La alegría no es sólo brasileña

Una crónica del regreso de los feriados de Carnaval -tres décadas después de que la última dictadura militar los prohibiera- desde Corrientes, el único lugar de la Argentina (es un decir: si el país llegara a entrar en guerra, Corrientes lo va a ayudar) donde la alegría pagana se sostuvo en la mejor tradición afro-brasileña. La escribió Facundo García en Página/12 y en algunos de sus tramos sobresalientes dice:

“Hay quien interpreta a los carnavales como un placebo que borronea diferencias sociales y permite que las tensiones se exterioricen sin desafiar al statu quo. Sin embargo hay que meterse en los bailongos de las casas, agarrarse de una cintura que se mueve sin culpa y tirar espuma al aire hasta agotar el pomo para descubrir que a lo mejor el Carnaval se trata de divertirse no olvidando, sino remontándose por encima de las tragedias que el hombre y la mujer de a pie tienen que bancar diariamente. Por otra parte, embanderarse con la alegría es discutir el rol que se le dio a la nostalgia en la construcción del estereotipo nacional. Un procedimiento que, en lo profundo, desafía al protagonismo exclusivo del que han gozado la Capital y su música más típica, el tango.

“A medida que el visitante se acercaba, las letras de Copacabana, Académicos del Carnaval, Samba Total, Sapucay, Kamandukahia, Carro Gente, Samba Show e Imperio Bahiano se hacían más nítidas. Arandú Beleza insistía con uno de sus hits: “Yo no como caviar/ni tomo champán/pero soy feliz/soy banquero del amor/sambero de profesión/en mi corazón”. Al rato, uno de los portaestandartes de Sambanda abrió el paso de los suyos, con el palo de su bandera acomodado en la entrepierna, en desafío a todas las leyes de la anatomía.

“Los correntinos aseguran, con o sin razón, que su Carnaval es el más tradicional de la Argentina. Aquí la fiesta tiene dos vertientes: la que está relacionada con el río Uruguay –muy vinculada con la tradición brasileña– y la otra, estéticamente más cercana al Río de la Plata aunque no rioplatense, que nace a la vera del Paraná. Las comparseras llegan a gastar entre sesenta y ochenta mil pesos para confeccionar sus trajes con espaldares de plumas especiales, strass y piedras brillantes. Por lo tanto, es innegable que existe un Carnaval caté (rico) y un Carnaval poriahú (pobre).

“Y cómo hablar del Carnaval sin haber desfilado. Desfilar, de hecho, es tomar conciencia de lo fuerte que uno puede sonar cantando o tocando, y de lo mucho que se puede perder el propio sentido de la vergüenza en un recorrido de unos cuantos metros. La escena es onírica: el aliento que llega desde las hinchadas laterales sube y baja cada tanto, bajo las pintitas de espuma que quedan flotando en el aire. Y la senda se extiende a lo largo de unas ocho cuadras, suficiente para que los pasos iniciales, temerosos y aburridos, le dejen lugar a la danza del vientre y las cabriolas inventadas.

“Cuando se llega al final, hay una sensación de alivio. Como de haberse bañado por dentro. A veces, el cuerpo exterioriza lo que costaba articular con palabras.”

El texto completo se lee con un click acá.

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