Pintate un Warhol

“No era una escena muy feliz. Iluminados por los faroles de la avenida,  detrás de Warhol había cuatro o cinco japoneses, todos con cámaras y de corbata, haciendo unas muecas de horror. Estaban inclinados abruptamente hacia atrás, con un gesto entre la sorpresa y el miedo porque un forajido se estaba lanzando contra ellos.  Era un hombre espantoso y enorme, desgreñado y barbudo como un Rasputín, vestido en trapos, el típico homeless enloquecido que dormía sobre las veredas, que nunca se bañaba y que llevaba encima capas de todos los tipos de ropa, fuera verano o invierno. Ese hombre se lanzaba hacia Warhol, y éste, como si fuese un dibujo animado —con su delgadez y finura, su albinismo androide y pelo platino— se tiraba hacia atrás boquiabierto. Los japoneses también. El efecto visual los presentaba como haciendo una ola en miniatura, pero hacia atrás, y en un cuadro con una escena congelada. Esta vez Warhol no era el pintor, era el retratado, y eso mismo, curiosamente, le daba un aspecto de kitsch icónico.” Jon Lee Anderson escribe en la revista Etiqueta Negra, sobre una anécdota neoyorquina. Se lee por acá.

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