Un salvadoreño se ríe cuando le hablan de inseguridad en la Argentina

Tour de antropología forense al subsuelo de un país donde hay once homicidios por día, 15.000 desaparecidos y seis millones de habitantes, de la mano de un criminalista loco (aunque “positivo”) armado de pico, pala, guantes de látex y olfato. El cronista es Carlos Martínez, se publicó aquí como “El criminalista del país de las últimas cosas” y entre otras escenas fuertes se destacan:

“William está muerto y ahora se me deshace entre las manos cuando intento sacarlo del lodo. Está blanco y mínimo y desde su tumba me da la mano.

***

No sabemos qué ocurrió antes de que cayera sobre su cuerpo el primer machetazo. Corte profundo. Sigue vivo. Otro machetazo. Vivo. Otro machetazo, otro machetazo, otro machetazo… Es de noche, y un grupo de hombres jóvenes despedaza con afiladas hojas de machete a otro, que caminaba con ellos. Los asesinos creen que es su deber, que él les debía la vida, que lo que hizo –cualquier cosa que haya hecho- era un agravio insoportable y no se detienen aun después de que el cuerpo dejó de moverse, cuando aún se retuercen solo algunos músculos, con espasmos involuntarios. Más machetazos, más machetazos, más machetazos. Han convertido al cuerpo en varios trozos: a la mano le faltan dedos, a las piernas les faltan pies… Se llamaba William y vivía en una inmensa finca cafetalera en Santa Ana.

***

Tiempo después, la Mara Salvatrucha se volverá a mover, y la desconfianza apuntará a uno de los asesinos de William, posiblemente por razones igual de nimias que las que pesaron sobre este. Le decretarán luz verde, la pena de muerte pandilleril, y él buscará a la policía para salvar el pellejo. A cambio de protección tirará rata, denunciando a sus perritos, a sus ex hermanos de furia, que entonces ya lo buscarán para matarlo. La policía le asignará un código como testigo protegido y será prohibido mencionar su nombre. El pandillero convertido en soplón mostrará a los policías el lugar exacto donde enterraron a William y el caso llegará a la Fiscalía. Tarde o temprano –tarde, más bien- el caso terminará en el despacho de un tipo pequeño y nervioso, que se llama Israel Ticas.

***

Israel ve el terreno limpio y comienza a hacer su truco: donde todos vemos tierra húmeda, él distingue colores y formas. Texturas. Buscamos una tumba hecha hace un año de la que solo conocemos una ubicación aproximada y un dato que rescató la memoria del testigo: sobre el cadáver mutilado arrojaron una gran roca y luego lo sepultaron con tierra. Israel mira el lugar y mueve la mandíbula de forma compulsiva. Hay algo raro. Pica el suelo y sus instrumentos develan tierra compacta y tierra suelta; sigue la pigmentación y se concentra en un semicírculo que apenas se distingue. Cavamos unos centímetros y él ausculta minuciosamente el agujero antes de dejarnos seguir. Otros centímetros y vuelve a palpar la tierra, a hacerle acupuntura con unos palillos, a verle el color… Así, hasta que conseguimos bajar un metro y la tierra se convierte en un lodo muy pastoso.

***

“Mire esas fincas”, me dice la fiscal, que no ha dejado de abanicarse con lo que encuentra, “todas están llenas de muertos”. En el fondo de este risco los zancudos son inmensos y azules, y devoran a la pobre fiscal en nubarrones iracundos. Ella sigue enrojecida y sonriente, respondiendo preguntas.

-¿Habrán enterradas ahí unas 5 personas?

-¡Noooo, más!… Cuando metan máquina ahí para construir, van a tener que ir parando cada metro, para sacar los cuerpos.

-¿Serán unos 10 cuerpos?

La mujer vuelve la cara para ver al investigador policial y ambos ríen.

-¡Mááás, mááás!

-¿15?

-Más.

-¿Cuántos?

-Muchos, muchos. Todas esas fincas están llenas de muertos. Ja, ja, ja…

***

Hasta que aparece el primer premio: pelo. Pelo humano. Un mechón mínimo y ligeramente encarnado, valiosísima fuente de ADN. Suficiente. Pero Israel olisquea el lodo, palpa el agujero y escucha ecos secretos… ¡Hay más! Escarba con sus manos y le registra la entraña a esta zanja. “¡Pónganse guantes, yo solo no puedo registrar toda esta tierra”. En seguida el fotoperiodista y yo nos sentamos en el lodo, revisando con las manos cada puñado de este amasijo y así fue como, en la palma de mi mano, en medio de aquel desperdicio, vi por primera vez a William, cuando apreté con los dedos un trocito irreductible, blanco y mínimo. Después voy a saber que se trataba de un metacarpo, uno de los 27 huesos de la mano humana. Después aparecería otro, y luego un metatarso, los huesitos de los pies… En total 21 pedacitos de pies y manos. Luego aparecerían dos dientes y dos costillas que alguien olvidó al retirar el cuerpo de su tumba original. Para entonces ya la tierra había cambiado su olor, porque estaba pariendo un hijo muerto.

***

Cada cadáver tarda tres días en promedio en ser desenterrado, tomando en cuenta las técnicas usadas y el personal, que cuando no cojea por inexperto en las artes de la pala y el pico, lo hace por los años que le pesan sobre la espalda.

Una vez que los excavadores de pala gorda hemos conseguido hacer un cuarto subterráneo de casi dos metros de profundidad, Israel comienza a desmoronar con palitas finas el gran terrón que hace las veces de mesa central. Ahí está el cuerpo atrapado. El truco consiste en esto: conseguir que el cadáver no se mueva ni un milímetro de la posición en la que quedó el día en que lo sepultaron. Con unos palillos se le va haciendo acupuntura a la tierra. Cuando el palillo toca un cuerpo muy sólido, es probable que este sea un hueso. Si esto ocurre, el palillo quedará clavado en ese punto, a modo de banderilla. Con los palillos, el criminalista puede determinar qué es tierra y qué es cuerpo. Al final de la primera fase, el terrón parece un puercoespín. Luego se comienza a raspar el altar de tierra, para que vayan apareciendo huesos. Los ayudantes estamos en los pasillos, haciendo lo mejor que podemos el resto de tareas: evacuar la tierra que genera el procedimiento del criminalista, hacer un desagüe por si llueve y mantenerlo destapado y, sobre todo, intentar no estorbar.

***

Si los primeros hombres decoraban sus cavernas con dibujos de su cotidianidad -o sea, un conjunto de animales, una caza de ciervos- Israel hizo algo parecido en su despacho, lo decoró con fotografías de su vida diaria: de un enorme terrón salen dos pies semipodridos… “Un ingeniero, que habían secuestrado”, explica Israel, a modo de pie de foto. En otra imagen, él mismo sostiene del pelo la cabeza de una mujer, de la que aún pende un pequeño tramo de la columna vertebral. En una más, el esqueleto de una mujer ha sido desenterrado y yace sobre su tumba con sus piernas abiertas de par en par. La cabeza de un tipo está hinchada y amoratada; antes de matarlo, sus captores le mutilaron el pene, hicieron tragárselo hasta asfixiarle, y luego le cosieron la boca…

Toda una pared estaba decorada con un catálogo insufrible de torturas, de cuerpos macerados, estrujados, mutilados… 37 imágenes que no dejaban nada a la imaginación. Era difícil mirar aquel mural mucho tiempo. Israel perseguía con su mirada los rostros de los visitantes, para cerciorarse de que el decorado había conseguido su efecto repelente. “Esa es la verdad de las cosas, así son las cosas en este país y yo no quiero que se oculte nada”, explicaba, con una sonrisa triunfal.

***

De los tres policías que bajaron del pick up, uno se adelanta, mientras los otros dos lo persiguen con la vista. Comienza a caminar entre las matas, como olisqueando el lugar, presintiendo el sitio exacto donde el año pasado fueron asesinadas dos personas. Aunque va disfrazado de policía, sus maneras lo delatan. Hay algo en su forma de andar, en el desparpajo de sus ademanes, en la manera en la que rebusca aquella milpa que hace innecesario que alguien explique que el azul policial es solo camuflaje. Es un muchacho delgadísimo y el uniforme le queda como si fuera piyama. El arma que lleva en el cinturón está descargada. Por la rendija del gorro navarone asoman unas cejas negras y espesas y unos ojos aniñados que rastrean el lugar buscando una señal que lo ayude a ubicarse. Los otros dos agentes –que sí son policías de verdad- lo siguen de cerca; no vaya a ser que el testigo protegido eche a correr por esos breñales y, junto a él, la corporación pierda un uniforme completo con todo y gorro y pistola; que buena falta les hacen.

Reconoce un inmenso árbol de aguacate y se apresura a mostrarlo al desenterrador:

-Aquí -dice, y dibuja con las manos un rectángulo imaginario.

-¿De qué lado está la cabeza? -pregunta Israel, y el falso policía duda un poco, vacila…

-De aquel -señala, indicando que los pies están cerca de la raíz del árbol.

-¿Qué voy a encontrar?

-Andaba unos tenis y un jeans.

-¿Cómo lo mataron?

Esa última pregunta es clave para determinar si el testigo no miente. Cada “clica” tiene su propia forma de matar y los pandilleros agrupados en ella la consideran una especie de firma. Los agentes investigadores y los fiscales, curtidos en estas lides, saben identificar este rito distintivo, y por medio de él establecer si los testigos dicen la verdad cuando aseguran que participaron de un homicidio. Esta clica, la Lourdes Locos Salvatrucha, utiliza un lazo.

El ritual es simple: mientras unos inmovilizan a la víctima, otros toman un lazo y le dan una vuelta en el cuello, de forma que quede atrapado en el centro del lazo. Luego, dos tipos toman las puntas del lazo y tiran en direcciones opuestas con todas sus fuerzas. Si hace falta, un tercero golpea con los puños la boca del estómago para sacar el aire y que sea más fácil asfixiar. La muerte tarda varios minutos en llegar y los asesinos escuchan a la víctima gorgojear un rato antes de que la vida se le escape.

Cada clica fuerte tiene su propio modus operandi. En Apopa –relata un fiscal- cortan un pedacito de alambre de púas y lo doblan alrededor del cuello de alguien; luego enganchan las puntas a un pequeño madero y lo retuercen hasta que el alambre haya triturado la nuca de ese alguien. Muy parecido al tormento conocido como garrote vil usado por la Santa Inquisición en España. Pero ahora no estamos ni en Apopa ni en España, sino bajo un frondoso aguacatero en Lourdes que le da sombra a la tumba secreta de Ramiro, que fue miembro del Barrio 18, capturado y torturado hasta morir por el tipo delgado que ahora está disfrazado de policía y por sus ex compañeros de la Lourdes Locos Salvatrucha.

***

De pronto se han quedado todos en silencio. Estaban dentro de uno de los fosos, peleándose con esta tierra llena de piedras, cuando de pronto todo fue silencio. Los tres miran al piso y hacen lo posible por esconder la cara. Noto que pasa algo grave, pero no consigo que me hagan partícipe del secreto.

El mayor se anima a susurrar sin voltear a verme: “Ahí están”. Tiene el rostro endurecido y mira directamente al suelo. Los tres miran la tierra sin despegarle los ojos, como si eso conjurara los terribles peligros que al parecer acechan aquí. Señalan un muro. Cuando pregunto más me hacen callar, me piden que no mire, que no señale, que me agache. Los tres se han encorvado y más que trabajar juguetean con las piedras.

Lo único que he sacado en limpio es que en uno de sus vistazos generales al lugar, el vigía descubrió unas cabezas asomando tras un muro y eso bastó para desatar auténtico pánico. Están convencidos de que es la mara la que escudriña, buscando a alguien que pague los platos rotos por haberle estropeado el secreto que había bajo la milpa.

“Dígales usted”, me pide el anciano, sin voltear a verme, haciendo como que trabaja, y yo obedezco. El investigador policial escucha la historia e involuntariamente se soba el arma. El ambiente ya está malo. Suenan los radios y aparecen los refuerzos en tiempo récord. Se trata de un pequeño escuadrón policial, de unos cuatro tipos armados con armas largas: fusiles y subametralladoras. Quien lo comanda es un policía enorme, con el chaleco antibalas de fuera y algunos cargadores al cinto.

Vuelvo al foso, pero estos tres tipos no se han tranquilizado. A como dé lugar, la misión es esconder el rostro, ser irreconocibles. El mismo código: susurros disimulados. De nuevo es el viejo el que me hace ver que el enemigo está más cerca de lo que pensábamos: me señala un árbol. Asomando desde atrás del tronco consigo verlo por primera vez.

Es obvio que nos está vigilando. Aprovecha que el árbol que le sirve de escondite está en la parte del maizal que todavía es maizal y se camufla con las matas. Su actitud descarada ha conseguido asustarme. Afortunadamente no somos los únicos que lo pillamos. El Rambo del chaleco antibalas ha organizado a su escuadrón y van a darle caza.

Se distribuyen en una maniobra envolvente, con sus fusiles en las manos. Como en las películas, caminan acechando, sin hacer ruido. Se cuelan en el maizal sigilosos y bien distribuidos. Cuando el enemigo se da cuenta, ya es demasiado tarde. No hay cómo escapar del cerco. Está atrapado.

-Salí -le dice el policía, con el tono bravo. Y él sale-. ¿Qué estás haciendo ahí?

-Cuidando la milpa -responde, con semblante serio, y sin asomo de dudas.

-¿Cuidándola de qué?

-De que no se la coman las cabras.

-¿Qué cabras? Aquí no hay cabras, vos espiando estás.

-No, de verdad que no.

El enemigo se va poniendo más nervioso a medida que el policía le hace más preguntas. Este le arranca de la cabeza una gorra.

-¿Qué dice en esta cachucha?

-No sé.

-¡”No sé”, “no sé”! ¡El loco te hacés! Aquí dice MS.

El frente de la gorra, efectivamente, tiene un decorado manual en el que se leen las iniciales de la Mara y las de la clica.

-¿Vos sos de la mara?

-No, yo no.

-¿Entonces por qué andas esto, pues? -el interrogatorio improvisado hace mella en ese individuo que infunde terror en los excavadores y comienza a llorar.

-Por favor, no me lleve -le pide al policía, mientras comienza a derramar lágrimas.

-¿Quién te dio esta gorra? -insiste el agente, duro.

-Por favor, por favor, no me lleve -dice el enemigo, y llora y llora como lloran los niños de su edad cuando están asustados. Quizás tenga unos 10 años de edad.

El llanto del niño saca al policía rudo de su personaje e incluso le cambia el tono:

-No´mbre, hijo, si no te vamos a llevar.

Pero el chico ya es un mar de lágrimas, porque tiene miedo de que estos policías lo arresten. Al final lo consuelan y se pierden con él por las callejuelas de Lourdes. No van a arrestarlo. Van a devolverlo a su madre.

-Era solo un niño -le digo al grupo de trabajadores, que, eliminada la amenaza, ya se han animado a levantar el rostro.

-¡Pero por esos bichos cabrones lo pueden matar a uno! -gruñe el viejo.

***

Mientras esto pasa en una milpa en Lourdes, la Asamblea aprobó una medida extraordinaria. Una ley para combatir la violencia: será obligatorio que en todas las escuelas se lea la Biblia durante siete minutos diarios. Así se fomentarán los valores. Bien vista, la respuesta que los diputados le dan a aquella mujer que busca a su hijo, o a la otra delgada que no encuentra a su esposo, o al señor con cara de árbol que pregunta por su chica, es: ¡recen, recen, desdichados, recen, que es lo único que queda para ustedes! En unos días el presidente vetará la medida.

***

Israel sigue siendo el único artesano de su especie en un país donde asesinan a 11 personas cada día y donde la tasa de efectividad de la justicia es de un dígito.

Otras cosas han pasado desde la última vez que estuvimos juntos buscando cadáveres: desenterró 14 cuerpos en un cementerio clandestino en Nejapa, dos en Apopa, otro en Soyapango, cinco en el cantón Ateos…

También ocurrió que unos pandilleros secuestraron a un aprendiz de policía, lo torturaron y lo decapitaron. Su cabeza apareció en medio de una carretera, pero nada se supo del cuerpo, hasta que el criminalista lo halló, enterrado en una colonia de Soyapango. En San Juan Opico un tipo decidió vengarse de la mujer que lo desairó, golpeándola donde más le doliera, o sea en el cuerpo de su hija de seis años: se escondió en un cafetal, acechando a la niña. La raptó, la metió al cafetal y la apoyó en un bordo. Ahí la mató con un machete pequeño y sin punta al que los campesinos llaman cuto. Los policías encontraron el cadáver de la niña decapitado. Luego el homicida confesaría que arrojó la cabeza dentro de un pozo. Poco después, un hombre con traje espacial bajaría descolgado por la negrura cilíndrica del pozo, hasta dar con una bolsa.

Este hombre habla con los cuerpos. “A veces me preguntan por qué le hablo a los muertos y es porque yo siento que hay una conexión entre el cadáver y yo”, explica él. Recuerda que cuando se metió al pozo a sacar la cabeza de la niña, apenas se miraba una lucecita arriba.

-Estaba yo con mi tanque de oxígeno y vi la cabeza de la niña dentro de la bolsa y le vi sus ojos negros viéndome y la tomé y le aparté el pelo y sus ojos negros me miraban… Te puedo decir que hablé con ella, le decía: “Princesa, ¿por qué te hicieron esto? Ya vamos a salir, te voy a sacar con cuidado para que no te golpeés”. He aprendido a querer a los muertos, a hablar con ellos.

-¿Por eso tenés tu despacho decorado con esas fotos horribles?

-No solamente tengo fotografías, sino que tengo huesos, cráneos… Cualquiera puede decir que sería el cuarto del terror, pero yo no lo veo así. No me asusta en ningún momento ni me hace sentir triste verle los ojos a una cabeza decapitada. Veo que por el remache de sus dientes fue decapitado en vida. Me dicen cosas. Veo el cadáver de la madre con sus dos hijos encima y me dice: “Yo he muerto con honor, porque defendí a mis hijos hasta la muerte”.

-¿Hay belleza en la muerte, Israel?

-Hay belleza, la mujer sigue siendo hermosa, aún momificada sigue siendo hermosa y la hermosura está incluso en un esqueleto, en su posición, por eso los dejo como que son para museo, porque para mí es un arte. En Lourdes saqué a tres niñas: una tenía el cabello ondulado, esponjoso, hermoso… Solo que ella estaba solo el esqueleto con cabello y le digo: “Has de haber sido linda”.

-Estás loco.

-Sí, estoy loco, pero me siento feliz loco, porque creo que soy un loco positivo.

-¿Cómo positivo? ¡Si tu locura tiene que ver con llenar la oficina de imágenes de cadáveres!

-No solo la oficina, mi cincho, mi camisa, mis boxers, mis calcetines y mi corbata son de calaveras, yo soy así. Estoy tan obsesionado con la muerte… Mi madre me dice que soy el ayudante del demonio. Pero yo no creo en el diablo. ¿Sabés? Soñé que se me apareció el diablo y me dijo que me iba a llevar y le dije que yo no creía en él y que él no existía y se transformó en Jesús en túnica, ¿y sabés qué hice? Le metí el dedo en el trasero y le dije: “Vos sos el diablo; andate, diablo, no creo en vos”.

-¿No es frustrante tu trabajo?

-Sí, porque no doy abasto, porque quisiera ser siete u ocho. Ahorita tengo un pozo donde hay cinco personas, un cementerio clandestino donde hay tres, otro donde hay cinco personas, que me están llamando que llegue. Yo no puedo hacerme varios, siento dolor porque mis muertitos van a tener que esperar.

-¿Conocés la historia de Sísifo?

-No.

-Es un personaje que creo que se parece a usted: es condenado a una tarea inútil, interminable, donde por más que se esfuerce siempre se verá obligado a comenzar de nuevo.

-Sí. Me parezco. Siento que es lo que hago constantemente. Hago obras de arte para que las deshagan, me tardo 17 días para que Medicina Legal lo deshaga en minutos. Es parte del proceso y el siguiente día voy a hacerlo de nuevo. Mientras desentierro a uno, están enterrando a tres.”

Se lee completa en Periodismo narrativo en Latinoamérica.

Claves y versiones:

“Clica” es pandilla.

“Locos Lourdes Salvatrucha” (asi como “Normandis locos salvatruchos”, “Parvis locos salvatruchos”, entre otras denominaciones) son clicas regionales de La Mara Salvatrucha. Otra mara famosa (y rival) es La 18.

“La Asamblea” es la Asamblea Legislativa de El Salvador. El cuerpo unicameral aprobó en septiembre de este año una ley que endurece las condenas para mareros y colaboradores, a lo cual La 18 y La Salvatrucha respondieron con un llamado conjunto a parar el transporte y el comercio (incluídas las quemas de autobuses urbanos) que evocó a las acciones de la guerrilla en la década del 80, cuando el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN) convocaba a jornadas de sabotaje a la actividad económica para destruir al Estado terrorista.

El FMLN es gobierno en El Salvador desde marzo de 2009. Se supone que las maras son consecuencia heredada del conflicto armado de 1980-1992 que provocó unas 75.000 víctimas, entre muertos y mutilados, y un número impreciso de desaparecidos que hoy podría extenderse a 15.000.

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