Areias do albardão

Crónica de Eduardo Muslip sobre la mirada o, mejor dicho, sobre una playa en zona desolada de Brasil donde la mirada suele pasar de largo o se despierta y se concentra, sin sensación de tiempo, en los detalles. Iemanjá, un pez muerto, un perro de aguas, palomas y movimientos que levantan vuelo para no verse más. Salió en Sala Grumo y empieza así:

Arenas del albardón

Hubo que hacer un esfuerzo para concentrarse en la parte del mapa que nos interesaba a Alejandro y a mí: la zona costera de Brasil que va desde la frontera con Uruguay hasta Tramandaí, a la altura de Porto Alegre. Nadie con espíritu de turista mira mucho esa porción de costa, unos seiscientos kilómetros que aproximadamente corresponden a todo el estado de Rio Grande do Sul. La mirada del turista argentino, que va de sur a norte, tendería a deslizarse desde el Chuí hasta, como mínimo, Torres, todavía más al norte de Tramandaí. Se sabe que para muchos turistas, Brasil es apenas una gran playa (“Bienvenidos a la playa de 8.000 kilómetros”, dice la tapa de una National Geographic). Los seiscientos kilómetros en cuestión apenas parecen cumplir la función de redondear esos ocho mil.
No sólo es la mirada del turista sobre el mapa la que sigue de largo. La geografía es llana, abierta, con poca vegetación; es una costa desolada, suele decirse, y los vientos fríos del sur pasan por allí en invierno dejándola con poca arena y más desolación. Los vientos del norte pasan en verano trayendo de nuevo la arena y el calor, pero parecería que ni el frío del invierno ni el calor del verano le pertenecen del todo; todo llega y se va y nada más. Los aviones que van de las ciudades importantes de Brasil hacia el sur dejan de pensar en la zona que pasa por ahí abajo, no hay nada significativo hasta Montevideo o Buenos Aires. Los barcos que desde el siglo XVI cruzaban Sudamérica consideraban esa zona como simple tiempo fatalmente agregado a la travesía, sin otra función que demorar el viaje; como todo lo que no importa, su presencia se mide en términos de pérdida de tiempo. No era necesario ser turista o comerciante para impacientarse con esa zona; se conoce el comentario del mineralogista alemán Wilhelm von Feldner, hacia 1810: “a mais triste praia arenosa borda o mar e o olho do navegante procura inutilmente uma perspectiva em que descansando se possa recrear. Sem querer sua vista se eleva ao céu e exclama: Deus! Que mísero deserto de areias”.
Paralelas a esas playas, hay largas lagunas que se conectan con el mar en un único punto, el estuario de la lagoa dos Patos. La inmensa franja arenosa entre lagunas y mar constituye un albardón (albardão). Y cerca de ese estuario, el único balneario del que los mapas daban cuenta: Praia do Cassino. Alejandro y yo queríamos ir a Brasil, queríamos ir a un lugar accesible por ómnibus, confiábamos en la información de mapas y lo poco que encontramos en internet, y así que terminamos yendo a ese lugar. El pueblo era de unas veinte cuadras de largo, con una calle principal con negocios y manzanas de casas de veraneo y unos pocos hoteles, parecidos a los de cualquier balneario argentino promedio.
Era una playa, al fin de cuentas, y no fue complicado terminar en un hotel, caminar hacia el mar, atravesar una zona de arena lisa, otra parte con médanos pequeños fijados por una vegetación modesta, y por fin la zona propiamente dicha de playa. Estábamos en las playas del “extremo sul do Brasil”, según unos folletos. Es extraño pensar en un “extremo” de seiscientos kilómetros; lo de “extremo” hace pensar en un lugar más puntual. Más que un extremo es una dilatada periferia, una zona que queda afuera de las imágenes de las playas brasileñas que tienen en mente la mayoría de extranjeros, y tal vez también de brasileños. Nada de morros, nada de aguas absolutamente transparentes y calmas y cálidas. Sin embargo, era Brasil, en la sensación de espacio abierto, en las frases en portugués que pasaban fugaces cuando alguien nos cruzaba, en medio del silencio de la playa.
Uno habla de preparativos de viaje, de elecciones, de selección de los lugares mejores o peores, de medios de transporte y hoteles, pero lo que siento que debería dar inicio a cualquier relato de vacaciones en una playa es el momento en que las decisiones o los movimientos se detienen, uno se adormece sobre la arena, y despierta con un humor benigno, tranquilo. Como si hubieran intervenido espíritus benevolentes, pensé mientras veía a lo lejos a una pequeña mujer morena vestida de celeste. Estaba haciendo algún tipo de ritual a Iemanjá, supuse; hay una estatua de Iemanjá en la entrada de la playa, una especie de gran mujer con pechos grandes que, supongo, da la bienvenida a los que llegan, o al menos no los rechaza. Contrastaba la imagen de la estatua de Iemanjá con la de su humilde representante. Las estatuas de mujeres que puedo recordar de otras experiencias de playa es la de una virgen, metida en una especie de cucha, creo que en Santa Teresita; las imágenes religiosas católicas no se llevan bien con espacios abiertos, al menos las femeninas, pienso. También me viene la imagen de una mujer semidesnuda como Iemanjá, pero más delgada, esculpida en piedra, envuelta en un tipo de ondas que representarían olas del mar o transparentes velos. Está en Mar del Plata y representa a Alfonsina Storni, que a pesar de que se suicidó allí (ése es el motivo de la ubicación de la estatua) no deja de dar una sensación de bienvenida, como si la estatua representase un momento anterior al suicidio, un momento en que ella podía estar sana y contenta en la playa.
La pequeña mujer de celeste está rodeada de personas, que miran y baten palmas siguiendo algún ritmo. La ropa de la gente que la rodea es común, simple indumentaria de playa. A diferencia de la mujer de celeste, son todos blancos, respetuosos pero a la vez no demasiado concentrados. Hay una lona amplia, con objetos para los dioses. Hay comida: ananás, naranjas. Hay un barquito de juguete, también. Campanas, botellas de bebida, miel. Hay una torta con baño de repostería rojo, otra torta azul claro. Hay papeles con anotaciones. ¿Serán deseos, pedidos, agradecimientos? ¿Quién tendrá derecho a hacerlos? Espero que hayan interpretado bien los deseos de los dioses, y que la loneta tenga las cosas que realmente necesitan. En la mía hay dos mochilas, pantalla solar, una botella con agua mineral, libretas, dos libros, la tinta y el block de dibujo de Alejandro, hay anteojos para sol, hay dos toallas. La comodidad en la playa depende estrictamente de la exacta lista de cosas que allí tenemos, cualquier olvido u exceso es fuente de extrema incomodidad. Espero que los que creen en Iemanjá le hayan puesto también lo que quiere o necesita, que no mire esa lona como diciendo vean qué porquerías me pusieron. Tal vez no necesite nada de nada, y mire ese despliegue con buena voluntad pese a todo.
Decía que el inicio debía estar en ese despertar relajado de una siesta breve de playa, pero puede estar en el momento en que la mirada se concentra, sin sensación de paso del tiempo, en la observación de detalles. Pueden ser las líneas que el viento forma en la arena, una persona instalada un poco más allá, las delgadas hojas de la planta que fija las dunas. Los animales son los detalles en los que más me detengo. Un pez de unos veinte centímetros yacía en la parte de la arena húmeda. Me pregunté cómo habría llegado ahí: sus escamas plateadas relucían como si el lugar apropiado para él fuera ése, recibiendo los rayos del sol que se reflejaban como sobre el metal de un antiguo objeto artesanal, el material de una armadura del medioevo. Pero estaba muerto y el sol estaría ya descomponiéndolo con rapidez. Me distraje del pez; al poco tiempo apareció un perro grande, de piernas largas y color bronce, atlético y grandote, con algo de cachorro sin embargo. Había agarrado el pescado y corría con él. Tengo ganas de decir que se trataba de un “perro de aguas”, me suena esa frase pero no sé bien qué es, el ambiente acuático me imponía esa expresión. No era como un cazador feliz con su presa, se lo veía alterado, me imaginé que ése era su primer contacto con pescados y que el olor del que llevaba en su boca lo estaría perturbando muchísimo. Apareció una mujer, enérgica: cospe esse bicho!, le ordenaba; él se resistía. En la isla hispanoparlante que Alejandro y yo habitábamos, las frases en portugués brillaban como los otros objetos de la playa.
El perro aprendió qué era un pescado, aprendió que no debía agarrarlo, tal vez estuviera aprendiendo en ese mismo momento qué era una playa. No muy cerca de él, un chico de unos dos años parecía también moverse como si fuera la primera vez que estuviera en una playa. Vio un grupo de palomas; tal vez por asociarlas tanto con la vida de ciudad, yo no podía pensarlas como animales del lugar, o aves migratorias, sino como turistas. El chico se acerca a una paloma. La paloma se aleja. Se acerca a otra paloma, que también se aleja. Se dirige entonces al grupo más nutrido de palomas, todas levantan vuelo. El chico aprende que la paloma es un bicho que no sirve para interactuar sino para espantar. Descubre que tiene poder sobre las palomas. Se acerca entonces a un trío de niños de una edad un poco mayor a la de él, claramente con la misma actitud que con las palomas. ¿Esperaría que levantaran vuelo? No levantan vuelo, ni siquiera le prestan alguna atención. Aprende ahora que no se puede espantar a un grupo de humanos como sí se puede espantar un grupo de palomas. ¿Qué estoy aprendiendo yo en la playa? No vine a aprender nada, se supone. Pensé en movimientos míos entusiastas hacia personas que levantaron vuelo y no vi más.
Esta es una playa amplia, es una playa familiar, es una playa vacía, lo que forma un conjunto que se me hace un poco paradójico. Los bañistas son grupos familiares, con niños, con perros, con autos. Pienso en una playa con gente así y la imagino atestada, al modo de Mar del Plata u otras playas argentinas. En realidad casi no conozco las playas de Argentina, pero tengo la imagen de tomas aéreas de Mar del Plata en las que apenas se ve el ocre de la arena, todo está cubierto por el colorido de carpas, sombrillas, la gente. Mis padres no me llevaban a Mar del Plata, los de Alejandro sí iban. Alejandro viene de una familia con un padre con auto, con madre, con hermanos y hermanas. Ir a la playa implicaba una tarea seria: la hermana mayor de Alejandro se levantaba temprano, y a las ocho ya estaba en la playa, para reservar lugar. Al rato iban llegando los demás, con heladeras de telgopor con bebidas, bolsos con comida, bronceadores, lonas. Miro la playa de aquí: hay grupos familiares pero hay tanto lugar vacío. E introducen el auto a la playa, lo que simplifica la preparación. Me viene una especie de nostalgia por la escena de infancia que narra Alejandro. A Alejandro no se le ve nostalgia alguna, al contrario, parece cómodo con la sensación de espacio que tiene aquí, en contraste con la escena familiar del recuerdo.
A nuestra izquierda hay otro grupo familiar; tienen unas sillitas de playa, nos dan la espalda. Tienen objetos como para un grupo amplio, aunque en este momento hay sólo dos mujeres, conversando. Hay un perro atado a una de las patas de las sillas. Las dos mujeres nos dan la espalda, y le dan la espalda también al perro, que se mueve, y la soga, que en principio no es tan corta, se va enredando entre las patas de las sillas. El perro va perdiendo así rango de movilidad, pero no ladra, simplemente se va poniendo nervioso. Evidentemente no considera que sea posible o necesaria la intervención externa que sobrevendría a su ladrido. Las dos mujeres no se dan cuenta de nada porque el perro está detrás y ellas parecen muy concentradas en la conversación. Muy concentradas y a la vez distraídas por el escenario abierto de la playa. A todo esto, el flujo de las olas empieza a avanzar, llegan cada vez más cerca de las sillas. A las mujeres no les preocupa eso, la charla parece morosa, relajada; sin duda me lo parece por el contraste con la tribulación del perro, que está incomodísimo con la soga tan corta y trabada (una de sus patas, incluso, quedó como enlazada) y mira con inquietud el avance de las olas. Tal vez el perro no sabe, como sí saben las mujeres, que es muy improbable que el agua suba de golpe y las envuelva y barra con todo, mujeres, sillas y perro. A lo mejor el perro ve en el movimiento del agua algo del terreno de la voluntad, una voluntad caprichosa, no algo mecánico y previsible como lo es para las señoras morosas y relajadas. Recuerdo que no sé qué religión veía en el flujo y reflujo de las olas la respiración de un dios. El dios podría de golpe respirar hondo, o apenas suspirar, y una ola de un par de metros se llevaría todo. Me siento más cerca del perro que de las señoras. Tal vez ellas hablen de los hijos que no están a la vista pero que están, de los maridos que no están a la vista pero que están, del gran supermercado que no está a la vista pero que está: ellas transmiten una solidez sostenida por elementos que si bien no están a la vista , están más presentes que ellas mismas: si hago el ejercicio mental de eliminar maridos, supermercado, casa, auto, ellas mismas se vuelven objetos irreales, tan extraños como la señora pequeña de vestimenta celeste, menos materiales que el perrito. El mar llega casi hasta sus pies, literalmente los lame, como con respeto. El perro está cada vez más tomado por el miedo a las olas. ¿Por qué no ladra? Yo a veces me pregunto por qué una lluvia que empieza tiene que terminar, por qué un viento suave no termina por hacerse más intenso y arrasarlo todo, por qué un terremoto escala 2 no se vuelve 6 o 100. Nunca pasó, es cierto, pero, ¿qué sé yo acerca de las razones que impiden que eso suceda? Podrías tener un perro así, de golpe me dice Alejandro, distrayéndose de su dibujo. Alejandro dibuja y en esos momentos de concentración yo me integro más al lugar como un objeto que está inocentemente ahí sólo para ser dibujado, aunque creo que no hay rastros de mí en sus dibujos. Yo le había comentado que me gustaría tener un perro, y entonces, cada vez que vemos uno, evaluamos si ese perro me correspondería o no. El perro que llevaba el pescado en el hocico, obviamente, no era para mí. Éste sí. La tendencia es que considere que me corresponden los perros pequeños pero no muy flacos, más bien retacones. A lo mejor hace una correlación entre mi morfología corporal y la de los perros, pero a veces la relación no es tan clara.
En la oficina de turismo nos dieron un libro sobre la ecología de la zona: Areias do albardão. Me entero de la existencia de una planta que parece insignificante, hojas rectas y delgadas y de un verde un poco agrisado, tiene una función primordial en la fijación de las dunas. Es el “capim das dunas”, más formalmente, panicum racemosum. En los dibujos de Alejandro, la explicada complejidad del panicum se reduce a unos breves trazos irregularmente verticales. El panicum fija las dunas pero igual lo que predomina en la región son las dunas móviles: arena seca que va y viene, como si a la gran mano del dios menor que creó esta zona le gustara tomar la arena y dejarla caer, pensando en nada o en la imagen obvia de las cosas que se escurren de nuestras manos, que el viento no dejará nada en su lugar, de que cada uno de nosotros no sabe cuidar del panicum que ayudará a fijar algo por un tiempo, tal vez porque ni siquiera nos demos cuenta de cuáles son las cosas que más hay que preservar; el panicum para mí ni siquiera habría tenido nombre si no lo hubieran señalado las líneas de Alejandro o los serios ecólogos que escribieron el libro. El libro termina con la reproducción de un caracol (un poco porque sí, no está integrado a ninguna explicación, tal vez faltaba cubrir un espacio y el diseñador agregó el detalle que más le gustaba) y con explicaciones a modo de resumen y de advertencia, permitiéndose incluso un tono más poético. Albardão designa o terreno de dunas com corcovas suaves e baixios longos de dar vertigem, na virada do horizonte. Para finalizar, los ecólogos que estudian, observan, descubren, organizan, nos señalan la importancia de su tarea y de la necesidad de que los imitemos: conhecer é a palavra-chave para cuidar e conservar. Veo el panicum y sé que es el panicum, con lo que conozco algo más, miro las dunas y los muelles a lo lejos y pienso que no sé si yo tiendo a ser un factor que favorezca el cuidar e conservar, miro a Alejandro que sigue con su dibujo, la arena que va cubriendo la lona sobre la que estoy sentado (el viento nunca para del todo), miro a lo lejos la pequeña mujer vestida de celeste y no sé si sé algo más después de haberla observado, y se me ocurre que es mejor cerrar los ojos y esperar la protección de Iemanjá (tal vez cada tanto ayude a algún extranjero) que profundizar en el conocimiento del sistema ecológico de la zona o de cualquier otro sistema. A lo mejor escribo algo en un papelito y se lo acerco a la señora de vestido celeste.

Eduardo Muslip

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