Puig: de la desgrabación a la novela

El acceso a las entrevistas grabadas de Manuel Puig a un obrero brasileño con las cuales se armó Sangre de un amor correspondido orienta a María Moreno para cruzar esa operación de registro documental con Rodolfo Walsh en ¿Quién mató a Rosendo? e indagar en los usos del grabador como herramienta para que un “personaje” se convierta en autor.

Más allá de las diferencias netas entre ambos, Moreno se encarga de mostrar algunas semejanzas en la apropiación de las voces de los otros, la fascinación compartida por el grabador como nueva tecnología de los años 60, la función del autor-escucha. En el artículo “Doble casetera”, publicado en Radar, se pregunta:

“¿Qué sucedería si se pasara el grabador, es decir, si se socializara un procedimiento que va mucho más allá de la técnica? ¿Si se jaqueara el par experto-objeto y se hiciera rodar un casete entre pares (la palabra es muy blanda, toda transferencia genera poder y ni hablar de la escritura)? ¿Si se volviera al autor-escucha? ¿Si se lo liberara de esos espacios tutelados/privados de ciudadanía, gerenciados por la política partidaria o reciclados por la cultura progresista en productos de exotismo pop (cárceles, villas, organizaciones de piqueteros, cartoneros, etc.), y se dejara el grabador a aquellos que, para la ciudad posmoderna, siguen teniendo un nombre de injuria, ‘los negros’, amenazantes ágrafos, ‘leídos’ y no ‘lectores’?”

Otros fragmentos destacados del artículo dicen:

“Manuel Puig fue ese escritor al que la crítica se tentaría de pensar como en los antípodas de Rodolfo Walsh y muy pocas veces trabaja sobre los aspectos que su obra tiene de denuncia. Su uso de diversos géneros menores y la puesta en escena de personajes que hablan en primera persona sin el nexo autorizado de un narrador han hecho exclamar a escritores de la talla de Juan Carlos Onetti: ‘Yo sé cómo hablan los personajes de Puig, pero no sé cómo escribe Puig’.

“Manuel Puig utilizó notas, luego grabador, en principio de manera convencional, para poder conservar y consultar información y capturar ciertos tonos. Es en Sangre de amor correspondido en donde quedó capturado en una cinta que no venía de Hollywood al utilizar una serie de grabaciones, exacerbando al máximo la exclusión de un narrador omnisciente.

“El entrevistado fue un obrero empleado temporariamente en su casa de Río, casi analfabeto y con un “complejo paterno” con el que Puig dice haberse identificado. Fue por la generosidad de Carlos Puig, hermano de Manuel, que accedí a algunas de esas desgrabaciones. Su lectura es sorprendente. No sólo Puig parece realizar la utopía de Walsh en cuanto a una literatura en donde sólo la selección, el montaje y la compaginación de un testimonio “abren infinitas posibilidades artísticas”, sino que su mayor intervención es durante la grabación, a través de preguntas que interrumpen una y otra vez el giro del relato para exigir que éste se detenga en los detalles, forzándolos por sistemática inducción. Como si Puig se propusiera extraer la escritura del relato oral en directo, cada pregunta permite la emergencia de lo que aún no es texto, frase por frase.

“Puig pasa el relato –ahora nos enteramos– de llamémosle X al de Josemar en tercera persona y arma un efecto de transposición de voces flanqueadas de guiones. No realiza un excesivo montaje sino que utiliza la repetición como resonancia poética, ya que el ordenamiento, del que hay muchas notas previas sobre los temas a tocar, durante las grabaciones –como un guión estrictísimo para una improvisación–, está determinado por el de las preguntas.

“¿Fue expropiado X al quedar anónimo en Josemar, o protegido? Manuel Puig entendió que había un conflicto cuando decidió compartir con él y por contrato las ganancias de Sangre de amor correspondido, pero X prefirió una suma fija; luego reclamó más dinero, afirmando que la novela lo había perjudicado e incluso había recibido amenazas de muerte. Quizá no era mero oportunismo sino un modo de hacer saber que entendía la radicalidad del procedimiento y su precaria resolución jurídica. Por otra parte, y según contó el mismo Puig, X –alentado por el valor de su material y tal vez apremiado por la insistencia de las preguntas– se puso a adornar, a inventar, es decir, se puso en autor y no en mero trabajador por contrato que trata de cumplir expectativas ajenas.”

Para comparar cómo fue el original grabado por Puig y cómo quedó el montaje de la voz de su entrevistado en la novela, van estos dos fragmentos (obsérvese la capacidad de repregunta, la demanda de precisión de datos que aparece en la desgrabación):

De la novela Sangre de amor correspondido:

–¿Cuál fue la última vez que me viste?

Él la vio por última vez hace diez años, ocho años. Después, nunca más. Fue en Cocotá. Estado de Río. En la plaza, del lado de la iglesia, ¿verdad? Ella le fue al encuentro, tenían cita, ¿o cómo fue la cosa? De ahí salieron juntos hasta el club Municipal, a bailar toda la noche. ¿Y qué más pasó con ella? Estuvieron en el baile hasta las dos y media de la madrugada, después se fueron a un hotel a hacer sus cosas, ¿está claro?, aquella noche.

–¿Y nadie se dio cuenta, que una chica de quince años entraba al hotel?

En el club había mucha gente, el pueblo no era muy grande, 6 mil personas, 6 mil habitantes. Pero se podía ir a un hotel sin problemas, no ahí, en otro pueblo cerca, ¿está claro? Llegaron y tomaron una cerveza y demás. Fueron en automóvil, en esa época él tenía un Maverick, otros tiempos; después él entró en picada y nunca más tuvo automóvil. El año que viene se va a comprar uno financiado, si Dios quiere.

De la desgrabación

P: ¿Cuál fue la última vez?
R: Hace diez años atrás, ocho años atrás.
P: ¿No la viste más?
R: No, no la vi más.
P: ¿Dónde estaba ella?
R: Laje de Muriaé, estado de Río.
P: ¿En qué lugar?
R: Sentada en la plaza, al lado de la iglesia.
P: ¿Qué más?
R: De ahí salimos, ella vino a mi encuentro.
P: ¿Tenían una cita?
R: Teníamos una cita. Ahí salimos, fuimos al club municipal, a bailar toda la noche. ¿Querés saber algo más de ella?
P: Todo lo que recuerdes de aquella noche.
R: ¿Todo lo que recuerdo de aquella noche? Aquella noche, en el baile, estuvimos hasta las dos y media de la madrugada. Después de las dos fuimos al hotel a coger, ¿sabés? Esa noche.
P: ¿Y cuántas personas hay en ese pueblo?
R: ¿En ese club?
P: No, en esa ciudad.
R: En la ciudad.
P: Es pequeña, ¿no?
R: Unas 6 mil personas, 6 mil habitantes.
P: ¿Da para ir al hotel?
R: Da, tranquilo.
P: Pero, ¿no la conocían a ella?
R: El hotel está en otra ciudad vecina, ¿entendés?
P: ¿Cómo fue?
R: Llegamos allá, tomamos unas cervecitas y bueno…
P: ¿Pero fueron en auto? ¿Cómo fueron?
R: En auto, fuimos en auto, fuimos en auto. En aquella época yo tenía un Maverick, en aquella época. Después me vine abajo y nunca más tuve auto, ¿sabés? Ahora, el año que viene, voy a comprar uno en cuotas, si Dios quiere.

El artículo completo se lee con un click acá.


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