Lemebel en Stonewall

A cuarenta años de la primera revuelta en su género, la crónica-crítica de costumbres que escribió Pedro Lemebel durante una visita veinteañera al legendario bar de Nueva York. Y con un click aquí, el comentario de Carlos Monsiváis sobre el fenómeno (freak) lemebélico en la literatura latinoamericana de fin de siglo.

CRÓNICAS DE NUEVA YORK

(El Bar Stonewall)

Por Pedro Lemebel

Que si a uno lo invitan a Nueva York con

todos los gastos pagados a participar del evento

Stonewall, a veinte años del apaleo policial

protagonizado por las chicas gay que en 1969 se

tomaron un bar en el barrio del Village. Que si a

uno le cuentan el cuento y se siente obligado a

persignarse en el lugar del suceso. Un barcito

oscuro, santuario de la causa homosexual donde

viene la sodomía turística a depositar sus ofrendas

florales. Porque ahí, en la vitrina, se exhiben las

fotos desteñidas de las veteranas hipientas que

resistieron no sé cuántos días el acoso de la ley, la

agresión policíaca que pretendió desalojarlas sin

éxito. Entonces cómo no derramar una lágrima en

esta gruta de Lourdes Gay, que es como un altar

sagrado para los miles de visitantes que se sacan

la visera Calvin Klein y oran respetuosamente unos

segundos cuando desfilan frente al boliche. Cómo

no fingir al menos una pena si eres visita en Nueva

York y te están matando el hambre y pagándote

todo estas gringas militantes tan beatas y

comerciantes con su historia política. Cómo no

simular educadamente que sueltas la emoción por

esas caras de las fotos en blanco y negro, que

podrían ser de una película antigua que nunca

vimos. Esas fotos de los próceres gays como

sacados de Woodstock, coronados de rosas y

cintitas de colores en la ventana del Bar Stonewall,

lo mismo que en toda la cuadra, lo mismo que en

todo el barrio del Village, decorado como una torta

con los atuendos de la moda coliza. Porque

cuando te bajas del metro en Cristopher Strect, te

encuent ras de sopetón con una tonelada de

músculos y físicoculturistas, en minishort, peladas

y con aritos, las parejas de hombres en patines

pasan de la mano sopladas por tu lado como si no

te vieran. Y cómo te van a ver si uno es tan re fea y

arrastra por el mundo su desnut rición de loca

tercermundis ta. Cómo te van a dar pelota si uno

lleva esta cara chilena asombrada frente a este

Olimpo de homosexuales potentes y bien comidos

que te miran con asco, como diciéndote: Te

hacemos el favor de traerte, indiecita, a la catedral

del orgullo gay. Y uno anda tan despistada en

estos escenarios del Gran Mundo, mirando las

tiendas llenas de fetiches sadomasoquistas, de

clavos, alfileres de gancho y tornillos y pinches y,

cuanta porquería metálica para torturar se el cutis.

¡Ay qué dolor! Qué susto ver en la esquina ese

grupo Leader’s con sus moros, bigotes, cueros,

bototos y esa brutalidad fascista que te recuerdan

las pandillas de machos que en Chile uno les hacia

el quite, cruzaba la calle y caminaba tiesa

fingiendo mirar a otro lado. Pero aquí en el Village,

en la placita frente al Bar Stonewall, abunda esa

potencia masculina que da pánico, que te

empequeñece como una mosquita latina parada en

este barrio del sexo rubio. En este sector de

Manhattan, la zona rosa de Nueva York donde las

cosas valen un ojo de la cara, el epicentro del tour

comercial para los homosexuales con dólares que

visitan la ciudad. Sobre todo en esta fiesta mundial

en que la isla de Manhat tan luce embanderada con

todos los colores del arco- iris gay. Que más bien

es uno solo, el blanco. Porque tal vez lo gay es

blanco. Basta entrar en el Bar Stonewall, que

siempre está de noche, para darse cuenta que la

concurrencia es mayoritariamente clara, rubia y

viril, como en esas cantinas de las películas de

vaqueros. Y si por casualidad hay algún negro y

alguna loca latina, es para que no digan que son

antidemocráticos.

Por eso no me quedé mucho rato en el

histórico barcito, una rápida ojeada y uno se da

cuenta que no tiene nada que hacer allí que no

pertenece al oro postal de la clásica estética

musculada, que la ciudad de Nueva York tiene

otros recovecos donde no sentirse tan extraño,

otros bares más contaminados donde el alma

latina salsea su canción territorial.

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