Crónica de autor (II)

En la primera entrega revisamos las diferencias que, según Susana Rotker en La invención de la crónica, distinguían a los cronistas modernistas como José Martí y Ruben Darío de los reporters de su época. Aquí leeremos un par de ejemplos desde los que puede cuestionarse la figura del cronista como alguien que viaja, se desplaza, se hace presente en el “lugar de los hechos” para trasmitir lo que ve, siente o percibe desde su propia experiencia.

Osvaldo Baigorria: Tenemos “La ejecución de los mártires de Chicago” (1887) y “El terremoto de Charleston” (1886) de José Marti. En el primer caso (Rotker, pp. 158-159), se construye la escena en la cual los anarquistas son llevados al sitio donde los espera la horca:

 

Plegaria es el rostro de Spies; el de Fisher es firmeza; el de Parsons, orgullo radioso; a Engels que hace reir con un chiste a su corchete, se le ha hundido la cabeza en la espalda. Les atan las piernas, al uno detrás el otro, con una correa.

 

Y luego de narrar cómo son conducidos hasta el patíbulo llega el momento en que se produce la ejecución:

 

Hombres y mujeres de mi querida América… empieza a decir Parsons. Una seña, un ruido, la trampa cede, los cuatro cuerpos caen a la vez en el aire, dando vueltas, chocando. Parsons ha muerto al caer, gira de prisa y cesa: Fisher se balancea, retiembla, quiere zafar del nudo el cuello entero, estira y encoge las piernas, muere: Ángel se mece en su sayón flotante, le sube y baja el pecho como la marejada, y se ahoga: Spies, en danza espantable, cuelga girando como un saco de muecas, se encorva, se alza de lado, se da en la frente con las rodillas, sube una pierna, extiende las dos, sacude los brazos, tamborinea: al fin expira, rota la nuca, hacia delante, saludando con la cabeza a los espectadores.

 

Por otra parte, en “El terremoto de Charleston” (Rotker, p. 218 –219), mientras The Sun o The New York Times informan sobre la catástrofe acumulando datos y nombres, la crónica que lleva la firma de Martí relata:

 

Se oye venir de nuevo el río sordo: giran las gentes, como estudiando la mejor salida: rompen a huir en todas las direcciones: la ola de abajo crece y serpentea; cada cual cree que encima tiene un tigre. Unos caen de rodillas: otros se echan de bruces: viejos señores pasan en brazos de sus criados fieles: se abre en grietas la tierra: ondean los muros como un lienzo al viento: topan en lo alto las cornisas de los edificios que dan el frente: el horror de las bestias aumenta el de las gentes: los caballos que no han podido desuncirse de sus carros los vuelcan de un lado a otro con las sacudidas de sus flancos: uno dobla las patas delanteras: otros husmean el suelo: a otro, a la luz de las llamas se le van los ojos rojos y el cuerpo temblante como caña en tormenta: ¿qué tambor espantoso llama en las entrañas de la tierra a la batalla?

 

 

Bueno, parece que Martí no estuvo en el terremoto de Charleston, aunque sí en la ejecución de Chicago. Según Rotker, allí “la imitatio clásica del arte ha sido reemplazada por la autonomía de la libertad de expresión” (p. 157). Lo cual me parece interesante para desarmar la idea del cronista que viaja y hace acto de presencia en el lugar de los hechos.

 

Mónica Swarinsky: Como Sarmiento que no estuvo en la pampa ni vio a Facundo…

 

OB: O que no estuvo en la ejecución de Camila O´ Gorman. Es decir: la cuestión de la experiencia (el “estar” o “no estar” en el lugar de los hechos, y también el de tener la “experiencia” de oficio como para reemplazar los elementos faltantes con la propia imaginación), la dicotomía ficción/no ficción, el fundamento de la credibilidad en los sentidos, la irrupción del “yo”… me parece que son algunos de los temas que podemos investigar a lo largo del seminario o, si el tiempo no es suficiente, en un grupo que podamos constituir a tal fin.

Parte del problema de qué es ficción y que no lo es se jugaría en el recurso a la exageración. Rotker presenta fragmentos de una columna de Martí llamada “Sección constante” en el diario La Opinión Nacional de Caracas. Una de las entregas de esa columna refiere a un experimento que aparentemente se hizo con el sonido de unas moscas. Dice:

 

Merced al micrófono, un químico inglés ha llegado a demostrar que esas moscas infelices, que miramos sin compasión, que tan a menudo perecen en manos de niños traviesos, sufren tan vivamente como el más sensible de los mortales y expresan su dolor en gemidos prolongados y angustiosos, que el micrófono trasmite distintamente al oído que tienen la naturaleza de un caballo. (Rotker; 2005, 99)

 

¡Está diciendo prácticamente que las moscas relinchaban! Y bueno, concluye Rotker, esto ya parece “un cuento fantástico”.

Lila Luchessi: Fijate lo de Jorge Zicolillo: fue absolutamente inconcebible. Son las mejores crónicas sobre Irak que yo leí y se comió un juicio por estafa, perdió el juicio y sus crónicas en la revista TXT eran mucho mejores que las de Gustavo Sierra, de Clarín, que es el que ganó un premio… Eran alucinantes. Y el tipo todo lo que había hecho era bajar información de internet.

 

Julián Gorodischer: Me parece que hay un cambio en el sistema de creencias desde fines del siglo XIX hasta ahora, que hace que un personaje como Zicolillo esté en infracción, sea enjuiciado e impugnado y no Martí por no haber estado en el lugar del terremoto o por hablar de un experimento con moscas. Martí o Darío eran escritores que estaban innovando e introduciéndose en el campo de la narrativa desde otro sistema de creencias, en el cual se instituía como valor inamovible la experiencia. Hoy ya no está eso, ya es legítimo hacer crónica leyendo los diarios desde una PC, por ejemplo. O cuando ves las nuevas ediciones de crónica que salieron de editorial Sudamericana, notás que hay una nueva vuelta de tuerca de aquel paradigma que instituía como valor la experiencia. Hay escritores como Alan Pauls, Edgardo Cozarinsky, María Moreno que entremezclan ficción y realidad, hacen crónicas que ya no privilegian la experiencia como valor central.

 

 

LL: En la compilación de Maximiliano Tomas La Argentina crónica, varios periodistas responden a tres preguntas que me parecen interesantes y bien podrían guiar una investigación más profunda: “¿Cuál es su definición de crónica periodística? ¿Cuál cree que es su finalidad? ¿Qué limites -éticos, metodológicos- existen a la hora de investigar una historia para contarla?” Cito dos respuestas para estimular nuestra curiosidad:

1) “Las crónicas no tienen finalidad. Las historias están allí para ser contadas… Posiblemente la única finalidad de una crónica sea la buena escritura. Y no mucho más” (Hernán Brienza, pp. 138 y 139)

2) “… no tengo de la crónica una definición distinta de la de una nota o un reportaje: contar una historia” (Martín Sivak, pp. 251)

 

OB: Sí, leí el prólogo de Martín Caparrós, allí se opone crónica a información de actualidad (o “prosa crónica” vs. “prosa informativa”). Según Caparrós, “el informador puede decir “la escena es conmovedora”; el cronista trata de construir esa escena -y conmover“.

Agustina Paz Frontera: Me quedé pensando en la experiencia como cualidad distintiva del cronista… Ahora lo veo más claro: No se trataría exclusiva o necesariamente de una observación participante, sino de una experiencia corporal.

Brienza habla de una crónica, la del informador según Caparrós. La crónica de quien se encuentra frente a una escena que existiría antes de la mirada del informador. Una escena previsible, porque tiene rasgos que funcionan según un patrón de noticia; es una escena-tipo, porque el periodista va a buscar eso, una escena de la que se pueda hablar (“las historias están allí para ser contadas”). El cronista trasmite su mirada sobre la historia preexistente, su conmoción frente a los hechos, pero sin embargo dice que la historia ya estaba ahí. Entonces desaparece, de su cuerpo solo quedan sus ojos, que presta al lector.

Ahora, Caparrós habla de otro tipo de cronista, el que construye una escena para un otro, que inventa una historia ahí donde de otra forma no habría más que entes. A este cronista no le queda más que jugar sus fichines literarios para conmover (para mover, traer-llevar al lector). Éste es el que traspone, trasmite, expone una experiencia vívida: la de un cuerpo que entra en relación con otros entes y se recubre de un nuevo status ontológico, porque es un cuerpo que antes de esa escena era inexistente, así como inexistentes eran los cuerpos que narra y la historia que se teje: la escena, el cronista, los personajes cobran vida en el momento en que el lector se conmueve. El cronista acá, a diferencia del informador, presta el cuerpo al lector. Y todo sucede como si algo realmente hubiese sucedido, como si la escena ya existiera, como si las locas de Lemebel existieran de hecho, como si Shakespeare hubiese estado alguna vez en Dinamarca, como si Walsh hubiese estado ahí cuando matan a Rosendo… Creo que la crónica es el género que mejor trasmite la ubicuidad.

OB: Si entendí correctamente, lo que decís es que el cronista trasmite una experiencia sensoria, no necesariamente producida por alguien que “estuvo allí” (en el lugar de los hechos) sino porque intenta que el lector/espectador sienta o tenga alguna experiencia de “estar allí” (en ese lugar). La experiencia, para ser totalmente vívida, precisaría de lo sensorial (imágenes, sonidos, etc.) y de lo referencial, con datos materiales que dan fe de la veracidad de lo narrado. Y es quizá porque logra trasmitir esa experiencia que Kerouac parece funcionar como cronista cuando empieza la novela Los subterráneos con los beatniks sentados sobre el guardabarros de un auto frente a un bar de la calle Montgomery de San Francisco, o Walsh en el prólogo de Operación masacre en un café platense de 1956 donde se jugaba al ajedrez y no se hablaba de Aramburu ni de Rojas, o Kawabata en La pandilla de Asakusa como insomne que sale a caminar por los callejones con vagabundos dormidos a las tres de la madrugada. Por eso, con el paso el tiempo esos textos (libros, por supuesto) pueden leerse -al igual que Facundo– en parte como “crónica“, “novela”, “ensayo”, “testimonio” e incluso “investigación“, “etnografía” o “antropología” de una época. Porque rompen la dicotomía ficción/no ficción.

 

APF: La del cronista sería una experiencia que no necesita del sensacionalismo en vivo para narrarse vívida y caliente. Un relato de lo posible sin importar si la percepción de los hechos que se relatan es en directo, mediada por una PC o por unos siglos. Se trata de un como si que trasmite una experiencia vívida total, así es como podemos unir a Kerouac con Walsh, a Kawabata con Martí…pasando por alto la distinción entre ficción/no-ficción…haciendo pie en la ruptura con esa dicotomía (Continuará)

01/09/07

Seminario “La crónica de autor”

Cátedra Baigorria – Taller Anual de la Orientación en Periodismo

Carrera de Ciencias de la Comunicación

Facultad de Ciencias Sociales, UBA

Bibliografía

Rotker, S. (2005). La invención de la crónica, Fondo de Cultura Económica, México D. F.

Tomas, Maximiliano (comp. 2007). La Argentina crónica, Planeta, Bs. As.

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Una respuesta to “Crónica de autor (II)”

  1. blogcronico Says:

    Dicotomía entre ficción/no ficción… aqui entra una duda: Martí ¿estuvo o no estuvo en Chicago? Al leer el prólogo que Mónica Bernabé escribió para “Idea crónica. Literatura de no ficción iberoamericana” (Beatriz Viterbo), tropiezo con la afirmación: “nos enteramos de que (Martí) nunca visitó Chicago ni que tampoco asistió al juicio ni conoció a los anarquistas ni a sus mujeres”. Sin embargo, creo haber leído en el mismo libro de Rotker (aunque no recuerdo el capítulo, quizá alguien me ayude) y en otros lugares, que José Martí sí asistió a la ejecución como corresponsal de La Nación. Si no, ese “plegaria es el rostro de Spies; Fischer, firmeza..” etc es todo imaginario. Pero… ¿de dónde sale la info. de que Martí no estuvo en ese “lugar de los hechos”? ¿Alguien lo sabe?

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