Baigorria se confiesa

A propósito del lanzamiento del libro Cerdos & Porteños (1984-1987) de Osvaldo Baigorria, Blog Crónico reproduce una vieja entrevista al autor, realizada por Nicolás G. Recoaro en el año 2006, para la web Mil Caracteres. La presentación del nuevo libro de Baigorria será el próximo miércoles 28 de mayo, en la sede de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA en Constitución.

Confesiones de un infiel

En un alto en el trabajo en sus dos próximos libros: “El amor libre. Eros y anarquía” y “Un barroco de trinchera”, el escritor e investigador Osvaldo Baigorria recibió a Mil Caracteres en su estudio de Palermo. El autor de “Correrías de un infiel” explica cómo nació su vocación como escritor, recuerda sus travesías por América y reflexiona sobre la contracultura y las nociones de identidad y fuga que atraviesan su obra.

Por: Nicolás G. Recoaro

Hay un sobre de papel madera en el escritorio. Baigorria saca varias fotos de su interior. Explica que si tiene que hablar de sus viajes, de “sus fugas” y derivas, es mejor que lo haga con las imágenes a flor de piel. Baigorria dedica varios segundos a observar cada una de las imágenes. Las fotos muestran nevadas de metro y medio y bosques de vida comunitaria; exploraciones y caminatas alucinógenas por los territorios americanos.

Hoy, el Baigorria escritor que alguna vez decidió dejar su trabajo como periodista contracultural para salir al camino y vivir en carne propia la vida errante, va a trazar un mapa que una sus recuerdos nómades y su presente como narrador.

Corrían los primeros años de la década del setenta en Buenos Aires y el joven Baigorria formaba parte de la recién nacida contracultura argentina. Eran años de estudios sexuales y lecturas beatificantes, tiempos en que los manifiestos paridos un par de décadas atrás por la beat generation se hacían cuerpo en una nueva camada de exploradores. Baigorria fue uno de ellos, uno de los que experimento la fuga, el corte y el rechazo a la vida sedentaria, y ese movimiento trajo otros Baigorrias: el poeta, el escritor, el investigador, el hombre que busca nuevos territorios que descubrir, nuevos mundos que vivir.

-¿Cómo fueron aquellos años en los que tomó contacto con la primera ola de  contracultura argentina?

-A principios de los años setenta, mi formación intelectual se hizo a través de una suerte de  profesorado de café, en donde conocí a una serie de personas que tomé como referentes para leer ciertos autores y temáticas. Uno de esas personas fue Néstor Perlongher, quien junto a otros estudiantes, militantes y poetas cofundó el grupo de estudios Política Sexual, en el que pude acceder a diferentes lecturas de Marcuse, Freud, Marx, Wilhelm Reich. Con el grupo de estudios, además, realizábamos otras actividades e intervenciones, como volanteadas y pintadas.

Por otro lado, en aquellos años conocí a Miguel Grinberg, quien me acercó a la contracultura y a la literatura beatnik. Él me llevó a la revista 2001, donde conocí a la poeta Tamara Kamenszain y pude hacer mis primeras experiencias en el periodismo cultural. Escribía sobre William Blake, Arthur Rimbaud, los nuevos movimientos feministas, la revolución sexual y otros temas que me interesaban. Recuerdo que el poeta correntino Martín Alvarenga me incitó a las primeras lecturas de Kerouac, al prestarme sus libros: Los vagabundos del Dharma, Los subterráneos y En el camino, además de asesorarme en mi aprendizaje para la  confección de artesanías en cuero y metal, que me sirvió para irme de viaje.

-¿Cuándo decidió dejar Buenos Aires?

-A principios de 1974, cuando la situación en Argentina empezaba a ser bastante represiva decidí salir a la ruta. Tomé la ruta 9, que se convierte en la Panamericana y recorrí todo el continente. Viajábamos haciendo dedo, en trenes y en buses. Llegaba a alguna ciudad de Latinoamérica y paraba por un tiempo, vendía mis artesanías y luego volvía a partir, hacia el norte. El objetivo era llegar a San Francisco, en la costa oeste norteamericana.

Y luego de un largo periplo de casi dos años, habiendo cruzado el Altiplano, el mar caribe y los extensos territorios mexicanos; curtido por sus experiencias “on the road”, Baigorria llega a la meca contracultural norteamericana, el barrio Haight Ashbury, en pleno corazón de San Francisco. El barrio no era el mismo del de la revolución hippie de fines de los sesenta,  pero la efervescencia del amor libre, los alucinógenos y la contracultura flotaba todavía en el aire de Frisco.

-A diferencia de la diáspora argentina, que abandonó el país por la violencia de Estado, creo que su salida a la ruta tuvo más que ver con una cuestión personal. ¿Cómo vivió aquella experiencia en el exterior?

-Dentro de la diáspora argentina en los Estados Unidos, la mayoría pasaba su tiempo lamentándose sobre todo aquello que habían perdido al irse del país; o trabajaban para ahorrar plata para volver. En tanto que para mí, la experiencia de la fuga iba hacia otro tipo de registro. Me planteaba, en todo caso, qué estaba ganando. Si bien la fuga había sido provocada, de alguna manera, por una situación política que empeoraba día a día en la Argentina – a mediados del 75 y con el golpe del 76 ya no había margen para regresar-, por otro lado, la fuga guardaba una positividad en si misma.

-¿Podría explicarlo?

-Eso es algo que aprendí de Néstor  Perlongher, a ver no solo la carencia o la falta en los fenómenos de fuga o de marginalización, ví que podía abordarlos desde la propia positividad que tiene la errancia. Es decir: aquello que te lleva a salir de las normas o de lo instituido, no sólo te hace perder, sino también ganar. Y esto no debe ser entendido como un mero pensamiento positivo, en todo caso, es ver lo inmanente dentro de algo que está condenado desde la normativa social. Yo ganaba al vivir en el barrio Haight Ashbury, al experimentar, conocer y tomar contacto con gente de diversas culturas. Yo ganaba cuando iba a esas fiestas en la que podía entrar cualquiera que tocara el timbre; fiestas abiertas en las que uno llegaba y podía pasar de habitación en habitación; fiestas donde te podías encontrar a un grupo de negros tocando free jazz en una pieza, en otra se bailaba al ritmo de “Simpatía por el demonio” de los Rolling Stones; en otra se fumaba o se tomaba ácido; y en otra se cogía libremente. Iba con mi pareja y terminábamos en algún tipo de intercambio en el que, al final de la noche, salíamos cada uno por su lado con alguien a quien habíamos conocido en la fiesta. Y al otro día nos reencontrábamos. Al vivir esas experiencias, creo que estaba ganando y aprendiendo cosas que seguramente terminé procesando con el tiempo; pero puedo decir, con seguridad, que la estaba pasando bien.

-Antes hablaba de sus lecturas y nombró a los beatniks, ese grupo de escritores que marcó a fuego a varias generaciones de escritores viajeros. En su ensayo “El último lector”, Ricardo Piglia explica que aquella camada de escritores intentó vivir el manifiesto de una nueva vanguardia, se trataba de unir el arte y la vida, escribir lo que vivían en sus experiencias en el camino. En su caso, ¿cómo convivían sus experiencias en la ruta y su vocación literaria?

-Escribía poco en esos años en los que viajaba por América, fundamentalmente porque muchas de las ideas y experiencias que me movían hacia adelante iban a contramano de la cuestión formal del acto de ponerme a escribir. En aquellos años, pensaba que debía poseer sólo  aquello que era capaz de llevar sobre mis espaldas, en la mochila. Sentía que los libros y la máquina de escribir podían hacerme perder la capacidad de movimiento.

En ese momento sólo tenía algunos poemas escritos. Participé en lecturas públicas en Quito, Ecuador, y en San Francisco, en cafés de micrófono abierto. Pero al mismo tiempo iba perdiendo casi todos mis contactos con medios de la Argentina. Había escrito algunas notas sobre los fenómenos de marginalización de San Francisco que fueron publicados en las revistas Pelo y Algún día. Recuerdo que entrevisté a Margo St. James, la fundadora de Coyote, la primera unión de prostitutas de San Francisco. Coyote tenía un discurso muy combativo, radicalizado, no se limitaba a la lucha por los derechos de las trabajadoras del sexo. No decían: queremos un lugar para trabajar y vivir sin que la policía nos persiga; decían que todos somos prostitutas y que esa toma de conciencia podía transformar la sociedad.

En San Francisco Baigorria trabajó como artesano, repartiendo periódicos y cuidando a personas de edad. Respondiendo a un aviso publicado por unos franceses que iban a crear una comuna rural en la Columbia Británica, en Canadá, Baigorria decide partir y vivir su experiencia comunitaria.

-¿Como fueron esos años en Canadá?

-En Canadá viví en tres comunidades diferentes. Incluso viví en un tipi indígena. Pero la mayor parte del tiempo la pasé en una cabaña de troncos dentro de una comuna en la localidad de Argenta. Pasé casi ocho años viviendo en forma comunitaria. En la comunidad vivían anarquistas, pacifistas, budistas, vegetarianos. No era una comuna sexual pero había algunos intercambios de parejas. La vida comunitaria implicaba cierta intensidad en las relaciones. Trabajaba sembrando la tierra, hacía básicamente una agricultura de subsistencia, pero también íbamos a sembrar árboles en cada temporada, llegué a viajar hasta regiones inhóspitas. Estuve sembrando cerca de Alaska. Lugares en los que casi no existía la noche durante el verano, por la cercanía con los polos. Y también trabajé como bombero forestal. Todo era como una mezcla de precariedad y buenos momentos. Convivía con muchas personas que venían de países y lenguas diferentes, pero que básicamente compartían la misma sensibilidad. Al revés de lo que pasa hoy con la xenofobia, el miedo al extranjero, aquella era una sensibilidad basada en la apertura hacia otras culturas.

 

-¿Cómo es la experiencia de vivir esa suerte de utopía comunitaria en relación con la naturaleza?

-El problema del colono es que va a buscar o construir su utopía, pero en los lugares a los que llega hay un ecosistema que tiene su propia regulación. Y a ese ecosistema uno lo perturba, de una manera u otra. Teníamos gallinas para alimentarnos básicamente de los huevos, y eso atraía animales salvajes, como halcones, martas, zorrinos, coyotes, y para protegerte y protegerlas había que matar. La experiencia de matar es muy fuerte, y una de las cosas que aprendí fue la de sentir gratitud por los animales que mataba. Si era posible, trataba de comer la carne del animal muerto. Y siempre agradecer la carne que uno come. Eso lo sigo haciendo hoy. En la vida de ciudad, uno compra para comer, para subsistir; en cambio, en la vida fuera de la ciudad a veces hay que matar para comer. Ahí uno aprende que la vida se alimenta de la vida, la vida se alimenta de la muerte. Al vivir le estamos provocando un daño a otros, y por eso aparece una actitud de agradecimiento hacia esos otros que nos permiten seguir vivos. ¿Por qué tendríamos el derecho de quitar la vida a otros para subsistir? ¿Por qué ellos y no yo? Empecé a tener una nueva percepción de las relaciones con el ecosistema. Eso que se puede llamar “conciencia ecologista o ambientalista”, me la dio la vida en ese lugar.

-¿Continuó escribiendo en Canadá?

-Por esos años empecé a escribir una novela, que tuvo títulos no muy felices: “Las nieves del tiempo”, “Los emigrados del asfalto”, en la que quería narrar la vida en esas zonas. Lo que ocurre es que ese lugar común, que dice “la felicidad no tiene historia”, guarda alguna verdad. Se me hizo muy difícil armar una historia sobre esa etapa. A la novela la reescribí mil veces y hasta hoy en día no me ha cerrado. Fue una etapa muy feliz de mi vida.  Por otro lado, en la comunidad publiqué ficción por primera vez, en una compilación con escritores de la zona. El nombre de la antología es Walking the Dead (“Paseando a los muertos”). Además, escribía en una revista llamada The Smallholder (El minifundista), formada por y para gente de origen urbano que se radicó en el monte, a principios de los sesenta. Se daban consejos de ayuda mutua, un concepto de origen anarquista, heredado del pensamiento de Proudhon y Kropotkin. Eran consejos para hacer las diversas tareas y actividades que requería la vida rural. Además, se publicaban notas ecologistas, poesía y otros tipos de literatura. Una experiencia muy artesanal, cortábamos y pegábamos las cartas con recomendaciones de los lectores, casi sin editar, y la revista se distribuía por suscripción a miles de personas.

-¿Cuándo decidió volver a la Argentina?

-Con el fin de la dictadura militar en la Argentina, y el retorno de la semi democracia electoral, traté de volver. Yo diría que estuve casi veinte años on the road, porque a mi vida sedentaria en la comunidad no la veía como una experiencia de quietud o inmovilidad. Todo formaba parte de la sensación de seguir en la ruta. Fueron años de idas y venidas en los que conocí a Enrique Symns y empecé a colaborar en medios gráficos muy diversos, como lo eran Cerdos & Peces, El Porteño, El Periodista, Canta Rock y Uno Mismo.

-La aparición de Uno Mismo estuvo fuertemente ligada a la llegada de la New Age a la Argentina.

-Lo destacable de la revista fue la recuperación de saberes tradicionales de Asia, Indoamérica y la Europa pagana. Claro que hoy en día se meten tantas cosas en la misma bolsa y se las rotula como New Age: los libros de autoayuda, las plantas de poder, el budismo. Podría pensarse que la New Age se basó en una especie de arqueología popular de saberes relegados durante la Ilustración y que fueron recuperados poco a poco. Pero como eso se produce en medio de la aparición de las formas más extremas del modelo neoliberal en los países capitalistas, es apropiado de inmediato.

-¿Sobre qué temas escribía en la revista?

-Creo que Juan Carlos Kreimer, el director de Uno Mismo, entendió que mis experiencias en Estados Unidos y en Canadá podían servir como aporte a la revista. Mis primeras notas en Uno Mismo estaban vinculadas a la cuestión medioambiental: contaminación de las aguas, calidad de las aguas minerales, el problema de los conservantes y colorantes en los envases. Hacía básicamente periodismo de investigación.

-¿Cómo fue la  época de Cerdos & Peces?

Cerdos & Peces era la zona maldita de la contracultura. ¿Como no ver que había una relación entre anarquismo, alucinógenos, nomadismo, Burroughs, Castaneda, amor libre y transgresión que termina fusionándose en Cerdos & Peces? En esa revista yo firmaba algunas notas con seudónimo: Domingo de Ramos, Mike Calypso (también utilizado por Symns) y otras con mi nombre. Escribía sobre temas diversos: el suicidio, las orgías, el verano del amor en San Francisco, la crítica a la escuela. Había un tono general en Cerdos & Peces que estaba marcado por el elogio de la transgresión, como una intención de escandalizar a la moral burguesa. Eran los años del Parakultural y de la marcha contra la visita del Papa, una marcha realizada en el 87 con Batato Barea a la cabeza. La revista hacía su cosecha de lectores dentro del clima de destape y efervescencia que vivían muchos grupos minoritarios, después de la salida de la dictadura militar. Hoy pienso que la transgresión por la transgresión en si misma termina siendo muy limitada. De todas maneras, hay que reconocer que puede ser divertida.

-¿Por esos años aparece su primera novela?

-Mi primera novela, Llévatela, amigo, por el bien de los tres, se publica en el año ´89. La novela narra las experiencias de una pareja que se sumerge en todos los juegos combinatorios de la multiplicidad sexual de los años setenta y su pasaje a los años duros y cínicos de la década del ochenta. Es una historia de amor que anticipa varios temas que aparecen en mis siguientes libros: la sexualidad, la identidad y el nomadismo.

-Y lo raro fue que la presentación de la novela fue en una discoteca.

-Presenté a la novela en una discoteca, Nave Jungla, de Sergio Ainseistein. Fue algo muy loco para ese momento: Sabuki, un actor under de esos años, leyó unos fragmentos del libro, mientras unas chicas los actuaban. Yo proyecté unas diapositivas con imágenes de una ex pareja mía atada con sogas y otras diapos de animales. Sergio ponía la música, gritaba desde su cabina de DJ y todos terminamos bailando después de la presentación, en medio de los números que habitualmente presentaba Nave Jungla, con sus enanos haciendo streap tease y sus performers con serpientes o escupiendo fuego por la boca.  Fue un gesto olvidado, creo que en parte por la marginalidad misma del autor. A veces pienso que soy como una especie de infiltrado al que se lo descubre enseguida, una persona que está siempre al margen, alejado del centro y que nunca hace los movimientos correctos. En el momento de hacer una intervención -publico el libro, lo llevo, lo leo en público- siempre me siento como una especie de extranjero.

-¿Hay elección en eso?

-Ahí me preguntaría mejor si hay destino. Es cierto que siento una fuerte inclinación a moverme por el afuera, por lo no céntrico, lo excéntrico. Una fascinación o una atracción. Pero no es algo que piense racionalmente. Por ahí si lo pienso un poco, me agarra una especie de remordimiento: yo debería estar haciendo otras cosas, estar careteando y tratando a otra gente, pero al fin y al cabo, la veta excéntrica es incorregible, me termina ganando, y eso pasa, creo, porque ante todo me divierte la experiencia del afuera. En un punto, hay algo en mi que sabotea la posibilidad de conseguir más espacios y de tener más difusión como autor. Quiero que me lean, por supuesto, pero mi manera de presentarme es así.

-Después de la publicación de su primera novela decide viajar a Europa.

-Presenté el libro y de inmediato me fui a Europa, no me quedé a hacer prensa, a difundirlo, como si hubiera decidido seguir en esa línea marginal. En Europa gané amores, en Milán, Barcelona y Madrid. Sobre todo en esta ciudad, donde me quedé más tiempo, tuve un gran amor y trabajé como periodista free lance e hice talleres literarios. Escribí para las revistas Integral y Ajo blanco, y para los diarios El Mundo y El Independiente. Este último fue muy interesante, era un diario antimilitarista que salió en España a comienzos de la guerra del Golfo. Me acuerdo que tuve la oportunidad de hacerle una entrevista a Philip Agee, un ex agente de la CIA al que Estados Unidos le negaba el pasaporte y lo perseguía acusándolo de ser doble agente, colaborador del gobierno cubano y del nicaragüense.

-Y después de su estada europea regresa a la Argentina nuevamente, ¿por qué?

-En el año ´94 vuelvo al país “definitivamente”, con comillas porque uno nunca sabe. Las razones de un regreso pueden ser explicadas mediante una larga respuesta-disertación o elaboradas en muchas sesiones psicoanalíticas o pueden servir para escribir varios libros. Entre esas razones, tengo que señalar la situación de mis viejos, que estaban bastante mayores y necesitaban a su hijo cerca. Y estar cerca de mis viejos en sus últimos años también fue una experiencia intensa. Creo que uno puede tomar una nueva experiencia, como esa, con la misma naturalidad e impulso con que tomó a las  otras. Me hizo muy bien acompañar a mis viejos hasta el momento que se fueron de esta forma de existencia.

-A tal punto que recuperó algunas experiencias de su padre para trabajar en el libro sobre crotos, linyeras y trashumantes.

-Sí, mi libro En Pampa y la vía es producto de indagar en la historia del croto y del linyera, pero esa investigación fue posible porque recuperé un pasado de mi viejo -había sido linyera y croto durante su adolescencia- que de alguna manera también explica mi trashumancia.

-¿Cómo fue ese proceso de investigación del libro?

-En el 95, desde la editorial La Marca, me proponen trabajar en una antología que se titularía “Con el sudor de tu frente”. Era una idea de Guido Indij para presentar diversos argumentos sobre la “sociedad del ocio”. Leyendo e investigando, pude reunir textos de dos series de tradiciones críticas respecto al trabajo. Por un lado, una crítica al trabajo más bien clásica, impulsada por sectores de elite que defendían la liberación del espíritu y de la vida cotidiana para cultivar el ocio. Por otro lado, una crítica anarquista al trabajo, que venía de los comienzos de la revolución industrial y que cuestionaba al trabajo asalariado. En la historia de las ideas, ambas críticas coinciden en denunciar la deshumanización y enajenación del trabajo: trabajar para vivir cercenaba las posibilidades de crecer en otras facetas y direcciones. De modo que pude compilar una serie de textos que ponían en diálogo a esas dos tradiciones críticas, desde una suerte de posición bohemia, entre elitista y anarquista. Preparé un prólogo y presentamos la antología. Paralelamente, junto a Christian Ferrer, Guido Indij y Carlos Gioiosa (“Cutral”),  pusimos en escena algo así como un gesto de agitación mediática que llamamos la “Fundación de Alergia al Trabajo”. Fuimos a los medios, repartimos comunicados y realizamos una marcha a desgano de cien metros para difundir nuestros principios. Fue entonces que desde Mar del Plata me escribió un grupo de gente que quería adherirse a la Fundación. Era un grupo, encabezado por Pedro Ribeiro y Ana Maria Ordoñez, que reivindicaba la figura del croto histórico. Ahí empecé a asociar: crotos, trashumancia, crítica al trabajo. Empecé a bucear e investigar sobre el tema y apareció la posibilidad de publicar un libro para Editorial Perfil en una colección sobre minorías que dirigía María Moreno.  Me propuse escribir sobre el croto y el linyera de los primeros tiempos, no sobre el carenciado producido por el modelo neoliberal. Un día, hablando con mi viejo, él me cuenta que había estado tres años viviendo, viajando con los crotos y que él mismo fue un croto, durmiendo a la intemperie, en la vía. Fue durante la década del treinta y del cuarenta, cuando parece que ser croto era lo más, según me contaron algunos de los mismos protagonistas. Decían que a las chicas de los pueblos del interior, a las hijas de los chacareros, se les mojaban las bombachas por los crotos. Así empecé a asociar esas figuras con las del imaginario del viajero y del hippismo. En el libro se recuperan las voces testimoniales de sujetos que eran prácticamente desconocidos y casi han desparecido.

-¿Cómo fue la génesis de Correrías de un infiel?

-En el año 98 estaba escribiendo para algunas revistas culturales, y en un encuentro en el café La Gandhi, en el que estaban entre otros Héctor Libertella, Claudio Uriarte, Horacio González y María Moreno, surgió la idea de hacer una antología que María propuso titular “El extravagario argentino”. En ella se abordaría a una serie de personajes extravagantes de la historia nacional. Pensamos en Vito Dumas, el navegante solitario; en Raúl Baron Biza, el pornógrafo millonario de Córdoba; en Omar Viñole, “el hombre de la vaca” que caminaba por la calle Florida con una vaca a la que daba veronal, un laxante, para que cagara frente a instituciones como la Sociedad Rural; también en el Gordo Peralta Ramos y en otros. Entre todos ellos, surgió el nombre del coronel Manuel Baigorria, de quien yo sólo sabía que había vivido más de veinte años entre los ranqueles. Después se cayó el proyecto, pero quedé fascinado por esa historia y me puse a investigar sobre mi coronel Baigorria. Poco tiempo después produje un texto muy corto y, charlando con María Moreno, llegué a la conclusión de que se podía extender el relato. Este tomó forma de novela, y con la ayuda de María, empecé a ver qué zonas funcionaban mejor, dónde había una buena respiración en el texto. Ella me alentó mucho a sacar para afuera esa presencia tan fuerte del narrador protagonista que finalmente aparece en la novela.

-En la novela se da un interesante cruce entre el proceso de investigación genealógica y su experiencia de personal.

-Fue muy interesante, porque por un lado hice todo un trabajo de investigación histórica, bibliográfica. Viajé a San Luis y a Córdoba, me entrevisté con historiadores y con militantes indígenas, estuve en Leubucó cuando se entregaron los restos del cacique Mariano Rosas a sus descendientes. Toda esa investigación fue articulándose con mi historia personal. En realidad, creo que desde el punto de vista genealógico no soy tan descendiente del coronel Baigorria como de la familia de su ahijado Baigorrita, ya que Luis Baigorrita, que estuvo preso en la isla Martín García después de la campaña del desierto, al regresar a la pampa primero pasó por Los Toldos y luego se estableció en Trenque Lauquen. Como mi abuelo paterno era de de Trenque Lauquen, creo que lo del Baigorria ranquel viene por ese lado.

-Uno de los tópicos que recorre la novela es la cuestión identitaria.

-Pienso que la identidad es una construcción que puede asumirse desde un compromiso político. En mi caso, tengo antepasados negros, italianos, vascos e ingleses. De todos esos recortes identitarios, puedo tomar uno y decir: soy ranquel y me pongo a militar por los derechos de los pueblos aborígenes o soy negro y me comprometo con los derechos de los afroargentinos. En un determinado momento uno opta, decide. Se produce una elección sobre la base de algo que ya está en uno pero uno también elige. Eso es la identidad. En la presentación de Correrías de un infiel, Maria Pía López habló de las diversas máscaras del narrador del libro, con sus juegos de alias, sus variaciones de identidad y su vínculo entre el ponerse y sacarse las máscaras y la asunción de una voluntad. Por eso alguno podría pensar que cierta atmósfera “posmo” recorre la novela. O que eso de las máscaras sea parte del relativismo y del eclecticismo que, según se dice, caracterizan a la posmodernidad.

-Sobre todo en estos tiempos en que se vive una especie de crítica manifiesta al posmodernismo.

-Hay que observar con cuidado los lugares desde donde se hace una crítica a la época. En los últimos tiempos tomaron forma dos series de cuestionamientos al relativismo y al eclecticismo, que vienen de lugares tan disímiles pero coincidentes, como el pensamiento crítico al estilo de Slavov Zizek y el dogma religioso al estilo del Papa Ratzinger. Yo no sé de dónde vienen esas líneas de fuga que atraviesan Correrías de un infiel. En algún momento tuve la experiencia y la vivencia de que ninguna identidad puede permanecer por mucho tiempo porque en realidad nada es permanente. En Lo bello y lo triste, la novela de Kawabata, las dos mujeres protagonistas están hablando frente a un jardín japonés de piedras, y una le dice a la otra lo bello que es ese paisaje, y que todo eso va a perdurar después de sus muertes, es decir, va a sobrevivir a ellas y a su amor. “Por supuesto”, le contesta la otra, “pero, con todo, no durará para siempre”, es decir, pese a su belleza tampoco es eterno. La idea de impermanencia puede conducir al nihilismo, a la melancolía, pero también a un fuerte deseo de vivir el instante, de vivir a fondo la experiencia. A veces pienso que el que critica a nuestra época relativista desde una posición muy fundada o fundamentada desde algún dogma, realmente no entiende la impermanencia. En la modernidad, pero también en la postmodernidad, se vive la impermanencia como un tembladeral ante el que experimentamos terror. Estamos aterrados por el vacío, y es así que nos reterritorializamos, y nos resedentarizamos bajo alguna bandera, dentro de alguna isla, ghetto o identidad. Ante el terror uno se refugia en lo que tiene a mano. En el libro, intenté apostar por la posibilidad de vivenciar la impermanencia, la vacuidad inherente a todas las cosas, desde otro lugar o, mejor, desde un no-lugar. De ahí puede venir esa idea de no identidad, que en algún punto parece relativista. Es difícil hablar de estas cosas, porque tienen que ver con la experiencia interior de cada uno. Es como ponerle palabras al vacío. Si hablamos del vacío hablamos del silencio, y tampoco se puede hablar del vacío como si fuese un objeto de la conciencia, de la razón. Ese no es el vacío que aparece en una situación de crisis, por ejemplo.

-¿Cuáles son sus próximos proyectos?

-Estoy por publicar un libro titulado El amor libre. Eros y anarquía, una compilación de textos de militantes anarquistas del siglo XIX y principios del XX, por editorial Anarres. Y otro titulado Un barroco de trinchera, selección de cartas que Perlongher me mandó a la comuna de Canadá a fines de la década del 70 y principios de los 80, por la editorial Mansalva.

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