Otra muerte impune en una comisaría

A un año de la muerte de Matías Pena en una seccional de la Policía Bonaerense, Alexis Burgos relata la serie de acontecimientos que llevó de una pelea por celos a la detención y suicidio dudoso de un joven peón de la localidad de Lanús. 

Por qué murió Matías Pena

por Alexis Burgos

La noche del 3 de marzo de 2010 jugaba Lanús. Unas horas antes de aparecer ahorcado con su propia remera en un calabozo, Matías Pena había decidido ver el partido con algunos de sus amigos en única pizzería del barrio que podían pagar. Godoy Cruz le ganó ese día 2 a 0 al equipo local cerca de las 22, y el grupo fue al cumpleaños de un amigo secundario a pocas cuadras del lugar, todavía en Lanús Este. Los ánimos no eran los mejores, y la fiesta terminó entonces temprano, cerca de las 2. Matías volvió a su casa caminando por la calle Ituzaingo, llena de comercios cerrados aquella madrugada de jueves. Con nadie se cruzó esa noche durante los primeros cien metros de su recorrido. Fue en la siguiente esquina, sin embargo, que Pena se encontró con su mujer. Ella, mientras esperaba el colectivo, besaba a un hombre.

En cuanto la improvisada pareja vio a Matías, la confusión se antepuso repentinamente al romance. Samanta, la mujer de Pena, huyó corriendo a casa de sus padres. El joven que estaba con ella escapó del furioso marido corriendo hacia la comisaría, donde un cordón policial lo detuvo. Cuenta David Guelfi, amigo íntimo de Pena, que un vecino alertó a la policía acerca de que dos jóvenes, uno de ellos de gorra y a los gritos, corrían hacia el lado de la seccional.

Después de algunos forcejeos, según el acta labrada en la comisaría, el acompañante de Samanta le contó a Matías que “andaba con ella”. Los policías, dice el acta, “calmaron los ánimos de los jóvenes” y dejaron ir a Pena, que salió de la comisaría en silencio. Presumiblemente estaba borracho si se tiene en cuenta que según el pizzero que los sirvió, el grupo de cuatro amigos acompañó la cena con dieciocho cervezas. El joven caminó 200 metros por la calle Sitio de Montevideo, sobre la que se encuentra una de las puertas del destacamento policial Lanús 2º. Exactamente a la altura del 1400 se encontró con el local bailable “New Bar”, cuyos vidrios destrozó a piedrazos en un ataque de odio. Serían las 3 de la mañana.

Después de apedrear el bar, Matías llamó desde el teléfono semipúblico del kiosco 24 horas de la calle Sitio de Montevideo 1357 a Samanta. Probó en la casa que tenían juntos, probó en la casa de la mejor amiga. La encontró en la casa de los padres. El kiosquero escuchó algunos fragmentos de diálogo que lo confirman. Tuvieron por teléfono una discusión de la que no hay precisiones. Antes de que la conversación terminase llegó un patrullero, y la vecina del primer piso del kiosco declaró que los policías le dijeron a Matías: “Los que tienen que hablar con vos te esperan en la comisaría”. No hay más datos acerca de lo que ocurrió en ese momento: el kiosquero, que vio todo, no se anima a decir nada.

Unos minutos más tarde, cerca de las 4 de la mañana, sonó el tono de mensaje del celular del padre de Samanta. Le avisaban que “el pibe estaba finalmente liquidado”. Inmediatamente después sonó el teléfono fijo de la casa de la familia. Era un policía que buscaba a Samanta. “Tu macho está muerto”, le dijo.

***

El sábado 13 de noviembre último por la tarde una pequeñísima columna de gente se movilizaba a lo largo de la avenida 9 de Julio, casi calle Gaebeller; una esquina céntrica en Lanús, en el gran Buenos Aires. A tres cuadras de esa intersección está la sede social del club Lanús, que el domingo 14 perdería ante Vélez Sarsfield por 1 a 0. A nueve cuadras está la pizzería Las Palmas, la más famosa del barrio, detrás de la cual, en la calle peatonal que da a las vías, está la pequeña puertita que lleva a Marylín, el cabaret más oscuro y barato de la zona. Cien metros más allá de la esquina por la que avanzaba la manifestación está la plaza Lanús Este, a cuyos alrededores no hay municipalidades, bancos, iglesias ni escuelas. Y a sólo tres cuadras está la Comisaria Seccional Segunda, cuyos oficiales, según la bandera bordeaux –granate– que encabeza el grupo, habrían matado a Matías Pena.

“Matías apareció muerto en la comisaría en marzo de este año. Dicen que se ahorcó con su propia remera colgándose de los barrotes de una ventanita del calabozo que está a 1.55 metros de altura. Eso no podría haber ocurrido nunca: Matías medía 1.85 y aunque más no fuese por instinto se habría salvado”, dice Natalia mientras reparte unos panfletos ilustrados con una foto en blanco y negro de un muchacho con gorra y barba crecida que mira sonriente, la boca entreabierta y los ojos brillantes, a la cámara. El título del folleto es “¿Qué le pasó a Matías Pena?”. Hay también una bajada, que entre tímidos paréntesis dice: “Tómese un minuto y lea esto, por favor”.

En el tercer párrafo del papel que entrega Natalia puede leerse lo siguiente; “La policía pretende que esto quede así, como un suicidio, pero surgen demasiadas dudas que permiten presuponer que se trató en cambio de un homicidio. Siendo que el respiradero del calabozo estaba ubicado a 1.55mts. de altura y Matías medía más de 1.80, ¿cómo hizo para colgarse y no reincorporarse con sus piernas en un acto reflejo común a todas las personas a fin de buscar nuevamente la entrada de aire? ¿Nadie escuchó nada? El guardia que tiene el deber de cuidar a los detenidos y presos, ¿dónde estaba? ¿La vieja remera que llevaba puesta Matías pudo soportar el peso de su cuerpo, de casi 85kg? Si es como cuentan los policías, que Matías estaba desesperado y emocionalmente perturbado, ¿por qué ninguno de los que estaban allí lo custodió de cerca o lo llevó a un hospital?”.

La sospecha de Natalia y del panfleto no es injustificada. La criminóloga Silvina Manguia -que intervino entre otros casos en el de Víctor “el Frente” Vital, el célebre ladrón de la villa 25 de Mayo que compartía sus atracos- sostuvo al ser preguntada que cualquier cuerpo, aunque más no fuese por acto reflejo, se hubiese reincorporado antes de morir de haberlo podido hacer. Manguia agrega que es muy común que los jóvenes detenidos por la policía aparezcan “suicidados” en los calabozos. “Luis, el amigo de Víctor Vital, mientras era arrestado luego de un tiroteo en su villa me decía todo el tiempo que no quería que le pasase lo que a su amigo. Que no quería que la policía lo acribillase”. Por citar uno célebre, se puede aludir al caso de Martín Saldaña, el ladrón del Banco Nación sucursal Ramallo -partícipe de “La Masacre de Ramallo”- que apareció en 1999 ahorcado en su calabozo con el forro de un colchón que de ninguna manera, según las pericias, hubiese podido cortar.

***

Los amigos y familiares que formaron la agrupación “Justicia por Matías” inscriben el caso Pena en la serie del de Carlos Gilberto Fernández, el joven de Salliqueló muerto ahorcado luego de una hora de estadía en la comisaría local, y del de Juan Bordenave, ahorcado con una frazada en la comisaría de la localidad bonaerense de Zárate.

David Guelfi lo asociará más tarde a una serie de “jóvenes pobres y de pocos recursos legales, con poca familia; a una serie de represión de la protesta social juvenil y de cana y zonas liberadas” en la que entra, en orden cronológico, el joven mapuche-aimara Atahualpa Martínez, asesinado en Viedma el 15 de junio de 2008; Luciano Arruga, desaparecido luego de -según su propia hermana- “negarse a robar para la policía” el 31 de enero de 2009; Diego Alexandre Bonefoi, cuyo verdugo -el comisario Argentino Hermosa- dijo que “existía la misma proporción de fuerzas: el pibe estaba armado. Cabía la represión”; los jóvenes Nicolás Carrasco y Sergio Cárdenas, asesinados un día después que Bonefoi en una marcha que pedía justicia por su amigo el 17 de junio de 2010, y Guillermo Trafiñanco. Este último, según su madre, de haber tenido los 10 pesos que le faltaban para el pasaje Bariloche- Viedma que quería comprar para pasar el Día de la Familia junto a los suyos, no habría sido asesinado la noche del 23 de octubre pasado en el patio de una escuela por una institución policial que -dice la mujer- “busca sacar a los pibes de gorra del centro de la ciudad”.

Matías Pena tenía apenas 29 años el 4 de marzo de 2010 cuando murió. Era padre de un varón de 4 años, de otro de 2 y de una beba que entonces no había cumplido seis meses. Consumía habitualmente cocaína, aunque según sus amigos “se rescataba, tomaba una o dos veces por semana y no más”. Su mujer, Samanta, de 24 años, en cambio, era cocainómana: usa todavía la uña del dedo meñique derecho muy larga para servirse la droga con comodidad y tiene las manos destrozadas de tanto provocarse el vómito. Matías era plomero y había logrado, en el último año, empezar a trabajar en la toldería de la familia Guelfi. Cobraba su sueldo en blanco, tenía por primera vez en su vida protección social y vivía en una casa muy humilde en la calle Emilio Mitre 1575, Lanús Este.

Se estaban separando los Pena cuando la fatídica noche de principios de marzo. Cuenta David, el amigo, que Samanta “estaba todo el tiempo en cualquiera, y cuando Matías llegaba la casa era siempre un bardo. A veces estaban los chicos, a veces no. Nunca había nada para comer, y el pibe tenía que ir al mercado y preparar la comida para todos después de deslomarse todo el día trabajando”.

La relación de Matías con los padres de Samanta era tormentosa. “Estaba amenazado de muerte por el suegro”, cuentan los amigos de Matías. Consta en actas que, un año y medio antes de su muerte, cierta vez Matías Pena había citado a la madre de Samanta para charlar sobre las adicciones de su hija. Hablaron en la boca del túnel de la estación Lanús del FFCC General Roca. El mitín sería sobre la calle 29 de septiembre, una arteria comercial importante de la zona. En lugar de la mujer llegó el suegro: el hombre es policía federal retirado y suele portar armas. Aquella vez sacó sin ningún reparo una pistola reglamentaria que apoyó en el pecho de su yerno, y -según confirma el florista Julio García, testigo preferencial- le dijo: “No te mato acá nomás porque hay mucha gente”. Matías, agrega García, corrió al patrullero que está constantemente estacionado en la esquina de Ituzaingo y la vía, a 20 metros del lugar, y pidió ayuda a los policías. Estos le indicaron que se retirase, “y no quisieron tomarle declaración”. Un cafetero de la zona que prefiere no dar su nombre agregó que Pena se habría subido al auto de los policías “de prepo, cuando le dijeron que se fuera, enojado”. En la comisaría Lanús 2ª, según esta versión, le habrían vuelto a decir que no le tomarían declaración alguna.

***

David Guelfi y Pablo López son los amigos del muchacho que brindaron muchos de los datos que sostienen este texto. Ellos organizaron la asociación “Justicia por Matías”. David fue alertado acerca de la muerte de Pena a las 8 del 4 de marzo, y fue el primero en hablar con los dueños del boliche “New Bar”, que le dijeron que, avisados por la policía, habían ido a reconocer a la persona que había “destrozado” sus ventanales cerca de las 3.30 del mismo día. Al llegar a la comisaría, los hombres pidieron ver “quién había hecho tanto quilombo”. Fue cuando los llevaron a ver al recluso que, aparentemente, los policías “tomaron nota de que Matías estaba muerto”.

Hay más oscuridad en el caso. El fiscal, por ejemplo, llegó  a la comisaría recién cerca de las 10 de la mañana, cinco horas después de que los policías tomaran nota de que Pena había fallecido. La médica que revisó el cuerpo declaró además, en el colmo de la impericia, que “así es como se matan los drogones” cuando vio el cadáver de Matías tirado en el piso del calabozo unas 8 horas después de que muriera.

David indica que Matías no tenía antecedentes policiales, y que sólo había sido demorado en una razzia en el boliche “Your Place” de la avenida Hipólito Yrigoyen y Carlos Tejedor, Lanús, en el año 1998. “El pibe -agrega el Guelfi- era muy querido en el barrio. Era bueno, solidario. Hizo la secundaria todo lo que pudo en una escuela importante, el instituto Luis Piedrabuena”. Sigue David: “Hablando con la hermana de Luciano Arruga, otro de los pibes que mataron por pobre, yo lo que entendí fue que son varios los asesinados por la cana que se convierten en blanco fácil porque son muchachos humildes sin familia, sin protección legal. Con los que tienen guita o los que roban en las zonas que la policía libera no se mete nadie. Matías era un laburante. Tenía una vida difícil, era un blanco fácil. Pum”.

Los abogados de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH) insisten en que el de Matías Pena “no es un caso aislado”. Sin embargo, una pericia que indicó que la remera con la que, según la historia oficial, el muchacho se habría ahorcado, podría haber soportado 102 kilos ha dejado al caso en un cajoneo virtual. Martín Alderete, abogado de la Coordinadora Antirrepresiva por los Derechos del Pueblo (CADeP), confía, como el defensor contratado por “Justicia por Matías”, en lograr que se estudien las gotas de sangre que manchaban la polémica prenda. “Es nuestra última esperanza -dice Sergio Smietniansky, el abogado de la asociación-. Si no conseguimos nada con eso, Matías va a ser otro Luciano Arruga. Ojalá tengamos, en ese caso, al menos la prensa que le da la revista Barcelona al pibe de Lomas del Mirador. Igual, ya ves, la cosa no sirve de nada. A la cana en cualquier caso la vida le importa un carajo”.

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