Encanado en Lurigancho

“Visité Lurigancho por primera vez con la esperanza de enseñar una clase de escritura creativa, y recorrí toda la prisión en un intento casi fallido de reclutar alumnos. En ese entonces, Lurigancho albergaba a casi un cuarto de los presos del Perú y la aglomeración había alcanzado un punto de crisis. La prisión, construida para alrededor de dos mil hombres en un área del tamaño del Maracaná, se había convertido en el hogar de más de once mil. Se vendían navajas abiertamente, así como pipas para crack, ingeniosas fabricaciones hechas con fragmentos torcidos de metal. Hombres delgados y con el torso desnudo se desplomaban contra las paredes, cubiertos de cicatrices, con la mirada baja y ausente de los drogadictos. La tuberculosis se multiplicaba. En Lurigancho no se recolecta la mayor parte de la basura —unas treinta toneladas por semana—, y los presos más pobres se alimentan hurgando por estos desechos en busca de cualquier cosa comestible. Una bufanda gris colgaba de una vieja antena de radio, la bandera no oficial de la prisión. Era el recuerdo de un preso drogadicto que había escapado de la clínica psiquiátrica, se había subido a la antena y se había ahorcado.” Gran crónica del peruano Daniel Alarcón sobre el penal de Lurigancho. Se lee en la revista Etiqueta Negra por acá.

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