Yo nado

“Empieza y termina con  los pies en el barro. Las patas hundidas en el légamo blando del Paraná. Entre un barro y otro hay treinta y cuatro kilómetros de río y una voluntad, entre demente y lúdica, de recorrerlos a nado. Somos solamente seis los anotados y aunque nos creemos los más bravos del mundo tenemos que esperar, mansos, pacientes, obedientes, el paso de los diecinueve nadadores
que, este mismo día, en este mismo río, nadan cincuenta y cinco kilómetros. Hace dos horas los vimos partir y ahora, calculamos, deben estar llegando al kilómetro treinta y cuatro, El Chapetón: una lengua apenas de arena en la costa entrerriana de donde parte la travesía. La silueta difusa del puntero de esa prueba es nuestra señal de largada. Son casi las dos de la tarde, hace calor y el agua del río se arremolina tibia en los tobillos. El sol del siete de diciembre nos pega fuerte sobre las espaldas impresas con el número de competidor en las escápulas. Me toca en suerte el cinco: veo cómo un señor mayor, diestro con el pincel, me lo dibuja en mis hombros untuosos de protector solar  y vaselina en las axilas, las ingles, para no irritarme la piel con la mecánica monótona de horas rozando.” Así arranca la crónica firmada por Ariel Idez, sobre sus aventuras nadando en el Paraná, que se lee completa por acá.

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