Walsh como oficial de inteligencia

Una investigación –Rodolfo Walsh: los años montoneros– y una novela –El último caso de Rodolfo Walsh– son publicadas casi al mismo tiempo para indagar sobre la etapa más militante del escritor y periodista. En el primer libro, los autores Hugo Montero e Ignacio Portela presentan testimonios de Lilia Guerrero, Patricia Walsh, Miguel Bonasso y Horacio Verbitsky. En el segundo, Elsa Drucaroff cruza hechos y ficciones como hizo Walsh en sus mejores textos -por ejemplo, “Esa mujer”– para armar una trama de thriller en la que un detective realiza una peligrosa investigación sobre la muerte de su hija Victoria durante la dictadura militar. La reseña articulada de ambos libros está firmada por Juan Francisco Gentile, lleva por título “En busca del Capitán Delirio”, apareció hoy en Perfil Cultura y en sus zonas destacadas cuenta:

“Es media mañana de algún día de diciembre de 1976. El Capitán Delirio, un hombre de casi cincuenta años, camina junto a su mujer por las calles de tierra de San Vicente, provincia de Buenos Aires. Cada uno lleva una bolsa en la mano, donde depositan la bosta que los caballos y las mulas dejan a su paso durante su tránsito por el pueblo del Conurbano. La huerta que con esfuerzo levantaron en la casita de las lagunas, refugio para un repliegue táctico, necesita su abono tanto como el Capitán Delirio –tal su nombre de guerra– necesita pensar en los próximos pasos. Los propios, los de sus compañeros, y los de la Orga, apelativo cotidiano con el que los militantes se referían a Montoneros, la organización de masas que contenía a la gran mayoría de la juventud revolucionaria de la Argentina y de la que Delirio (o Neurus o Esteban o Rodolfo Walsh) era oficial de inteligencia.

“… los esfuerzos periodísticos y la recolección de testimonios que realizaron Hugo Portela e Ignacio Montero, junto a la construcción histórico-literaria de Drucaroff, aportan elementos que permiten un interesante acercamiento a la faceta que la historia solapó: el Walsh despojado de toda intelectualidad pretenciosa y romanticismo estereotipado, el guerrillero, oficial de inteligencia clandestino, combatiente por un socialismo que nunca llegó.

“El traslado de Paco a Mendoza fue un error”, escribió Walsh en una de sus anotaciones personales que Montero y Portela glosan frecuentemente en las páginas de Rodolfo Walsh: los años montoneros. El trabajo de los directores de Sudestada abre nuevamente la página sobre el debate en torno del final del poeta Francisco “Paco” Urondo, sobre el que siempre rondó el fantasma de una reprimenda política por parte de la plana mayor montonera.

“En junio de 1973, Urondo fue desplazado de la conducción del diario Noticias, financiado por Montoneros y de cuya edición eran responsables, además de él (quien funcionaba como polea de transmisión entre la conducción nacional de la organización y la redacción), Walsh, Bonasso, Verbitsky y Juan Gelman. En mayo de 1976, luego de dos años de impulsar diversas iniciativas periodísticas dentro del sector de prensa de Montoneros, el poeta fue trasladado a Mendoza con la tarea política de reconstruir la regional de Cuyo. En ese entonces, se trataba de un sector débil para la organización. Allí había sufrido con gran fuerza los embates del gobierno de Isabel Perón y López Rega. Sólo un mes bastó para que Paco Urondo, aquel poeta de lo cotidiano que dejó una importante obra enmarcada en la tradición de la mejor poesía argentina de la época, fuera acorralado por la triple A y se dispusiera a tragar la pastilla de cianuro en busca de una muerte más digna que la de la bala paramilitar”.

Nota bene: El autor del artículo publicado en Perfil ignora quizá o distorsiona por razones estilísticas el hecho de que los militantes acorralados por la policía o paramilitares solían tragar la pastilla de cianuro que siempre llevaban consigo para no ser apresados y torturados (y quizá forzados a ceder información). Algo mucho menos digno que “la bala paramilitar”.

Por otra parte, debe aclararse que el “Coronel Koenig” no es un personaje de ficción, sino el teniente coronel Carlos Eugenio de Moori Koenig, responsable de trasladar el cadáver de Eva Perón desde la sede de la CGT hacia un destino desconocido durante el golpe de 1955. En el cuento “Esa mujer” se refiere al mismo sólo como un coronel con “apellido alemán”.

El artículo de Perfil se puede leer con un click acá.

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