El cronista en los diarios: el péndulo de Alarcón

Por Agustina Frontera, Mariela Micale, Fernanda Righi y Mónica Swarinsky

¿Alarcón se ocupa de colectivos e individuos que al operar por debajo de la ley o a contrapelo de la moral conservadora ponen en jaque o amenazan la existencia o insistencia de los aparatos de Estado? Una mirada apurada podría contestar que sí al observar la profusión de crónicas acerca de pibes chorros, travestis prostituidos, sicarios, mulas, consumidores de paco o manifestaciones por los derechos GLTTB. “Alarcón habla de los marginados, los desprotegidos”, podríamos decir. Sin embargo , al afinar la lectura de sus notas publicadas en diarios, vemos que también ha realizado una extensa cobertura de los grandes negociados de carteles de droga: organizaciones que no operan contra ni por debajo de la legalidad estatal sino que funcionan a la manera de un empalme con el Estado; funcionamiento que lleva a confundir los límites de lo estatal, a pensar al Estado como un principio de jerarquía y no como homólogo del gobierno, a englobar en el Estado a los grandes carteles de droga.
Entonces decimos que Alarcón saca a la luz una organización jerárquica, desnuda un sistema productivo estratificado y en el streaptease agrega su estilo de autor que hace que aquí lo leamos como cronista y no como reportero: el cronista Alarcón se detiene en el modo en que la estructura productiva opera sobre los cuerpos particulares de los sujetos, y en cómo la estructura, desde la cúpula hasta la base, modifica y hace vivir de cierta manera a los hombres en tanto fuerza productiva

Alarcón apela a técnicas como  la dramatización y la estilización barroca de casos particulares para dar cuenta del cuadro general de la situación que aborda. Por ejemplo, habla de la vida de un narco para hablar del narcotráfico. Algunos ejemplos:

– “Pero mejor salir por un momento de la trama oscura para mirar a la luz de la vida cotidiana de doña Carmen…” (“Todos tus muertos”, Página 12, noviembre 2005)

En “La clase media como nuevo sujeto de ilegalidad” (Crítica, agosto 2008 ) narra historias de chicas argentinas dedicadas a la venta de droga en Europa: Alba, Dolores.

El mismo Alarcón confiesa su búsqueda estética en el híbrido entre lo político y lo melodramático:

“Suele suceder en la villa. A todo texto melodramático lo subyace otro político. (“Detrás de 200 kilos de coca”, Crítica, marzo 2008 )

Así, no son pocos los giros literarios que incluye en sus textos periodísticos:

“las chicas se dispersan como las palomas entre los globos de un acto peronista” (“Mundo travesti”, Página 12, Julio de 2007);

“Al mirar hacia el horizonte se ve al funicular salido de una película futurista planeando en silencio sobre la comuna” (“El nuevo orden”, Página 12, 2006).

Por otro lado, al enmarcar los casos particulares en una estructura jerárquica de poder, al hacer al pibe chorro, al rastrero, al transa inseparable de la estructura estatal (sea como orden jerárquico, como cómplice o como ausente), Alarcón relativiza el potencial de autonomía o de funcionamiento al modo de máquina de guerra de las comunidades que obran con una paralegalidad autoimpartida, como son los habitantes de la 1.11.14.: lejos de ser sujetos revolucionarios, los pibes chorros son lúmpenes drogados y los narcos, caudillos sin municipio. Eso evidencia Alarcón: un mundo que se degrada arrasa con su podredumbre a todos sus habitantes (“Los rastreros son los pibes chorros de esta época sin códigos: los que consumen paco, los que roban al vecino, los que ven en el transa adinerado, y en el que pasa para comprar y se va, el mejor candidato para arrebatar lo ajeno” (“El Barrio en guerra”, Página 12, octubre 2006). La óptica desde la que ve a los pibes no es otra que la de su degradación  por el accionar de las fuerzas policiales, como él mismo cuenta:

“No recuerdo cómo, pero me fui corriendo hacia el tema de los menores y empecé a ver en algún momento que había algo que investigar en torno a cuál era el rol que jugaban los chicos en los negocios ilegales de la Policía bonaerense.”(1)

Sumado a lo dicho hasta acá, agregamos que, sin embargo, Alarcón va y viene. Hay notas, como “La Ley de la Villa”, en las que la selección de fuentes (abogados de la Comisión de Derechos Humanos del Bajo) y el relato casi en intimidad con los habitantes de la villa, lo colocan como defensor de la paralegalidad y no solo como denunciante de la ausencia (2) o el abuso del Estado:

La sentencia de los “chicos malos” no les resolvió el asunto: ella dice no tener la plata. Pero los dejó en silencio con sus dramas; ya no llamarán la atención del Estado en una zona en la que la ley es de quienes controlan el territorio, los que intervienen cuando “algo se va de las manos” (La ley de la villa”, Página 12, mayo 2007), dice en esta nota donde narra los modos de organizarse de un grupo de habitantes de la villa ahí donde la ley formal no puede o no quiere llegar.

La duda, sin embargo, parece ser un componente de la crónica: “para Caparrós la crónica es una forma de afirmar la duda, un género que -a contramano de lo que los postulados de la información pregonan- permite dudar sobre aquello que se intenta contar”(3). La crónica como catalizadora de la duda. En el caso de Alarcón el oscilar es entre un yo defensor de la paralegalidad o uno denunciante de la ausencia o abuso del Estado; esto en referencia a las notas que involucran la situación de las villas de Buenos Aires (1.11.14, Rivadavia 1), en las que de lo que sí no se duda es del carácter fantasioso de la función social de periodista: “Las historias de la violencia suelen ser esquivas, una confesión rápida, la fantasía de que el periodismo puede activar mecanismos institucionales, encender la alarma más allá del territorio” (“El Barrio en guerra”, Página 12, octubre 2006). Que el periodismo pueda activar un cambio es una fantasía, dice, una declaración que lo coloca lejos de ser el Mariano Moreno del siglo XXI, o el Walsh de la nueva democracia ¿Acaso alguien se lo pide? ¿Es obligatorio que el periodista deba empujar hacia un cambio social? ¿Qué sería lo políticamente correcto hoy: denunciar o defender? La resolución ocurre dentro del mismo texto: “El viernes, este diario pudo confirmar por fin esa muerte de la que todos hablaban sin ponerle nombre” (“El Barrio en guerra”, Página 12, octubre 2006): el cronista pone nombre al muerto.

Alarcón está preocupado, su mirada sobre la marginalidad descansa en el pesimismo:

“Me preocupa esta zona que se ha ido legalizando como parte de la cultura de la ilegalidad que es la de la cultura tumbera, y que amenaza en convertirse hasta en objeto pop, ¿no?, de consumo masivo.” (4)

“Con las ciudades y las sociedades en crisis, las nuevas subjetividades son signadas por el mercado”. (La clase media como nuevo sujeto de ilegalidad” Crítica, agosto 2008 )

¤

El funcionamiento de la prensa diaria hace que las noticias se serialicen, pero en el caso de Alarcón la operación no solo es paratextual sino que en las notas mismas hace remisiones a otras: sus notas entran en sistema o serie:

– En el relato sobre una sobreviviente del incendio de Cromagnon utiliza el término “parcero”, que luego introducirá en “El nuevo orden” (Página 12, 2006) como parte de la jerga de los narcos colombianos: “…uno se vuelve conocido del dolor, un parcero del enemigo…” (“Relato de una sobreviviente”, Página 12, dic 2005)

– En “…el concepto de ´caja chica´ fue explicado en este diario en una crónica…” (“Riesgos con doble fondo”, Página 12, ag. 2007)

– Y en la serie entre “El barrio en guerra” (22 de oct. de 2006, Página 12) y “En la zona de guerra” (3 de dic. de 2006, Página 12), en esta última se explicita la relación entre ambas.

La perspectiva de Alarcón, decíamos, es oscilante. Así como veíamos en Ragendorfer (5) una parábola de los chorros pobres a los policías, en un movimiento que pretendía cubrir la totalidad del arco delictivo, Alarcón se presenta también como un cronista de ese arco, investiga desde los grandes narcos hasta los sicarios y los adictos al paco en recuperación. Las notas sobre droga nunca pierden de vista la contraparte entre la producción (fabricación y venta) y el consumo (distribución y consumo). Pero esta oscilación no es solo observable en los fenómenos que cubre, sino que en su escritura se evidencia la duda ¿dónde colocarse? ¿Estar a favor, en contra? ¿Desde qué persona hablar? Así, notamos una partición del yo del narrador: pasa de la 1º del singular a la 1º del plural y luego a la 3º dentro de una misma nota. (ej “El nuevo orden”, Página 12, 2006)

¿Cuando desaparece la duda? Cuando se trata de los derechos de las minorías sexuales. Aquí es siempre nosotros, o un ellas en mayúsculas, como se demuestra en el copete de “Por un día la ciudad fue un carnaval gay” (Crítica, noviembre 2008): Crónica imperdible de un periodista que no sólo fue a trabajar.

Notas:
(1)            Barrera, Laureano, “…no son lo que yo pensaba”, La Pulseada, URL http://www.lapulseada.com.ar/38/38_cristian.html
(2)            “Este cronista escuchó las primeras versiones el martes por la mañana. ´Se desató la guerra. Ya mataron a uno. No sabemos qué hacer. La policía ya dijo que no puede hacer nada porque ellos no tienen chalecos ni ametralladoras como los de las bandas´” (el resaltado es nuestro; “El Barrio en guerra”, Página 12, octubre 2006).
(3)            Luis Germán López y Ximena Schinca,  “Martín Caparrós, el cronista sin fin” (2008).
(4)            Barrera, Laureano, “…no son lo que yo pensaba”, La Pulseada, URL http://www.lapulseada.com.ar/38/38_cristian.html)
(5)            Dutil, Carlos y Ragendorfer, Ricardo,  La Bonaerense, Booket, Buenos Aires. 2005
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