Viscarra: Confieso que he bebido

“Vivo en la calle y nunca tengo plata. Soy un pobre muerto de hambre. Entonces ¿Qué más realidad que esa para escribir?”, decía Víctor Hugo Viscarra (La Paz, 1957-2006) cuando le preguntaban cómo se había formado en la escritura: es el arranque de la nota de Ariel Idez y Sergio Nuñez en Perfil Cultura a propósito de la publicación de Borracho estaba pero me acuerdo en Buenos Aires. Se la puede encontrar (foto incluída) por aquí o seguir por más:

… Tan marginal en la literatura como en su vida, la publicación de las crónicas y relatos reunidos en Borracho estaba, pero me acuerdo (Libros del náufrago) constituye un verdadero acontecimiento. Salvo los casos de Edmundo Paz Soldán (editado por un sello multinacional) o la saga local de inmigrantes bolivianos creada por el argentino Sergio Di Nucci bajo el seudónimo de Bruno Morales, Bolivia conforma un gran signo de interrogación en lo que a hace a su producción literaria. Por eso, la edición local de uno de sus autores más secretos e interesantes tal vez eche un poco de luz en el desconocido mapa literario de las letras bolivianas.

Aunque los textos de Borracho… transiten la delgada línea fronteriza entre la crónica, la literatura y las memorias autobiográficas, a Viscarra, medio en serio y medio en broma, le gustaba autoproclamarse como antropólogo: “Soy antropólogo, experto en antros”, solía decir. De ser así, en su “observación participante” fue mucho más partícipe que observador. Su testimonio no es el del testigo que escruta desde un costado sino el del que sobrevive para contarlo. Hijo de una madre golpeadora en el seno de una familia pobre y numerosa, Viscarra se “sumergió de cabeza en la noche” a los doce años. “La noche en La Paz es un laberinto que, al no tener principio, tampoco tiene fin, y uno puede perderse para siempre”, relata en una de sus crónicas. Sin embargo, sus textos evitan el pobrismo y la autoconmiseración y se aplican al relato fiel, escrupuloso de la vida a la intemperie y sus protagonistas. Los lugares y personajes de Viscarra por momentos se asemejan a un manual de seres imaginarios: los habitantes de un submundo con su propias reglas, su propia sexualidad, su propia economía y hasta su propio lenguaje, el Coba, una suerte de lunfardo boliviano que Viscarra dominaba a la perfección y que le permitió publicar en 1981 su primer libro: Coba. Lenguaje secreto del hampa boliviano. El encargo no le llegó al autor de las cátedras de antropología sino del departamento de policía de La Paz. Cuando el libro se convirtió en un éxito y agotó tres ediciones los uniformados ignoraron a Viscarra, se adjudicaron la autoría y no le participaron ni un boliviano por los derechos de autor.

Como afirma Nicolás Recoaro, responsable de una antología de literatura boliviana y uno de los introductores de Viscarra en Argentina, países bilingües como Bolivia o Paraguay constituyen auténticos “laboratorios de lenguaje a cielo abierto”. Allí, las conversaciones de la calle son literatura de vanguardia. Ecos del quechua y el aymara resuenan en la semántica y la sintaxis de Viscarra y lo emparentan a la cruza de portuñol con guaraní que el brasilero Wilson Bueno ensaya en su obra cumbre: Mar paraguayo. El completísimo glosario que incluye esta edición de Borracho impide que frases como: “Entonces las mujeres se vuelven campeonas para machetear quivo a los giles. Como la gente las ve cargadas de guaguas, aflojan nomás el dinero compadeciéndose por el estado macilento de los tunas”, queden libradas al libre arbitrio del lector. Viscarra parece deleitarse con esta riqueza semántica, contracara de la pobreza material de sus creadores e intérpretes privilegiados. En su libro, un borracho no es jamás un mero borracho, sino un artillero pesado, un artista, un caña, un mascapisco, un chupaco, un tundiqui, un yuca.

Tras superar el trago amargo de su primer libro, Viscarra se tomó su tiempo y aprendió a elegir mejor a sus editores. Sus más de treinta años vividos en las calles le garantizaban material de sobra. Así, se fueron sucediendo los Relatos de Víctor Hugo (1996) Alcoholatum y otros drinks (2001) Borracho estaba… (2002) Avisos necrológicos (2005) y, póstumamente, Ch’aquí fulero (2008), que lo convirtieron en un autor de culto y en uno de los más importantes de su generación, junto a Manuel Vargas o Adolfo Cárdenas. A Viscarra le hacía gracia que lo llamaran el “Bukowski boliviano”. Si bien su escritura es mucho más referencial que la del autor de Mujeres, la realidad latinoamericana puede superar a la imaginación más florida: algunos episodios de Borracho, como el de las “cholitas strippers” o el “cementerio de los elefantes”, un “traguerío” en el que la dueña encierra a sus clientes con baldes de alcohol para que, literalmente, beban hasta morir, podrían ser acabados relatos de la mejor ficción urbana. “Si llego a los cincuenta, nacionalizo una pistola y me pego un tiro”, amenazaba Viscarra. No llegó: su hígado dijo basta a los 49. “Me he criado en la basura, y he conocido muchos basureros y desde ahí escribo”, confesó alguna vez. De ser cierto, debe haber sido de aquellos que, como decía Oscar Wilde, viven en el barro con la mirada fija en las estrellas.

Ariel Idez-Sergio Núñez
Publicado el domingo 11-10-10 en el Suplemento Cultura del Diario Perfil

Ariel Idez leerá relatos de su libro No vas a ser astronauta el próximo miércoles a las 21.30 en un ciclo de narrativa del Centro Cultural Matienzo, calle Benjamín Matienzo 2424, ciudad de Buenos Aires. Músico invitado: Francisco Garamona

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Una respuesta to “Viscarra: Confieso que he bebido”

  1. Ramon Says:

    Exelente artículo. Pero un favor, el link que abren en el primer pàrrafo, me lleva a otro blog pero no logro encontrar el artículo que sugieren. Saludos.

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