Estos son los tupamaros que gobiernan la República Oriental

Un reportaje al colectivo de ex guerrilleros del que surgió José Mujica como presidente de Uruguay. Se publicó en la revista Orsai, lo realizó Josefina Licycra y repone -con mirada tan tierna como aguda- los años de cárcel y huídas, las coherencias y adaptaciones, los pozos de ayer y los ranchos de hoy en los que vivieron y viven, como nobles de los márgenes, los tupamaros-funcionarios que gobiernan (o al menos, lo intentan) la República Oriental del Uruguay.

“En la entrada del rancho hay una cuerda donde cuelgan las ropas de un niño –pobre-; una casucha de ladrillo gris a medio hacer –pobre-; un desmadre de plantas –juncos, pastos crecidos, yuyos-; una hectárea de tierra recién surcada; y perros, muchos perros. Chuchos que circulan con el paso lerdo de los animales viejos y que cada tanto buscan esquinas de sombra allá en el fondo, pasando unos arbustos, en la casa de José Mujica.

Allá. José Mujica, presidente de la República Oriental del Uruguay, descansa allá: en cuatro ambientes de paredes desconchadas donde hay una cocina, un sillón rojo, una perra de tres patas –la mascota de Mujica es tullida- y una estufa a leña. Desde ese bajofondo austero, casi marcial, este hombre emergió infinitas veces –primero como legislador nacional, luego como candidato presidencial- a recibir a la prensa.

Y “recibir”, en el planeta de Mujica, es un verbo imperfecto.

Mujica ha recibido periodistas recién bajado del tractor, sin la dentadura puesta, con el pantalón arremangado hasta las rodillas y con una gota de sudor colgando de la nariz.

Mujica ha recibido periodistas con un afectuoso cachetazo y con esta frase:

—Cortala con el bla bla y andá a laburar, que es lo que necesita el país.

Mujica ha recibido periodistas en días preelectorales, con alpargatas pero sin dientes –bueno, ha dado conferencias de prensa enteras sin dientes-, jugando con su perra manca y haciéndose cortar el pelo por un desconocido que había ido a pedirle trabajo.

Mujica ha recibido periodistas la mañana misma de los comicios presidenciales y los ha recibido en pijama, con la barba crecida y con las encías rumiando esta única frase:

—A pesar del ruido, el mundo hoy no va a cambiar.

(…)

Julio Marenales es uno de los líderes históricos del Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros (MLN-T) y es visto por Mujica como “un hermano”. Militaron juntos, juntos cayeron en el penal de Punta Carretas, juntos también se fugaron, y juntos –aunque separados en distintos establecimientos- padecieron diez años de encierro en los pozos cuartelarios. La distancia entre Marenales y Mujica llegó recién en este último tiempo: Mujica fue avanzando en el terreno político, mientras que Marenales –si bien respalda a Mujica- se quedó en la organización. Hoy representa el ala radical y se ha transformado en una suerte de guardián de la pureza ideológica del Movimiento.

—El Pepe no puede hacer una presidencia con las ideas que tenía como tupamaro. Ha tenido que adaptarse. Se amoldó al pensamiento general del Frente Amplio, que es una fuerza donde hay trabajadores pero también empresarios, y a los empresarios les gusta el sistema capitalista. Por tanto las ideas que sustentó el compañero Mujica años atrás las tiene, supongo, en el congelador. Es decir: el Pepe no va a hacer la revolución. Lo que no quita que este sea, por lejos, el mejor gobierno que tuvo este país.

Marenales sonríe: tampoco tiene demasiados dientes. Algo pasa con los tupamaros y sus dientes. Quizás sea el paso del tiempo, pero tampoco: el tiempo se ha vuelto una forma cortés de explicar las cosas.

(…)

En un rincón de la sala principal hay un cesto de basura forrado con un afiche de Mujica. Se lo ve peinado, limpio: presidenciable.

—Al Pepe lo bañaron para esa foto –bromeará después Eleuterio Fernández Huidobro.
—Al Pepe lo pusimos nosotros –dice ahora Marenales-. Siempre trabajamos como colectivo. Más allá de las características personales de cada compañero, nosotros no creemos que la historia avance sobre la base de hombres brillantes.
—¿Pero por qué eligieron a Mujica y no a otro?
Marenales se acomoda la montura de los lentes –dorados- sobre los huesos –finos-, se reclina hacia delante, habla:
—Porque el Pepe tenía una ventaja. A nosotros en el Frente Amplio no nos querían mucho. Decían que éramos unos palurdos. Pero Pepe tenía tres apoyos: el de nuestras espaldas, porque en el Movimiento lo hemos sostenido como hemos podido. El de su propia historia, porque Pepe viene de trabajar la tierra y nunca sintió la bota del patrón arriba, siempre trabajó más o menos por cuenta propia. Y el de los de abajo. Fueron ellos los que lo llevaron a la presidencia. Por eso el Pepe tiene un gran compromiso con la gente humilde. Y tenemos que ayudarlo a que lo cumpla. Porque no lo está cumpliendo.

Marenales no ha querido ocupar cargos en el gobierno. Hay quienes dicen que esta negativa responde a que está clínicamente loco -un oportuno sinónimo de “inadaptado”- pero quizás exista otra forma de verlo: para que haya un Mujica dirigiendo el país, debe haber un Marenales diciéndole al oído: no olvides.

(…)

Cada vez más presos comunes empezaron a ver en los tupamaros un grupo admirable, y algunos ladrones sumaron su conocimiento a la causa: enseñaron, por caso, a hacer un boquete en la pared en apenas un minuto, trabajando ya no sobre los ladrillos sino sobre la mezcla que los une. Gracias a eso, todos los muros del penal –e incluso algunos techos- tenían su agujero y todas las celdas estaban secretamente conectadas entre sí. Esa ingeniería permitió la histórica huída del 6 de septiembre de 1971.

—Queríamos armar un plan de fuga que no sólo significara volver a la libertad, sino que fuera un duro golpe para el gobierno –dijo Marenales-. Queríamos abochornarlos.

El 13 de agosto de 1971, a las siete de la mañana, tras el primer control de presos en las celdas, los internos empezaron a cavar debajo de una cama. Metían la tierra en bolsas confeccionadas previamente con las sábanas del penal, y esas bolsas iban debajo de la cucheta. Cuando esa superficie se llenaba, se abría el boquete que conectaba las celdas y se pasaba las nuevas bolsas a la cama del cuarto de al lado. Así, en absoluto silencio, dos pisos del penal se saturaron de escombros. La requisa de pisos sucedía cada 23 días, y es por eso que los tupamaros tenían poco más de tres semanas para hacer 40 metros de túnel.

José López Mercao, celda contigua a la de Mujica, luego recordará esta anécdota:

—Una vez el Pepe agarra y dice: “¡Rápido! Tapen todo que el penado de arriba que es terrible ortiva está golpeando y dice que hay ruido acá abajo, ¡tapen que se nos cae todo!!!”. Nos pusimos locos. Metimos escombros, encajamos yeso, lo pintamos arriba, le pusimos secante y después nos quedamos esperando; nunca en mi vida hice algo tan rápido. Y cuando terminamos ese viejo hijo de puta nos dijo: “No, era pa’ver qué tiempo llevaba tapar todo nomás”.

Luego de trabajar más de quinientas horas sin parar –y de atrasarse un día-, en la noche del 6 de septiembre de 1971, 111 hombres (106 guerrilleros y 5 presos comunes) se dieron a la fuga en un operativo que ellos mismos denominaron “el abuso”.

—El abuso –dirá López Mercao- porque lo que hicimos fue un abuso.

Los uruguayos tienen ese humor.

(…)

Huidobro compartió cuartel con Mauricio Rosencof y Mujica. Apenas podían comunicarse, pero a lo largo de los años lograron ponerse de acuerdo en un punto: no había que enloquecer.

Rosencof empezó a escribir mentalmente: eran poemas de versos cortos, a veces de una única palabra, para que fueran más fáciles de memorizar.

Yo
no
estoy
loco,
digo.
¿Por qué
me miras?
Yo
no
estoy
loco,
digo.
Ronda
el cuervo,
dice.
Miro
su nido.

Cosas así escribía Rosencof, quien consiguió entablar largos diálogos con su calzado y al salir del penal publicó su bello, inolvidable libro de poemas Conversaciones con la alpargata. Huidobro, por su parte, pasó años enteros imaginando que corría por la playa y meaba en cualquier lado. Y Mujica se hizo amigo de nueve ranas y comprobó que las hormigas, si se las oye de cerca, se comunican a gritos.

En Mujica, la completa biografía escrita por Miguel Ángel Campodónico, Mujica sintetiza de este modo su paso por los cuarteles:

—Yo no soy afecto a hablar de la tortura y de lo mal que lo pasé. Incluso, me da un poco de bronca porque he visto que a veces ha habido una especie de carrera medida con un torturómetro. Gente que se complace en repetir “ah, qué mal la pasé”. Y lo que yo digo es que la pasé mal por falta de velocidad, por eso me agarraron. En definitiva, la vida biológica está llena de trampas tan inconmensurables, tan trágicas, tan dolorosas, que lo que me pasó a mí fue una pavada.

(…)

Mujica participó del gobierno de Tabaré Vázquez como ministro de Ganadería, Agricultura y Pesca, y emergió airoso de ese cargo. Tanto que en el 2009 ganó por paliza las internas del Frente Amplio para ser candidato presidencial, y encaró las elecciones nacionales con propuestas impensables para cualquier candidato del siglo XXI.

Mujica propuso discutir la propiedad privada de las grandes extensiones de tierra, levantar el secreto bancario, “importar” campesinos de Perú, Bolivia, Paraguay y Ecuador para que trabajen las zonas rurales “porque los montevideanos pobres acá no lo hacen” y resolver el tema de la drogadicción “agarrando a los adictos del forro del culo y metiéndolos p’adentro de una chacra”.

Propuso, en fin, tomar el toro por las astas. Lo que traía dudas operativas -¿cómo se haría?- y dilemas coyunturales. Conforme Mujica empezó a hablar, se entendió que el mayor contrincante no estaba en otro partido, ni siquiera en otro cuerpo: el mayor peligro de Mujica era, en parte, su mayor capital político: su desusada franqueza. La honestidad de Mujica llegó a su punto cúlmine en octubre -a días del ballotage que definiría la presidencia a favor suyo o del liberal Luis Alberto Lacalle- cuando salió a la venta el libro Pepe Coloquios: una extensa entrevista donde Mujica –sólo por dar un puñado de ejemplos- dice que la Argentina “no es un país de cuarta, no es una república bananera”, pero tiene “reacciones de histérico, de loco, de paranoico”; que “en Argentina tenés que ir a hablar con los delincuentes peronistas, que son los reyes”; que “los porteños tienen la manía de venir a bañarse acá y les gusta, porque es un paisito parecido al de ellos, pero más suave, más decente”; y que “los radicales son tipos muy buenos, pero son unos nabos”.

Es decir: Mujica no dijo nada que nadie piense. Pero el mundo de la política impone sus cortesías y así fue que Mujica relativizó la mayor parte de sus dichos, salió a pedir disculpas de inmediato, bajó drásticamente sus encuentros con la prensa –una medida que aún se mantiene- y logró ganar el ballotage con un 52,53% de los votos.

—Este mundo es puro maquillaje: que esto no se puede decir, aquello tampoco… ¡La libertad está hipotecada! Una de las ventajas que tiene ser viejo es decir lo que uno piensa. Pero eso parece armar un revuelo de la puta madre que lo parió.

Eso dijo Mujica días antes de la primera vuelta electoral, en una entrevista con la revista mexicana Gatopardo, cuando ya se estaba hablando del desastre del Pepe Coloquios.

Serán, entonces, las ventajas de ser viejo.

El próximo 20 de mayo, Mujica cumplirá 76 años.

(…)

Renguea. Caminando por el pasillo del Palacio Legislativo, Lucía Topolansky, sesenta y seis años, la senadora más votada del Parlamento, tercera en la línea de sucesión a la Presidencia, tupamara, compañera –ella no dice “esposa”, no dice “mujer”, dice “compañera”- de José Mujica, avanza con un moderado desacomodo en la cadera. El Parlamento está desierto; es febrero. Los pasos resuenan de otro modo.

Todo el mundo dice que esta mujer es dura. En tiempos de militancia clandestina la apodaban “la tronca” por lo macizo de su cuerpo, y probablemente no sólo del cuerpo.

Entre los años 1970 y 1985, Topolansky estuvo presa casi todo el tiempo. Cree que ese encierro fue necesario.

—El pueblo apreció mucho que los dirigentes del MLN no se exilaran, se quedaran en Uruguay jugando la suerte de su pueblo. Toda nuestra dirigencia estuvo presa y eso a la gente le cayó bien. Esos hechos generaron prestigio. Puede parecer muy sujetivo, pero son esas razones del alma que quedan grabadas en la gente.

Topolansky es hija de una familia de clase media acomodada del barrio Pocitos y estudió en el Sacre Coeur, una escuela de monjas que se hizo conocida –entre otras cosas- por su insigne caligrafía conocida como “letra Sacre Coeur”. De ahí que no quede claro por qué dice “sujetivo”. Ni por qué más adelante dirá “produto” o “adatarse”. Hay quienes dicen que podría tratarse de una pose, pero esa hipótesis anula –o deja en un segundo plano- la posibilidad de la culpa.

Lo cierto es que Topolansky -pantalón color crema, camisa de gasa blanca- dice “sujetivo” y después, a diferencia de cualquier sindicalista argentino, se aguanta vivir del modo en el que habla. Y eso sucede desde hace mucho.

Y eso, quizás, deba ser suficiente.

(…)

En el año 2005, Topolansky y Mujica se casaron en la cocina de su chacra. Los testigos fueron los vecinos –unos que viven en el mismo terreno, y otros que tienen un quincho en la esquina- y el evento duró poco más de una hora. Esa misma noche, el 8 de octubre, Pepe fue a un acto del MPP y mostró la libreta.

—Sí. Un día a Pepe se le ocurrió casarse y nos casamos.
—¿Pero te gustó la idea?
—Ehh… psé… en realidad en concreto no me varió en nada, ¿no? Yo siempre fui medio anarquista desde chica, veía cómo mis tías y mis primas se complicaban la vida para casarse, así que siempre tomé opciones de andar media libre. Sin ninguna atadura. Y bueno, yo no tuve ataduras de ningún tipo.
Silencio.
—No sé qué habría pasado si hubiera tenido un hijo en esa época. Pero no tuvimos.

Ni en esa época ni en ninguna otra.

Mujica y Topolansky no han tenido hijos.

Les duele.

(…)

Este es el quincho de la esquina. Acá celebró José Mujica cuando ganó las elecciones. Acá reunió a su gabinete de ministros. Acá trajo al venezolano Hugo Chávez cuando quiso agasajarlo, en el año 2007. Y acá, en tiempos preelectorales, montó su despacho. El lugar se llama “El quincho de Varela”, queda a cien metros de la chacra de Mujica y consiste en una construcción rectangular, con techo de paja y paredes de ladrillo, ubicada frente a un campo recién arado.

El lugar pertenece a Sergio El Gordo Varela, también apodado “el mugriento”: un comerciante mayorista de alimentos que no da declaraciones a la prensa y que durante la campaña se encargó de comunicarse con distintas empresas del Centro de Almaceneros para pedirles fondos que financiaran el acto de cambio de mando.

El interior del quincho de Varela luce así: hay un piso de layota desgastado, un techo del que cuelgan dos banderas –una del Frente Amplio, otra del Uruguay-; varias imágenes del Che, Neruda, Allende y Chávez, mesas hechas con tablones donde alguien pintó “Pepe presidente”, un puñado de perros astrosos, y juguetes de niño tirados por el suelo.

Una mujer gruesa y de ropas desteñidas se acerca, espanta los perros, se limpia el sudor de la frente y dice:

—Bueno, esto se arregla un poquito más cuando vienen ellos.

(…)

Los funcionarios del gobierno que pertenecen al Movimiento de Participación Popular (MPP) tienen tope salarial. Lo máximo que pueden ganar son 37 mil pesos (1900 dólares), y eso significa que la mayoría –entre ellos Huidobro, Mujica, Topolansky y el ministro Eduardo Bonomi- cobra en mano apenas el 35 por ciento de su sueldo. Los excedentes van al Fondo Raul Sendic (donde se otorgan microcréditos a proyectos –en su mayoría cooperativos-, sin tasas de interés, sin papeles firmados y sin la exigencia de pertenecer al Movimiento) y a un Fondo Solidario con el que se auxilia a los militantes del MPP que estén pasando por una urgencia económica.

En su despacho, Eduardo Bonomi, ministro del Interior, considerado la mano derecha de Mujica en el gobierno, explica el tope salarial de esta manera:

—Es muy fácil dar lo que te sobra. La cuestión es dar lo que no te sobra.
—¿Pero nunca te da ganas de comprarte un plasma?

Bonomi se masajea el labio inferior.

—Eh… Yo vivo en una cooperativa de viviendas. A esta altura terminamos de pagar la cuota entonces sólo pagamos los gastos comunes. Tenemos un auto del 94… A ver: la austeridad de Pepe es única, pero que Pepe haya llegado no es casual.
—¿Nada cambió en Mujica?
—Operativamente Pepe tiene más responsabilidad. Pero es la misma persona. Sigue levantándose y haciéndose el mate y escuchando los pajaritos. Pero casi todos somos así. Yo me levanto a las 6, escucho las noticias…
—¿Pero no hay ninguna pose por parte de Mujica?
—No, es así. Es así. Él es así. Qué pose. La vida del Pepe es muy sencilla y pasa por la tierra. Cuando uno sale de licencia y se va al monte o a la playa, Pepe se va a trabajar la tierra. Y los domingos, mientras todos descansamos, él madruga para trabajar la tierra. Si no hace eso, no descansa. La tierra es el lugar donde Pepe ordena sus ideas. Cada cual es como es.”

El artículo, titulado “Mujica, el presidente imposible”, se lee completo con un click acá.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: