Pegame que me gusta escribir una crónica

Reportaje undercover a la maestra de maestras S/M de la Argentina poco antes de su muerte: la colombiana Margarita García Robayo se inscribe como alumna en el taller de putas dominantes de Dómina Sandra, aprende los gajes y jirones del oficio y en secreto extrae material para su nota. Periodismo y prostitución, la dialéctica de ama y esclavo, la tortura y el goce: todo implícito y explícito en “Dominatriz por un día”, publicada en Soho y que gracias a Águilas Humanas se reproduce aquí:

Dominatriz por un día

Por Margarita García Robayo

Dómina Sandra me descubrió enseguida. Creí que la despistaría con mi performance barato de extranjera intrépida, pero “ella sabe reconocernos”, dijo. La verdad es que todo fue mal desde el principio. Cuando pedí la cita por teléfono hice un papelón: me hice llamar “Betsy”, afiné la voz, me excedí en halagos hacia su “arte” y, lo peor: yo, que con un solo monosílabo que pronuncie en tierra porteña delato mi condición de extranjera, fingí un acento tan cursi que la secretaria, al otro lado de la línea, me dijo: “hablás como en las novelas, nena, ¿sos venezolana?” –su timbre entusiasta me hacía suponer que imaginaba a una escultural Caty Fulop del otro lado.

La primera cita fue un lunes a la una de la tarde: pleno invierno, leve retraso por piquete en el camino, un día bastante normal. Cuando llegué la puerta estaba entreabierta. Toqué el timbre.

–¡Si sos Betsy, entrá!

Era una voz exageradamente aguda que me hizo imaginar a una mujercita sílfide y chiquita. Imaginé a otras mujeres a su alrededor, vestidas de cueros y armadas de cadenas, que me esperaban para darme mi merecido: “A mamá mona con banana verde, no”, me retarían por querer engañarlas. Casi podía oírlas preparando sus implementos de tortura. Estaba probablemente en mi último instante de lucidez, tratando de hacerme las preguntas correctas: ¿qué hago aquí? ¿Hacia dónde corro? ¿Cómo sabe ella que no está dejando entrar a un ladrón, a un asesino, a un putifóbico? ¿Cómo sé yo que ella no responde a ninguno de esos perfiles? ¿Por qué decidí llamarme Betsy?

–¡Che!, ¿te querés congelar allá afuera?

Gritó de vuelta. Entré. La voz salía de un cuerpo enorme forrado en una bata hindú que reposaba en una sala oscura, como un Buda. La rodeaban estantes que exhibían productos que se vendían: ropa erótica, juguetes de SM (sadomasoquismo) y videos caseros con la marca de la Dómina. En una repisa había revistas extranjeras en las que la habían entrevistado y un libro llamado Diary of a mistress; en otra había doce pijas (penes) de silicona ordenadas por tamaño, y debajo un equipo de sonido viejo. Detrás de todo –vigilante–, una gran foto suya con antifaz, corsé y su mejor expresión de sádica. Me senté frente a ella, que se había mudado a un escritorio, y descubrí en la mesa una colección de muñequitos en miniatura como los que salían en los yupis. Crucé las piernas, me saqué el abrigo, elevé la pechamenta y sacudí el cabello: para esta nota había decidido encarar el rol de chica mundana. La Dómina miró atenta todos mi movimientos, luego se aclaró la garganta.

–Y bueno, contame, ¿por qué querés aprender SM?

Sentada en su trono, el ama empezaba a interrogarme.

–Quiero experimentar con mi pareja. Nos gusta jugar.

–¿Jugar a qué?

–Jugar, Dómina, tú sabes: esposas, aparatitos y así.

–Pero para jugar no te va a servir mi clase teórica. Lo que ustedes necesitan es imaginación. A ver, ¿cuáles son los miedos de tu pareja?

–¿Miedos?

La Dómina resopló y negó con la cabeza, impaciente.

–Che, Betsy, dejate de joder ¿Sabés qué? No te creo.

Me turbé un poco, cómo que no me creía, no entendí. Me acomodé la blusa, mostré un poco más de piel, afiné la mirada.

–¿No me crees qué, Domina? –dije, mirándola de frente.

Ella me sostuvo la mirada, se apartó un mechón de pelo de la frente. Luego levantó las cejas, como si esperara una respuesta de mi parte.

–Mirá, Betsy, a esta altura a mí ya no me engañan, vos no tenés ningún novio ni nada, vos querés trabajar en esto: se te nota a la legua.

Era un giro argumental perfecto, me cambié el chip de chica mundana por el de puta fina. Me toqué la frente con el dorso de la mano, intentando un gesto teatral bastante pobre.

–Ay, Dómina, ¿qué te puedo decir? Mis clientes me exigen este tipo de servicios, pero yo no sé hacerlos. Trabajo para una agencia de escorts, damas de compañía.

–Claro, me imaginé –ahora parecía más tranquila, casi aliviada. Levantó de la silla su cuerpo enorme, con una agilidad insospechada–; a ver, parate, dejame que te mire.
Obedecí. Y recordé mis épocas de pasarela en la primaria: guardar pancita, sacar cola, levantar mentón.

–Podés cobrar caro, pero tenés que aprender un montón. Vos escuchame, yo te voy a decir lo que tenés que hacer…

Así conseguí mi primera clase de SM en la prestigiosa Casona de Dómina Sandra, probablemente el ama que más sabe del tema en la Argentina. Esa tarde, después del incómodo preámbulo, Dómina y yo conversamos como viejas amigas. El colegaje recién surgido nos hizo abrirnos tanto que al final me costó distinguir si lo que nos unía eran las particularidades de nuestro oficio, de nuestro género o de la vida misma.

La famosa clase teórica era más bien un repaso por su vida: me dijo que empezó a trabajar a los dieciséis y que siempre le gustó humillar a sus clientes. Al principio no sabía que podía cobrar por eso, apenas se enteró se independizó. Ahora lleva veinte años con el negocio y hace servicios eventualmente. Cobra 200 dólares, el resto cobra 35, más o menos.
Después hablamos de cómo la crisis afectó el negocio. Los precios bajaron, aunque el volumen de clientes se mantuvo:

–…a los argentinos les gusta sufrir, qué sé sho.

La Domina me preguntó por mi historia personal. Improvisé: de Venezuela, mi supuesto país natal, me había ido a Panamá, porque allá podía cobrar en dólares.

–¡Pero Panamá es la meca del negocio, boluda! ¿Por qué no te quedaste allá?

Me saqué de la manga la carta de la empatía:

–Bueno, conocí a un cliente argentino que estaba de paso y…

–Uhhh, ¿nos enamoramos, Betsy? Está bien, a todas nos pasa.

Dómina Sandra se comportaba como una verdadera mentora, por momentos me daban ganas de abrazarla y darle las gracias; decirle que me perdonara por mentirle y jurarle que si en verdad fuera puta, nada me gustaría más que trabajar con alguien como ella. Tuve que recordarme varias veces que no era puta sino periodista y que estaba allí con una misión que, por el momento, me parecía un poco deleznable. Al final de nuestra entrevista, Dómina Sandra aceptó entrenarme en su agencia. Programó sesiones dobles con un Ama y una Esclava que me enseñarían lo básico para empezar a ejercer.

***

Era martes y tomaría un servicio con Sofía –el ama más experimentada después de Sandra– y una esclavita de ventipico llamada Maia. Sofía es rubia, de unos 40 bien llevados.
Fuimos primero a un salón con espejos donde guardaban disfraces de enfermera, mucama y otros; también había plumas y prótesis de nalgas y tetas. Las tallas eran enormes y pensé que sería una especie de templo de las cosas de Sandra; después Sofía me explicó que era la zona de los transformistas:

–Acá maquillamos a los maricas, les cumplimos sus fantasías. Hay algunos hombres a los que los excita la servidumbre, entonces se ponen el delantal y limpian la casa, los baños, la cocina, todo…
Sofía hablaba como si me estuviera dando una inducción:

–…al fondo está la habitación de torturas leves.

Era un cuartito con cama sencilla y sábanas azules donde se prestan servicios a sumisos no tan sumisos y a amos medio blandengues. Básicamente, me explicó, la usaban para “jugar y coger”.
Tanto Sofía como Dómina Sandra siguen una línea de oficio un poco fundamentalista. Ambas muestran cierto desprecio por el sexo en sí mismo: para ellas el SM no va necesariamente acompañado de una “cogida”; se diría que, como amas, caer en eso les parece una flaqueza.

La tercera habitación estaba al final de la casa. Docenas de instrumentos de tortura cuelgan del techo y las paredes. En una esquina había un potro –el que se usa para estirar las extremidades; en la otra esquina había una jaula y una cruz acolchada forrada en cuero: ésa se usa para crucifixiones.

–Y éste, querida –Sofía toma un látigo de los que están en la pared, sonríe orgullosa–: es nuestro verdadero escenario.

Entonces es cuando entra Maia, la esclava: una morocha flaca, de labios gruesos, botas de montar, una falda diminuta.

–¡Ahí estás, perra inmunda!

Sofía le grita y le pega un latigazo en las nalgas; ella se arrodilla y le besa los pies. El ama busca una soga y se la amarra al cuello:

–Esto es lo que tenés que hacer siempre de movida. Acordate que el esclavo es un perro.

Cuando quiere explicarme, Sofía baja el tono de voz y se sonríe como si me estuviera ofreciendo una degustación de quesos en el supermercado. Maia, desde el piso, también me mira.

–¡¿Y a vos que te pasa?! –le grita Sofía– ¿Te gusta la nueva? ¡Contestá, puta!

–No, ama –una vocecilla de duende sale de su boca enorme.

–¿Viste? –vuelve Sofía, la promotora de quesos–, todo lo que puede decir un esclavo es: “sí ama”, “no ama”. La clave en un amo es el maltrato y en un esclavo, la sumisión.

Ahora Maia tenía la mirada enterrada en el piso y Sofía le ordenó que me saludara. Ella se acercó y me besó los pies.

–¡Ajá! –Sofía la jaló por la soga–, ¿te gusta esa? ¿No soy suficiente para vos? ¡Puta pretenciosa!

Y empezó a pegarle con el látigo, primero suave, luego más y más fuerte. Pero Maia no decía nada.

–No se queja porque no le duele. La fuerza está en la mano, no en el látigo, yo hago movimientos rápidos para simular que le estoy dando fuerte, pero en realidad no. Ahora, si le doy así –sonó un latigazo más fuerte y Maia se corrió rápido hacia delante, como un conejo asustado–, es posible que le duela.

Afuera sonó el teléfono, Sofía se disculpó y salió a contestar. Maia aprovechó para levantarse y sacudirse las rodillas. Las tenía rojas, un poquito raspadas. Me preguntó si iba a trabajar en esto, yo asentí.

–Te va a gustar –dijo ella.

–¿A ti te gusta?

–Sí, me encanta.

–¿Te gusta más ser esclava o ama?

–¿Te gustan los hombres o las mujeres?

No entendí la consecuencia de su pregunta con relación a la mía. Pensé que las insinuaciones de Sofía nos estaban afectando.

–¿Qué? –dije.

–Si te gusta trabajar con mujeres está bueno ser esclava: son menos bruscas y pagan mejor.

Sofía venía de vuelta:

–Ah, ¿se hicieron amiguitas? ¡Al suelo, puta!

Antes de que Maia pudiera agacharse, Sofía la agarró como a un muñeco de trapo y la subió al potro. Le amarró las manos a los lados, le alzó las piernas y se las ató a la cabecera con una soga. Me dijo que me acercara y me dio unos ganchos. Y allí teníamos, en un primerísimo primer plano, la zona genital de Maia explayada y expuesta como un bife mariposa.

–Estos se ponen en los labios de la vagina; si es un hombre se los ponés en el prepucio. Igual con las agujas, pero acá solamente yo las pongo. Tenés que ser cuidadosa, porque si llega a salir algo de sangre se acabó todo. Con la sangre no se juega, ¿me entendés?

Fue lo más serio que dijo en el entrenamiento, me miró muy fijo, casi preocupada.

–Entiendo –le dije. Pero ella se quedó allí, unos segundos más, sin pestañear.

–¿Me recordás tu nombre?

–Betsy.

–Ok, Betsy, ahora vos vas a ponerle los ganchos a Maia.

La mano me temblaba, me aterraba causarle dolor, me aterraba ver eso frente a mí. Le enganché un par de ganchos donde me pareció que había más carne. Luego Sofía le quitó el corsé: tenía unas tetas diminutas, tetas frijolito de nenita.

–Ponele también ahí.

La imagen de Maia era la humillación total, y sin embargo me sonreía coqueta. Enganché dos ganchos más en los pezones. Ahora Sofía encendía una vela: la siguiente lección, dijo, era la lluvia de esperma.

–El secreto es sostener la vela muy alto, así, cuando cae el sebo en la piel ya no está tan caliente. Si el tipo o la tipa te piden más dolor, se la vas acercando.

Sofía bajaba la mano, Maia –o ese cachito de carne que yacía indefenso en el potro– cerraba los ojos y temblaba.

–¡Piedad! –gritó.

El ama Sofía retiró la vela y se turbó un poco. Parece que el grito de la esclava no estaba en el guión. Después se puso de nuevo la sonrisa y me dijo que la lección principal en todo esto era que había que respetar el pacto de la piedad:

–Si un esclavo te pide piedad, tenés que dársela. No podés seguir torturándolo, a menos que te lo vuelva a pedir. Todo esto se trata de construir relaciones más honestas.

Eso sí que era un gran aprendizaje. Algo que, en esta ocasión, a mí me dejaba por fuera.
Maia se bajó del potro; una lagrimita se le venía asomando, pero la reprimió. Sofía le ató las manos de un aparato que colgaba del techo, dejándola un poco suspendida. Se le puso en frente y se sacó una teta:

–Chupá, perra, ¿no me querés chupar?

–Sí, ama.

Sofía la jalaba hacia delante, por el pelo, y Maia sacaba la lengua tratando de alcanzarle la punta del pezón, pero no podía porque el ama se alejaba:

–¿Entonces, idiota, por qué no me chupás? –le decía. Después de volvió a hacia mí, aún con la teta afuera, y derramó una nueva lección:

–Todo está en la cabeza, Betsy. Al esclavo lo tentás con algo que sabés que quiere pero te asegurás de que no lo pueda tener. Es como cuando lo encerrás en la jaula y lo provocás. El pobre sufre, porque quiere salir y no puede. Y ahí está el placer de la tortura.

–Claro.

***

El miércoles me mostraron la cruz, que tenía un mecanismo de castigo bastante parecido al potro. Iba quedando claro que el ingenio de la tortura lo ponía el torturador. En cada aparato el ama va improvisando, sumando ayudas como pesas, ganchos y grilletes en los genitales. También se suelen usar vibradores.

–Dos cosas, Betsy –hoy Sofía llevaba el pelo recogido y un jean que debió meterse con vaselina–: el objetivo de los grilletes en el pene es que al tipo le duela cuando se calienta. Vos se lo ponés cuando está caído, y empezás a excitarlo, lo toqueteas allá y acá, le mostrás la tetamenta, lo calentás.
Sofía toqueteaba a Maia crucificada. Maia parecía disfrutarlo. Yo, cada vez más, me sentía en una versión tristísima de Vampiros lesbos.

–Y cuando lo tenés caliente: ¡chaz! El tipo se encuentra con que no se le puede parar porque el grillete se lo impide.

Sofía agarró un vibrador con la mano izquierda y con la otra lo recorrió de arriba a abajo: como las modelos en los programas de concurso.

–Lo otro que no tenés que olvidar es que a todos los hombres, absolutamente a todos: les gusta que los penetren.

Lo que pasó a continuación, sin grandes aspavientos, fue que Sofía le inyectó el vibrador a Maia por atrás: metiéndolo y sacándolo con furia como si limpiara un biberón muy sucio. La esclava gritaba de supuesto dolor; se mandó una performance digna de película porno en horario vespertino. Y yo, por primera vez, me aburrí mucho mirándolas. A veces, lo más brutal es también lo más pavo.

***

El jueves era la clase práctica, empezaríamos midiendo mi resistencia. Sofía traía un látigo, yo pocas ganas de ser maltratada.

–Ponete de culo, Betsy. Yo voy contando hasta diez y vos me decís hasta dónde resistís. Uno, do…

–¡Piedad! –grité.

–Vamos, no seas maricona, otra vez: uno, dos, tr…

–¡Piedad!

Y así sucesivamente, hasta que al sexto intento:

–…ocho, nueve, diez. ¡Bien!

La piel me ardía un poco, luego la sentí adormecida. Sorprendentemente, el dolor no era tanto. Pensé que quizá lo más excitante de esta práctica no estaba en la sensación física, sino en el miedo, en la espera tortuosa. Se suponía que en esos momentos uno producía tanta adrenalina que cuando por fin llegaba el golpe el cuerpo estaba anestesiado, entumecido por los nervios.

Después siguieron unos tips. Sofía habló de los límites:

–Acá se puede hacer casi todo. Los fetiches son bienvenidos: la lluvia dorada pasa, pero la lluvia marrón no. Eso es una chanchada, y ninguna de las chicas lo acepta. Está en cada quien poner esos límites, pero si vas a trabajar en una agencia preguntá antes que nada cuáles son las políticas, no sea que un día un cliente te salga con una sorpresita.

Recordé una foto que vi en el salón de un tipo vestido de caperucita roja, agachado sobre el torso de una esclava. No quise más detalles.

–…hay cada loco, nena, hemos tenido que sacar a tipos en bolas a la calle porque la chica pidió piedad y siguió pegándole. Hemos tenido que llevar a chicas al hospital, intoxicadas, porque un hijo de puta las hizo tragarse su mierda. Locos, che, hay muchos locos.

Por esos días había estado en la casona un inglés que va cada vez que visita Buenos Aires. El tipo tiene su esclava en Londres, una que se compró acá, según Sofía. Y siempre toma servicios con las amas más experimentadas, porque así aprende qué cosas nuevas hacerle a la esclavita que se importó. Sofía me insistió en que los ingleses eran los mejores clientes, solían ser bastante experimentados y conocían muy bien los códigos del oficio. Y, lo mejor: les encantaba ser esclavos.

–¿Sabés inglés, Betsy?

–Me defiendo.

–Yo también me defiendo, pero para cuando no sepás qué decirles a estos tipos que no entienden nada de castellano, la mejor técnica es contarles Blancanieves, pero en mal tono, como enojada, ¿me entendés? Algo así –Sofía se despeja el pecho con una tos seca–: había una vez una niña blanca como la nieve, que era… ¡ una completa hija de puta! ¡Fuck you! Espejito, espejito pelotudo, ¿quién es la más perra del universo? ¡Shut up! ¡Anda a cagar, enano puto! ¡Biiiitch!

Al final de esa misma tarde, vino lo más divertido de mi instrucción. Dómina Sandra me preparó algo así como un kit para dominatrices principiantes: un látigo: US$40; un conjunto de muñequeras, tobilleras y collar: US$52; una palmeta de madera: US$15; un corsé: US$75; un par de falditas de vinilo: US$40; botas: US$130. Me convertí en un maniquí: me quitaban y me ponían corsés, faldas, pelucas; me hacían tomar el látigo, moverlo y mirarme al espejo: practicar. No importa cómo se vea uno, pero el cuero te hace sentir sexy: el olor, la textura del vinilo en la piel, las varillas del corsé asfixiándote un poco, los gorditos aplastados, el busto a punto de explotarse: todo es un exceso.

–¡Este es tu corsé!

Sofía salta cuando me ve en el espejo transformada. Después de lo que le costó abrocharlo, el resultado tenía que ser satisfactorio:

–Betsy ¡sos una diosa de vinilo!

Qué fácil me convencieron: me dieron ganas reales de comprarlo todo. Me miraban extasiadas, como contemplando una nueva obra, o al menos así me sentía yo. Quizá ellas solamente iban sumando el valor de todo lo que tenía puesto. Si esta historia hubiese continuado, mi inversión en vestuario y accesorios habría sido de unos cuatrocientos dólares. Me cambié y les dije que vendría por todo apenas mi jefe me diera el dinero para comprarlo. Ellas me acompañaron a la puerta y se despidieron cariñosas. Yo le eché un último vistazo a la casona, Betsy no volvería.

***

Lo último que supe de la Dómina vino en un par de mails que llegaron a la dirección de Betsy un par de meses después de mi última visita. El primero anunciaba su cumpleaños el 20 de agosto, y el segundo decía que debido a la cantidad de preguntas recibidas sobre el tipo de presentes que deseaba el Ama, se proponía dar una cuota para comprarle un equipo de sonido. Los correos terminaban con la frase: “Es más difícil hacer durar la admiración que provocarla”. Decidí que le mandaría una nota de felicitación y un CD de la orquesta Guaco, de Venezuela, para que lo escuchara en su nuevo equipo. En la nota, además, le explicaría que por razones de conveniencia económica me había regresado a Panamá; le mandaría besos a Sofía y a Maia y le diría que la admiración que les profesaba era más que perdurable, eterna… O algo así, bien de esclava. El episodio de los correos me hizo recordar esa última vez en la casona: el par de dóminas en el umbral de la puerta velándole el camino a otra hija emancipada. Pensé que esas mujeres se tomaban en serio su trabajo y que yo era una porquería de persona por engañarlas así. Alguien me diría, el editor de Soho probablemente, que yo también estaba haciendo mi trabajo y que tampoco era que les hubiera causado ningún perjuicio. Y yo fingiría tranquilizarme con eso, pero por dentro sufriría, entraría en una nueva fase de tortura inflingida por mi cerebro y cada tanto tendría el impulso desquiciado de volver a la casona, bajar la cabeza y pedirle perdón a las dominas. Por suerte terminaría convenciéndome de que esa era una pésima idea, porque ante un par de amas ese gesto de sumisión sólo podría ser interpretado como la súplica por un castigo. Y yo no quería eso, claro que no.

Publicada en Soho, Ed. 67, 2005

Nota: varios meses después de publicada esta nota, Dómina Sandra murió de un paro cardíaco. Nunca tuvo oportunidad de leerla, por supuesto, tampoco era la idea. La noticia de su muerte me llegó en otro mail y esta vez sí llamé por teléfono para confirmarla. Me contestó Sofía y me dijo que era cierto, y que la Dómina había muerto en ejercicio.

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