Mailer: cómo cubrir una campaña electoral

El libro de Norman Mailer Miami y el sitio de Chicago continúa en su trono como manual de cronistas de campaña y contraejemplo a la mentalidad de rebaño -o de manada- que guía las coberturas electorales del periodismo actual. Reeditado en inglés el año pasado, sus versiones en castellano datan de principios de los 70. Un ensayo del columnista Frank Rich del NY Times lo revisa y comprueba su vitalidad a cuatro décadas de la revuelta de Chicago:

Cómo cubrir una campaña electoral *

Por Frank Rich

Cuando, en el verano de 1968, Norman Mailer cubrió las convenciones de republicanos y demócratas para la revista Harper’s, él tenía 45 años y era un rebelde que estaba envejeciendo y en busca de una nueva causa. Había comenzado a navegar sin descanso desde su inquebrantable búsqueda de la Gran Novela Americana hacia el cine y el periodismo, dos vocaciones que estaban agonizando en medio de un sísmico cambio generacional.

Mailer se las arregló para realizar incursiones periodísticas en Miami y Chicago y filmar Maidstone, su más ambiciosa contribución a la nueva ola de cine independiente estadounidense. Mientras tanto, Miami y el sitio de Chicago fue su último aporte a una revolución literaria que había sido fomentada durante toda la década por un par de iconoclastas editores de revistas: Harold Hayes -de Esquire– y Willie Morris -de Harper’s-. El artículo sobre la convención demócrata de 1960 que Mailer realizó para Esquire, “Superman viene al supermercado”, había sido un disparo temprano. Hacia 1968, Tom Wolfe (Ponche de ácido lisérgico), Hunter S. Thomson (Ángeles del infierno) y, en The New Yorker, Truman Capote (A sangre fría) habían creado “novelas” no ficcionales que rompieron con las convenciones formales de diarios y revistas, al introducir fuertes voces subjetivas, introspección, opinión y, más que nada, una buena escritura que animó los eventos de actualidad y los personajes involucrados. La narración de Mailer de la marcha de 1967 al Pentágono, Los ejércitos de la noche (subtitulado “La Historia como Novela, la Novela como Historia), posiblemente haya sido su empresa mejor recibida desde Los desnudos y los muertos. El libro Miami y el sitio de Chicago fue su ansiosamente esperada secuela.

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El Nuevo Periodismo fue un muy requerido antídoto contra el status quo. Desde el principio, en Miami, Mailer pone el dedo en la llaga al reimprimir una narración sobre una confrontación que él se había perdido entre delegados republicanos blancos y manifestantes negros, que tuvo como improbable escenario el Hotel Fontainebleau de Miami Beach. Frente a la imposibilidad de recoger el sentimiento o el significado de este episodio de la cobertura del periódico, Mailer escribe: “Fue una buena nota, pero el Times no estaba listo para alentar a sus periodistas en la idea de que no hay nota sin matices”.

Pero la batalla la había sido ganada en los demás lugares: el Nuevo Periodismo incluso había establecido un puesto de avance en el antiguo competidor del Times, el New York Herald Tribune, donde otro editor impávido, Clay Felker, había creado la revista New York, un suplemento de domingo de alta categoría que se convirtió en publicación autónoma en 1968, luego de la desaparición del diario. Cuando Mailer describe haberse encontrado con William Burroughs y Jean Genet en Lincoln Park, en Chicago, no menciona que inclusive esas insólitas figuras habían sido reclutadas para las tropas periodísticas: ambos estaban cubriendo a los demócratas para Esquire.

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El tumulto estadounidense de los 60 necesitaba un nuevo lenguaje para ser narrado. Como decía Mailer,“era como si la temperatura histórica en Estados Unidos subiera cada mes”. Lo que ocurrió en Estados Unidos en 1968 -la inesperada decisión de Lyndon Johnson de no buscar su reelección, dos asesinatos, estallidos de disturbios en ciudades y universidades- fue demasiado explosivo para poder ser contenido en las prolijas columnas de la primera plana de un diario. Tampoco pudo ser capturado en forma de libro por un mandarín periodístico como Theodore H. White, cuyo acceso a (y confianza en) fuentes del establishment, producto de sus tiempos en Times, fue una tónica en The Making of a President 1960, pero demostró ser incapaz para ocuparse de una política caótica y revolucionada por los movimientos contra la guerra y defensores de los derechos civiles. Incluso la campaña relativamente convencional de Nixon en 1968 fue mejor capturada por un advenedizo Nuevo Periodista, Joe McGuinniss, de 26 años, cuyo libro Selling of the President se burló con delicadeza del título de White y le robó la escena en la lista de best-sellers.

En menor medida, el Nuevo Periodismo también podía ser un recipiente para la autoindulgencia, el solipsismo y la ficcionalización maliciosa, pero no es el caso de Miami y el sitio de Chicago. El libro de Mailer tiene más actualidad que la mayor parte del periodismo político publicado la semana pasada, y ni hablar del de cuatro décadas atrás. De hecho, sobrevive mejor de lo que debería -como historia, como literatura y como un retrato de los Estados Unidos actuales y de entonces.

Como una narración de los eventos políticos del verano es tanto compactamente exhaustiva como precisa, y a menudo de manera muy cómica. Y no sólo cuando presenta a Richard Nixon. El dickensiano retrato de Mailer revive incluso a personajes apenas recordados. Eugene McCarthy parecía menos un posible presidente que el “decano del Departamento de Inglés más refinado de la tierra”. John Connally ostentaba “una sonrisa texana de labios finos, una sonrisa confiable -con dientes que sabían cuán lejos podían morder cada hueso, torta, pezón o teta”. Hubert Humphrey empleaba “una formal desidia de sintaxis que le permitía hilvanar frases de un lado a otro como un guardagujas que localiza a un vagón de carga moviendo todo de aquí para allá”. El alcalde Richard Daley se veía en sus peores momentos “como una enorme campesina robusta con una sucia peluca de seda gris” y, en los mejores, “lo suficientemente respetable como para ser el entrenador de los Chicago Bears”.

Los relatos de ambas convenciones comenzaban con apreciaciones concluyentes sobre las antitéticas ciudades estadounidenses donde se llevaron a cabo. Mailer maravilla diciendo que el Solemne Partido Viejo, “el partido del conservadurismo y de los principios, del bienestar corporativo y de la frugalidad personal, el partido del aseo, el higiene y el presupuesto equilibrado, debería haberse establecido en la tierra de un sultán”. En Chicago, a la que celebra como “la gran ciudad americana”, ensalza tanto a las “damas de ojos entusiastas y de pensamientos limpios” del ala norte como al “miedo y la angustia absoluta de las bestias que mueren patas arriba” en los mataderos. Para el momento en que la bestial policía de Daley desató la masacre de la Avenida Michigan, Mailer ya había pintado un paisaje urbano lo suficientemente vívido como para fundar su metáfora: “el Partido Demócrata se había aquí quebrado en dos ante los ojos de una nación, como la ballena de Melville embistiendo y encallando fuera del mar”.

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Con toda su habilidad para volver real el presente, Mailer tiene una perspectiva más amplia que resulta, en retrospectiva, extraordinariamente profética. En su libro rondan invocaciones delicadas de un avatar de las políticas raciales post-68 que nunca aparece en primer plano: George Wallace. Los vistazos fugaces de la actuación de un jugador de segunda línea, Ronald Reagan, parecen prefigurar el ascenso final del gobernador de California desde las cenizas del goldwaterismo. Mailer ve claramente el estertor de la vieja aristocracia WASP, destinada a “volverse más loca cada año, como un viejo noble en un castillo vacío que persigue duendes y ogros con su bastón”. Él reconoce el significado exacto cuando los recién convertidos republicanos sureños, ejemplificados por el antiguo dixiécrata Strom Thurmond, sellan la selección de Spiro Agnew como acompañante de Nixon, en detrimento de los últimos tribunos del progresismo de Rockefeller (Charles Percy, Mark Hatfield, John Linsday). Las bases intelectuales del anticomunismo de la dirigencia política, observa Mailer, pronto “se dividirán en partes separadas”.

Los republicanos “no se merecían la presidencia, jamás”, concluye. Sin embargo, tiene dudas respecto de los candidatos de los demócratas a raíz de su implosión en Vietnam:

“La Izquierda no estaba lista, la Izquierda estaba a años de distancia de una visión lo suficientemente compleja como para dar vida a la región, la Izquierda aún no había aprendido a hablarle al duro individualismo de los más duros Estados Unidos, la Izquierda aún estaba demasiado atestada de diversión y de porro… La Izquierda también pudo encontrar espacio para madurar. Si la Izquierda tenía que sobrevivir en una especie de exilio político por cuatro u ocho o doce buenos años, incluso hasta eso podría ser bueno. Quizás serían obligados a estudiar aquello que estaba vivo en el sueño conservador”.

¿Y dónde deja esto al autor? Como él dice, en una típica construcción en tercera persona, “el periodista se paró en el centro de la escena estadounidense”. A diferencia de muchos de los baluartes del 68, Mailer es genuinamente ambivalente. Ahora que Bobby Kennedy se fue, queda él para contemplar a los yippies en Lincoln Park con sus pancartas de “Vote al Cerdo en el 68”: “¿Eran esos niños desprolijos el tipo de tropas con que uno desearía entrar al combate?” Está preocupado porque Vietnam y el “Poder Negro” lo están “empujando a ese punto donde tendría que entregar su voto a la revolución”, y se pregunta: “¿Qué precio estaba realmente dispuesto a pagar?”

Esta pregunta no queda resuelta al final del libro, que encuentra al autor maltratado -aunque no doblegado- por los matones de Daley, recuperándose hasta el deleite en la Mansión Playboy de Hugh Hefner. Pero Mailer conoce la trayectoria que le espera al país. “Seguiremos peleando durante cuarenta años”, sugiere. Quizás en ese momento haya creído que era una hipérbole, pero ahora sabemos que era un presagio.

Mailer también supo hacia dónde se dirigía el periodismo. Los políticos, advirtió, “se apresuraron hacia los hombres de las cámaras de TV y les dieron la espalda a las libretas de apuntes”. Cuando se pierde una noche excitante en la convención, se consuela “con la triste convicción de que él hubiera podido cubrirla mejor si la miraba por tele que si hubiese estado allí”. Predice que “pronto realizarán convenciones en estudios de televisión”.

La crónica de Mailer del año de elecciones tiene su progenie -particularmente Fear and Loathing: on the Campaign Trail 72, de Hunter Thompson, y What it takes, la obra de Richard Ben Cramer sobre la carrera de 1998-, pero su energía literaria y su independencia intelectual siguen siendo la excepción más que la regla en las coberturas de campañas en Estados Unidos. Ya que todos los libros producidos masivamente en todos los ciclos electorales remiten a Teddy White, y no a Mailer y Thompson. Ocasionalmente irrumpe una voz nueva -Matt Taibbi de Rolling Stone en 2008-, pero la mayor parte de lo que hoy se presenta como reportaje político, tanto en papel como en sitios web, está sometida al mismo tipo de mentalidad cerrada de bajo calibre que Mailer se dispuso a destronar. Abran Miami y el sitio de Chicago en cualquier página y verán cómo el periodismo estadounidense floreció incluso mientras el país perdía el rumbo.

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Traducción: Maxi Rizzi

* Este ensayo –como introducción a la nueva edición de Miami and the Siege of Chicago publicada por NYRB en julio de 2008- apareció originalmente en The New York Review of Books, vol. 55, no. 9, 29 de mayo de 2008.

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Una respuesta to “Mailer: cómo cubrir una campaña electoral”

  1. Nicolas G. Recoaro Says:

    Mailer siempre tuvo un cross interesante. Mi abuela me decía que era el más guapo de su generación (Neal Cassidy le pisaba los talones).

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