Viaje al fondo de la memoria

“Esma” es el sobrio título de la crónica de Diego Rojas sobre la visita guiada a la ex-Escuela de Mecánica de la Armada que organizó la librería Eterna Cadencia hace unas semanas. Hernán Ronsino, Félix Bruzzone, Gabriela Cabezón Cámara y los dos Martín (Caparrós y Kohan), entre otros, pasearon por el pasado y salieron a respirar el aire del presente. Rojas escribió:

“Ninguno de los visitantes, entre los que se encuentran dos periodistas, había concurrido antes a las instalaciones de la ex ESMA. Todos son personas informadas, todas han nombrado en algún diálogo al nuevo “museo de la memoria”, todos viven en un radio que les habría posibilitado esa visita, todos repudian el genocidio ocurrido durante la última dictadura. ¿Por qué ninguno -cuántos de los lectores de esta crónica imperfecta visitaron este lugar terrible- de estos escritores visitó antes este sitio? Si hubieran viajado a Polonia, ¿no hubieran visitado Auschwitz?”

“Un gran sótano. Llega poca luz (afuera está nublado, llueve). Las paredes tienen grietas y se filtran gotas que caen lentamente. En este lugar se torturaba, se asesinaba, se falsificaban documentos, se hacía inteligencia. En este lugar se torturaba. Al fondo del sótano había cuatro compartimentos donde eran trasladados los presos que llegaban. De inmediato se procedía a la tortura, a la picana, a sacar información que podía servirle a los dueños de la vida y de la muerte durante esas primeras horas de secuestro. Ponían la radio a todo volumen. Pasaban marchas militares y, también, canciones de protesta. Usaban la picana. Había también una biblioteca. En la entrada un póster de una manifestación durante el Cordobazo. Un cartel le daba un nombre al pasillo que conducía a los compartimentos de tortura. “Avenida de la Felicidad”, decía. Los visitantes estudian el lugar en silencio. A veces lo rompen, pero sólo por instantes.”

“En el tercer piso se encuentra “Capucha”, el centro de confinamiento de los detenidos. El espacio inverosímil de lo tremendo. Allí permanecían encapuchados (de allí el nombre), engrillados, algunos portan cadenas atadas a bolas de hierro, vigilados todo el tiempo (a veces por los “verdes”, jóvenes estudiantes de la Escuela de Mecánica, de entre 15 y 18 años), sometidos a la peor de las posibilidades con que se conjuga el verbo vivir.”

“Bajan las escaleras, se conduce a los visitantes al exterior. Nadie se distiende a pesar de los pequeños diálogos, las reflexiones. Se muestra a los visitantes unos libros con fotos. Allí están las imágenes que Bazterra tomó del sótano de la ESMA, donde se torturaba. Se distingue el póster del manifestante del Cordobazo tirando una piedra. Se invita a los visitantes a dejar un mensaje en el libro de visitas. Allí están los escritores luego de un recorrido que agradecen a los organizadores, a los guías. Afuera llueve. Es Buenos Aires. Se vuelve a respirar”.

(Fragmentos de “Esma” por Diego Rojas. La crónica completa, con fotos, se lee con un click acá)

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