¿Se acuerdan de que no nos íbamos a olvidar de Cabezas?

El asesinato del fotógrafo José Luis Cabezas en 1997 influyó sobre los modos de narrar el delito y los casos policiales en Argentina, sostiene esta ponencia de Alexis Burgos en el último encuentro de Carreras de Comunicación de Jujuy. El análisis de los relatos de Ricardo Ragendorfer, de las investigaciones de Horacio Cecchi y de las fotografías “tumberas” de Victor Hugo Bugge se cruzan en el texto
Escritores “delincuenciales” y cronistas de los márgenes, o cómo escribir policiales después de Cabezas

Alexis Burgos (UBA/UnTref)

Aún después del genocidio que supuso la dictadura autoproclamada “Proceso de Reorganización Nacional”, varios asesinatos de carácter público tuvieron lugar en la República Argentina. Sin embargo, probablemente ninguno haya sido tan impactante o haya tenido repercusiones tan determinantes para la sociedad como las que tuvo el del fotógrafo José Luis Cabezas, hallado muerto luego de una intensa búsqueda en un cava cercana al balneario de Pinamar en el verano de 1997. Entre las innumerables consecuencias de ese despiadado episodio se cuenta la caída de una forma de narrar el crimen, de una retórica amarilla y sensacionalista donde todavía el espanto podía ser objeto de goce.
Introducción: El problema de las dos retóricas
Varios años antes de la siniestra muerte, en la segunda mitad de la década de mil novecientos ochenta, varios periodistas -Ricardo Ragendorfer y Enrique Symns en Cerdos & Peces, por ejemplo- enaltecían la figura del ladrón y representaban a los “malvivientes” como sujetos románticos con vidas destacables, mientras otros simplemente condenaban sus actos y sus modos de vida.
Creemos que analizar los textos de Ragendorfer y de Horacio Cecchi, así como también la obra fotoperiodística de Víctor Hugo Bugge, nos permitirá entender dos diferentes retóricas de producción de textos policiales. Una primera, caracterizada por la existencia a nivel nacional de revistas policiales de corte amarillista donde autores de los márgenes podían dedicarse a escribir sobre lo heroico del ladrón, sobre los aspectos más respetables de los hampones, sobre las maravillosas historias de estafadores que jamás descuidaban a su familia y colaboraban con obras de bien al tiempo que otros periodistas se dedicaban a narrar los crímenes más aberrantes de esos mismos personajes en notas sensacionalistas ilustradas con primeros planos de cuerpos destrozados, quebrados, violados, desmembrados.
La segunda retórica, la llamada retórica de la inseguridad, aparecería en la sociedad argentina con la revisa Pistas inmediatamente después del asesinato del reportero gráfico. Se examinará en este trabajo la hipótesis de Vilker al respecto, que afirma que este asesinato supone un punto de inflexión en la historia del periodismo de policiales argentino. Y que es después de él que aparece un lugar para la instalación de la nueva retórica.
1. La sección Policiales
Ragendorfer, ciudadano de los márgenes, busca todo el tiempo correrse de ese destino de otredad que parece haber forjado desde sus notas sobre pistoleros en Cerdos & Peces hasta las investigaciones policiales de La Bonaerense, pasando por las historias negras farandulescas que supo escribir cuando trabajaba en Gente y vivía aún clandestino, sin teléfono ni domicilio fijo, después de la publicación del libro que escribió con Carlos Dutil sobre la Policía de la Provincia de Buenos Aires. Dice que lo han catalogado como “escritor policial que escribe sobre delincuentes”, y se queja de la arbitrariedad del género. Sugiere que sería más atinado llamarlo “escritor delincuencial”, ya que sus artículos se basan, específicamente, en las vidas y andanzas de delincuentes y malhechores. Particular escritor Ragendorfer, que jamás participó siquiera de ningún taller literario ni visitó universidad alguna.
“La definición policial es algo arbitrario; también es arbitrario decir periodismo de investigación. Los que hacen chismes de la farándula también hacen periodismo de investigación, investigan para saber si el conductor de tal o cual programa se la garcha o no a la que da el tiempo en el noticiero.
La sección policial en España se llama Sucesos, que por lo menos no quiere decir nada, tiene ese beneficio. En toda historia que tiene que ver con delitos y con muerte la marginalidad es apenas una pequeña parte de su singularidad”.
Ricardo Ragendorfer se queja de tener un trabajo que lo obliga a, inevitablemente, pasar gran parte del día con personajes que “horrorizan a su mujer”. Pero le divierte llegar a su departamento del centro, presionar el botón azul de Play de su contestador y escuchar que Fulano fue baleado, que a Zutano lo amenazaron, que Mengano -preso por múltiples violaciones desde hace ocho años- quiere darle una nota para protegerse de una cama que le están armando.
Ragendorfer tiene claro que hace periodismo y que hacer periodismo significa ser un trabajador asalariado como cualquier otro. Dice conocer al dedillo las mañas del oficio y no desestima el rol determinante del mercado en relación con el artista, con el escritor, con el cronista. Aclara:
“Hay gente que tiene un toco mental, laburan de bancarios y escriben, y dicen ´no quiero lucrar con mi arte´. No es que no quieren, no pueden lucrar. Es como los tipos que te dicen ´no, yo no me vendo´, y a la mayoría nadie los quiere comprar. Los surrealistas y las vanguardias de principios de siglo descalificaban la faceta laboral de la escritura. Yo pienso que es absolutamente necesaria. Porque la única manera de desarrollar tranquilamente este oficio o pasatiempo es siempre y cuando no tengas que ir a buscar la guita por otro lado. Es absolutamente necesario” .
1.1. Vidas Ejemplares
Ragendorfer publicó en la revista Cerdos & Peces una serie de artículos en una sección titulada Vidas Ejemplares. Las notas vieron la luz durante el segundo lustro de la década de mil novecientos ochenta, y la seguidilla se abrió con un artículo tal vez predictivo, casi una tesis, que el autor parece haber escrito después de terminados sus otros trabajos, todos publicados más tarde en la revista. El texto en cuestión, adelantando la temática de la serie, se llama Fugas. E incluye un pequeño epígrafe, “El movimiento se demuestra andando”, atribuido a Manuel Vázquez Montalbán. Parece estar pensando también al momento de escribir Ragendorfer en aquella famosísima cita de Wilde, “En la quietud está la muerte”.
El contenido del artículo versa al respecto de algunas pequeñas anécdotas que fueron el puntapié de las historias que se trataron en las sucesivas entregas de la sección. Los personajes son presentados con prontuarios reales comprobables en cada una de las jurisdicciones actuantes: Juan José Ernesto Laginestra, Francois Chiappe, Jorge Eduardo Vilarino. La lista sigue: Luis M., Marcelo J., Ronald Biggs. También otros. La retórica del texto invita al lector a preparase para lo que viene: los términos carcelarios, policiales, están por esta vez resaltados en negrita. Tumbero (presidiario), escruche (ladrón que destroza cerraduras disfrazándose de obrero), tumba (cárcel), leonera (calabozo de seccional), yompa (pabellón de cárcel), perder (ser atrapado por la ley), cobanis (policías), locatario (interno de un hospital mental), rocho (ladrón), poronga (líder), violeta (violador), pasta (psicofármaco), colino (presidiario incontrolable), boga (abogado), rancheada (grupo de presidiaros asociados para su propia protección).
Lo interesante de Fugas no es la información que presenta ni mucho menos las pequeñas crónicas de escapes y vidas marginales. Lo destacable del texto es la explicitación de la fascinación que tiene el autor por las características para él festejables -muchas veces presentadas como envidiables- de sujetos frente a los cuales los periodistas de la revista ¡Esto! o el diario Crónica de aquellos años se escandalizarían. Escandalización que no pasa de lo discursivo si se piensa en la tradición de viveza criolla, de admiración popular por el que “se salva” trasgrediendo la ley que se puede confirmar en relatos populares como El rey de la milonga de Roberto Fontanarrosa o películas como 9 reinas de Fabián Bielinsky. Ragendorfer admira la capacidad de quien, luego de ser recapturado quince días después de terminar una condena de años, simula exitosamente enfermedad mental para ser trasladado al neuropsiquiátrico Borda, desde donde el escape parece una empresa más viable. Y no es sólo la crónica del escape lo que atrapa al autor.
Como tratando de convencer al lector de lo pertinente y conveniente que resultaba para el personaje salir cuanto antes de la penitenciaría, Ricardo Ragendorfer hace narrar en detalle al presidiario su miedo a las prácticas violentísimas de guardias y compañeros en el hospital, y no ahorra palabras para describir el miedo del ladrón frente a los violadores constantemente sedados e invariablemente infectados de VIH. Miedo que, por otra parte, busca constantemente contagiar a los lectores.
El periodista dice fascinarse, por ejemplo, con la capacidad de Luis M. de no tragar las pastas que le dan los cobanis para que no se ponga colino. El falso demente aprende a escupir las pastillas en el momento justo y la pluma de Ragendorfer cuenta en el ahora amarillento papel de los ejemplares de Cerdos & Peces cómo huyó Luis a la libertad, vestido de médico y escapando sin correr por la puerta principal del hospicio.
Los personajes del universo Ragendorfer, los ladrones que el periodista compone, parecen compartir un auténtico amor por la libertad y los placeres que de ella se desprenden. No son presentados como sujetos que roben para comprar un auto mejor, para consumir más droga o para ostentar una vida más lujosa. En cambio son representados como personas que tienen una moral propia, una escala de valores distinta. Desde ya, los lectores desconocen sus deseos e intereses particulares, pero el autor insiste en el hecho de que no son los bienes mundanos los móviles principales de los ladrones de Vidas ejemplares. Ragendorfer presenta a sus hampones como gente que tiene cosas que decir, persona cuyas realidades buscan constantemente una emancipación que nunca llega; son sujetos que no parecen estar dispuestos a soportar las indicaciones del sistema. Hombres “asaltados por lo absurdo del destino humano y por la estúpida ineficacia de sus instituciones” .
2. Truculencia
En Truculencia, Vilker plantea la siguiente hipótesis: las revistas policiales amarillas “reelaboran los hechos más violentos del historial policial en clave ficcional. En esta transformación entran en juego recursos literarios específicos -no subsumibles a los propios de la literatura de ficción o policial aceptada en los circuitos de consagración de la cultura establecida-, que rompen con el registro realista” . También postula que el crimen de Cabezas termina con la circulación del policial amarillo, de corte popular, que constantemente subraya lo atroz del crimen en relación con la moral establecida, ahora reemplazado por el más racional y legalista registro de la retórica de la inseguridad.
El asesinato de José Luis Cabezas -que coincide además con el ocaso del jefe de la policía bonaerense Pedro Klodczyk- establece el fin de una estética en el periodismo policial. Impide que nadie más vuelva a reírse de un cadáver, determina que periodistas como Horacio Cecchi, Carlos Dutil o Ricardo Ragendorfer no escriban más sobre ladrones y se dediquen particularmente a policías, a investigaciones sobre los oscuros movimientos de los uniformados, a desandar el camino que derivó en la muerte del fotógrafo y en el final de una retórica de las páginas policiales donde todavía podía notarse cierto goce estético en la admiración de un cuerpo mutilado, de un cadáver putrefacto, de una niña deformada. El crimen de Cabezas supone el traspaso definitivo de una estética amarilla en la prensa policial a una “retórica de la inseguridad”, donde los medios dejan de ocuparse de crímenes escabrosos para evitar la amenaza a la legalidad que supone un estado de inseguridad. Los medios ahora brindarían detalles para que el lector pueda reconstruir una historia verdadera que le estaría siendo negada, utilizando siempre la lógica de la sospecha e integrando el caso particular en una serie general.
En las revistas que adoptan el registro de la retórica de la inseguridad “el acento no está sobre el hecho violento, sino sobre la subjetividad del ciudadano que siente amenazada su propiedad y hasta su propia persona por la creciente ola de delito y violencia. Es el grito de los propietarios por la tolerancia cero, la admiración por la administración de Rudolph Giuliani, la inquietud por el código de convivencia” (Vilker: 2006). ¿Está en alguno de los textos de los autores analizados el acento puesto en la subjetividad del ciudadano que siente amenazada su propiedad? ¿Puede leerse en algún párrafo algún dejo de admiración por la administración Giuliani o alguna inquietud por el código de convivencia?
La respuesta en ambos casos parece ser en principio un rotundo no. Y es que para autores como Miguel Bonasso, como Horacio Cecchi, como Mempo Giardinelli o como el mismo Ragendorfer el interés estará levemente corrido respecto del eje “subjetividad del ciudadano que se siente amenazado” en tanto el criminal no será “un hombre corrupto o deshonesto” sino directamente un policía. O, en algunos casos, un funcionario público con capacidades de dirigir y administrar policías. Pero en la mayoría de los casos, un uniformado. Estos autores no se centran -como sí lo hacía el fallecido columnista de policiales del noticiero de canal 13 Enrique Sdrech- en la amenaza al ciudadano sino en el sujeto amenazante, en la particularidad de quien debería cuidar al pueblo pero en cambio lo asalta, lo asesina, lo tortura.
Esta desconfianza, esta acusación constante a la policía hace que no pueda leerse ningún reclamo de “mano dura”, ningún pedido de mayor intervención o presencia policial ni siquiera cuando se reclaman mejores investigaciones o mayor seriedad para el tratamiento de pruebas y causas. Así, a diferencia de lo que solía pasar en las editoriales de la revista Pistas y de lo que pasa en los programas televisivos policiales de la actualidad, el pedido por la mano dura es desestimado, ridiculizado y, sobre todo, temido y desconfiado. Los autores con asiduidad suelen asociar el pedido de mano dura, que no niegan, a orígenes ficcionales y de construcción social muchas veces cargada de intereses menos populares que de las clases dirigentes, cuando no asociados a características psicológicas de la sociedad argentina.
Horacio Cecchi, por ejemplo, sugiere que la Argentina “desde hace tiempo reclama imperiosa e indiscriminadamente mano dura como respuesta a una inseguridad que no es otra cosa que la invasión en el mundo privado de su propia disgregación social” . Y en la solapa de su libro, intitulado Mano dura. Crónica de la masacre de Villa Ramallo, indica que la “propuesta apela a recursos de la novela, la crónica, el análisis y el ensayo para dar cuenta de los delgados límites que separan la ficción de la realidad”.
Es que para quienes, como Cecchi y Bonasso, entienden que la policía es una institución putrefacta y corrupta, el pedido de mano dura o mayor presencia y accionar policial no es sólo absurdo sino también hipócrita y vil. Para un autor como Ragendorfer, que asegura que la bonaerense sobrevive por “una compleja trama de arreglos, pactos y extorsiones aplicadas sobre casi todas las actividades contempladas por el código penal” el pedido de mano dura se basa en un ficción que supone que esa institución es mejor que la delincuencia, que el crimen policial es una exageración y que la delincuencia tiene una existencia individual separada de la institución policial.
2.1. El control del crimen
La existencia comprobable de criminales de diferentes tipos en las cúpulas del poder de la República Argentina -desde el comisario mayor Juan José Ribelli, acusado por la causa AMIA, hasta actual número dos del macrismo, Horacio Rodriguez Larreta, acusado del manejo irregular de un fondo fiduciario para financiar a PYMES durante el gobierno de la Alianza- introducen en la prensa policial contemporánea una irresoluble tensión entre “el deseo de anular la criminalidad y la certeza de que es imposible una sociedad sin crimen ”.
El control de ese crimen -“si bien no la supresión definitiva” – es una tarea que no atañe solamente al Estado sino a la sociedad toda. Y ese control compartido supone la existencia de un constante proceso de pacificación y control de los individuos que debería generar una creciente racionalidad en las relaciones sociales . Es que el placer del acto violento no es de un tipo permitido, en su reemplazo aparece la mirada. Los instintos violentos son reprimidos y la mirada se convierte en una instancia civilizatoria más. Mirada que buscan la sección policiales, los noticieros, los así llamados docudramas.
La omnipresencia del relato violento y las imágenes sangrientas tienen una contracara peligrosísima. Tal nivel de familiaridad con la violencia hace del crimen algo cotidiano, de todos los días. La instalación definitiva del crimen en el día a día hace de la delincuencia algo a la vez interno y externo. “Inscrito en lo social en tanto que exceso, dentro y fuera a la vez. Un exceso que es, por definición, genéticamente interno ”.
Que las historias de los periodistas estudiados después del asesinato de Cabezas se hayan centrado en el accionar delictivo policial sólo confirman lo excesivo del crimen. Nada más excesivo y dicotómico que el robo policial. Cierto accionar de la policía bonaerense en la praxis, convertida luego de la jefatura de Pedro Klodczyk en una empresa de manejo truculento, han tenido como efecto la aparición de un nuevo sujeto criminal que es a la vez guardián de la comunidad y administrador de la delincuencia y todos los delitos posibles de ser cometidos. Sólo el crimen pasional queda fuera del largo brazo de los “patas negras”; el hampa racional viste de azul.
3. Víctor Hugo Bugge, cronista delincuencial.
Tatuajes de la tumba se publicó en 2003 . Es un libro sobre la ex Unidad Penitenciaria Nº1, “la cárcel de Caseros”, en formato 30,5×22 compuesto por fotografías tomadas después de que el último preso dejara la unidad.
El libro, sin mencionarlo, está divido en 5 partes. La primera parte muestra fotos sinecdóquicas, metonímicas del lugar: los bancos de la “sala de abogados”, una capilla sobre una pared, un teléfono público tras las rejas. Todas estas imágenes están tomadas con un lente gran angular que deforma la imagen y la vuelve inverosímil, extraña. Ese conjunto de imágenes alucinantes nos permiten entrar al mundo de la cárcel y entender mejor las fotografías de la segunda parte: planos cerrados de dibujos de los presos en papeles y paredes sacados con lente de 50mm que sólo pueden ser interpretados luego de tan lisérgica introducción. De otra manera resultan inaprensibles.
La tercera parte está constituida por fotos de fotos y dibujos de mujeres desnudas, incitantes; dibujos y fotos, digamos, triple equis. Planos cortos de revistas pornográficas de los años noventa, fotografías de dibujos tamaño real de mujeres que invitan a ser culeadas . Hay también imágenes de elementos ornamentales de las celdas: fotos de fotos de familiares, de cartas de hijos, de escrituras en las paredes, de fotos de revistas. El lente es siempre 50mm, los planos son siempre cerrados y no hay mayor sofisticación en la forma en la que las imágenes fueron registradas.
El libro cierra -y aquí vuelve el gran angular- con las imágenes de la desolación de una cárcel que estaba derrumbada antes de que se decrete su cierre y se tire abajo el edificio. Es decir, de una cárcel que estaba derrumbada mientras decenas de miles de presos vivían en ella. Los planos son generales aun cuando la componente visual es acotada y el horizonte de las imágenes empieza a ser, por primera vez, el barrio. El afuera: la ciudad.
Los cambios que genera en los modos de narrar policiales de la sociedad argentina el asesinato de Cabezas hacen que las fotos de Bugge se vuelvan un ejemplo central: el fotógrafo de la presidencia no tiene, después del asesinato, suficiente como para retratar la historia argentina con la vida del primer mandatario.
No hay si no otra explicación para el corrimiento hacia una nueva retórica, hacia lo delincuencial, hacia el interés por la corrupción policial, de la obra de un fotógrafo famoso por sus fotos de presidentes argentinos. Tampoco hay explicación entonces para la aparición de textos, además de los citados, como “Maldita policía”, de Carlos Dutil; “El bonaerense”, de Pablo Trapero con guión de Ricardo Ragendorfer; “Cuando me muera quiero que me toquen cumbia”, de Cristian Alarcón (un film basado en el libro está en producción) o, además de las fotografías de Bugge, los documentales “Caseros en la cárcel”, de Julio Raffo; “Unidad 25”, de Alejo Hoijman y “Ojos que no ven”, de Ana Cacopardo.
La obra de Bugge, inscripta en esa serie, aparece re significada. Ya no importan las razones que lo llevaron a aceptar un trabajo en la Casa Rosada durante el gobierno militar de 1978 ni su comportamiento anempático frente a los muchos gobiernos para los que trabajó. Su obra, inscripta en la serie delincuencial y pensada en relación con la retórica de la inseguridad que instala el asesinato de Cabezas cobra otra dimensión, se reactualiza y propone nuevas lecturas que no estaban presentes en las fotos de Menem disparando o de Videla solo y solitario frente a una ventana.
4. Periodismo y literatura
En este trabajo hemos aceptado la idea de Raymond Williams que afirma que “el arte ya no puede verse como una categoría extrasocial ajena a la cotidianeidad” . Porque, de este modo, no habría diferencia entre producción periodística y creación artística, lo que convertiría al trabajador de prensa asalariado en un sujeto del arte. Esto nos permite pensar a la crónica sin necesidad de tener que hacer una distinción entre la categoría de arte y la de cultura popular.
Precisamente es en la negación de las diferencias entre arte y cultura popular donde está la clave para leer las obras presentadas. En los textos de Ragendorfer, Cecchi o Bonasso la literatura se cruza con el relato de los hechos y la construcción fantástica de los personajes se vuelve una constante que, con ciertos riesgos, determina y prologa la línea en la que los textos deben ser leídos. Las crónicas de Cecchi o Ragendorfer no son cuentos y tampoco son textos policiales clásicos; no mienten pero a la vez tampoco esconden las operaciones de construcción que las sostienen.
El deseo irrefrenable de mantenerse alejados de la tumba que documenta Bugge determina el accionar de los delincuentes que pueblan las páginas de Vidas ejemplares o las de la sección Policiales de Página|12 que firma Cecchi. El ladrón que construyen estos autores acata compulsivamente los códigos de la calle. Y esta misma característica es lo que lo distancia del policía, que necesita del hampón para constituirse como tal. Hemos visto que no hay policías buenos para estos periodistas, y esa ausencia se basa en el hecho no menor de que prácticamente ningún uniformado respeta código alguno, a juzgar por las estadísticas de oficiales sumariados. Son muchas las razones que mantuvieron a los policías lejos de las secciones policiales de los diarios. Hasta que un el crimen del horror y la magnitud del de Cabezas hizo que no se pudiera hacer otra cosa más que dedicarse a escribir ya no textos delincuenciales sino, por fin, policiales.
5. Cambios
La gran noticiabilidad del crimen reside en su existencia singular, en el hecho de no ser algo de todos los días. Sin embargo, las características de los criminales son históricas y varían constantemente. También varía la narración del crimen, las revistas policiales y los autores del género.
El cambio que supone la aparición de la retórica de la inseguridad es visto como un cambio en los valores hegemónicos que se juegan en torno a la criminalidad. La revista ¡Esto! construía el crimen como algo aberrante, como un desvío de lo natural (Vilker: 2006). Pistas, en cambio, “planteará la serie criminal a partir de ciertos valores de clase media, que han pasado a ser hegemónicos en la Argentina de 1990, tras instaurarse en la opinión pública, a su vez por el accionar de diversos medios, que aún proponiendo sus propias agendas no dejan de reflejar ciertos malestares y preocupaciones de orden colectivo” . Las publicaciones más amarillistas trabajan con un régimen abiertamente pasional, y a decir de Deleuze: “con una relación con el afuera que se expresa más bien como emoción que como idea” .
Imposible para cualquiera pensar como pasional el crimen de Cabezas. No hay emoción de ningún tipo en ese crimen: pura idea, pura racionalidad. Los asesinos eligieron cuidadosamente la víctima; la secuestraron, golpearon; la llevaron a una cava en un descampado impenetrable en una villa veraniega. La metieron adentro de su propio auto; la mataron; quemaron el vehículo con el cadáver adentro. Robaron las cámaras, destrozaron los rollos. Nada de lo pasional entra en juego, se trata de un asesinato con puntualidad inglesa. Una muerte mecánica, una muerte atroz.
La ruptura social que supone la muerte del fotógrafo -confirmada más tarde por el sospechado suicidio de Alfredo Yabrán – es crítica al punto de implicar una nueva forma de pensar el crimen y su mediatización. Ya no hay lugar para el muerto desconocido, para la foto macabramente erótica de un cadáver sin nombre. La víctima aparece, como hemos dicho, ahora humanizada, dueña de un nombre propio. Con una profesión, un auto, hijos, una historia de amor. “Abandona su condición de objeto sanguinoliento para devenir sujeto. Sujeto masacrado: lo cual hiere profundamente cualquier sensibilidad humanista. Pues se trata de una vida perdida ahora -cuya inocencia jamás se pone en duda- y no de una muerte obtenida que, por supuesto, nadie la desea, pero que si está, puede ser objeto de ficción y hasta de goce ”.
Si bien el proceso cobra seriedad a partir del caso de María Soledad Morales, es con Cabezas cuando adviene su fuerza definitiva. La muerte de José Luis Cabezas parece agotar cualquier resabio de paciencia frente a la posibilidad de que exista otro asesinato impune. El caso Cabezas, lejos del que se vayan todos, parece haber recordado aquello que tanto nos costó poder decir: nunca más.

San Salvador de Jujuy, VIII Encuentro Nacional de Carreras de Comunicación, agosto de 2010

Información sobre el caso de José Luis Cabezas puede encontrarse con un click acá

Bibliografía
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