Delincuentes literarios

Maestros del plagio, copia, apropiación, imitación de firma, simulación de identidad: ahí va una nueva condena de esa Justicia que en estos casos sabe ser eficiente. Para pintarle otra mancha a un viejo tigre. Y apuntarse otra victoria en la constante lucha contra la inseguridad editorial.

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4 comentarios to “Delincuentes literarios”

  1. Pazt Says:

    Aguante el plagio?
    …cuando el Jurado de Notables de Filo se transforma en notables policías,
    aguante.

  2. Oz Says:

    Para mí, depende. De qué, quién, cuándo y dónde se plagia. Está el pibe chorro estilístico, el ladrón de páginas de guante blanco, el best seller garca que estafa a ingenuos, el expropiador literario y el robin hood repartidor de premios (la lista no pretende ser exhaustiva). Pero siempre hay que ver cada caso.
    Te cuento uno: hace algunos años, cuando volví desde España, leí una nota en Página/12 firmada por un conocido psicoanalista que solía escribir en la sección Psicología de ese diario. El tema (“nuevas religiones”, i.e. sectas) me era conocido y las primeras palabras me sonaron familiares. Seguí leyendo y de pronto caí: el texto reproducía frases y párrafos completos de mi nota “Invasión del espiritu” publicada en la revista Ajoblanco (julio/agosto de 1992, Barcelona, pp. 26 a 30) un par de años antes. No era sustracción de ideas sino de fragmentos de texto. Incluso había copiado prácticamente por entero el copete, insertándolo como un párrafo más dentro de su nota.
    Escribí una carta de lector al diario (que en mi conocimiento nunca fue publicada ni respondida) bajo el título “Con el parche en un ojo”, donde reflexionaba sobre la piratería periodística y la falta de oficio de aquel que ni siquiera se había tomado la molestia de cambiar la construcción de las frases o hacer alguna cita o referencia suelta para que su abordaje de ultramar fuese más disimulado. Claro, no existía google ni una internet accesible a todos, así que la distancia entre Barcelona y Buenos Aires era mucho mayor que la de hoy (y yo sería un ignoto periodista de España para el plagiario, supongo, así que habrá pensado que nadie lo descubriría). Pero cuando le conté a una compañera de trabajo, en la redacción en la revista Uno mismo, que fue mi primer laburo al regresar al país, mostrándole los recortes de las dos notas para comparar las semejanzas, ella se sobresaltó al ver la firma del copista: “¡Es el psicoanalista de mi papá!”.
    No sé por qué me dio un poquito de esa vergüenza que algunos llaman ajena. En nombre de Proudhon, decidí perdonarlo. Si la propiedad (también la intelectual) es un robo, la apropiación tenderá a ser inevitable. ¿Será un mal necesario? No leí Por favor, plágienme de Laiseca. Pero me resulta tan difícil hacer una apología como una condena al plagio en sí, en general y en abstracto. Con eso quiero decir que depende de cada caso: qué hacer ante este? ¿De qué manera se lo puede clasificar? ¿Y que harías con cada uno de los casos de Zicolillo (Rivera, Irak en TXT…)?

  3. Paz Says:

    También pienso que depende de cada caso, pero me dio mucha bronca esa mención al Comité de Notables de Las Letras
    La diferencia entre Rivera y Bagdad podría ser la misma que hay entre robarle a un tipo y robar wifi, mientras Rivera ve hurtada su producción (de un autor individual que firma, que tiene derechos como tal) el ancho de banda no sería de nadie si X no las bajara a su computadora. En el caso de Rivera creo que el plagio daña de una manera no creativa y el perjuicio cae sobre un solo tipo, mientras que en el caso de Zicolillo-TXT-Irak en verdad no hay daño alguno más que al contrato entre la revista y sus lectores, ¿qué pasaría si las crónicas no hubiesen sido enmarcadas en un “desde el lugar de los hechos”, o sea si no se prometiera que Zicolillo ha visto con sus propios ojos lo que cuenta? La revista no tendría nada que demandar, la verosimilitud estaría dada solo por el relato y no por el paratexto y no estaríamos hablando de plagio ni nada parecido, sólo de una crónica -con todas las licencias respecto a la referencialidad que venimos charlando que este género tiene-.
    Igual me parece muy difícil de analizar, más cuando uno se pone en protagonista, cuando es el robado, como sea, en tu caso yo lo iría a buscar al psicoanalista pirata y le tiraría muchos ajos blancos por la cabeza.
    Vanina llamó al debate, alguien se suma?

    saludos!

  4. Justerini & Brooks Says:

    Creo que viene al caso algo que se escribió sobre Di Nucci hace un tiempo. “Así como miles de asaltos a bancos no han hecho nada para socavar los cimientos del capitalismo, sino que por el contrario son una contingencia incorporada por el sistema; el plagio de Di Nucci termina por restituir la potencia de la figura del autor y la autenticidad. En cierto modo, esto queda en evidencia en la carta colectiva de defensa de Bolivia en la que se destaca su “neta originalidad”.
    La transgresión de Di Nucci se pierde en el vacío porque todos los análisis, los de sus detractores y los sus defensores, terminan remitiendo a una figura de autor cuya intencionalidad (ya sea que se trate de la creación intertextual como de un burdo plagio para alzarse con el dinero del premio) sutura los sentidos posibles de la obra. Esto no se debe a una falencia de los teóricos en conflicto durante el debate, sino a que Bolivia reclama ese tipo de análisis para poder ser legible dentro de un orden discursivo al que se somete de buena gana. La verdadera ruptura, aquello que permanece intolerable para las formas literarias actuales es la imposibilidad producida por el anonimato de asignar un origen cierto al texto. El verdadero cuestionamiento de la función de autor en el espacio literario sería, como reclamaba Foucault, el establecimiento de una ley que impidiera usar el nombre del autor dos veces, “de modo que cada libro pudiera ser leído por sí mismo con los errores y aciertos que pudiera tener”

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