Aguafuertes haitianas

Una crónica de Jon Lee Anderson a pocos días del terromoto que hace un año hundió todavía más a Haiti, donde entre postales del dolor, el hambre y el saqueo se destaca la historia de Nadia, una mujer deportada -y separada de sus hijos- en Miami que encontró en un pueblo llamado Fidel (por Castro) al llamado del destino y la oportunidad de rehacer su vida. En español, fue publicada en Letras libres bajo el título de “Amor al prójimo. Una mujer alimenta a su comunidad en Puerto Príncipe”; la enlazamos vía Periodismo narrativo y en algunas de sus zonas más logradas dice:

“Frantz y yo íbamos en su camioneta Toyota, y no habíamos llegado muy lejos cuando frenamos para dejar que un grupo de adolescentes cruzara la calle frente a nosotros. Los guiaba una mujer alta, vestida con una túnica blanca y una falda negra, larga. Los chicos la seguían como si fuese una suerte de flautista de Hamelin. Al pasar por enfrente, la mujer nos miró de soslayo e hizo un gesto de educada consideración; nosotros proseguimos nuestro camino. Cuatro o cinco horas más tarde, en la planicie a orillas del aeropuerto de Puerto Príncipe, vimos de nuevo a esa mujer y a sus jóvenes seguidores. Estaba de pie en medio de una multitud de curiosos, frente a las rejas del aeropuerto donde aviones de la onu y de Estados Unidos aterrizaban en la pista más allá del pequeño edificio de la terminal. Nos detuvimos, saludamos con un gesto, y ella nos habló –sorprendentemente– en inglés, con un acento sureño. Nos dijo que su nombre era Nadia François y que vivía en Delmas 75, un barrio que quedaba a cinco millas, en las colinas. Nos dijo que había bajado en representación de unas trescientas personas que estaban allá y que necesitaban ayuda.

“Conforme nos acercamos vi tres cuerpos boca abajo sobre la tierra, en un agujero en la valla. Dos de ellos parecían ser mujeres, una muy joven. Los demás cadáveres que había visto en Puerto Príncipe estaban hinchados y abrasados por el calor. Estos cuerpos estaban frescos y no tenían heridas visibles. Me recordaron a las fotografías que había visto de las víctimas de los escuadrones de la muerte en El Salvador. Una peste abrumadora flotaba en el aire, incluso dentro de la camioneta.

Junto a la valla del cementerio yacía un hombre joven, empapado en sangre de pies a cabeza; había aún más sangre encharcada alrededor de él, sobre la acera. El hombre estaba de lado, con un codo apoyado en la tierra, para poder colocar la cabeza en su mano. Justo encima de él, en la valla, había un anuncio de celulares Nino, color rojo brillante, y, al lado, un crucifijo tallado dentro de un círculo. Frantz me dijo: “Creo que todavía está vivo.” Varias personas se juntaron en el camellón para mirarlo. Una de ellas afirmó: “Es un ladrón. La policía lo ejecutó y lo vino a tirar aquí. Y aquellos también”, e indicó los cuerpos frescos. “Son ladrones.”

“El hombre de la acera se estremeció; su pecho se alzó y cayó lentamente un par de veces. Un buldózer amarillo subió por la calle y un hombre de aspecto rudo, caminando frente a él, lo guió hasta los tres cuerpos en el agujero de la valla. Entre mucho ruido y mucho humo, el buldózer los levantó con su pala de acero y, después, con varios movimientos bruscos, los dejó caer sobre un montículo de tierra amarillenta que se alzaba unos cinco metros dentro de la valla. En cosa de un minuto los cuerpos habían desaparecido. El buldózer avanzó junto a la acera y bajó su pala. Pero, antes de que levantara al hombre herido, el trabajador que dirigía las maniobras caminó hacia él. Al ver que estaba vivo todavía, hizo señas para que el buldózer se alejara. Mientras la máquina rugía y se apartaba, le preguntamos al trabajador qué pensaba hacer respecto del herido. Nos dijo: “Yo sólo me hago cargo de los muertos”, y se fue.

“Durante el terremoto cientos de prisioneros escaparon de la cárcel nacional, a unas cuadras del Palacio Presidencial y el cementerio. Entre los fugitivos se hallaban criminales peligrosos y algunos de los líderes más violentos de las pandillas de Puerto Príncipe. Muchos saqueadores –miles de ellos, según algunas informaciones– invadieron la Grand Rue, la zona comercial más importante, y otras zonas de la ciudad. La policía se vio en apuros para responder, pues había perdido a la mitad de sus fuerzas en el área de Puerto Príncipe. Yo había escuchado reportes sobre disparos de la policía contra los ladrones y asesinatos de saqueadores a manos de patrullas ciudadanas. En el barrio donde pernoctaba se oían balazos por la noche y, en cierto momento, corrieron rumores sobre maleantes que robaban bebés para venderlos para adopción, secuestrándolos supuestamente por la noche, mientras la gente dormía afuera, en las calles. Un día vi a un hombre amarrado a un poste, destazado con machetes y asesinado a pedradas.

“Le conté a Beauvoir (Max Beauvoir es el houngan o sacerdote vudú más importante de Haití) sobre los cuerpos tirados en el cementerio, y asintió. El 16 de enero, aseguró, el presidente de Haití, René Préval, lo había mandado llamar a una junta de emergencia del gabinete, junto con el primer ministro, el jefe de policía y las autoridades supervivientes de las iglesias católica y protestante. En la junta los líderes habían discutido cómo zanjar la situación de la seguridad en Puerto Príncipe. “Decidimos que debíamos lidiar con ellos de emergencia”, dijo. “Desde el día 17 y durante las siguientes dos semanas”, los criminales debían ser tratados “como se hace en una emergencia”. Le pregunté si esto significaba aplicar la pena capital, y me contestó que sí: “Pena capital automática para los bandidos.” Algunos de los saqueadores robaban aquello que necesitaban desesperadamente, de lugares donde ya a nadie le importaría. Algunos estarían abasteciendo a quienes estaban demasiado enfermos o demasiado lastimados como para valerse por sí mismos; Nadia no podía ser la única que se ocupaba de una comunidad. Sin duda, otros robaban por codicia y oportunismo. Pero esta parecía ser una distinción imposible de realizar, especialmente para una fuerza policiaca disminuida.

Le pregunté a Beauvoir si tal licencia podría extenderse incluso a una jovencita, y mencioné a la muchacha cuyo cuerpo estaba entre aquellos tirados en el cementerio. Beauvoir asintió. “Podría incluir a cualquiera.” Parecía concebir esta medida rigurosa como una necesidad deplorable. “Personalmente lo lamento”, dijo. “Lamento todas las muertes. Lamento las numerosas llamadas que he recibido solicitando ayuda. Lamento que todavía haya gente atrapada en sus casas. Lamento el terremoto que tuvimos esta mañana.” (Ese mismo día, más temprano, una réplica de 6.1 en la escala de Richter había sacudido Puerto Príncipe.)

“Haití es el país más pobre del hemisferio occidental; un 78 por ciento de su población vive con menos de dos dólares al día, y 54 por ciento con la mitad de eso. Sus exportaciones tradicionales –café y azúcar– han caído, y el sector de manufacturas ha ido en declive durante décadas. El país ha padecido disturbios, una violencia espantosa y levantamientos políticos trágicamente regulares, encabezados por una sucesión de déspotas y estafadores: Papa Doc, Baby Doc, el Padre Aristide. Y encima de todo, Haití parece casi singularmente martirizado por la naturaleza. De junio a octubre se registran graves tormentas y huracanes. En el verano de 2008, en el lapso de tan sólo dos meses, la tormenta tropical Fay, el huracán Gustav, la tormenta tropical Hanna y el huracán Ike le dieron una paliza, y juntos dejaron a ochocientos mil personas sin casa y la infraestructura del país severamente dañada.

“Cuando ocurrió el terremoto, Nadia trató de correr fuera de la cañada. Estaba a la mitad de los burdos escalones de concreto que llevan a la calle cuando escuchó gritos cerca de su casa. Corrió de vuelta y vio a su vecina muerta bajo una pila de bloques de concreto. La vecina tenía un niño de siete meses. “Dije: ‘¿Dónde está el bebé, dónde está el bebé?’ y lo vimos ahí, tirado en la tierra.” La mujer había logrado arrojar al bebé y ponerlo a salvo justo al quedar sepultada bajo los bloques. “Una mujer lo recogió y me lo entregó”, nos contó Nadia. “Estaba cubierto en sangre, también tenía sangre en las calcetas. Uno de sus brazos parecía dislocado, y también una de sus piernas, y su cabeza estaba hinchada. Yo tenía miedo de que se muriera en mis brazos. Él trataba de dormirse y yo trataba de mantenerlo despierto.” Nadia fue en busca de los parientes del niño y encontró a su tía, que vivía en Ravine 75, a unas cuantas cuadras de Fidel.

“De vuelta en la oficina, se redactó una autorización para que Nadia fuera al complejo del crs (Servicio de Socorro Católico) al otro lado de la ciudad y recogiera 150 cubetas de comida y 150 paquetes de higiene (cubetas con toallas, jabón, toallas sanitarias y detergente), así como cincuenta cajas de agua potable. Nadia partió en la motocicleta de un joven que vivía cerca, y regresó poco después con cuatro camionetas pequeñas.

En el complejo del crs, mientras se subía la carga a las camionetas, Nadia bromeaba y coqueteaba con un contingente de soldados nepaleses de la onu que hacían guardia en el lugar. Estaba exultante con las provisiones. Cuando regresó a Fidel, el pastor Villers abrió las puertas de su iglesia y rápidamente hubo un arrollo de niños, y niñas, y hombres yendo y viniendo de las camionetas, acarreando las cubetas del crs, y el agua, y apilándolo todo sobre el piso de la iglesia.

Nadia iba y venía dando órdenes. Le dijo a la gente que hiciera una fila y, utilizando una lista de nombres que había recopilado con su letra de niña, comenzó a llamarlos uno a uno.”

Publicada originalmente en The New Yorker bajo el título de “Neighbors´Keeper.A woman feeds her community in Port-Au-Prince” (con retrato de Nadia). La traducción es de Marianela Santoveña.

Se lee completa por aquí.

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