Melancolías de Pavese

22/07/2018

Podía considerarse un sobreviviente exitoso. Había atravesado el fascismo, la cárcel, la guerra y la posguerra hasta llegar a uno de los lugares más privilegiados del campo intelectual italiano. Había publicado catorce libros, traducido a varios autores estadounidenses, cofundado la editorial Einaudi y recibido el prestigioso premio Strega en 1950. Pero en verano de ese mismo año se suicidó con somníferos en una habitación de hotel de Turín, la ciudad en la que vivía y que conocía como la palma de su mano.

El gesto final de Césare Pavese corona de un modo tan nítido su obra y trayectoria que es imposible eludirlo y es justamente con la mención de ese gesto que Jorge Aulicino decide iniciar el prólogo a su traducción de estos dos libros en uno. Trabajar cansa fue el primero, escrito entre 1931-35 y publicado por Solaria en Florencia antes de la edición definitiva de Einaudi, en 1943, que incorporó poemas de los años 1936-40. Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”  fue el último, nacido en la primavera de 1950 (excepto por los poemas de “La tierra y la muerte” escritos en 1945 y “La casa” que es de 1940) y publicado de modo póstumo en 1951.

Entre los versos finales de Pavese se encuentran aquellos titulados en inglés que le dedicara a la actriz neoyorquina Constance Dowling luego de que esta rompiese con él y partiera de regreso a Hollywood, y el par de poemas escritos en su totalidad en esa misma lengua. “To C. from C.”, que podría leerse como “de Cesare a Constance”, refiere a esa “sonrisa manchada/en congeladas nieves/ viento de marzo” que reaparece en “You, wind of march” como “sangre de primavera/ anémona o nube/tu paso ligero/ha violado la tierra”.  Y “Last blues, to be read some day” que canta a aquel amor que para alguien habrá sido solo un “flirt”, un  “levante”, mientras otro quedaba herido y moriría sin saber.

En castellano, Pavese fue conocido post-mortem a lo largo de la década del 50 sobre todo por su diario El oficio de vivir, varios libros de narrativa, los artículos de La literatura norteamericana y otros ensayos, y la primera versión de Trabajar cansa y Vendrá la muerte y tendrá tus ojos por Rodolfo Alonso, con la colaboración de Hugo Gola, en 1957. Estos dos títulos, publicados siempre en un solo volumen primero por Nueva Visión, luego por Lautaro y Alción, se reeditan este año en una versión que no solo aggiorna algunos términos –por dar dos ejemplos, en vez de “El dios-cabro” será “El dios cabrón” y “Gente desarraigada” será “Gente fuera de lugar”- sino que permite leer con fluidez cada instante de esta poética que el texto introductorio analiza como resultado de un cruce de épocas y de culturas: el mundo del trabajo rural y su choque con la ciudad en crecimiento, la Segunda Guerra Mundial y la presencia estadounidense en Italia. Un cruce que Pavese supo elaborar desde su conocimiento de las herramientas de los narradores norteamericanos a los que traducía en esos años: Melville, Dos Passos, Faulkner, Steinbeck, Sherwood Anderson, entre otros.

Un artículo de Osvaldo Baigorria. Se lee completo en la Revista Ñ por acá.

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Vuelta y vuelta

22/07/2018

Débora tiene bien ganado su apodo. En el ambiente la conocen como la Buscapleitos: “Me cobraron la séptima falta y me rajaron, cómo no voy a estar caliente. ¡Los referís son unos bomberos!”, dice, áspera, la chica de La Plata, con mansa ira inyectada en su rostro maquillado con esmero. En la pista, sus compañeras del team Alianza Rebelde sienten la ausencia de una de sus principales figuras, en el choque con el equipo de Las Pibas, afiladas candidatas para conquistar el torneo Violentango 6, la competencia top del roller derby porteño. “¡Todo mal –espeta Débora, sin dejar de alentar a las guerreras rebeldes que caen como moscas en el campo de batalla–. La estrategia era que no nos sumaran puntos, pero nos están llenando la canasta.” El tablero electrónico del Club Martín Fierro, en los arrabales de Villa Soldati, es irrefutable. Las Pibas suman 400 puntos, contra los modestos 70 del equipo cuyo nombre homenajea a la saga Star Wars. Hoy no las acompañó la Fuerza.

Una crónica de Nicolás G. Recoaro, se lee completa en Tiempo Argentino por acá.

La delgada línea rosa

09/07/2018

Mirna a través del espejo. Vestido corto bien ceñido al cuerpo, pañuelo de seda escarlata, collares prendidos al cuello, finas pestañas kilométricas, peluca rubia larga y lacia y –de sólo mirarlos dan vértigo– encumbrados stilettos. Un instante más frente al espejo para corregir el labial y listo. Toda una lady.

“Esto es muy simple: cuando termino de maquillarme y me calzo la peluca, desaparece el varón y entro en modo femenino”, explica Mirna, mientras taconea, delicada, por el departamento donde funciona la firma Crossdressing Buenos Aires, un emprendimiento que brinda espacio reservado y un minucioso asesoramiento a los caballeros que gustan de hacer realidad su fantasía de vestirse de mujer.

Mirna aclara que el círculo de los crossdresser porteños no es tan pequeño como aparenta. “Lo que pasa es que hay muchos prejuicios y por eso no se cuenta abiertamente. Imaginate si cruzamos al bar de la esquina y les digo a los parroquianos que me gusta vestirme de mujer. Lo primero que dirían es que soy puto. Y no, querido, a mí me gustan las mujeres, estoy casado y tengo hijos. Me gusta crear este personaje, la transformación completa, darle vida a Mirna. Un día rubia, otro morocha. La posibilidad de mutar, que generalmente los hombres no tenemos. Es un cambio de 180 grados de mi vida diaria de varón. Cruzar al lado B.” Un pasaporte efímero, para atravesar la frontera de la delgada línea rosa.

A los once años, cuenta Mirna, tuvo sus primeras excursiones al lado B. Era fana de Kiss. Cuando sus padres salían a trabajar, aprovechaba para entalcarse la cara como el gatito Peter Criss o el estrellado y más glamoroso Paul Stanley. Lo hacía encerrada en el baño, su mundo privado. “Era un juego con el espejo. Me llamaba la atención saber quién se ocultaba atrás de ese maquillaje.” Pero un día, dio un paso más: “Agarré un rouge de mi vieja y a ese mimo le agregué los labios rojos. Después algo de sombra celeste. Hasta que decidí sacar el talco y descubrí algo raro: una mujer”.

La siguiente escena se desarrolla en el aula de un colegio industrial, a fines de los ’70, durante una clase de Lengua y Literatura: “Mi profe montada en sus botas de taco alto –rememora Mirna–. Ella: toc, toc, toc en el frente. Y yo desde el pupitre preguntándome qué se sentiría estar sobre esos tacos”. La respuesta la encontró en el ropero de su madre: “No había botas, pero sí unos taquitos. Me los puse con las medias azules del colegio y de golpe comenzaron las sensaciones”. Un mundo de sensaciones.

Algunas semanas después, otra vez frente al espejo, empezó a afinar el ojo: “De repente me di cuenta de que las medias del cole no pegaban y me puse unas pantis color verde. ¡Uf, esa sensación del nylon sobre la piel!  Después fue probar un corpiño, para ver cómo se sentía. Pintarme los labios, caminar con los tacos. Era el despertar de las hormonas adolescentes. Me daba placer.”

Mirna pone stop en la narración. Se toma unos segundos, da vuelta la cinta y presiona play al lado A, la historia de G. ¿Qué puede contarnos? “Que desde aquellas experiencias, fue pasando el tiempo. Me puse de novio, me casé, tuve hijos. Estudié ingeniería, me especialicé en gas y petróleo. Nunca dejé de ponerme los tacos y la medibacha, pero mi primera mujer nunca lo supo.”

 

Una crónica de Nicolás G. Recoaro. Se lee completa en Tiempo Argentino, por acá.

La vuelta de Sobre Sánchez

17/06/2018

Transbiografía, post novela y ensayo colapsado. Editorial Mansalva reedita Sobre Sánchez, el libro de Osvaldo Baigorria que sigue las huellas del errante Néstor Sánchez.

 

sanchez

La tetera es de porcelana

17/06/2018

Estamos invitados a tomar el té. La cita es a las 10 de la mañana, en un edificio ultramoderno, espejado, altísimo y bien acomodado sobre la calle Bouchard, en el frío corazón del Bajo porteño. La sede del Centro Cultural de la Embajada de Japón está en el piso 15. Desde las alturas de la casa diplomática se ven el río de aguas siempre quietas y el fervor de Buenos Aires y sus calles, en movimiento perpetuo.

Concentrada, algo solemne pero sin perder la sonrisa, Malena Higashi termina de ajustarse al cuerpo un finísimo kimono de seda, antes de dar el primer paso sobre el tatami. “Nada puede ser dejado al azar. Desde cómo moverse, las formas de sujetar cada elemento, hasta el tamaño de las maderitas que arden en el brasero, todo tiene un porqué”, advierte sobre los mil y un secretos de la ceremonia del té, el antiquísimo chado. La acompañan Lucy, Gabriela y Vanesa, serviciales estudiantes porteñas de este arte mayor nipón. También la sensei Emiko Arimidzu, decana de la disciplina en estas pampas. Su abuela.

En japonés, chado quiere decir “el camino del té”. Malena dio sus primeros pasos en este sendero cuando apenas sabía caminar. “De chiquita, mi abuela me llevaba a un espacio en Belgrano donde se tomaba el té. También me ponían el kimono. Aprendí más que nada jugando”, recuerda la joven, y mira a la sabia Emiko, que se ríe y comenta: “Todavía sigue jugando”.

Un anfitrión que ofrece el té y un invitado que lo bebe. Para el observador despistado, puede parecer un lacónico elogio de la simpleza que se bebe de a sorbos. Pero este pequeño gran acto rebalsa de simbolismos, estéticas, filosofías. El chado, dice Malena, es la culminación de todas las artes japonesas, porque en la sala de té conviven aportes de la caligrafía, la poesía, el arreglo floral, la arquitectura, la cerámica. Cuatro principios rigen la práctica: la armonía entre las personas y la naturaleza, el respeto, la pureza y la tranquilidad de la mente: “La práctica de chado tiene que ver con encontrar la belleza de las personas y de los objetos, apreciar algún aspecto de la naturaleza y llevarlo a la sala de té. Pero también es una práctica que enseña acerca del orden y la limpieza, a lidiar con imprevistos sin perder la calma. Y hay otro aspecto muy importante que llamamos omotenashi, la hospitalidad japonesa”, explica Malena y exhibe su chashaku, la cuchara tallada en bambú con la que sirve la infusión milagrosa.

Por su conexión con la naturaleza, el chado no puede separarse de las cuatro estaciones del año. En Japón, la primavera, el verano, el otoño y el crudo invierno están relacionados con la poesía. Los versos dictan las características de cada estación. Los cuidados movimientos de Malena sobre el tatami tienen la belleza de un haiku. Gestos diminutos, miradas profundas, frases cortas y por último, pero no menos importantes, infinitos silencios. Malena escribe el chado con su cuerpo. “Hay un concepto japonés de la belleza que viene del término wabi, que es la belleza de lo imperfecto. Murata Juko, un gran maestro de té, alguna vez dijo que la luna es bella cuando está ligeramente cubierta por una nube. La estética wabi no es la luna enorme y brillante en el cielo, es esa luna misteriosa que se insinúa, con un brillo opaco, tenue, detrás de las nubes.”

Una crónica de Nicolás G. Recoaro, publicada en Tiempo Argentino, completa por acá.

Figuritas

28/05/2018

 

Orlando comanda uno de los puestos más concurridos del parque, a pasitos de la avenida Rivadavia, bien cerca de las garitas estables que ofrecen libros de segunda mano y literatura de primerísima calidad. Ha trajinado todas las categorías del rubro. Arrancó hace cuatro años, durante el Mundial de Brasil: “Me enteré de que la gente se juntaba para cambiar figuritas y cuando llegué no lo podía creer: pila de pibes. Yo soy vendedor de alma, y acá vi que había un negocio. Al otro día me vine con una caja de zapatos llena de figuritas.” Así nació el pequeño emporio de Orlando: una tabla sobre cuatro cajones de fruta a manera de exhibidor, una docena de álbumes y cientos de paquetes –precio oficial: 15 pesos– que esperan ser degollados. En el gremio ya es un jugador de primera.

Este año, Orlando incorporó los fundamentales catálogos: “Y bueno, uno se va profesionalizando y hay que organizarse: son más de 600 figuritas. Los folios te ahorran tiempo y se ve mejor la mercadería.” Entre las mil y una caripelas mundialistas que han pasado por sus manos, elige la estampita 322, la de Ikechukwu Ezenwa, arquero nigeriano: “Tiene cara de tipo divertido, jodón. Lo invitaría a comer un asado. Fijate”. Tiene razón.

Antes de regresar a sus tareas lucrativas –una jauría de compradores exige su presencia–, el dealer repite como un mantra el discurso oficial de Panini, la empresa propietaria de los derechos oficiales: “No hay figurita difícil, no hay figurita difícil… El problema es que la gente atesora la de Messi o la de Agüero, para pegar en la heladera o en un cuaderno”. Agrega que las llamadas “leyendas” son las más cotizadas. Las postales del rey Pelé en México ’70 y del Diego en el estadio Azteca van de 60 a 100 devaluados pesos.

Una crónica de Nicolás G. Recoaro, publicada en Tiempo Argentino, se lee completa por acá.

Al final hay hogueras y vanidades

20/05/2018

Siempre más que barroco y churrigueresco en la forma, el lenguaje y las maneras, nunca menos que conservador en el fondo, la filiación artística y las afiliaciones políticas. Defensor de la presencia de Estados Unidos en Vietnam, desconfiado de la supuesta espontaneidad y el desabrido lirismo hippies, defensor del Estado de Israel, enemigo del terrorismo en cualquiera de sus formas, habría sido de los primeros en felicitar al Paraguay por ser de los primerísimos países en abrir su embajada en Jerusalén, ciudad santa de tres religiones monoteístas. Inmaculado en su traje y chaleco de lino blanco y virginiano, con medias bicolores y polainas sudistas donde fuera que lo llevara su oficio de cronista impertérrito pero facundo. Irreverente con las vanidades caducas del Wall Street de los yuppies y la especulación financiera en la era Reagan –que dio título a su novela La hoguera de las vanidades (1989) que dio lugar a un vanidoso, fútil film de Brian de Palma–. Sádico con el boom e-conómico de Clinton y con la sociedad post-racial de Obama. Así fue en vida Tom Wolfe, el autor que más hizo por violar las fronteras porosas de la literatura y el periodismo, y uno de los más involuntarios pero poderosos responsables de que en América Latina la crónica se haya convertido en género de culto y salvoconducto pop para requisas diurnas de todas las torres de marfil y allanamientos nocturnos de todas las chacaritas de la cultura.

Un artículo de Alfredo Grieco y Bavio, se lee completo en el ABC Color paraguayo, por acá.