de la Argentina, Nucifer. En el ’63 tomé la posta y acá estamos, 93 años en el gremio”.

Federico nos guía hasta el taller donde se forjan los cuerpos de los tambores. En el camino repasa el repertorio familiar de los Nuciforo, una historia que es música para los oídos: “Mi viejo Enrique, menos la guitarra, tocaba de todo. Estuvo en las orquestas de D’Arienzo y Canaro, y hasta llegó al Colón. Mi tía fue socia fundadora de Sadaic. De mi generación, que somos como 16 primos, no tocamos ni el ‘Feliz Cumpleaños’. La batuta la retoman nuestros hijos y nietos, que tienen varias bandas”.

De muy pibe, Federico probó con la flauta, pero ni fu ni fa. Después se enredó con los rulos del tambor, y casi que le pifiaba al parche. Si su viejo le preguntaba qué quería ser cuando fuera grande, el pibe no soñaba con emular a Tito Puente. Respondía siempre certero: albañil. Su obra máxima son los dos galpones que cobijan la línea de producción: “Ojo, algo de oído tengo, me doy cuenta si alguien toca desafinado. Pero si me dan un palillo, no sale nada. En vez de manos tengo dos ladrillos”.

El boom del bombo

Una sinfonía pesada proviene de las máquinas que forjan parches y aros sin respiro en el taller. Su remera de Iron Maiden no deja dudas, Mauricio es el tornero oficial de Nuciforo. También el encargado de marcar los tempos de esta orquesta metálica capaz de devorar hasta cuatro toneladas de acero inoxidable por mes. “En las buenas épocas podemos vender unos 20 o 30 mil parches por temporada”, saca chapa el fanático de la Doncella de Hierro.

Bien custodiado por pilas de esqueletos de redoblantes y repiques de 12 y 14 pulgadas, Mauricio cuenta que arrancó en el taller cuando tenía ocho años, cebando mates y poniendo chapitas en las panderetas: “Siempre me gustaron las máquinas, la mayoría que puede ver acá las inventé yo. Empecé con los bujes, los tensores, después con los aros para el parche”. El metalero no es un fundamentalista de los sonidos pesados y reconoce que de más purrete también le dio duro y parejo al bombo carnavalero: “Manoteaba algunos del taller y nos poníamos a tocar con los pibes del barrio. Sigo yendo al corso, para ver cómo suenan nuestros tambores, pero le soy franco, cuando me hablan de Carnaval, lo primero que se me viene a la cabeza no son las comparsas, sino nuestro laburo, que es mucho”.

Don Federico aporta datos precisos de la producción: el 90% de los bombos que truenan en los corsos, las  canchas, las marchas y los piquetes son paridos en estos talleres. “Hasta vienen de Brasil, el año pasado le vendimos a la hinchada de Gremio”. Cuando tiene que destacar una época dorada para la pyme, Nuciforo señala la vuelta de la democracia, después del silencio obligado de la dictadura. “Fue el boom del bombo. Venían peronistas, radicales, socialistas, comunistas… Incluso me acuerdo de que los del PJ se enojaban con los radichetas y les decían que el bombo era sólo de ellos, que se buscaran otro instrumento. Todos le daban al bombo, se querían hacer escuchar”.

La bombonera

En el taller de carpintería, dos muchachos arman surdos con madera de guatambú llegada desde Misiones. Se calienta la madera, se la curva, se la mete en moldes, se encola, pule, pinta y listo el bombo. Alejandro tiene 27 años de historia en la pyme. Puede dar cátedra sobre el arte del afinado. “Debe estar bien tirante, pero no tanto. El murguero muchas veces le da y le da a los tensores, y lo deja en un punto que casi estalla el parche. Hay que darle rosca a toda la vuelta pareja”, asegura el profesional del ajuste.

Don Federico nos invita a conocer el segundo piso del taller: la bombonera. Docenas de tambores duermen la siesta antes de embarcar rumbo a los corsos del Conurbano y más allá. El galpón también atesora bombos legüeros, panderetas, timbales y platillos radiantes. Es el paraíso de los percusionistas, tierra santa para el infatigable Tula. “Hacemos instrumentos populares, pero también atendemos a músicos profesionales –explica Federico–. Acá estuvieron Jaime Torres, León Gieco y Baglietto. Me acuerdo de Domingo Cura, que fue el primer folklorista en usar tontones. Mi viejo le decía que estaba loco, que no dejara el de cuero, pero mal no le fue”.

La hija de Federico se llama Adriana. Vendedora, administrativa, recursos humanos, la mujer orquesta de la fábrica. Para sacar tensiones, a veces le da con ritmo al timbal bahiano: “Más que empresa, esto es una familia –dicen a coro Adriana y su viejo al despedirse–. Igual que las murgas que nos compran, que le meten pura pasión y hacen latir el Carnaval. El corazón es el bombo”. «

 

Crónica de Nicolás G. Recoaro, publicada en Tiempo Argentino, por acá.

Cicco en su mezquita

22/02/2020

Hace más o menos diez años, Cicco dejó atrás su desaforada carrera como cronista border –rama criolla del periodismo gonzo de Hunter S. Thompson- y dio sus primeros pasos en el sufismo, la veta más mística del islam. Desde entonces, su vida dio un giro espiritual de 180 grados. Quedó mirando a La Meca. Se hizo musulmán.

Entonces vendió la casa que tenía en los arrabales de Barracas, se mandó a mudar a un pueblito del interior bonaerense y construyó una mezquita en su nuevo hogar en Lobos. En el medio peregrinó un par de veces al Lejano Oriente, emprendió la lectura en árabe del Corán –el libro sagrado de 77.449 palabras y más 240 mil significados ocultos en cada verso que escribió el profeta Muhammad- y hasta cambió su nombre por el de Abdul Wakil. El “Servidor del Guardián”.

 

“Me inicié al islam un día de noviembre de 2009 como hice tantas otras cosas en mi vida: sin pensar a dónde me metía. A decir verdad, la mayoría de los sufíes en Occidente no saben a dónde se meten ni qué es lo que implica. Una cosa es asumirse en sociedad como sufí: tiene aire poético, místico, volado. Y otra es presentarse como musulmán. Todo el mundo tiene una idea acerca de lo que implica ser musulmán. Esa idea es un bajón. Pero el riesgo, el viento en contra y el camino de espinas valen la pena. Al fin de cuentas, ¿qué mejor ocupación que hacerse místico y dedicarse a probar si la vida es esto nomás o hay otra cosa?, reflexiona Cicco en el inicio de Rock and Roll IslamLa conversión menos pensada, su tercer libro.

Antes había publicado Rodrigo Superstar y Yo fui un porno star. Sus artículos, a veces irreverentes, siempre de buena pluma para retratar la vivencia en carne propia del cronista, aparecieron en la Rolling StoneNoticiasSohoCrítica de la Argentina y otros satélites del periodismo de largo aliento. Su tercer libro es una obra transgénero, un enredo fascinante entre el periodismo y la teología. En Rock and Roll Islam, Cicco suma retazos del diario íntimo de una conversión religiosa y construye una antología con mil y una crónicas sobre el pasado, presente y futuro del sufismo en la Argentina. Pero también escribe un manual de supervivencia teológico, un ensayo espiritual y, sobre todo, un texto que derriba pila de clichés y prejuicios sobre el islam y sus fieles.

Lejos del estereotipo del místico sufí de kilométrica barba blanca y túnicas curtidas, también del terrorista demente y cargado de explosivos, los musulmanes que habitan en el libro de Cicco son vecinos de La Plata, La Boca, Colegiales y varios pueblos de la Patagonia y Cuyo. Se ganan el pan suyo de cada día como artesanos, empleados bancarios y comerciantes del abigarrado Mercado Central. Hay tacheros copados, hippies mala onda, veteranos maratonistas del Cuarto Camino de Gurdjieff y hasta karatecas duchos en el arte de la defensa personal. Hombres y mujeres que “eligieron el camino espiritual más incorrecto de Occidente, el más incómodo y el del marketing más tremebundo. Y se dijeron: ‘A cagar con el marketing y a cagar con Occidente’”.

Más allá de que el título del libro es algo engañoso –Cicco confiesa al inició que la génesis de esta historia es un engaño de su infancia-, se puede apreciar cierto espíritu rockero entre las diversas tribus del barrio musulmán. Incluso Miguel Abuelo, Miguel Cantilo y Spinetta tuvieron sus idas y venidas con los sufíes porteños. Es lógico: “Aunque nadie lo dice, el rock es el tataranieto del islam –arriesga el cronista-, pues su origen se remonta al blues, y el blues se remonta a los esclavos africanos, y el 30% de esos esclavos africanos que llegaban a Estados Unidos eran musulmanes y cantaban con el mismo lamento con el cual recitaban el Corán en las mezquitas de su África natal”.  

 

Las andanzas y desandanzas del milenario pelo nómade de la barba del profeta Muhammad que se conserva cerca de El Bolsón, la leyenda del artesano platense que memorizó el Corán entero –la normalidad en Pakistán, un milagro para los argentinos- y las aventuras de un sheikh que se exilió con sus seguidores en un bosque del Sur, a la espera del fin del mundo que nunca llegó. Alá es grande también en Argentina. Si les queda alguna duda, lean el libro de Cicco. 

 

Una reseña de Nicolás G. Recoaro, publica en Tiempo Argentino, por acá.

Milonga

09/02/2020

Antes de las 9 de la noche, la pista luce aún vacía y el Bar La Paz le hace honor a su nombre. Se percibe en la atmósfera la ansiedad por que arranque la milonga, pero el tango siempre espera. “Y acá espera a todes… Este es un espacio inclusivo”, presenta sin vueltas ni firuletes la actriz Adriana Pérez Frossasco, creadora y motor de la Milonga Amapola, cita fija de los miércoles para los cultores heterodoxos del 2×4.

La elegante morocha tiene varios años en el gremio de la santa milonguita: escribió un libro, produjo películas, montó espectáculos en Europa y, obviamente, parió bailongos antológicos, como la Milonga del Patio. Cuenta que la génesis de Amapola se dio hace casi cinco años en el Club Atlético Fernández Fierro (CAFF): “Veníamos de la experiencia de las milongas en la Casa Nacional del Bicentenario, que duró mucho tiempo y donde entraba gente muy diversa. Se juntaban vecinos de la Villa 31 con los de Barrio Norte y también muchos turistas. Del cruce, de esa diversidad, que no tiene que ver solamente con la cuestión social sino también con la edad, la nacionalidad o el género, nace la semilla de la Amapola”.

Borrar los códigos estrictos y algo apolillados de la milonga porteña está en el ADN de la propuesta instalada en las alturas del bar, La Paz Arriba, desde donde los bailarines pueden otear los pocos neones todavía radiantes de la calle Corrientes. “No sabés lo que es ese ventanal las noches de lluvia –describe Adriana–, es un espectáculo esta pista, y el que vino sólo a ver, termina bailando. El alto con la petisa, el flaco con otro flaco, las dos pibas, el que vino del Conurbano con el llegado de Europa. Acá no plancha nadie”. Agrega que la entrada es a la gorra, perdón, al sombrero, para evitar connotaciones policiales.

La oferta milonguera de Buenos Aires se diversificó en las últimas dos décadas. La hay en los cien barrios porteños y para todos los paladares. Están las tradicionales, de la vieja guardia, gay, queer, for export y siguen las etiquetas. “La nueva movida es para todes, inclusiva, que se abra. Venite en zapatillas, bailá como quieras, mientras no lastimes a nadie con los boleos. La regla básica es el respeto en la calesita”, explica Adriana, mientras cena una frugal ensalada, menú livianito para salir a la cancha en condiciones. La morocha también recomienda cero alcohol, para evitar patinadas con los tacos finos como agujas. Y hacerle cuernitos al ajo y la cebolla: “Se baila pegado, mire si me pierdo al amor de mi vida por tener mal aliento”.

Nueva Vieja Guardia

Más allá del abrazo bailable en la pista, Amapola complementa su carta con formaciones tangueras en vivo, cantantes y orquestas de ayer y de hoy, que le dan un respiro al DJ. Bruno Giuntini es un curtido violinista, exmiembro de la Fernández Fierro y actual director del cuarteto Derrotas Cadenas. También, socio fundador de la milonga. “Acá tratamos de expandir sin ser chocantes. El tango es una danza improvisativa, y si te vas de mambo, podés llegar a intimidar. Tampoco queremos romper todo”. En su set list infalible hay algo de Canaro, una pizca de Fresedo y algún clásico de D’Agostino y Vargas. Todo muy bailable.

Respecto de sus dotes en la pista, Giuntini se define como un bailarín promedio: no es un Virulazo pero tampoco un patadura. “Toco hace más de 20 años, pero bailo desde hace poco. Siento que se completó una parte mía. Es como estar del otro lado del mostrador, y me animo a tirar un firulete, un ocho, depende del día, de la compañera, de si estoy feliz o no”. En alguna ocasión, en la milonga inclusiva, disfrutó piezas abrazado con un caballero, como lo hacían los padres fundadores de la danza a fines del siglo XIX: “Quince años atrás, por ahí si me encaraba un chabón, le decía: ‘pero, ¿qué me estás proponiendo?’. Pero ahora bailo sin dudarlo”.

Ximena es una de las tantas bailarinas que les sacan viruta a las baldosas todos los miércoles. Trajinó varios puntos cardinales del territorio milonguero porteño, pero en la Amapola encontró su norte. Arrancó bien de abajo, en patas, tomando las clases que brinda el espacio. “En otras milongas, sea por la calidad del baile, la vestimenta, la experiencia, muchas veces te dejan pagando toda la noche. Son situaciones angustiantes. Y creo que bailar tango genera otros lazos, nos une como personas. El abrazo no es necesariamente sensual, también es lúdico, acrobático y, sobre todo, da contención”. En la pista, las parejas se mueven entrecerrando los ojos y se pierden en el mapa del salón. “¿Por qué bailamos tango en el siglo XXI? Porque estamos desconectados, pegados a Internet, hablando con gente que no existe –se despide Ximena antes de entrar al ruedo–. Y cuando bailás, sentís cómo late el corazón del otro arriba del tuyo”.

Pedagogía del abrazo

“Te llevo para que me lleves” podría ser uno de los mandamientos que predica Soledad Nani, docente a cargo de las clases que anticipan el bailongo. Nació en Carapachay, arrabal de laburantes, y se encontró con el tango hace unos 20 años: “Con mi grupo de amigues empezamos a tocar tanguitos con la guitarra y leíamos poesía. Un día nos mandamos a una milonga. Fue un viaje de ida”. El periplo tuvo turbulencias: “Quise tomar clases con un profesor de Villa Urquiza, y cuando le dije que quería aprender a guiar, me contestó que no le enseñaba a mujeres. No volví más”. Después, Nani encontró docentes con la cabeza abierta y perfeccionó la técnica para ejecutar los dos roles: “Me acerqué al tango queer, que planteaba desjerarquizar, que el género no determine quién guía”. Con los años, resalta, el feminismo, la diversidad, las disidencias se sumaron a la milonga: “Es un momento histórico, y el tango es un reflejo de una sociedad más inclusiva. Aunque hay algunas milongas que quedaron en la prehistoria. Acá a dos cuadras no dejan bailar a personas del mismo sexo. Son unos dinosaurios. De alguna manera, bailamos lo que somos”.

No hay grieta entre los presentes, dicen que Nani es una profesora del carajo, con una paciencia infinita. Hasta el más madera termina la clase despuntando algún firulete. ¿La clave? “La conexión a la hora de manejar los dos roles. Si somos dos personas pensando la danza como el yin y el yan, la improvisación se dispara a otro lugar”.

Gustavo Adolfo Díaz de Vivar contempla acodado en una mesa de billar el balanceo de las parejas en la pista. Asegura ser descendiente del ibérico Cid Campeador, tiene 82 pirulos y vino, dice, “a pispear, porque no bailo tango, sólo valses y folklore, aunque si suena una milonga como ‘La puñalada’ o ‘Papas calientes’, no me puedo resistir”. Hincha de la Guardia Vieja, no tiene prejuicios con la inclusión: “Mire si me voy a asustar por ver a dos hombres bailando. Que sean felices y coman perdices”.

Crónica firmada por Nicolás G. Recoaro, publicada en Tiempo Argentino, por acá

Abuelita, dime tú

04/01/2020

¡Qué personaje la abuela de Rafael Gumucio! Estrafalaria, irreverente, privilegiada, rica, siempre culta y de izquierda. Dama mítica y fascinante de la aristocracia contradictoria y frustrada del país delgado que besa el Pacífico. Sus andanzas y desandanzas atraviesan entero el siglo XX chileno y más allá. Su nieto asumió el osado reto de narrarlas, de contar a su abuela, Marta Rivas González.

“¿Cómo se vestía, hablaba, comía y se reía mi abuela? ¿Cómo puedo presentarla a los extraños que no la conocieron? ¿Una profesora de francés? ¿Una señora bien? ¿La quintaesencia de la aristocracia latinoamericana? ¿Una escritora forzada? ¿Una lectora feliz? ¿La presidenta de la Liga Herodes? ¿Una madre abnegada a la que nadie reconoció? ¿Una niña que no dejó nunca de ser la hija de su padre? ¿Pariente de medio Chile? ¿Testigo de toda la historia? ¿Católica arrepentida? ¿La liberal más conservadora del mundo? ¿Turca, italiana, francesa? ¿Una chilena completamente peruana? ¿Una francesa completamente chilena? ¿Una esposa infiel completamente fiel? ¿Una valiente que le tenía miedo a todo? Eso, todo eso fue alguna vez, pero ahora es otra cosa”, confiesa Gumucio en este libro que salda cuentas con la mujer de su vida.

En Mi abuela (Marea), el periodista y escritor teje una obra difícil de encasillar. A esta altura del partido, un clásico de clásicos de la nueva crónica latinoamericana. Texto transgénero que se alimenta en los territorios de la biografía familiar, la autobiografía fabulada, la novela de exilio y el perfil nostálgico. ¿El resultado? Un libro brillante que narra los claroscuros de la vida luminosa de una digna dama proustiana. Pero también que habla del fin de una época, quizá de las utopías. Y del nacimiento del Chile neoliberal parido por el pinochetismo.

“Entre mi abuela y mi padre, habría elegido cien mil veces a mi abuela y su barrio, mi abuela y su estilo, mi abuela y su risa para salvarme de ser pobre o de ser normal. Yo llamaba a todo eso literatura, porque para mí eso era ser escritor: salvarse de vivir en los suburbios. Mi abuela había perdido casi todo, pero ese todo al menos lo tuvo alguna vez, y esa sensación de haber sido rica y poderosa e intocable a mí me bastaba como tesoro. Me bañaba en sus frases, en el aroma siempre impecable y misterioso de los libros que le pedía prestados y que no necesitaba ni siquiera leer, pues me bastaba con abrirlos y olerlos para impregnarme de ella, de la literatura, libre, soberana y única para mí”. La abuela de Gumucio suplantó al padre ausente de Rafael, también a su madre difusa y a un país distante, frío y lejano llamado Chile. Pero sobre todo, engendró al escritor.

Reseña en Tiempo Argentino, la firma Nicolás G. Recoaro, por acá.

¡Arroja la bomba!

22/12/2019
La intensa existencia de Salvadora Medina Onrubia (1894-1972) siempre fue marginada a un rol secundario y lateral en vidas ajenas: esposa de Natalio Botana, amiga de Alfonsina Storni y abuela de Copi. Figura enigmática del anarquismo y la literatura, poeta, dramaturga, periodista, autora de cuentos aborteros y lesbianos, compañera de andanzas y desandanzas de Simón Radowitzky y férrea opositora a los gobiernos conservadores, su historia puede contarse en clave sorora, y devolverle así su merecido protagonismo en el feminismo argentino. Es lo que hace en ¡Arroja la bomba! (Marea) Vanina Escales, ensayista y una de las fundadoras del colectivo Ni Una Menos.
–¿Cómo nace la idea de un libro sobre Salvadora?
–Estaba leyendo Severino di Giovanni. El idealista de la violencia, y quise conocer a América Scarfó, su compañera. A través de una compañera de la Federación Libertaria llegué a la voz de América y empecé a descubrir a Salvadora.
–Eso fue hace muchos años.
–Como 15 años atrás. No me dedico exclusivamente a hacer investigación y eso me permitió crear un vínculo especial con el libro, pensar y repensarlo, el tiempo estaba de mi lado. Lo primero que hice fue cuestionar las memorias del hijo de Salvadora, “Poroto” Botana. De un libro suyo habían surgido muchas confusiones y la construcción medio “border” de Salvadora: la loca, la madre adolescente, la mujer que busca casarse con un millonario. En cuanto puse en cuestión esa voz del hijo, empezó la investigación desde cero y fui desmontando esos relatos, empujados por el encono o el rencor, pero sin rigor histórico. Ni Botana financió su primera obra de teatro, ni era rico cuando se conocieron, ni ella había tenido un hijo a los 16. Toda esa fruta que se construyó sobre Salvadora sale de ahí, que es más que nada la narración del desencuentro de un hijo con su madre. Todo lo que se afirma en ¡Arroja la bomba! está chequeado, con años de investigación y el respaldo de las fuentes. El personaje de Salvadora es tan complejo que siempre fue más difícil ajustar la mirada y no seguir caracterizándola de esa forma “border”.
–No es una biografía tradicional, sino que toma recursos de varios géneros.
–Es un libro transgénero. Creo que el ensayo le da un marco de soltura, pero también aparece la primera persona de la crónica, también la crítica literaria, e hipótesis sobre la política argentina. Y eso de alguna manera tiene que ver con que Salvadora es un personaje realmente complejo para abordar, porque intervino en distintos escenarios, la suya no fue una historia lineal. Hay tensiones y cruces todo el tiempo.
–¿Y cuáles son esas hipótesis que formulás?
–Por ejemplo, en referencia a la carta que le escribe Salvadora al dictador Uriburu, qué pasaría si pensamos a las cartas públicas como modos de intervención. Cómo se construye esa genealogía en la Argentina, y ahí se pueden trazar líneas entre Salvadora y Rodolfo Walsh, por ejemplo. O si pensamos en las ciencias ocultas y tiramos de ese hilo, ya que Salvadora fue teósofa. Hay hipótesis más subterráneas. Un personaje que siempre se ubicó al margen, como lo hizo Salvadora, permite pensar ese mundo y ver qué hay ahí: aborteras, ácratas, saberes contrahegemónicos, la picaresca de la política.
–A diferencia de su amiga Alfonsina Storni y de Victoria Ocampo, Salvadora fue siempre una figura lateral y marginal para el campo cultural y político argentino.
–Totalmente, el libro analiza esa construcción. Algo que nunca me propuse fue construir una imagen de Salvadora como una lideresa. Me interesaba hablar más de lo colectivo, de lo social, los procesos históricos que atravesaron su vida. Me peleaba con la idea de construir una heroína. Primero, porque no lo era. Segundo, porque no me interesaba esa mirada de diccionario o enciclopedia. Es importante pensar a Salvadora como un síntoma de una época, y cómo se vinculaba con esa época.
–En el libro analizás su obra.
–Es una obra que se adelanta a plantear problemas, como la de Alfonsina. Cuestiona posiciones sociales, las diferencias de poder en esas posiciones. Por eso tiene momentos de gran soledad: una persona que habla sola y en su tiempo no tuvo demasiado eco. Es la soledad de las mujeres indóciles.
–¿Esos temas y esas luchas siguen teniendo actualidad?
–Seguro. Si pensás el proceso de estigmatización del anarquismo desde la desaparición de Santiago Maldonado, cómo entraron a allanar lugares, me parece que hay procesos de estigmatización que son muy similares a los de la década del ’10.
–¿Y cómo se relaciona a Salvadora con el feminismo?
–El feminismo no le pasó por el costado. Sin ser sufragista, apoyó la lucha por el voto. No era cultora de la militancia ordenada y orgánica, la que encontramos en un partido, pero siempre ponía a disposición su poder y capacidad de acción para distintas cuestiones y luchas. Tenía sororidad con sus amigas y compañeras. Y también a los hombres los veía como compañeros.
-Con el peronismo y Evita tuvo una relación complicada. ¿Qué generó esa tensión?
-Con Evita tuvo un gran desencuentro. Pensemos que el peronismo y el anarquismo tienen un mismo sujeto histórico, que es el pueblo. En ese sentido son populistas. Hay tensión ahí, en una representación del pueblo que está en disputa. Porque en el fondo no se entiende demasiado que Crítica no haya sido el diario que se ponía a disposición de ser la voz del peronismo. Si vemos el diario, en el fondo lo era. En la relación con Evita pudo haber aflorado la soberbia de Salvadora. No le daba bola. Fue un error histórico, y creo que se da cuenta demasiado tarde. Años después, empieza a reivindicar conquistas sociales que eran del peronismo. Y también empieza a leer mejor la figura de Evita dentro de las luchas plebeyas.
Nicolás G. Recoaro entrevista a Vanina Escales. Publicado en Tiempo Argentino por acá.

El llamado de la isla

17/12/2019

“El mal del sauce” es el nombre que le dan los isleños al embrujo que produce el Delta del Tigre. Sería algo así como una imantación del cuerpo y el alma del recién llegado, que sucumbe a las fuerzas más amables de la naturaleza y queda embobado con el rumor de los bichos silvestres, el viento en la cara y el frescor de un paraíso acuático en el que se pierde la noción del tiempo y la civilización parece un mal recuerdo.

El incauto llega, se rinde y quiere quedarse a vivir para siempre en esa arcadia chúcara. Pero el poder profundo del Tigre es ambiguo, está oculto en el barro. Es algo primitivo que se revela después, cuando el mal del sauce ya hizo de las suyas, y las manadas de mosquitos asesinos, los peces envenenados con contaminantes de diverso origen y las sudestadas les hacen saber a los soñadores de utopías que las cosas no son tan bucólicas si se decide vivir en un humedal pantanoso. El inmenso delta del río Paraná, que se conoce genéricamente con el nombre de Tigre, posee una larga historia asociada a las experiencias de buscadores del exilio interior, de la escapada, de la gira existencial hacia el lado salvaje. Osvaldo Baigorria se embarcó en 2006 en esa operación de aislamiento (si se remonta el curso etimológico, se escucha sin problemas la acción de irse a la isla), y estiró durante 10 años el enamoramiento con ese entorno que exige disposición de espíritu y ejercitarse en ciertas conductas rústicas.

Una reseña sobre Estrés de pez, el libro de crónicas isleñas de Osvaldo Baigorria. La firma Demian Orosz en La Voz del Interior. Puede leerse in situ por acá.