Relatos al pie del 2001

La Comuna de Buenos Aires, por María Moreno, presenta testimonios y análisis realizados en medio y al calor del estallido que puso a la ciudad capital de Argentina al borde de esa serie de revueltas que cada tanto parecen seguir el rastro de la Comuna de París. De la “multitud crítica” a los votantes de Macri hay un largo camino -o corto, si se piensa en décadas- pero algunas voces alertaban, reflexionaban y analizaban así los acontecimientos hace diez años:

Alejandro Kaufman: Yo pienso que hay que diferenciar entre un movimiento de oprimidos y un movimiento de damnificados. El del cacerolazo es un movimiento de damnificados que están reclamando que se haga lo que se les prometió. Y lo que se les prometió era un cierto bienestar económico en base al sacrificio de una parte de la población pero ese bienestar no se garantizó porque, llegado el momento, los más poderosos se quedaron con todo. Entonces, en este movimiento uno puede encontrar heterogeneidades, anomalías, diversidades, pero se trata de un movimiento que cree en la normatividad, cree en la propiedad… El movimiento antiglobalizador, como otros movimientos europeos y norteamericanos de los setenta o los ochenta, ha venido cuestionando el consumismo y la forma de existencia capitalista. El cacerolazo es todo lo contrario: un grupo que protesta porque no se les proporcionó la garantía de que iba a continuar esta forma de consumismo.

Nicolás Casullo: Reivindico una lectura política, concreta, abierta, dialéctica, a discutir, de las asambleas y de los cacerolazos, entre otros elementos importantes que hacen a nuestra realidad -no solamente de la práctica de estas quince mil o veinte mil personas- e inscripta en un momento absolutamente agónico del país… El país no vive una crisis sino un colapso. Esto resignifica todos los análisis. Entre otras cosas, hay que ver hasta qué punto la década de los noventa impuso como nunca una sociedad massmediática capaz de dominar nuestra capacidad de entender el mundo…La verdad massmediática es la que irónicamente no tendría “mediación”: los cacerolazos son los que hablan directamente la historia. Hace poco vi cómo una bella mujer gritando por sus dólares en la city increpaba a un movilero de Todo Noticias y le refregaba en la cara, en vivo y en directo, la historia de Clarín, Canal 13, Radio Mitre, Torneos y Competencias. Acusó con nombre y apellido y porcentajes a los dueños de esos medios, a la licuación de sus deudas, gritando “todos ustedes son una mierda pero ahora te me quedás aquí con el micrófono hasta que termine de decir lo que quiero”. Y el pobre chico se quedó temblando y agarrado al micrófono. Salió todo al aire: él veía a su madre en aquella hermosa doña (no hay peor cosa que ver espectralmente a la propia madre para perder el empleo) y se comió todo el speech. Quizás frente a un policía hubiese sido más rebelde, pero no frente a ese tipo de porteña cuarentona y linda. Durante veinte años de democracia ningún intelectual se animó a criticar a Clarín por miedo a que no le comenten una hipotética obra, y esta Santa Juana de los Dólares produjo lo increíble, lo inesperado, lo impensable. Lo que pasa es que ella es de la misma “clase” que la viuda de Noble, una Santa Juana de los countries que si la agarra la mata. También Clarín anda hoy con la fama por el suelo.

Blas de Santos: En una asamblea se votó “no paguemos más impuestos” y fue una de las cosas más aplaudidas. La proposición siguiente fue “que los hospitales provean de todos los medicamentos que la gente necesita” y se votó también por unanimidad. A nadie se le ocurrió -porque hubiera sido aguar la fiesta del renacimiento- decir: “Entonces ustedes están diciendo que lo que habría que hacer es terminar con la propiedad privada de los medios de producción, expropiar a los ricos, colectivizar los depósitos y los ahorros para redistribuirlos”. La palabra tiene muchas funciones, de comunicación, de repetición de lo que ya se sabe, pero también las tiene de realización. A mí me parece que se pretende pasar muy rápidamente de la palabra como descarga a la palabra como acto. Como si lo que se dice produjera. Y este es un vicio no sólo de las asambleas, sino también de los militantes. Los militantes, en la medida en que ven inscriptas sus consignas, que consiguen que se digan, que se voten, ya piensan que se avanzó en el plano de la conciencia. Ahora, la distancia que hay entre el plano de lo que se piensa y el plano de lo que se transforma, me parece que es infinita.. Hay un discurso que me parece más interesante y potencialmente con más perspectivas. En Almagro -que es un barrio de clase media empobrecida y donde las expensas son muy altas- se creó una comisión para controlar los costos de las expensas quitándole el poder a los administradores. Se socializarían. Y al mismo tiempo se crearía una bolsa de trabajo desde la cual los mismos vecinos se encargarían de proveer plomeros, carpinteros, electricistas , gente de diversos oficios. Entonces brindarían la posibilidad de que, administrando ellos las tareas de los consorcios, den trabajo a la gente.

Martha Ferro: El día 19 yo estaba en un corte de ruta en Villafañe y Almirante Brown. Diría más bien que era la cumbre de los cortes. Las cacerolas empezaron a sonar en los conventillos de San Telmo. Ta, ta, ta, ta… Nosotros dijimos “¡Uy! ¡San Telmo está tocando las cacerolas!”. Después me encontré con una amiga mía de Lanús que me dijo que cuando empezaron las cacerolas, la gente del barrio se dirigió hacia la avenida para marchar hasta la intendencia a putear a Quindimil. Fue como un imán. En La Boca, cuando se anunció lo del estado de sitio, uno de los que dirige a los pibes del barrio se asustó. Entonces yo dije “Vamos a la plaza con toda la gente”, y él dijo “No, no, no, porque hay estado de sitio”. “Estado de sitio las pelotas”, dijimos nosotros. Pero igual el tipo desarmó el corte donde había como dos mil personas. Nos fuimos, pero a la mañana yo ya me vine para la plaza. A eso de las nueve y media vine con algunos pibes del barrio, que son pibes medio artistunes, sin laburo, pero que tienen un odio tremendo a la cana porque siempre los llevan por el pelo largo o porque son morochos. Y fue maravilloso. No paraban de venir. Y a mí me encantó porque ahí me acordé de Trotski. Yo estuve por la zona de Diagonal Sur, y me encontré con un pibe de Crónica que contó: “Mataron a un chico ahí en Chacabuco”. Mientras iban avanzando las horas, en el sector donde yo estuve hubo palazos, detenciones, tiradas de pelo. Alguno trajo canicas para tirar a los caballos. Pero los caballos no se caían, nos caíamos nosotros…. Además yo venía con una mochila cargada con piedras que me fui juntando, porque la gente ya había empezado a romper vidrios. Y donde junté más piedras fue frente al municipio, que está en obra. También llevaba un kilo de limones, para los gases. Y rompí la boca de agua, para que la gente pudiera beber. Había ido para pelea como cuando peleábamos con Onganía subidos al techo de la Facultad de Filosofía, tirando piedras. Pero el día 20 me di cuenta de que tenía cincuenta y nueve años, porque como una boluda iba adelante y me caía. Entonces me cagaban a palazos y uno de los pibes del barrio tenía que ir a buscarme para llevarme de nuevo para atrás. Hasta que me dijo “Che, Martha, quedate acá porque por buscarte a vos, nos van a cagar a todos nosotros”. Ahí es cuando dije “chau”.

Moreno: ¿Quedó lastimada?

—Sí. Yo tengo pie plano, y estas caídas me jodieron. Días después terminé en Longchamps con un japonés para que me agarrara a golpes, porque tenía los huesos para todos los wines. Lástima que no tuve tiempo de hacerme una hondera, con una horqueta de árbol o con alambre grueso, dos pedazos de goma y un pedazo de tela. Porque ahí tirás desde quince metros y la piedra llega. Se usa en todos los movimientos populares. Hasta en la Intifada. Volvemos a la época de los cazadores.

Mabel Bellucci: Está el espacio de los cacerolazos, el de las asambleas, el de los escraches y el de la Asamblea Interbarrial. En el plano de las cacerolas -lo más performático, lo más mediático- existe la vuelta a la plaza donde confluyen una diversidad de sujetos con necesidades puntuales todavía sin resolución, como los ahorristas, los desocupados, los piqueteros y los asambleístas. Después están las asambleas en sí mismas -se pueden llamar asambleas populares, barriales o asambleas a secas- y que se fueron dando de manera espontánea y con una relevancia determinada por el espacio y por la territorialidad. Y ésas -en esto soy totalmente situacionista- presentan sus singularidades de acuerdo al lugar concreto donde está su territorio. No es lo mismo la asamblea de San Cristóbal que la de Rodríguez Peña, por composición de clases y por abordajes específicos en sus demandas. Por ejemplo, la asamblea de Villa Crespo, ubicada en Humboldt y Córdoba, tiene una comisión muy importante sobre ecología. ¿Por qué? Porque es una zona inundable… Por eso me parece que seguir sosteniendo, como se sostiene, que el tema central es el del corralito, es casi ofensivo. Este fenómeno posiblemente partió del corralito, pero a partir de allí hay toda una dinámica social muy rica por fuera de las instituciones y del Estado.

Una respuesta to “Relatos al pie del 2001”

  1. ¿Se acuerdan cuando la mitad de los porteños era “multitud crítica”? « Paseo esquizo Says:

    […] de la idea de catástrofe, más cerca estás de resolver el peligro”. Pero ¿es seguro que la “Santa Juana de los Dólares” que Casullo ve increpar al grupo Clarin ante un movilero aterrado verá hoy 678?  Cuando salgo a hacer La Comuna es porque, aburrida de […]

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