Nadar con o contra la corriente

En La lectora provisoria, una nota de Quintín sobre otra nota de Beatriz Sarlo y el libro La literatura en peligro de Todorov plantea preguntas y dispara una discusión sobre la fractura que separa a la “literatura popular” de la “mejor literatura”. Y en un comentario a esa misma entrada se rescata el irónico experimento en “escritura para las masas” de Cyril Connolly, publicado en Radar, como advertencia sobre los autores que nadan con la corriente en vez de nadar en contra. Todo un desafío es ponerse a pensar hoy en cómo se escribe/lee (y más aun en cómo se “debería”!) en medio de este laberinto de referencias… Un comentario sobre otro: el “cut up” de Connolly, compuesto de frases de Orwell, Isherwood, Hemingway totalmente indistinguibles entre sí, como si pudiesen haber sido escritas por cualquiera de ellos, puede relojearse desde aquí:

“El primer sonido de la mañana era el de las fuertes pisadas de las obreras calzadas con zuecos que bajaban por la calle adoquinada. Supongo que las habría precedido los silbatos de la fábrica, pero nunca estaba despierto para poder oírlos. Generalmente éramos cuatro en el dormitorio, una estancia atroz con el aspecto sucio y transitorio de las habitaciones que no sirven para su finalidad propia. Una tarde, a principios de octubre, Fritz Wendel me invitó a tomar café puro en su piso. Fritz siempre te invitaba a “puro café” haciendo hincapié en lo de puro. Estaba muy orgulloso de su café. La gente solía decir que era el más fuerte de Berlín. Fritz llevaba el atuendo marinero que se ponía de ordinario cuando invitaba a tomar café, un grueso suéter y pantalones de color azul muy claro. ¿Sabéis cómo es La Habana temprano, cuando los mendigos todavía duermen apoyados en las fachadas de los edificios, antes incluso de que las carretas del hielo lleguen para surtir a los bares? Bien, cruzamos la plaza desde el muelle hasta el Perla de San Francisco para tomar café. Mi cama estaba en el rincón de la derecha, en el lado más próximo a la puerta. Había otra cama cruzada a su pie y apretujada contra ella (tenía que estar en esa posición para que la puerta pudiera abrirse), por lo que tenía que dormir con las piernas dobladas. Si las enderezaba, golpeaba al ocupante de la otra cama en la región lumbar. Era un hombre mayor, el señor Reilly. Me saludó con la sonrisa sensual de sus gruesos labios.

–¡Qué hay, Chris!

–Hola, Fritz, ¿cómo estás?

–Bien. –Se inclinó sobre la cafetera; su pelo negro, liso y brillante despegándose del cuello cabelludo para caerle en mechones fuertemente aromatizados sobre los ojos–. Este maldito trasto no funciona –añadió.

Nos sentamos y uno de ellos se adelantó.

–¿Y bien? –inquirió.

–No puedo hacerlo –le dije–. Me gustaría hacerlo como un favor, pero anoche te dije que no es posible.

–Puedes poner tu precio.

–No se trata de eso. No puedo hacerlo, eso es todo. ¿Cómo van los negocios? –le pregunté.

–Mal, terriblemente –respondió Fritz, con una sonrisa divertida.

Por suerte tenía que irse a trabajar a las cinco de la mañana, lo cual me permitía estirar las piernas y disfrutar de un par de horas de sueño adecuado después de que se marchara”.

He formado este pasaje añadiendo a las tres primeras frases de Road to Wigan Pier, de Orwell, las cinco primeras frases de Sally Bowles, de Isherwood, y luego las dos primeras frases de To Have and Have Not. He entretejido el inicio de los tres relatos un poco más. Siguen tres frases de Orwell, un diálogo de Isherwood, hasta “añadió”, de Hemingway, hasta “eso es todo”, de Isherwood, hasta “divertida”, para terminar con otras frases de Orwell. Ahora el lector puede seguir adelante con el libro que más le guste, Orwell y su cama, Fritz y su café o Harry Morgan y La Habana. Como dice Pearesall Smith de los escritores modernos: “La dicción, el desarrollo de las frases de uno parecen totalmente indistinguibles de los del otro, cada una de cuyas páginas podría haber sido escrita por cualquiera de sus compañeros”.

Esta es, pues, la penalización de escribir para las masas.
Cyril Connolly

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