Alarcón: ¿testigo o protagonista? (I)

Por Agustina Frontera, Mariela Micale, Fernanda Righi y Mónica Swarinsky

En un ensayo del filósofo Oscar Terán, Para leer el Facundo (1), se señala que son cuatro las preguntas que uno debe hacerse al abordar un texto: quién dice, para quién, qué dice y cómo lo dice…

Abordaremos el quién dice para el caso de Cuando me muera quiero que me toquen cumbia. Pensamos, junto con Terán, que en la crónica aun cuando el cronista calle el quién dice -cosa difícil-, nos encontramos con un autor que se va construyendo a sí mismo, y que, según Foucault (2) no es ni el propietario ni el responsable de sus textos ni su productor ni su inventor sino solo aquel a quien se le puede atribuir lo que se ha dicho o escrito. En el caso que analizamos esto es bien palpable cuando el autor redacta y se redacta como un personaje-investigador-narrador, en una especie de correferencialidad: en momentos resalta el autor; en otros, el personaje diegético; en otros, el investigador, en un oscilar que no nos permite declarar si el narrador aquí es un testigo, un observador o si se coloca a sí mismo como un protagonista de una trama que así vista supera la historia del gatillo fácil y nos coloca frente a la narración de un viaje de matices sociológicos: casi como el viaje iniciático de un periodista de investigación.

Por su parte, U. Eco distingue entre autor empírico (de carne y hueso), autor modelo (la estrategia textual explícita) y una tercera figura, “un tanto fantasmal”, a quien su alumno Mauro Ferraresi ha bautizado con el nombre de “autor liminar” o “autor en el umbral”: en el umbral entre la intención de un ser humano determinado y la intención lingüística mostrada por una estrategia textual: en su texto, Alarcón no es ya una persona empírica y todavía no es un simple personaje de su texto (3).

Pero, ¿cuál es entonces la imagen que Alarcón quiere proyectar sobre sí mismo? ¿Qué construcción pública de su subjetividad nos propone tal que lo sitúe dentro del periodismo argentino de una determinada manera?

Cuando me muera se inscribe en la primera persona desde el título: con una paroxística repetición de deícticos; una primera persona que le da musicalidad y ritmo al relato al tiempo que escuchamos una voz que evoca la letra de una canción de cumbia.

Alarcón propone al lector internarse en el espacio de la villa y en la vida íntima, personal y sentimental de los pibes chorros, pero también en la del autor. Esa “internación” demanda discursivamente un narrador que intervenga en primera persona para que la semblanza de este mundo sea experiencial, intensa, una vivencia de lo singular. La doble “internación” se hace visible también en el paratexto: mientras el mundo del título es singular, el subtítulo, que aporta mayor precisión acerca del contenido del relato, se hace plural: Vida de pibes chorros. Es en esta superposición entre el yo narrador individual y el observador participante que se inscribe esta obra.

En cuanto al uso de la primera persona, es interesante escuchar lo que el mismo Alarcón sostuvo en una entrevista, en cuanto a la intencionalidad:

Hay una decisión política de sostener la subjetividad como una condición para que el lector se haga responsable de que en ese recorrido está en juego el propio. A mí, convivir con ellos me provocó decenas de cuestionamientos. En el libro no es terminante una posición a favor o en contra. A veces tengo vergüenza, otras miedo, otras recelo o bronca. En muchos casos no estoy de acuerdo con lo que está ocurriendo, y no hago una hermandad con la violencia. Uno está en conflicto con esa violencia cuando está tan cerca. El cronista también es ambiguo; yo voy cambiando la posición. En algún momento también estuve fascinado, y la fascinación es lo que más me perjudicó para armar el relato(4).

Desde los paratextos, entonces, tapa y título, pero también desde la contratapa, que arranca con “Cuando llegué a la villa solo sabía que en ese punto del conurbano norte, a unas quince cuadras de la estación de San Fernando, tras un crimen, nacía un nuevo ídolo pagano”, se insiste en advertir al lector de que no estaremos frente a un relevamiento de datos duros que pretendan sostener la ilusión de la objetividad. El editor agrega en el mismo sentido:

Con prosa vertiginosa pero certera, en lo mejor de la tradición de la crónica y de la non-fiction, C. A. se sumerge de un modo inquietante en la villa, acompañando a los pibes chorros, para intentar comprender la esquizofrenia de una sociedad que a un mismo tiempo juzga y santifica a sus protagonista.(5)

En primer lugar, entonces, se nos indica cómo debe leerse este texto en cuanto a su pertenencia de género discursivo: es una crónica avalada por la tradición y, de inmediato, que el autor se sumergió de un “modo inquietante” en la villa para intentar comprender: la metáfora de la inmersión (o el sumergimiento) refuerza nuestra idea de internación: la narración comienza cuando el autor pierde el pie y se sumerge en la profundidad -oscura- de un mundo que los lectores previstos para ese libro ni el autor conocen. Un mundo otro en el que de un modo inquietante un yo se sumerge. Frente a lo tildado de Otro la narración se escuda en un yo como el de Alarcón: un yo seguro, oscilante pero garante de verosimilitud, repetimos: ¿podría leerse este texto como un viaje de iniciación (como el de los héroes clásicos), de aprendizaje y de autoaprendizaje, del periodista sobre el otro, pero también sobre sí mismo? Se lee en el prólogo: “Me vi un día sumergido en otro tipo de lenguaje y de tiempo, en otra manera de sobrevivir y de vivir hasta la propia muerte. Conocí la villa hasta llegar a sufrirla.”

¿Puede leerse esta escritura como un relato con matices autobiográficos y en este sentido ir al encuentro de un yo con relieve de protagonista? Al respecto, Silvia Molloy (6) nos dice que toda escritura autobiográfica muestra cómo el yo se percibe, la imagen que en el mundo se tiene de él o se quiere que se tenga. El yo de esta crónica está respaldado con su nombre propio, ese designador rígido (7) (Kripke ) que, según Foucault, funciona, en el caso de los escritores como una descripción que asegura una función clasificatoria de los textos (8).

Sobre ese saber del lector acerca del nombre del autor, vale decir, su signo de realidad, y su trayectoria de publicaciones diarias que conllevan su estilo, se basa la garantía que legitima este yo y autoriza en esta crónica su aparición y credibilidad. Y es desde ese lugar unificado y visible del yo instituido socialmente desde donde se escribe esta historia tal vez para dar voz o propiciar un espacio textual al testimonio de estos seres, los pibes chorros, que ni siquiera pueden en muchos casos garantizarse un mínimo de subsistencia. No obstante, no pareciera que este yo quisiera construir su lugar como tan evidentemente diferente al de los demás (pibes chorros, transas, policías) ya que sería muy obvio, sino construirlo en relación con sus múltiples diferencias dentro de sí mismo y respecto de sí mismo.

En el epílogo, como un desenlace narrativo de un texto que está organizado en capítulos (con toda su resonancia de ficción), se lee: “Yo acompañé a Sabina, a los hermanos del Frente, y a Manuel, hasta la tumba del ladrón que me había hecho llegar hacía tanto tiempo ya, a la villa. Nos paramos frente a su foto en blanco y negro, ante las botellas de Pronto Shake que la decoraban. Cada uno besó la foto. Yo también. Cada uno se persignó. También lo hice. Y luego nos quedamos callados durante un buen rato. Lloramos hasta que Sabina nos dijo que partiéramos. Volvimos a la villa La Esperanza. Comimos juntos. Luego, al atardecer, me alejé hacia la estación”.

Con este mismo dolorido tono intimista el lector llega al final verdadero del libro: los agradecimientos. Y allí se encuentra con: “Hubiera sido imposible para mí terminar de escribir este libro sin las conversaciones con mis amigos, sin su infinita generosidad para dejarme, muchas veces, discurrir de más sobre aquello que todavía no podía terminar de ver y de explicarme (…)”. Alarcón (¿o el narrador?) toma la posición de un antropólogo que hace etnografía del dolor y del sufrimiento como experiencias de creación y de distribución del orden social como así también de los aparatos perceptuales de los pibes chorros. Su selección del personaje central con sus atributos de violencia prerrevolucionaria (compartir ganancias (9), nos hace pensar en que esta escritura se asume como un modo de resistencia frente a la imposibilidad de prácticamente toda resistencia en los sectores carenciados (10).

Notas

(1) Terán, Oscar, Para leer el Facundo, Civilización y Barbarie. Cultura de fricción, Ed.Capital Intelectual, Buenos Aires, 2007.

(2) Foucault, Michel. “¿Qué es un autor?” en Critical Theory, Florida State UP. Tallahassee. 1966.
(3) Simkins, Scott, Literary semiotics. A critical approach, Lexington Books, Washington, 2001.
(4) Enriquez, Mariana, “Silba las balas”, Radar Libros, Página 12, Septiembre 2003.
(5) Alarcón, Cristian, Cuando me muera quiero que me toquen cumbia, Norma, Buenos Aires, 2008.
(6) Molloy, Sylvia, “Derecho de propiedad: escenas de la escritura autobiográfica” , en Archipiélago nº69, Barcelona. URL http://www.archipielago-ed.com/69/carpeta.html
(7) Bourdieu al hablar sobre la historia de vida y la autobiografía afirma que “una historia bien construida” propone instituciones totalizadoras y de unificación del yo. Una de ellas es el nombre propio en tanto “designador rígido”.
Este concepto pertenece a Saul Kripke quien en La lógica de los nombres propios (1972) sostiene que el nombre propio “designa el mismo objeto en todos los mundos posibles”
Esto permite que la identidad del individuo biológico se mantenga como una identidad (social) constante en todas las historias de vida. Es decir, el nombre propio constituye una unidad más allá del tiempo y el espacio que garantiza la continuidad más allá de los cambios.
En nuestro caso, Alarcón como designador unifica la autobiografía con la narración. Al mismo tiempo, garantiza la continuidad entre las crónicas que se publican en los diarios y este libro lo cual otorga credibilidad a lo que narra. Bourdieu, Pierre, “La ilusión biográfica” en Archipiélago nº69, Barcelona. URL http://www.iigg.fsoc.uba.ar/grassi/textos/razones_practicas.pdf
(8 )Bourdieu, Pierre, “La ilusión biográfica” en Archipiélago nº69, Barcelona. URL http://www.iigg.fsoc.uba.ar/grassi/textos/razones_practicas.pdf
(9) Rubinich, L., “El odio santo de los oprimidos”, en Apuntes de Investigación de CECYP, año x, número 11, Buenos Aires.
(10)Cfr. Alabarces, Salerno, Silba, Spataro en “Música popular y resistencia cultural en la Argentina: una discusión en torno a los significados del rock y la cumbia”, mimeo. Selección de textos Seminario de Cultura popular y Masiva, Primer cuatrimestre de 2007
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: