A diez años de la batalla de Seattle

Por Osvaldo Baigorria

El 30 de noviembre de 1999, cien mil manifestantes bloquearon la reunión cumbre de la Organización Mundial del Comercio (OMC) en Seattle. Se recuerde o no, esa fecha fue considerada el inicio del movimiento “antiglobalizaciòn” o “altermundialización”. Este artículo relata e interpreta ese momento de la historia de las luchas sociales, sus ecos y derivaciones. Fue publicado en la revista Ñ como “Qué quedó de la antiglobalización”; su título original era “La Tierra por asalto”. Aquí va la versión completa, con todas sus fuentes:

La Tierra por asalto

Máscaras, disfraces, strippers, lanzallamas, desfiles del amor, carnavales de protesta: hace diez años nacía un movimiento para el que nadie parecía estar preparado. El 30 de noviembre de 1999, la cumbre de la Organización Mundial del Comercio fue sorprendida en Seattle por miles de manifestantes que paralizaron el puerto, danzaron hip hop al ritmo de la Brigada del Ruido Infernal y cortaron con un círculo de brazos encadenados el acceso al Centro de Convenciones. De los tres mil delegados, sólo quinientos pudieron abrirse paso y la ceremonia inaugural de la OMC tuvo que ser cancelada. Por cinco días, ecologistas vestidos como mariposas y tortugas marinas ocuparon las calles junto a trabajadores portuarios, globos en forma de ballenas ondearon al lado de banderas rojas, inmigrantes asiáticos y latinos bailaron y cantaron bajo la lluvia y fueron golpeados y arrestados junto a defensores de bosques, críticos de las reglas de la OMC para la pesca, activistas queer por la biodiversidad y seguidores de los zapatistas de Chiapas. No era el Mayo francés ni el sueño de tomar el cielo por asalto, pero un nuevo fantasma comenzaba a recorrer la Tierra.
El fracaso de la cumbre del comercio mundial quedó para la historia como fecha de inicio de un movimiento en parte inspirado por el “carnaval anticapitalista” del grupo Reclaim the Streets que paralizó el centro financiero de Londres en junio de ese mismo año. La heterogeneidad, la descentralización y la flexibilidad operativa de las redes que coordinaron con precisión a los cincuenta mil manifestantes en Seattle tomaron por sorpresa a las autoridades, que tuvieron que declarar el estado de emergencia y llamar a la Guardia Nacional para recuperar la ciudad, mientras nuevas generaciones de activistas festejaban el nacimiento de formas creativas de protesta, con iniciativas multifocales, microacciones directas y reclamos diversos pero unificados contra enemigos comunes: las corporaciones que saquean el planeta, empobrecen a los pueblos, corrompen los estados, arruinan los suelos, contaminan las aguas, ensucian el aire, eliminan especies y aumentan el riesgo climático.
Entre los referentes de este “movimiento de movimientos” emergió la figura de José Bové, el sindicalista francés que en agosto del mismo año lideró la destrucción de un edificio de McDonalds en protesta por el apoyo de la OMC al aumento de impuestos estadounidenses sobre productos agrícolas europeos. Junto a Ignacio Ramonet, director de Le Monde Diplomatique, Bové fue uno de los fundadores de ATTAC, la asociación que promueve una tasa internacional a los flujos financieros especulativos para reducir el daño y la desigualdad social. Y Bernard Cassen, organizador del Foro Social Mundial de Porto Alegre, quien lanzó la consigna “otro mundo es posible”. También el histórico candidato independiente Ralph Nader, defensor de los derechos del consumidor y crítico de las multinacionales en EE UU. Hazel Henderson, promotora de una economía global con justicia, los “mercados éticos” y la “ciudadanía planetaria”. Susan George, autora del Informe Lugano en el 99 y precursora de acuerdos multilaterales sobre inversiones y democratización del trabajo mundial. Y por cierto Naomi Klein, autora del best seller No logo que se publicó ese mismo año.
Sin embargo, las estrellas del movimiento no fueron individuos sino redes cuyas siglas brotaron en todo el planeta de modo rizomático, horizontales, descentradas, organismos como Acción Global de los Pueblos, Foro Internacional sobre Globalización, Corporate Watch, Amigos de la Tierra, Vía Campesina, entre muchos otros que incluyen centros de información independiente y no-corporativa como la red Indymedia, pionera del periodismo digital y que fue creada por hackers y activistas internacionales precisamente para coordinar la participación y la cobertura abierta e interactiva de la batalla de Seattle.
De todos modos, las siguientes contracumbres globales tuvieron que enfrentar una respuesta más dura que la esperada y que enfrió parte del optimismo inicial. En abril de 2000, en Washington, diez mil policías impidieron que miles de manifestantes boicotearan una reunión del FMI y del Banco Mundial. Cinco meses más tarde, en Praga, el asedio contra esos dos organismos tuvo más éxito gracias a un gigantesco street party de diez mil personas que cortaron calles, bailaron y forzaron a los delegados a salir por los subterráneos arrastrando sus valijas para llegar a los hoteles, sin poder circular por la ciudad ni siquiera para asistir al acto oficial en el edificio de la ópera. La contraofensiva no se hizo esperar e incluyó una campaña de descrédito en los medios masivos. La circulación de la marca “antiglobalización”, con toda su carga de negatividad, fue rápida y terminó imponiéndose sobre los esfuerzos militantes por difundir otras nomenclaturas, como “altermundialización”. También empezó a propagarse la etiqueta de “globaphobia”, derivación de un término diseñado por la Brooking Institution de Washington para desautorizar como “fóbicos” a los críticos de la aprobación del ALCA en 1997.
El rótulo de “globalifóbicos” fue de inmediato adoptado por el presidente mexicano Ernesto Zedillo en la reunión del Foro Económico Mundial en Davos, en setiembre de 2000, para ridiculizar a esa “alianza peculiar de fuerzas de extrema izquierda, de extrema derecha, grupos ecologistas, sindicatos de países desarrollados” etc. que se habrían unido en torno al propósito, según Zedillo, de “salvar a la gente de los países en desarrollo… del desarrollo!”. La construcción de los manifestantes con un término peyorativo que hasta el día de hoy utilizan incluso medios progresistas y de centro izquierda colaboró en difundir percepciones negativas de las nuevas formas de antagonismo y en dibujar caricaturas de debates que fueron instalados como lugares comunes: por ejemplo, que los países en desarrollo no deben “temer al progreso”, que la protección del medio ambiente no coincide con el interés de los trabajadores industriales, o que las protestas son lideradas por conservacionistas irracionales dispuestos a la violencia para defender a las ballenas.
Estas representaciones fueron funcionales a la estrategia de enfrentar con masiva presencia policial las manifestaciones y reducirlas con toda la represión que fuese necesaria, bajo el pretexto de que el movimiento, mayoritariamente pacífico, no podía controlar a sus grupos más agresivos, como los Black Blocs, que suelen intervenir las marchas con destrucción de vidrieras de tiendas multinacionales como mínimo. Así, a lo largo de 2001 se sucedieron los enfrentamientos: en junio en Gotemburgo y Barcelona, en julio en Salzburgo y finalmente en Génova, donde 200 mil manifestantes contra la cumbre del G-8 tuvieron que soportar una represión descomunal y choques con los carabineros que terminaron con un muerto y más de doscientos heridos. Luego llegó el 11 de setiembre para EE UU y el 19 y 20 de diciembre para Argentina, pero ya la historia había dado otra vuelta de página.
Aunque la etapa de la “guerra contra el terrorismo” reunió todas las condiciones para sofocar la protesta global, ya en Génova se había producido un punto de inflexión, con disparos sobre manifestantes frente a cientos de cámaras, como si fuese un ensayo de hasta qué punto se podían forzar los límites del estado de derecho para detener un movimiento en ascenso. Así lo recuerda Marcelo Expósito, video artista y crítico europeo que ha grabado varias de esas movilizaciones: “Nos preguntábamos cómo era posible que se hubiera ejercido tal grado de violencia pese al testimonio de las cámaras. Hasta ese momento, habíamos utilizado la visibilidad mediática en parte como cobertura contra la represión policial. Pero en Génova sucedió lo contrario. La violencia no tuvo ningún límite y cuanto más dejaban que se vieran imágenes de represión por TV, más se multiplicaba el efecto devastador del miedo, sobre todo en la generación de clase media que se estaba incorporando a la acción política en Europa. Quiero decir que ya antes del 11-S se habían experimentado formas de suspensión momentánea del régimen de derecho durante las protestas”.
En menos de una década, los prejuicios sobre exóticas alianzas de “enemigos del progreso” se combinaron con la idea de que las contracumbres globales acaban siempre en altercados a causa de pequeños grupos violentos funcionales al aumento de la represión. Esto parece haber legitimado los enormes despliegues de fuerzas policiales para proteger las reuniones de los máximos dirigentes políticos y financieros del mundo. En la última reunión del Grupo de los 20 en Pittsburgh, en setiembre de este año, una marcha de tres a cuatro mil participantes fue controlada por un número igual de agentes antimotines llegados de otras ciudades para reforzar los novecientos miembros de la policía local. Hubo una redada en el edificio donde el grupo Semillas para la Paz preparaba viandas para los manifestantes y arrestos masivos de casi 180 personas, entre ellas muchos asistentes a un festival de rock al aire libre en el parque de la Universidad de Pittsburgh que no participaban de la marcha y que sin embargo fueron corridos a gases y balas de goma hasta el interior de los dormitorios universitarios, golpeados y rociados en los ojos con aerosoles de gas lacrimógeno aun cuando ya habían sido esposados.
La estrategia combinada del miedo y del prejuicio ha logrado pinchar el globo del movimiento en las calles, aunque algunas de sus banderas son hoy integradas a los reclamos de países emergentes por una economía más justa y un crecimiento sustentable. Al mismo tiempo, la crisis financiera ha sumado nuevos actores a la protesta global, que en Pittsburgh irrumpieron con llamados de atención sobre el aumento de los desocupados mientras los gobiernos salvan a los bancos de la quiebra, con carteles que decían: “Rescaten a la gente, no a los bancos”. El clima parece haber cambiado. Da la impresión de que el sueño de la batalla de Seattle llegó a su fin y que ya no es posible tomar las cumbres de la Tierra por asalto. Pero las resistencias continúan, o al menos se renuevan. Es una lucha.

Osvaldo Baigorria
Ñ, 28 de noviembre de 2009

Fuentes

Entrevistas a:
Marcelo Expósito – http://marceloexposito.net/
Inger Kronseth de Raging Grannies – http://www.vcn.bc.ca/ragigran/

Libros
Bernard Cassen y otros. Attac: contra la dictadura de los mercados, Icaria, Barcelona, 2001
Susan George. Informe Lugano, Icaria, Barcelona, 2001
Hazel Henderson y Simran Seti. Ethical Markets: Growing the Green Economy, Chelsea Green Publishing, 2006
Naomi Klein. No Logo: el poder de las marcas, Naomi Klein, Paidós, Bs. As, 2000
James Lovelock. La venganza de la Tierra. La teoría de Gaia y el futuro de la humanidad, Planeta, Madrid, 2007
Ignacio Ramonet y Ramón Chao. Abecedario (subjetivo) de la globalización, Seix Barral, Barcelona, 2000
Janet Thomas. The Battle in Seattle. The Story Behind and Beyond the WTO Demonstrations, Fulcrum Group, Golden, 2000

Sitios
http://www.realbattleinseattle.org/
http://www.nodo50.org/worldwatch/
http://www.rebelion.org/
http://www.attac.org/
http://attacargentina.blogspot.com/
http://forosocialmundial.org.ar

Recuadro
En Copenhague
Desde la Cumbre sobre Cambio Climático de diciembre de 2009, Jorge Rulli trasmitió por Radio Nacional la siguiente crónica:

El Bella Center se parece a una ciudad y en realidad lo es, aunque sea tan solo un inmenso centro de Convenciones, en Copenhague, Dinamarca. Como en una gigantesca colmena y en razón de los crecientes Cambios Climáticos, más de treinta mil almas trajinan sus salones, sus salas de reuniones, sus bares y comedores. En la entrada del Bella Center, un ejército de hombres y mujeres de Seguridad, reciben a la muchedumbre que arriba en las primeras horas de la mañana, y la guían por diversos andariveles, la organizan, la encolumnan y luego la hacen pasar a través de decenas de máquinas detectoras. Despojados de sus abrigos y relojes, de sus computadoras, teléfonos y maletines, son investigados concienzudamente por la máquina de rayos y luego por los propios guardias que, provistos de mini detectores manuales, los revisan por si algo incierto, pero contrario a las reglas de la gran colmena, hubiese podido atravesar los controles de los arcos de seguridad. De pasarse este último examen, puede entonces alcanzarse la verdadera puerta del Bella Center, puerta interior, en que otros guardias, provistos de unas pistolas que leen nuestros códigos de barra en las credenciales plásticas que nos han colgado del cuello como caravanas al ganado, y luego de contrastar nuestro propio rostro con el que les aparece en las pantallas de sus computadoras, nos franquean la entrada y somos admitidos al paraíso de la convención del clima. Hemos atravesado el umbral en que custodia las puertas cancerbero y estamos dentro. Ahora sí estamos en la gran Cumbre Climática respecto a la cuál se han puesto tantas pero tantas expectativas. ¿Es posible, nos preguntamos, que el destino del mundo dependa de lo que en un lugar tan poco humano se decida? El lugar parece en verdad diseñado por Ray Bradbury, en alguna de sus famosas novelas de ciencia ficción. Miles de computadoras portátiles asisten por doquier a la muchedumbre trajeada que se supone representa a los muchos países que integran las Naciones Unidas. Sin embargo, la impresión que causa la muchedumbre atareada, los millares de empleados que fotocopian expedientes y los círculos de hombres maduros que discuten e intercambian documentos, es la de una gigantesca reunión de negocios internacionales. Solamente la delegación brasileña, aporta a la colmena unos setecientos funcionarios y lobistas de empresas. Las oficinas de Brasil son enormes y están colmadas de hombres de empresas, mientras en las paredes, los logos de las Corporaciones configuran decoraciones obscenas que, expresarían el proyecto asociativo de Lula, con los Agronegocios, en la nueva etapa de Globalización. Observando a través de las pareces vidriadas las reuniones de lobistas con funcionarios, no puede dejar de alegrarme que nuestra Argentina carezca de oficina, aunque ello sea solamente tal como me informan en la Embajada, por razones presupuestarias. No me habría sido agradable ver reunidos en las oficinas de la delegación argentina a los Trucco, los Grobocopatel y los Elzstain, no me habría sido agradable ver nuestras oficinas en la Cumbre Climática, repletas de forestadores de eucaliptos, empresarios de pooles sojeros y ejecutivos de las empresas mineras, que habrían expresado nuestra propia versión pseudo progresista, del proyecto de país neocolonial asociado a las empresas globales.

Esta es predominantemente, una convención de CEOS corporativos, ejecutivos del Agronegocio y funcionarios de grandes ONG y de Fundaciones, incentivadas cuando no directamente pagadas por el Banco Mundial, que en esta etapa aspira a convertirse en el gran banco del Cambio Climático, y por las empresas de los nuevos econegocios y maquillajes verdes. Han resuelto que la terrible crisis planetaria a que ha conducido el proceso industrial, puede ser una oportunidad para ganar más dinero, una oportunidad para llevar adelante negocios verdes, y van resueltamente hacia delante, hacia el abismo, imbuidos de ideas de progreso y crecimiento, mientras aprenden rápidamente a manejar los conceptos que necesitan para avanzar en los nuevos territorios a conquistar: sustentabilidad, morigeración, captación de carbono de la atmósfera, adaptación al cambio climático, etc. Los CEOS de corporaciones transnacionales, los ejecutivos de empresas, los políticos devenidos operadores y administradores del poder globalizado, los ejecutivos de grandes ONG que complementan las políticas empresariales con sus maquillajes y sus intrascendentes disidencias, son los nuevos protagonistas de una farsa que amenaza con acelerar y profundizar, la crisis social, económica y ecológica del planeta.

Pero en las calles de Copenhague se viven otras realidades. Pese a que es una ciudad tomada por la policía, una policía que parecen robocops, miles y miles de jóvenes han llegado de todas partes para manifestarse a favor de suspender las emisiones, rescatar al planeta de la creciente amenaza de los cambios climáticos, generar alternativas a la sociedad urbano industrial, y darle una vez más un pase libre a la vida. Las manifestaciones son alegres y coloridas, la imaginación se ha desbordado en el esfuerzo por lograr que se tome conciencia de los desastres a que la voracidad capitalista expone a la humanidad. Abundan por todas partes los disfraces y los grupos de teatro callejero, que tratan de conmover a los paseantes y a ese público entontecido por la publicidad y el consumismo que conforma legiones en las calles de Copenhague. Cada día tiene sus propias manifestaciones, pero la del día sábado, o sea de ayer, ha sido seguramente la que reunió más gente y expectativas hasta ahora. Desfilamos probablemente más de cien mil personas, kilómetros de gente encolumnada con innumerables carteles y disfraces, se desplazaron durante largas horas por las calles de Copenhague. Impresionante, realmente impresionante. La multitud venida de todos los rincones del planeta, convirtió por unas horas a la ciudad en la capital ecológica del mundo. Cánticos, carrozas, disfraces, miles de ciclistas llegados de distantes países, pancartas y banderas, esperanzas, rebeldías, disposición a un esfuerzo máximo para salir de la actual situación de crisis y sobre todo, la indeclinable decisión de sobrevivir al Capitalismo y defender la vida.

Mientras tanto, en la Cumbre, los países ricos, los que más contaminan y los que menos arriesgan en la creciente crisis de los cambios climáticos, han logrado de manera gradual, que los temas centrales de los debates y negociaciones, dejen de ser los de disminuir la contaminación, para pasar a ser los de la captación de carbono de la atmósfera. O sea que han sacado el problema de su órbita para tirárselo a las víctimas, los países pobres y periféricos, los cuales deben ver ahora cómo contribuyen o qué hacen ellos, para disminuir la contaminación. Ahora las polémicas generalizadas dividen a esos países, entre los que están a favor de la morigeración y los que se inclinan por la adaptación a los cambios. La morigeración implica participar en el mercado de los bonos de carbono para plantaciones forestales y ahora, también, para una supuesta agricultura conservacionista con labranza cero o siembra directa que, más allá de las definiciones edulcoradas y engañosas, es la que nosotros sufrimos con los cultivos de soja. La reconversión y adaptación implica transferencias tecnológicas o sea, fundamentalmente financiación, para implementar mecanismos de desarrollo limpio y semillas genéticamente modificadas para adaptarse a los cambios que vienen. O sea, que estamos en el horno…

Mientras los gobiernos polemizan y constituyen bandos, las Corporaciones hacen negocios. Volvamos nosotros a las calles de Copenhague a pasear las banderas argentinas, que hemos traído y que le gritan a Copenhague y al mundo, que no queremos continuar siendo el laboratorio de las empresas, que la soja, si acaso es responsable, lo es solamente de muerte y destrucción del ambiente, y que pretendemos un cambio del sistema, no una mera adaptación a los cambios climáticos.

Jorge Eduardo Rulli

(Transmitida por Radio Nacional desde las oficinas de la Embajada argentina en Copenhague, calle Borgergade 16)

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4 comentarios to “A diez años de la batalla de Seattle”

  1. Unabombera Says:

    En Copenhague ya otros cien mil se manifiestan contra el capitalismo corporativo y los buròcratas de estado que destruyen el clima de la tierra. Una cronista atrapada en un corral policial relata desde el lugar del hecho còmo se vive en la ciudad donde renace el movimiento de movimientos. Ahora le llamarán “anticambioclimàtico” o movimiento de “climafòbicos? Se lee en inglès en http://blogs.crikey.com.au/rooted/2009/12/13/from-the-demonstrations-in-copenhagen/

  2. reclamar el poder Says:

    En estos momentos se intenta reunir una asamblea popular alternativa a la cumbre de Copenhague, bajo el llamado de Reclaim Power! convocado por Acción de Justicia Climática: http://www.climate-justice-action.org/news/2009/12/02/a-call-to-action-reclaim-power/

    Reclaim Power! es una acción de desobediencia civil no violenta en la confrontación masiva. Vamos a allanar toda barrera física que se interponga en nuestro camino pero no responderemos con violencia si la policía intenta escalar el enfrentamiento ni crearemos situaciones de riesgo: estaremos allí para que se escuchen nuestras voces.

    La Asamblea Popular, en oposición a las falsas soluciones negociadas en las cumbres sobre el clima, difundirá alternativas que provean soluciones justas y concretas: dejar a los combustibles fósiles en el suelo; reafirmar el control popular y comunitario sobre los recursos; reubicar la producción de alimentos; reducir masivamente el hiperconsumo, sobre todo en el Norte; reconocer la deuda climática y ecológica con los pueblos del Sur y hacer las debidas reparaciones; y respetar los derechos de los pueblos indígenas y de los bosques.

  3. Anonimo Says:

    me tienen harto estos ecologistas gringos que se rasgan sus vestiduras pequeño burguesas por la defensa de los bosques y un clima “justo”: que ellos reduzcan sus consumos e industrias pero que no nos jodan a los países en desarrollo con seguir siendo exportadores de materias primas y cuidadores de áreas protegidas para que ellos mismos vengan a sacar postales de nuestra fauna local

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