Pinchame que me gusta

“No fue una infancia feliz. El maestro José Luis Padilla lo dice acomodado en su poltrona del piso superior, en la Casa del Vuelo, en Caballito. Lo dice en ese tono madrileño que le sale como si lo hubiera ensayado, como le salió durante tres días ante los 370 acupunturistas que lo vinieron a ver de lejanas ciudades, de países cercanos, para aprender sobre cómo las agujas pueden sanar, sobre cómo el dolor puede volar y desaparecer. Lo dice y cuenta como un cuento esa vida eterna que parece haber tenido, como si este hombre barbado fuera de otro tiempo, de un tiempo milenario, antiguo como la medicina que profesa y dice en chino mandarín”, cuenta Cristian Alarcón en su columna en la revista Debate. Se lee completa por acá.

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