Far West

11/11/2018

Están las personas que no necesitan presentación: su mera existencia las descubre. Los parroquianos observan con curiosidad a este hombre de particular estampa. Cuántas personas con el pelo teñido de verde (en clara referencia al aborto legal) habrán entrado antes al Homero Manzi, se pregunta uno.

Hoy vecino del barrio de Boedo, Osvaldo Baigorria, ajeno al efecto que provoca, se dispone a responder apuradas retóricas que se enredan entre la curiosidad y el deseo de conocimiento. La contracultura, esa anatomía amoral que renuncia a la cultura social normativa, es la continuación de una dinámica de fastidio pero por otros medios. Y enfrenta a la cultura como conflicto. La contracultura condiciona el engranaje cultural dominante (social, capitalista, burgués) que penetra inculcando estigmas de pertenencia para legitimar una conducta de disidencia.

—Hablamos de una identidad cultural, una personalidad que se forja a partir de elementos no convencionales. Hablás de “delirios de pertenencia” en “Postales…”. ¿Cómo ves esa transformación en las diferentes generaciones que han traspasado?

—Por lo general me fastidia la idea de una identidad, eso que remite a lo idéntico, que pretende englobar y someter de modo totalitario a las singularidades, las individualidades. Uno cree o fantasea con que pertenece a un club, una élite, nacionalidad, etnia o generación y después, cuando rasca más a fondo e investiga mejor lo vivido, en cada caso se ven desplazamientos, cambios, líneas de fuga que por suerte nos hacen mucho más grandes e inabarcables que el ser argentinos, punks, mujeres, etc. A la idea de ser algo la veo más cercana al delirio que a la idea de devenir, de transformarse. Con esto no quiero decir que no he caído nunca ni que no volveré a caer en alguna identificación delirante. Trato de protegerme, porque me llama la atención el modo en que esos fantasmas identitarios proliferan cada vez más y a los que veo como un peligro, ya que la experiencia indica que suelen llevarnos a la guerra.

Postales… traza la cartografía de diez años de viajes por la Costa Oeste americana, a dedo, de mochilero, evitando –naturalmente, sin proponérselo– entrecruzarse con los paradigmas urbanos y entendiendo lo colectivo desde cualquier forma de subcultura alejada del mainstream. El acercamiento digital fue a través de su lente: Baigorria fotografió cada paso que consideró significante. Hoy, tantísimos años después, en tiempos donde las imágenes están para certificar el yo: somos en la foto, la cultura de la selfie (que nunca será contracultural), ese empeño de lo estrictamente visual, está muy lejos de este libro: “Fue mi respuesta a la demanda de Caja Negra para que escribiera algo en torno a esas diapositivas y fotos guardadas por décadas, así que fue un libro por encargo, escrito en menos de nueve meses. Y me gustó la idea de hacer memoria, aunque al revisar las fotos sentí cierta conmoción ante esos cuerpos que ya no están, que se fueron o transformaron. Aunque a primera vista parecería diario de viaje, no se trata de una bitácora en el sentido de un registro que uno llevaría en tiempo real sino una rememoración y revisión de cosas vividas e ideas pensadas hace unos cuantos años”.

Una entrevista a Osvaldo Baigorria, firmada por Lala Toutonian, en el suplemento Cultura de Perfil, por acá.

El Molino

11/11/2018

La Confitería del Molino ya no es lo que era. Desde hace algunas semanas, sin las telas harapientas que escondían su opulento rostro, el edificio perdió su aspecto fantasmal. El viernes, con más de 30 grados y aún sin tormenta, los restauradores trabajaron a contrarreloj pero con la frialdad de un cirujano. En menos de 24 horas, antes de que comenzara La Noche de los Museos, su tarea debía estar finiquitada. Por una velada, reabre sus puertas la majestuosa confitería de Rivadavia y Callao. O mejor dicho, lo que queda de ella.

Adentro no había mozos ni aroma de café con leche, ni masas finas en las vitrinas. El fastuoso gran salón de la planta baja por donde desfiló la crema y nata porteña lucía el viernes un vacío ejemplar. El paso del tiempo y la falta de mantenimiento tras 21 años de abandono dejaron al gigante medio grogui. De a poco, parece, intenta ponerse de pie.

Después de la expropiación de 2014, una comisión administradora bicameral, con apoyo del Ministerio del Interior y la Ciudad, puso manos a la obra: “En 70 días se realizaron trabajos de seguridad, limpieza y sobre todo la catalogación del patrimonio. Hay equipos restaurando los vitraux, la cúpula y los pisos. Estaba todo muy deteriorado. Va a llevar tiempo recuperarlo, esto no es lijar y darle una manito de pintura. Pero hay que hacerlo, el Molino forma parte de nuestro patrimonio histórico y cultural”, dice Ricardo Angelucci, secretario administrativo del ente. No se equivoca. La creación del arquitecto Francesco Gianotti es la obra máxima del art nouveau porteño, y su historia es fascinante.

La confitería heredó su nombre de una panadería con molino harinero que se alzaba en Rivadavia y Rodríguez Peña. Propiedad de un prusiano, fue demolido en la década de 1880, cuando se diseñó la Plaza del Congreso. El local se mudó luego a la esquina de Callao, donde ganó fama con un nuevo dueño, el italiano Gaetano Brena. Para comienzos del siglo XX y con el Palacio Legislativo en plena edificación, Brena pensó en expandirse, y en un encuentro de la colectividad conoció al joven Gianotti, que estaba terminando la Galería Güemes y era la estrella rutilante de la arquitectura local. Le confió su sueño: hacer la más espectacular confitería jamás vista. Cuentan que Gianotti dibujó el quijotesco molino en un mantel. Seducido por los bocetos, Brena contrató a su paisano pero le puso dos condiciones: que la obra no implicara cerrar la confitería ni un solo día, y que estuviera lista para el Centenario de la Independencia. El arquitecto cumplió en tiempo y forma.

El edificio de casi 7000 metros cuadrados tiene cinco pisos y tres subsuelos. El salón principal fue testigo de la vida social y política argentina. Alfredo Palacios, Evita, Gardel, Libertad Lamarque, Leopoldo Lugones y Roberto Artl fueron parroquianos. En una de las vitrinas que queda en pie pueden apreciarse piezas de la finísima vajilla, una caja intacta del inmortal panettone y hasta una carta con la oferta para el brunch. La medida de fernet a sólo $ 4,50, una ganga.

“Recuperar el edificio no implica sólo un trabajo desde lo arquitectónico sino reconstruir una memoria integral. No queremos rescatar sólo el Molino de la belle époque, sino también el de la lucha de Norma Plá, acá en la esquina”, explica Mónica Capano, asesora de la comisión.

Los anónimos laburantes del Molino, dejados a la deriva por los exdueños, merecen un capítulo en estas memorias. Hace algunos días, don Antonio Sanchíz Cañadén, maestro pastelero de 91 años, volvió a la abatida cocina donde se ganó la vida durante décadas. Se le iluminaron los ojos al recordar los huevos de chocolate que decoraba para Pascua. Trabajaba codo a codo con un colega ucraniano en las entrañas del primer subsuelo del monstruo: un espacio claustrofóbico, pegado al horno siempre tórrido, sólo ventilado por la dignidad de los obreros. Además de un magnífico monumento, el Molino también es un documento de la barbarie.

Una crónica de Nicolás G. Recoaro en Tiempo Argentino, por acá.

Postales en diapositivas

07/11/2018

Postales con diapositivas

La del estribo

31/10/2018

El primer brindis es por el título. El libro que congrega todas las obras del escritor boliviano Víctor Hugo Viscarra se titula La del estribo. Justo, necesario y postrero guiño etílico-literario para el autor de Borracho estaba, pero me acuerdo, a esta altura del partido un clásico de clásicos de la narrativa boliviana contemporánea.  “Cuando uno está farreando entre amigos y quiere tomar la última copa, se dice ‘vamos a tomar la del estribo’. Esto se da antes de partir, cuando ya sólo queda tomar lo último. Es un buen título para las obras completas”, explicó Manuel Vargas Severiche, prolífico escritor cruceño e histórico editor de Viscarra, en una reciente entrevista con el matutino andino Página Siete. El voluminoso libro, publicado por la casa editorial paceña  3600, tiene más de 600 páginas, cuatro prólogos y la portada tatuada con una filosa ilustración de Viscarra, con una botella escarlata incrustada en su pecho, que es obra de Frank Arbelo. ¡A tu salud, Víctor Hugo!

El antropólogo

“Soy antropólogo: soy experto en antros”, decía Viscarra para presentarse como relator del submundo boliviano. Este cronista del margen escribió sobre lo que vivió en carne propia: el laberinto de las empinadas calles andinas, las cantinas de mala muerte, la cárcel, el mortífero y cómplice alcohol barato, la delincuencia, las drogas y la marginalidad. También sobre la soledad, la dignidad de los nadies y su imperecedera necesidad de escribir. Pese a todo escribir.

Lejos de cualquier visión romantizada, a mitad de camino entre la crónica, las memorias y el cuento corto, las decenas de relatos reunidos en el volumen La del estribo pintan un durísimo, feroz y a la vez fascinante fresco del hondo bajo fondo. “Jamás podrán decir que Viscarra escribía sobre lo que no sabía, como ocurre con varios escritores borders de moda”, explica Virginia Ayllón, escritora, crítica cultural, compinche y amiga de fierro del autor.

Las calles donde Viscarra no tenía nada que perder, donde caminar la noche con un escuálido abrigo y su botellita con alcohol puro a la espera de los salvadores rayos del alba fueron construyendo su universo. Delincuentes de prontuarios flacos que agonizan en granjas de rehabilitación, humildes emigrados del campo que subsisten a los tumbos cargando sus penas en los mercados populares, lustrabotas que vuelan entre vahos de thinner, viejos proxenetas venidos a menos, expertos en cuentos del tío y otras sableadas, avispados perros de la calle y voluptuosas cholitas dedicadas al strip-tease y a otras malarias. Quedan a flote, sólo unos pocos. Habitantes y laburantes del margen: realismo sucio andino.

Se puede pensar que la de Viscarra es una literatura menor que asume una doble marginalidad: desde lo que dice –sus personajes, escenarios y andanzas– hasta cómo lo dice. Voces quechuas, aymaras, campesinas, lúmpenes y siempre explotadas. Sus memorias tejen, en primera persona, la política marginal de las urbes andinas.

Nací viejo

Viscarra nació el 2 de enero de 1958. Su madre era pobre, su padrastro era pobre, todo el mundo –salvo dos o tres familias dueñas de las minas de estaño– era pobre en la Bolivia de aquellos años. “Puedo decir que a los doce años me sumergía de cabeza en la noche. En sus oscuras entrañas aprendí cosas, buenas y malas. La noche de La Paz es un laberinto que, al no tener principio, tampoco tiene fin, y uno puede perderse para siempre”, escribe Viscarra en “Frío en el alma”. Desde aquella noche iniciática, las leyendas urbanas sobre las derivas del “Bukowski boliviano” lo transformaron en un auténtico mito dentro de la literatura andina: efímeros pasos por redacciones, algunas changas como escritor fantasma y otras fugaces intervenciones menores en diversos oficios terrestres con la omnipresente sombra del alcohol a cuestas.

Su primer libro, que lo rescató del anonimato, fue Coba: lenguaje secreto del hampa boliviano (1981), un soberbio documento recopilatorio del lunfardo y el argot carcelario, que la policía nacional publicó sin siquiera mencionar al cronista. Luego de aquel primer mal trago llegaron el notable Relatos de Víctor Hugo (1996), luego Alcoholatum & otros drinksCrónicas para gatos y pelagatos (2001), más tarde el popular Borracho estaba… (2002), poco antes de su muerte el premonitorio Avisos necrológicos(2005) y el póstumo Ch’aki fulero (2007). Best sellers piratas desde hace más de una década. La del estribo, con edición al cuidado de Marcelo Martínez, asume el noble desafío de reunir en un solo volumen todas estas obras hermanas. Todavía se aguarda su llegada a las librerías argentinas. En estas pampas, Viscarra tiene numerosos lectores fieles.

En varios de sus relatos, Viscarra vaticinó su muerte antes de llegar a los cincuenta años (“Nacionalizo una pistola y me pego un tiro”). Ni hizo falta, el tiro del final se lo dio una cirrosis fulminante, que se lo llevó en mayo de 2006. Sus restos reposan en el Cementerio General paceño.

Peleando a la contra

Desde los callejones paceños y cochabambinos, Viscarra supo transformarse en la punta de lanza del grupo de narradores que comenzaron a gestar sus proyectos literarios algunas décadas después de que el cimbronazo político y social de la Revolución del ’52 haya quedado empantanado en reformismos tibios. Pero no tan alejados de la dura herencia de los gobiernos militares y los años dulces de la cocaína y el neoliberalismo. Un poco antes de la llegada de Evo Morales al poder.

Los relatos de otros escritores paceños, como la extensa obra del maldito Jaime Sáenz, los cuentos y novelas de Adolfo Cárdenas, Wilmer Urrelo Zárate, Spedding y Willy Camacho tienen sintonía con la obra de Viscarra. Relatos urbanos, textos con un manejo erudito del argot callejero y sus voces. Historias donde el humor ácido y la ironía se beben de un saque.

En sus libros, Viscarra trazó una cartografía marginal sobre mercados negros, comedores populares, basurales, puteros, comisarías, bares, cabarets y barriadas periféricas. Una ciudad de La Paz semiclandestina. La de antros fantasmagóricos como La Casa Blanca, La Curvita, Las Cadenas (con sus vasos y ceniceros encadenados a las mesas), El Pezón de la Mariposa, El Averno (con sus paredes decoradas con imágenes de La Divina Comedia), El Abismo y El Volcán. Cuevas donde los tragos servidos en latas oxidadas cuestan centavos y la regla es amanecer muerto o, con suerte, desnudo. Con su especial manera de narrar su resistencia, Viscarra también luchaba por ser un extranjero en su propia lengua y por construir un espacio al margen del canon literario boliviano que lo condenó a un frío ostracismo. Y lo sigue haciendo.

En su última entrevista, pocos meses antes de su muerte, Viscarra se despidió a su manera: “El mío es un trabajo contraliterario. Hay muchos que se sienten ofendidos con mi literatura. Con mi libro Borracho estaba, pero me acuerdo he tenido tres juicios por difamación. Pero como no tengo un lugar fijo donde vivir, no pasó nada. Además, todos los que me homenajean son unos hipócritas que viven en la porquería. El Apocalipsis dice que vendrá el Juicio Final y habrá gente que se irá al infierno por sus actos, pero yo digo: me da igual, porque he vivido toda mi vida en un infierno”.

Una reseña de Nicolás G. Recoaro, en Tiempo Argentino, por acá.

Esclavos del goce

29/10/2018

En la puerta del boliche, una joven ataviada de negro inmaculado pregunta el nombre al recién llegado. Al escuchar “Señor X”, habilita el ingreso y entrega una etiqueta autoadhesiva con el pseudónimo elegido para la ocasión, tatuado a mano. Es la llave que abre la puerta al festejo mensual de Mazmorra, la web argentina consagrada al sadomasoquismo. Con más de una década de historia, es reconocida como la más importante de habla hispana: tiene más de 90 mil miembros activos que buscan el placer en las diversas prácticas de sexualidad alternativa que hermana el acrónimo BDSM. “Usualmente vienen más de 200 personas –cuenta un caballero cerca del guardarropas–, pero como es justo fin de mes, por ahí baja la convocatoria”. La crisis también golpea en este nicho.

Dos minutos para la medianoche del sábado. Sin prisa, sin pausa, va cayendo gente a la disco, a pasos del Obelisco. Hay muchas parejas y solitarias y solitarios de todas las edades. La mayoría, navegantes experimentados de los foros de Mazmorra, pero también algunos voyeurs o simples curiosos que dan sus primeros pasos en el gremio.

“Yo también llegué por curiosidad. Venía leyendo mucho del tema: Sade, el Kama-sutray sobre todo Internet, para conocer otras experiencias. Tenía parejas, pero sentía que en el sexo me faltaba algo. Al principio me costó venir, es difícil el paso de lo virtual a lo físico”, cuenta N, una joven estudiante. Recuerda que la tercera vez que la invitaron al encuentro, fue la vencida. En el debut sintió timidez, ciertas ataduras sólo le permitieron tantear el terreno, pero con el pasar de las fiestas se soltó y comenzó a explorar las diversas superficies del placer. Así descubrió qué era lo que le gustaba: la sumisión. “Me siento a gusto en ese rol. Disfruto mucho las sesiones en el potro. Son momentos de diálogo entre el placer de mi amo y el mío”. Pura dialéctica hegeliana puesta en práctica con los cuerpos.

En el living, grupitos de pibes y algunas parejitas matan el tiempo compartiendo un trago, fumando o simplemente haciéndose unos mimos fríos. En un rato, las sesiones calientes en el subsuelo harán subir la temperatura. “Dejamos que el morbo y las fantasías fluyan –se despide N antes de perderse en la pista–. El BDSM es pleno disfrute. A alguien que no es de este mundo le digo que no viva el sexo como un tabú. Todos lo practicamos, hasta nuestros padres. Quién te dice que en este momento, tus papás no estén practicando sadomasoquismo en su cuarto”.

Amo a mi amo

Con más de una década de historia en el BDSM, Ciro es toda una eminencia de la fusta de cuero y otros utensilios. Explica, café de por medio en un bar porteño, que el BDSM incluye en su sigla las prácticas del bondage (ataduras), la dominación (y la sumisión), el sadismo y el masoquismo. Una ley capital marca los límites de estas disciplinas: la relación ama/o-esclava/o o dominante-sumisa/o debe ser consensuada. “Hay que desmitificar esto. El BDSM es el lado opuesto de la violencia. Tiene mucho más que ver con la búsqueda del placer, con entregarse plenamente al goce. Nosotros, la mayoría, tenemos vidas comunes, pero a la hora de expresar nuestra sexualidad, nos permitimos explorar sensaciones más allá de lo normal”. ¿Qué es lo normal? “Vainilla” es como apodan los cultores del BDSM al sexo “tradicional”.

Ciro bucea en su memoria y recuerda una experiencia iniciática: “Era muy pendejo, tendría unos 12 años y estaba viendo la película Barbarella con mi familia. Ahí aparecía el Doctor Duran Duran y su Orgasmatron, la máquina que mataba con orgasmos. Veía la peli y pensaba: ‘Olalá, yo quiero eso'”. En su adolescencia se fascinó con las revistas porno europeas que conseguía: “Todo muy bizarro, con chongos de cuero, bastantes sórdidos, la vieja escuela del SM”. La siguiente parada en su formación llegó con la web: “Al principio era todo muy idealizado, lo llamamos de corte ‘mesiánico’, que es el cuento rosa pero en versión sado. Tipo la Historia de O, el dominante y su grupo de esclavas, una visión estereotipada que llega hasta nuestros días y que difundió al extremo 50 sombras de Grey”.  A los 30 y pico, decidió soltar amarras: “Empecé a plantearme las relaciones de otra manera. Necesitaba cruzar los límites impuestos. Sigo teniendo sexo vainilla, pero prefiero lo otro”. Agrega que salir del clóset es difícil: el BDSM sigue siendo un tabú, como el sexo en general.

Siempre asumió el rol de amo en sus encuentros. Y ello implica una gran responsabilidad: “Cuando una persona me dice: ‘Haceme lo que quieras’, paro la pelota y le digo: ‘Charlemos’. Hablamos de los límites: los duros, que nunca se van a traspasar, y los flexibles, que con autoconocimiento y entendimiento pueden cruzarse en el futuro. Soy muy protocolar en mis relaciones, para dar un marco de acción consensuado. Firmo un contrato”. El documento incluye un check list, un minucioso listado que detalla las reglas de juego, prácticas y márgenes de dolor aprobado: “No tiene valor legal, pero sí carácter simbólico en esta comunidad. Como el collar con las iniciales del amo que marca propiedad sobre el sumiso. Ser amo supone un acuerdo, confianza. Atás a la persona que está bajo tu control, la vendás y se entrega totalmente. Si no hay consentimiento, sería manipulación, o peor, abuso. Nuestra búsqueda va por otro lado”.

Mi ama me ama

Además de organizadora de los eventos de Mazmorra, Paula es la pareja y sumisa de Ciro. Hace memoria: “Llegué hace cuatro años. Siempre tuve fantasías ‘raras’, pero cuando se las planteé a mi exmarido, me mandó literalmente al psiquiatra”. Las sesiones de terapia y las charlas con especialistas en juegos sexuales le abrieron los ojos. “Sabía que existía el BDSM, pero no le entendía la onda. Entonces conocí a Ciro. Al principio charlamos un montón y de su mano empecé a descubrir qué me divertía en la cama y también qué no”.

En el medio, cuenta Paula, tuvo su deconstrucción como mujer. Es feminista, y eso implica romper las estructuras en el BDSM, un espacio tradicionalmente sometido por el machismo. En los eventos, dicen, predican contra ese paradigma: “Feminista sumisa, suena raro, ¿no? Pero en este camino de autoexploración de mi placer, ser sumisa me empodera como mujer. Pienso que el sexo convencional es machista, sólo importa el placer del hombre. Cuando nosotras elegimos un rol, lo atamos a nuestro placer. El límite está en el preciso momento en que nos deja de gustar”.

Unidos y dominados

El código de vestimenta en la fiesta es diverso: desde el icónico leather (el cuero predomina en camperas, muñequeras, borcegos y, por supuesto, collares) hasta elegantísimos vestidos largos y tacos aguja kilométricos. Algunos caballeros lucen acodados en la barra una elegancia sobria, con sweaters anudados al cuello. Otros, más glamorosos, emperifollados con peluquitas carré y minifaldas, brillan como personajes de animé en la pista de baile del primer piso. Los juegos de rol y el fetichismo nunca pasan de moda.

El subsuelo está poblado por un oscuro mobiliario: potros de tortura finamente acolchonados, arcos para practicar el shibari –la disciplina de atadura de origen japonés–, diminutas celdas y cruces de San Andrés con sus cadenas. Un espacio bien dispuesto para la experimentación. Con una sola regla suprema: sano, seguro y consensuado.

El DJ dispara por los parlantes clásicos de Marilyn Manson y Nine Inch Neils. Un gran círculo humano disfruta con extremo respeto de una performance extrema. Con los ojos bien cerrados, una chica atada con papel film a una columna se entrega al placer que le brindan un chico de rostro enmascarado y una señorita vestida de impoluto cuero. Juegan con la respiración y con una fusta. En el clímax, el trío se funde en un abrazo.

El pibe de la careta se hace llamar Míster K: “Me gusta esto de incorporar la actuación, los roles. Pero no es solo un juego, hay que estudiar para las sesiones. Y la mejor manera es practicar: puedo pasarme horas buscando los puntos erógenos. Encontrarlos es hermoso. Cada ser humano es un mundo”. Se define como un amo sádico, y eso implica un vínculo muy fuerte con sus sumisos: “Hay que construir confianza. Además está la palabra de seguridad, que garantiza el cuidado de la persona. Esto no es ‘te pego en el culo hasta cansarme'”.

A las 4 de la mañana, el subsuelo luce exhausto. “¿Ya se retira, Señor X?”, pregunta la Señorita O cerca de la salida. Cuenta que antes de llegar a Mazmorra sentía muchos pruritos con su cuerpo: “Era muy reprimida, tenía inseguridad, pero acá aprendí, más allá de explorar mi deseo, a relacionarme con las personas”. Hoy exhibe sus generosas curvas sin prejuicios. En la comunidad encontró compañeros de placer y, sobre todo, amigos: “¿Sabés lo que es el BDSM? Una forma de comunicación”.

Una crónica de Nicolás G. Recoaro publicada en Tiempo Argentino, por acá.

De la cabeza

14/10/2018

La dueña de la sombrerería Maidana tiene un don muy especial. Cuando un cliente entra a su local, Adriana demora una fracción de segundo en adivinar el talle preciso para su cabeza. “Debe ser la vista de sombrerera –explica–, herencia de mi familia, que tiene más de un siglo en el rubro”. Su padre, su abuelo y su bisabuelo fueron sombrereros, y sus hijos dan una mano. Todos son auténticos artesanos de la buena sombra.

Con sus variados diseños, los Maidana han dado elegancia, estilo y reparadora protección a las cabezas de varias generaciones. Sin dudas, entrar a este clásico local de la avenida Rivadavia al 1900 es una invitación a recorrer la historia familiar. Como la tarde viene floja, por la crisis y la ausencia de clientes, Adriana se toma el tiempo necesario para repasar las andanzas y desandanzas de sus antepasados en el gremio.

Cuenta que el primer miembro del linaje fue Luis Maidana, migrante italiano llegado al puerto de Buenos Aires a principios del siglo XX: “Mi bisabuelo aprendió el oficio en Europa. Piense que Italia es la cuna del borsalino. Acá arrancó marcando tafiletes, el cuero que va dentro de la copa. Trabajaba para varias casas”. Al poco tiempo, una idea le empezó a dar vueltas en la testa: ser su propio jefe. Entonces, Luis se asoció a otro obrero y empezaron a producir bombines y otras variedades en un caserón de Palermo. Los primeros años fueron duros, pero lograron abrir un local sobre la calle Victoria, frente al antiguo Senado.

El sombrero era todavía un signo de distinción patricia, aristocrática y por demás elitista. El poder siempre se sube a la cabeza: desde el chambergo de Bartolomé Mitre hasta las galeritas de la UCR antipersonalista de Marcelo T. de Alvear, pasando por el bicorne emplumado de Roca. En las antípodas estaba Hipólito Yrigoyen, que prefería diseños más populares como el bombín, heredero directo del jipijapa con que San Martín cruzó los Andes o el gorro frigio del escudo nacional. Adriana asegura que el “Peludo” era cliente asiduo de la casa. Dejaba su gastado hongo de fieltro para que lo reparara Maidana.

Una crónica de Nicolás G. Recoaro en Tiempo Argentino, se lee completa por acá.

Postales salvajes

13/10/2018

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En la primera postal se ve un curtido mapa de Norteamérica. Una línea tatuada con fibra gruesa se mueve a los tumbos desde el extremo sur del continente. Cruza la frontera del Río Bravo y atraviesa San Bernardino, Los Ángeles, San Francisco y se pierde en el infinito canadiense y más allá. El viajero ducho sabe que la cartografía oficial es solo una guía. Nunca es el territorio.

El mapa personal es otra historia. Muchas historias. La de Osvaldo Baigorria arranca hace más de cuatro décadas: “En enero de 1974 salí en tren y en parte a dedo a un viaje que me llevaría casi once año de búsqueda por territorios de la contracultura que se propagaba desde y hacia la Costa Oeste norteamericana”. Las primeras líneas de Postales de la contracultura: un viaje a la Costa Oeste (1974-1984), flamante libro editado por Caja Negra, son el punto de partida para que este escritor y periodista peregrino, nacido y criado en el barrio porteño de Mataderos, ensaye un fascinante ejercicio de memoria.

A partir de decenas de bellísimas postales salvajes, que capturó con las lentes de una Leica IIIC -perdida on the road- y una Pentax K 1000, Baigorria se anima a trazar un mapa personal, pero sobre todo epocal, de sus fugas y derivas de más de una década. Un documento que echa un haz de luz sobre el pasado pisado. Pero también sobre el oscuro presente y, por qué no, el incierto futuro que nos tocará recorrer.

Soltar amarras. La pulsión nómade de Baigorria floreció a principios de los ’70, con las últimos calenturas que regalaba el “verano del amor” sesentero en estas pampas. En ese tiempo, el joven Osvaldo –miembro activo del colectivo Política Sexual- se lanzó a la aventura. Como un fugitivo, decidió escapar de la Buenos Aires opresiva y policial, previo al baño de sangre del Proceso militar. Tomó su pesada mochila, alambres y herramientas para forjar artesanías, y partió para hacerse la América rumbo a la tierra prometida de la contracultura.

En el horizonte divisaba un paisaje imaginario, enclavado en la occidental costa brava estadounidense. California dreaming. Paraíso del amor libre, las drogas, la psicodelia, el rock, los hippies, los poetas beat y la vida comunitaria. Cuando llegó a destino, el panorama era muy distinto: “Mi experiencia fue otra también porque el ‘afuera’ en el que me hallaba no era el de un cronista de Life o de Look que venía a observar el boom del hipismo en la Costa Oeste sino el del chico argentino que había querido participar de esta movida aunque arriba años más tarde, sin entender todo lo que estaba sucediendo a causa de la barrera del idioma aunque sin barrera ni prejuicio contra la cultura de la contracultura. La frustración era doble. No había llegado a vivir en el Haight-Ashbury en el ’67 ni en el ’74. California era una tierra prometida difícil de alcanzar hasta para los que nacieron en el medio de la promesa.” Laburar de sirviente con cama adentro en Silicon Valley, cuidar ancianos y aprovechar el pan de cada día que ofrecían los templos religiosos de Frisco eran también una forma alternativa de acercarse a la contracultura. Experiencias de migrante, latino y pobre. Devenir minoritario.

Engordado por más de 40 postales y 70 potentes crónicas, divididas en tres apartados –“La ruta”, “La ciudad” y “El bosque”-, el libro de Baigorria se aleja de la saudade y el tono melancólico para explorar un sendero que se bifurca ante la reflexión sobre la(s) contracultura(s), desde aquellos años tórridos hasta nuestro frío presente. En Postales… hay espacio para todes: los beatniks, los pibes del flower power, las Panteras Negras, los yippies del Youth International Party (YIP), los ecologistas, las feministas, los drop outs, los freaks, la prensa alternativa, los nudistas, los desertores del hogar, de la escuela y del servicio militar… Nosotros versus ellos.

Se recuerda también a los compañeros de ruta, fiesta, cama y bosque. Como Hugh Elliot, un ingeniero autodidacta inglés que llevó la electricidad a los profusos bosques de Argenta, en la Columbia Británica canadiense, la comuna donde Baigorria ensayó su propio “retorno a la tierra” después del stop californiano. O Fernando González, un chicano pacifista ex combatiente de Vietnam que atendía un sex shop en Frisco. También la familia Stevenson: cuáqueros, enemigos de las guerras y siempre solidarios con los evasores de la cruzadas militaristas.

Memorias, ensayo, crónica de viaje, manifiesto, manual de supervivencia… El libro de Baigorria es difícil de clasificar, como toda su fascinante obra. No lo dude, querido lector, rompa el chanchito y cómprese un ejemplar. O siga el consejo del anarco Abbie Hoffman: vaya a una gran cadena de librerías, fíjese si el empleado está distraído y cometa un acto de justicia contracultural. Robe este libro.

Una reseña firmada por Nicolás G. Recoaro en Tiempo Argentino.