El triste y solitario final de De la Rúa

“–Presidente, todavía tenemos el helicóptero –dijo Leonardo Aiello cuando Fernando de la Rúa le preguntó cómo iban a hacer para llegar a Olivos. Eran las siete de la tarde. La renuncia estaba lista, en la Plaza de Mayo continuaba la represión. En su despacho del primer piso, De la Rúa saludaba a los pocos colaboradores que se habían quedado hasta último momento.
No quiso hacer un discurso y prefirió despedirse uno por uno. Saludó a los granaderos, se sacó fotos con algunos asesores que le pedían una instantánea en su último día en el poder. Dos testigos de la escena dijeron a Página/12 que estaba colorado y exhausto. Uno de ellos aseguró que había llorado. Era la conclusión de una gestión que lo encontró, aun en sus últimos momentos, igualito a sí mismo: encerrado en los consejos de un puñado de familiares y amigos, desconfiado, aislado de la realidad. –¿Ya sacaste todo del baño?, ¿te fijaste que no quedara nada? –le preguntó a Ana, su secretaria de siempre, un De la Rúa obsesivo hasta el final. Después, subió al helicóptero y partió hacia Olivos”, cuentan José Natanson y Felipe Yapur en una crónica titulada Triste, solitario y final, publicada el 21 de diciembre de 2001 en Página 12. Para ejercitar la memoria, se puede leer completa la crónica por acá.

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