El menú Lilith

“¿Para que sirve ser librero si después el libro más vendido es Cincuenta sombras de Grey? Cuánto mejor, cuánto más barato es poner un empleado del mes de Mc Donald’s que no sepa si Carver va con be larga o ve corta y sospeche de que Kafka sea un autor kirchnerista. ‘Una librería no es un comercio cualquiera –nos interrumpe Néstor Andersen, Andy de ahora en más –, así como tampoco lo son las peluquerías, las conozco muy poco, je, o las disquerías, cada cual tiene su supuesto tesoro, su piedra filosofal. En este barrio tan afecto a la gastronomía, yo suelo hacer menúes literarios cuya ontología consiste en la indigestión. En realidad, los libros no tienen por qué ser digestivos. Si lees La parte maldita, de Bataille, no hay posibilidad de decir: me lo devoré . Un buen libro, como un buen vino, se demora, debe dejarte una cicatriz… Vos me preguntabas para qué sirve un librero: hay un proceso de transferencia entre librero y lector que implica poder vincular escritores como Faulkner y Carson McCullers, y después hay libros, muchísimos, para la monumental aglomeración no lectora de nuestro país. Pero así como el lector de best sellers no discrimina, mi trabajo es cada vez más importante. Yo soy el que tengo que contrapesar el trabajo del reseñista y la furia de las editoriales con la búsqueda de calidad. Ese es mi capital, es la manera en la que puedo lograr fidelidad’.” Un perfil de un librero porteño de culto, firmado por Hernán Firpo, en Clarín. Se lee por acá.

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