La segunda batalla de las piedras

El corresponsal Robert Fisk de The Independent, traducido por Celita Doyambéhère en Página/12, revisa críticamente la contraofensiva de la oposición egipcia en Plaza Tahrir, relaciona el presente con la historia de ese espacio que por muchos años fue zona prohibida y describe el escenario pseudobarroco de la actual tragedia de masas. En una de sus crónicas dice: “Desde la Casa de la Esquina se podía ver ayer la arrogancia y la locura en aquellos egipcios que querían librarse de su “presidente”. Era doloroso -siempre lo es cuando los “buenos” juegan a favor de sus enemigos– pero los jóvenes manifestantes pro-democracia en las barricadas de la plaza Tahrir organizaron cuidadosamente su batalla de El Cairo, trajeron camiones cargados de rocas, telefonearon pidiendo refuerzos y luego llevaron a los jóvenes de Hosni Murabak a los puentes levadizos detrás del Museo Egipcio.

“Quizá fue la anticipación ante la posibilidad de que el viejo se fuera hoy. Quizá fue en venganza por los ataques de los francotiradores y las bombas incendiarias de la noche anterior. Pero en lo que hace a los “héroes” de Egipto, esta no fue su mejor hora.

“La Casa de la Esquina, un edificio de fines del siglo XVIII con ornamentos de uvas y coronas de piedra labrada en la fachada y, en el frío y abandonado interior, una escalera de mármol rota, razgada tapicería en las paredes y pisos de madera, crujía bajo las bolsas y bolsas de piedras, todas prolijamente partidas en rectángulos para lanzarlas contra los malditos mubaraquitas. Era típico que nadie conociera la historia de esta elegante y triste casa antigua en la esquina de la calle Mahmoud Basounee y la plaza del mártir Abdul Menem Riad. Hasta le faltaba un escalón en el sombrío segundo piso con una caída de 10 metros que inmediatamente hacía recordar la escalera de “Raptado” de Stevenson, y su caída vertiginosa iluminada por los relámpagos. Pero de sus desmoronados balcones yo pude ver ayer la batalla de las piedras y los valientes y patéticos intentos del ejército egipcio de contener esta miniatura de guerra civil, que precede otro día de oraciones y furia y –así lo creen alegremente los manifestantes– las últimas horas de su maldito dictador.

“Los soldados maniobraron a través del campo de rocas en la carretera abajo, tratando de posicionar dos tanques Abrams entre los ejércitos de tiradores de piedras, cuatro soldados moviendo sus manos por encima de sus cabezas –en Egipto una señal callejera para “cese el fuego”–.

“Fue patético. El ejército necesitaba 4000 soldados para detener la batalla. Sólo tenía dos tripulaciones de tanques, un oficial y cuatro soldados. Y a las fuerzas de la democracia –debemos introducir un poco de cinismo aquí– no les importaba nada la paciencia de los soldados que habían tratado de atraer. Formaron falanges a la largo del camino afuera del Museo Egipcio, cada uno sosteniendo un escudo de hierro corrugado, muchos de ellos gritando “Dios es grande”, una parodia de cada legión romana de Hollywood, remeras en lugar de petos, palos y los bastones nocturnos de los odiados policías de Mubarak en lugar de espadas. Afuera de la Casa de la Esquina –alegremente diciéndome que pertenecía a cualquiera– estaba parado un hombre (créanme lectores) sosteniendo un tridente de acero de dos metros y medio de alto. “Soy el diablo”, me gritó. Esto fue casi tan grotesco como el ataque a caballo y camello de los mubaraquitas el miércoles.

“Cinco soldados de otra unidad tomaron una bandeja de cócteles Molotov de la casa de al lado –las botellas de Pepsi eran claramente la elección de los contendores– pero eso era toda la operación militar para desarmar a esta pequeña milicia de la libertad. “Mubarak se irá mañana”, gritaban y luego, entre los dos tanques, a sus enemigos a 15 metros de distancia: “Tu viejo se va mañana”. Habían sido alentados por todas las historias comunes: que Barack Obama había llamado por fin a Mubarak, que el ejército egipcio –que recibe una ayuda anual de 1300 millones de dólares– estaba cansado de ser humillado por el presidente, enfurecido por la catástrofe que había desatado Mubarak en su país por apenas nueve meses más en el poder.

“Esto puede ser verdad. Los amigos egipcios con familiares entre el cuerpo de oficiales me dicen que están desesperados por que Mubarak se vaya, aunque más no sea para evitar que emita más órdenes a los militares de abrir fuego contra los manifestantes. Pero ayer eran los opositores a Mubarak los que abrieron “fuego”, y lo hicieron con los ahora familiares golpes de piedras. Se estrellaban contra los hombres de Mubarak (y algunas mujeres) sobre el voladizo, rebotaban sobre los techos de los tanques. Miré transitar a sus enemigos –sólo a unos pocos– por los caminos, las rocas estrellándose a su alrededor, alzando los brazos sobre sus cabezas en señal de paz. Era inútil.

“Para cuando bajé de esa peligrosa escalera, un imán musulmán aislado con un turbante blanco, un largo traje rojo y una increíblemente –distinguida sería la palabra apropiada– prolija barba blanca, apareció en medio de las piedras. Sostenía una especie de látigo y lo usaba contra los manifestantes. El tampoco cedía terreno mientras las piedras golpeaban a su alrededor. Era uno de los que quería liberarse de su presidente, pero él también quería finalizar el ataque. Un joven manifestante recibió un golpe en la cabeza y cayó al suelo.

“De manera que me dirigí hacia los dos tanques, ocultándome detrás de uno de ellos mientras giraba su cañón 360 grados, un interesante –aunque inútil– intento de mostrar a ambos bandos que el ejército era neutral. Las grandes máquinas lanzaban arena y estiércol a los ojos de los lanzadores de piedras. Y luego un oficial saltó desde la torrecilla de un tanque y se paró con el imán y también movió sus brazos sobre su cabeza. Las piedras todavía sonaban sobre los carteles de la carretera en el voladizo (doble a la izquierda para Giza) pero varios hombres de mediana edad estiraron sus brazos y se tocaron las manos y se ofrecieron cigarrillos.

“No durante mucho tiempo, por supuesto. Detrás de ellos, en la plaza llamada Tahrir, había hombres durmiendo detrás de las ventilaciones de cemento del metro, o en el pasto o en las escalinatas de los negocios cerrados. Muchos tenían vendas alrededor de sus cabezas y brazos. Estas heridas serán sus condecoraciones de heroísmo en los años venideros, prueba de que lucharon en la “resistencia”, que pelearon contra la dictadura. Sin embargo no encontré a nadie que supiera por qué esta plaza era tan preciada para ellos.

“La verdad es tan simbólica como importante. Fue Haussmann, traído a Egipto por Ismail durante el reinado otomano, quien construyó al plaza como una estrella equiparable a su equivalente francesa de L’Etoile. Cada calle irradia como una estrella. Era en el lado del Nilo de la plaza Ismailia –donde el antiguo Hilton está en reparaciones– que los británicos más tarde construyeron sus vastas barracas militares de Qasr el Nil. Del otro lado de la calle está todavía el edificio pseudobarroco en el que el rey Farouk tenía su Cancillería, una institución que seguía fielmente las órdenes británicas.

“Y toda la plaza enfrente a ellos, desde el jardín del Museo Egipcio a la residencia junto al Nilo del embajador británico, estaba prohibida a los egipcios. Este gran espacio, hoy el área de la plaza Tahrir, constituía la zona prohibida, el centro de El Cairo que su gente no podía pisar. Por lo tanto después de su independencia se convirtió en plaza “Libertad” “Tahrir”, y es por eso que Mubarak trató de preservarla y por eso los que lo quieren derrocar se quieren quedar ahí, aunque no sepan por qué.

“En cuanto a la Casa de la Esquina, bueno, la calle Mahmoud Basounee lleva el nombre del poeta egipcio. Y el cartel golpeado por las piedras el del mártir Abdul Menem Riad, un hombre cuyo espíritu seguramente está vigilando a los dos tanques bajo el voladizo. Riad comandaba el ejército jordano en la Guerra de los Seis Días y fue muerto por un ataque de morteros israelí dos años más tarde. Era el jefe del Estado Mayor del ejército egipcio.

-Robert Fisk, desde El Cairo

Título original: “Mubarak will go tomorrow, they cried as rocks and firebombs flew” (la traducción le mejoró ostensiblemente el título, y quizá algunas otras frases)

Traducción: Celita Doyhambéhère.

Página/12, 4 de febrero de 2011

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La crónica del día anterior, titulada en Página/12 “El contraataque de Mubarak azuzó la ira” (en el original en inglés, “Blood and fear in Cairo’s streets as Mubarak men crack down on protests”), refiere así a los comienzos de la resistencia de la multitud antioficialista ante el hostigamiento de los hombres del régimen:

“La contrarrevolución del presidente Hosni Mubarak chocó con sus oponentes ayer en un aluvión de piedras, garrotes, barras de hierro y palos, en una batalla que duró todo el día en el centro mismo de la capital que él afirma gobernar, entre decenas de miles de jóvenes, ambos -y aqui está la más peligrosa de todas las armas- blandiendo en los rostros de los contrarios la bandera de Egipto.

“La lucha a mi alrededor en la plaza llamada Tahrir era tan terrible que podíamos oler la sangre. Los hombres y mujeres que están exigiendo el final de la dictadura de 30 años de Mubarak –vi a mujeres jóvenes con bufandas y polleras largas de rodillas rompiendo las piedras del pavimento mientras caían rocas a su alrededor– luchaban con inmenso coraje que más tarde se convirtió en una crueldad terrible. Más tarde el gobierno informó que hubo 3 muertos y 637 heridos –según la cadena Al Jazeera los heridos eran 1500–.

“Algunos arrastraban a los hombres de seguridad de Mubarak por la plaza, golpeándolos hasta que salía sangre de sus cabezas y manchaban su ropa. El Tercer Ejército egipcio, legendariamente famoso por cruzar el Canal de Suez en 1973, no pudo –o no quiso– ni siquiera cruzar la plaza Tahrir para ayudar a los heridos. Mientras miles de egipcios gritaban abuso –y esto es lo más cercano a una guerra civil–, se lanzaban unos contra otros como luchadores romanos, simplemente aplastaron a las unidades de paracaidistas que “vigilaban” la plaza, trepándose sobre sus tanques y vehículos blindados y luego usándolos para cubrirse.

“Un comandante de tanque Abrams –y yo estaba a sólo tres metros– simplemente esquivó las piedras que rebotaban contra el tanque, saltó dentro del vehículo y cerró la escotilla. Los partidarios de Mubarak se treparon entonces al tanque para tirar más rocas a sus jóvenes y enloquecidos antagonistas.

“Supongo que es lo mismo en todas las batallas, aunque (todavía) no han aparecido las armas; el abuso de ambos lados provocó una lluvia de rocas de los hombres de Mubarak –sí, ellos comenzaron– y luego los manifestantes que tomaron la plaza para pedir el derrocamiento del anciano comenzaron a romper las piedras para tirarlas de vuelta.

“Para cuando llegué a la línea del “frente” ambos bandos estaban gritando y atacándose entre ellos, la sangre corría por sus rostros. En un momento, antes de que pasara el shock del ataque, los partidarios de Mubarak casi cruzan toda la plaza frente el monstruoso edificio Mugamma –una reliquia del esfuerzo nasserista– antes de que los echaran.

“Ahora que los egipcios están luchando contra los egipcios, ¿cómo debemos llamar a esta gente peligrosamente furiosa? ¿Los mubarakitas? ¿Los “manifestantes” o más inquietantemente la “resistencia”? Porque es así como se llaman a sí mismos los hombres y mujeres que están luchando para derrocar a Mubarak. “Esto es obra de Mubarak”, me dijo un tirador de piedras herido. “Ha logrado que los egipcios se vuelvan en contra de los egipcios por sólo nueve meses más de poder. Está loco. ¿También están locos ustedes en Occidente?”

“No recuerdo cómo contesté a esta pregunta. Pero cómo me podía olvidar de haber visto, sólo unas pocas horas antes, cuando al “experto” en Medio Oriente Mitt Romney, ex gobernador de Massachusetts, le preguntaron si Mubarak era un dictador. No, dijo que era una “figura de estilo monárquico”.

“La imagen del rostro de este monarca era llevada en carteles gigantes, una provocación impresa, a las barricadas. Distribuidos por funcionarios del Partido Nacional Democrático (PND), muchos eran llevados por hombres que portaban garrotes y bastones de policía. No había duda sobre esto porque yo había conducido hacia El Cairo desde el desierto mientras se formaban afuera del Ministerio de Exterior y del edificio de la radio estatal en la ribera este del Nilo. Había altoparlantes con canciones y llamadas a la eterna vida para Mubarak (una muy larga presidencia por cierto) y muchos estaban sentados en motocicletas nuevas, como si se hubieran inspirado en los matones de Mahmud Ahmadinejad después de las elecciones iraníes de 2009.

“Sólo cuando pasé el edificio de la radio es que vi a miles de jóvenes hombres entrando desde los suburbios de El Cairo. Había mujeres también, la mayoría vestía el tradicional traje negro y las bufandas blancas y negras; unos pocos niños entre ellas, caminando por el pasillo detrás del Museo Egipcio. Me dijeron que tenían tanto derecho a estar en la plaza Tahrir como los manifestantes –es cierto, por otro lado– y que intentaban expresar su amor por su presidente en el lugar donde había sido tan profanado.

“Y tenían razón, supongo. Los demócratas –o la “resistencia”, dependiendo del punto de vista– habían sacado a los matones de la fuerza de seguridad de esta misma plaza el viernes. El problema es que los hombres de Mubarak incluyen algunos de los mismos matones que yo vi entonces, cuando estaban trabajando con la policía de seguridad armada para apalear y atacar a los manifestantes. Uno de ellos, un joven con una camisa amarilla, pelo revuelto y enrojecidos ojos brillantes llevaba la misma barra de acero que había estado usando el viernes. Una vez más, los defensores de Mubarak estaban de vuelta. Hasta cantaban el mismo viejo refrán: “Con nuestra sangre, con nuestra alma, a vos nos dedicamos”.

“Caminé al lado de las filas de Mubarak y llegué al frente cuando ellos comenzaron otro ataque a la plaza Tahrir. El cielo estaba lleno de rocas. Estoy hablando de piedras de 15 centímetros de diámetro, que golpeaban el terreno como esquirlas de mortero. De este lado de la “línea”, por supuesto, llegaban de los opositores a Mubarak. Se cascaban y se dividían y golpeaban contra las paredes a nuestro alrededor. En ese punto, los hombres del gobierno se volvieron y corrieron en estado de pánico mientras los opositores del presidente empujaban hacia adelante. Me paré de espaldas a una ventana de una agencia de viajes cerrada –recuerdo un poster para un fin de semana romántico en Luxor y “el valle de las tumbas”–. Pero las piedras caían como lluvia, cientos de ellas al mismo tiempo, y luego un nuevo grupo de hombres estuvo a mi lado, los manifestantes egipcios de la plaza. Pero en su furia ya no gritaban “Abajo Mubarak” y “Mubarak Negro” sino Alá Akbar –Dios es grande– y podía escuchar esto una y otra vez a medida que progresaba el día. Un lado gritaba Mubarak, el otro Dios. No había sido así 24 horas antes. Me dirigí hacia un terreno más seguro donde las piedras ya no se astillaban y de pronto estaba entre los opositores de Mubarak.

“Por supuesto, sería exagerado decir que las piedras oscurecían el cielo, pero por momentos había cientos de piedras volando por el cielo. Destrozaron totalmente un camión del ejército, rompiendo las ventanas, abollando sus costados. Las piedras partían de las calles laterales a la calle Champollion y en Talaat Harb. Los hombres estaban sudando, con vinchas rojas, gritando su odio. Muchos sostenían trapos blancos en las heridas. Algunos eran llevados derramando sangre por toda la calle.

“Y un increíble número usaba el traje islamista, pantalones cortos, sacos grises, largas barbas y gorros blancos. Gritaban Alá Akbar más fuerte y bramaban su amor a Dios. Sí, Mubarak lo había hecho. Había sacado a los salafistas contra él, junto a sus enemigos políticos. De tanto en tanto, agarraban a algunos jóvenes, tenían los rostros hinchados de puñetazos y gritaban temiendo por sus vidas. La documentación encontrada entre sus ropas probaba que trabajaban para el Ministerio de Interior de Mubarak.

“Muchos de los manifestantes –jóvenes seculares, abriéndose camino entre los atacantes– trataban de defender a los prisioneros. Otros –y vi a un montón de “islamistas” entre ellos–, con las barbas de rigor, pegaban puñetazos contra las cabezas de estos pobres hombres, usando grandes anillos en sus dedos para cortar la piel para que la sangre se derramara por sus rostros. Un joven, con una remera roja desgarrada, y el rostro hinchado de dolor, fue rescatado por dos hombres macizos, uno de los cuales puso al ahora casi desnudo prisionero sobre su hombro y se abrió camino entre la multitud.

“Así se salvó la vida Mohamed Abdul Azim Mabrouk Eid, policía de seguridad número 2.101.074, de la gobernación de Giza –su pase de seguridad era azul con tres pirámides estampadas en la cubierta–. Otro hombre fue rescatado de la multitud enfurecida, pegando alaridos y agarrándose el estómago. Y detrás de él un escuadrón de mujeres, de rodillas, rompía piedras.

“Hubo momentos de farsa en medio de todo esto. A media tarde, cuatro caballos montados por los partidarios de Mubarak entraron en la plaza, junto con un camello –sí, un camello verdadero que debe haber sido traído de las pirámides–, sus aparentes jinetes drogados cayéndose. Encontré a los caballos pastando al lado de un árbol tres horas más tarde. Cerca de la estatua de Talaat Harb, un chico vendía Agwa –una delicia de pan egipcio– mientras del otro lado del camino estaban paradas dos figuras, una niña y un niño, sosteniendo bandejas de cartón idénticas frente a ellos. La bandeja de la niña estaba llena de paquetes de cigarrillos. La bandeja del niño estaba llena de piedras.

“Hubo escenas que deben haber provocado dolor personal y angustia para aquellos que las experimentaban. Había un hombre alto, musculoso, herido en la cara por una piedra, cuyas piernas simplemente se doblaban al lado de la cabina de teléfono. Y estaba el soldado del vehículo blindado que dejó que las piedras volaran a su lado hasta que saltó a la calle junto con los enemigos de Mubarak, abrazándose a ellos, mientras las lágrimas corrían por su rostro.

“No sé realmente quién ganó la batalla de la plaza Tahrir ayer, aunque no permanecerá sin resolver durante mucho tiempo. Al atardecer, las piedras todavía golpeaban contra los caminos y sobre la gente. Después de un tiempo, comencé a agacharme cuando vi pasar los pájaros.

Robert Fisk, desde El Cairo

Traducción: Celita Doyhambéhère.

Publicado en Página/12, 3 de febrero de 2011

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