Palermo, me tenés seco y enfermo

rsturf

Por Nicolás G. Recoaro

Palermo Rosa, lleve Palermo Rosa”, repiten como un mantra los vendedores de revistas en la esquina de Dorrego y Avenida Del Libertador. Ya pasaron algunos minutos de las 14 horas y la entrada del Hipódromo Argentino de Palermo es un hervidero de familias, turistas, miembros del jet set criollo, empresarios y, obviamente, “burreros” (como se conoce a la fiel afición del turf), que pugnan por entrar a la catedral de la hípica. El recinto que hoy inicia los festejos por sus 140 años de historia.

La masa humana avanza parsimoniosamente por una de las calles internas del hipódromo. Muy cerca del Paddock.  “Hoy viene la gente de siempre. Pero sobre todo muchos que no son del palo del turf, y eso está muy bien”, me cuenta Ariel Cejas, un técnico oriundo de Entre Ríos que ahora vive a pasitos del hipódromo. La apreciación de Cejas no es errada: unas 40 mil personas visitarán el templo argentino del turf esta tarde. Muchos atraídos por el imán del Gran Premio República Argentina, otros tantos por el variopinto menú que incluye una pantagruélica feria gastronómica, exposiciones de arte y hasta un desfile de moda. Apoyado sobre la baranda del Paddock, Cejas chusmea el estado de un alazán. “Estudio bien el caballo en la previa. Pero por ahí cuando lo veo cambio de idea. Los caballos son como estados de ánimo”, confiesa antes de encarar para la ventanilla de apuestas. En los parlantes del predio suena un clásico de los franceses Daft Punk. “Get Lucky”.

Historias burreras

Desde las alturas de la “perrera”, la tribuna popular de Palermo, se puede ver cómo una marabunta cruza la pista y arriba a la isla central del predio. Allí espera un festival de parrillas, con sus decadentes food trucks. Se pueden degustar desde chorizos bombón hasta empanadas de yacaré. Ni los vegetarianos quedan fuera del banquete dominical: se ofrecen pizzas gourmet a menos de 100 pesos. Todo un lujo en estos tiempos de crisis.

“Mucha gente, querido. Lo primero que hay que hacer es sacar a los que vienen a comer. Mirá la cola que hay que hacer en la ventanilla. Y apuestan tres pesos”, se quejan a coro Nicolás, Héctor y Roberto, tres jubilados ya de todo, menos de los burros. Mientras la fila avanza hacia la boca de apuestas, Raúl, un elegante escribano oriundo del oeste del Conurbano, recuerda las épocas en que había carreras sólo dos veces por semana, terminaban a las cinco de la tarde (la pista de Palermo se iluminó por primera vez en 1971) y venía mucha más juventud. “No sé por qué los pibes no vienen más –dice Raúl-. En una de esas porque hay otros juegos: bingo, ruleta. Creo que la juventud debe ir ahí.”

El turf tiene una estadística posible de ser explotada. La performance del caballo, jockey, criador, y la genética minimizan el azar. Pero esa no es la ley para todos los burreros. “Para elegir un caballo, trabajo con la cabeza y el tablero”, advierte el señor González, un veterano burrero ataviado con un traje que alguna vez fue moderno, y luego comparte una explicación probabilística digna de Pitágoras.

“Yo me fijo en el nombre del caballo y en el color de la chaquetilla del jockey. Si es de color turquesa, le juego unos pesos seguro”, cuenta Ale, otro burrero con más de 20 años de experiencia sobre las espaldas. Y completa: “Ahora, con la situación económica, estamos un poco austeros, hay que cuidar el mango.”

“¡Falero solo, nomás! ¡Falero solo, nomás!”, festeja Walter el nuevo triunfo del jockey estrella. “Yo me fijo en la performance de los caballos en la revista. Pero eso no te asegura nada, y a veces terminan ganando caballos que no pueden ganar, y uno queda diciendo pavadas”, dice este empleado de la UBA. “Acá hay gente que juega cinco pesos, y otros que ponen 30 mil y no les alcanza. Para el República le pongo 200 pesos a Falero. Es fija que gana.”

Un jockey que está solo y espera

Aníbal Cabrera se concentra en el vestuario de jockeys. Me recibe casi como dios lo trajo al mundo. En un rato, le toca salir al ruedo con Saronico Island. “Un caballo muy manso, sobón, pesado, que siempre hay que saber llevar”, confiesa este pequeño gran hombre de 34 años, que tiene un récord de más de 100 triunfos en su historial.

“Para carreras como el República llego un rato antes y me concentro”, cuenta Aníbal y agrega: “No como nada antes de la carrera, para sentirme bien, liviano. No está bueno ir con la panza llena”. El jockey sabe que le tocará remar desde atrás en el gran premio, pero es optimista: “Siempre hay que correr con fe. Porque las carreras para ganarlas, hay que correrlas.”

La crème de la crème

El salón Turf Argentino del tercer piso del Paddock ofrece memorables escenas el día del República. El salón VIP es probablemente el mejor lugar para sentarse y ver caras. A nadie le importa ser observado; para eso viene la crème de la crème a Palermo un día como hoy. Junto a engalanados empresarios, patrones de estancia, damas de alta sociedad y políticos con baja modestia, cualquier vanidoso ligeramente perturbado por la necesidad de ser apreciado se deja ver en el salón, esquivando mozos, dando palmadas en un montón de espaldas amigas y llamando la atención de los reporteros gráficos. “¡Nunca dejen de sonreír, my friends!”, les recomienda a sus acompañantes un joven empresario de acento gringo y sombrero cowboy al tono.

En el VIP, el champán corre como los pingos en la pista. Sentado sobre un fastuoso sillón blanco y radiante, un ex gobernador evita las burbujas francesas. Como buen caudillo, prefiere un buen tinto, de etiqueta nacional. Los mozos trabajan a destajo. Sirven generosos platos engalanados con bondiolas, batatas y un mix de verduras. También ravioles de calabaza acompañados por una salsa de almendras. “Algunos te tratan bien, pero muchos ricos se creen que somos sus sirvientes”, advierte Celeste, una promotora que se gana el pan este 1º de Mayo, recibiendo a los comensales, armada sólo con su sonrisa rojo shocking y su vestido azul Francia de raso.

Vidriera al pasado

Mientras degusta un cortadito y masitas secas en el balcón del VIP, Agustín Villamil, uno de los dueños del Haras Rodeo Chico, resalta la herencia familiar ligada a los equinos que guarda en su ADN. “Mi bisabuelo ya se dedicaba a la cría de caballos. Con mis hermanos vivimos de esto. No es un simple hobby”. Explica que mantener un caballo de carrera no es una faena barata, y por eso buscó asociarse con amigos. Cuenta que el año pasado hacían una vaquita y ponían 600 pesos por mes cada uno. El pingo resultó bueno y ahora se paga solo. “Sacarse la foto y ganar un día como hoy no tiene precio. Es una auténtica vidriera.”

En estas fechas, el hipódromo pretende recuperar el glamour de antaño. La belle époque porteña, donde damas de largo o con miriñaque y sombrilla, y señores de riguroso traje y bombín disfrutaban de las tardes en la tribuna oficial, a escasos metros de la perrera. Una auténtica pasarela a cielo abierto. Como la que surcan las modelos de una marca de ropa ligada al glamoroso polo. “Una propuesta desprejuiciada, donde se mezclan influencias, texturas y estilos, que transicionan de manera natural, pero muy, muy, muy chic. Miren ese look”, agita con lenguaje enrevesado la presentadora. “Fíjense en esas medias, estamos reinventando lo tradicional”, detalla la periodista. Dos drones filman la improvisada pasarela del palco oficial. Muchos burreros, entre bostezos, siguen el desfile con desconfianza.

Arte ecuestre

Cuando el sol cae pesado y sólo resta media hora para disfrutar el plato fuerte de la tarde, en el salón de arte de la tribuna Paddock se ofrece una vernisagge por la muestra Aniversario. Un panorama no siempre gratificante, no siempre deprimente, del arte contemporáneo nacional. “Queríamos poner el arte en un lugar poco común, linkearlo con un público no convencional. Este es un ambiente clásico, y queríamos hacerlo popular y diverso”, me cuenta Analía Galligani, la curadora de la muestra.

Vino para todos. Mientras la DJ Gege Furlano hace sonar música electrónica, cientos de curiosos se pierden entre las obras. Realistas y comprometidas, de Gastón Sardelli; con aires turfístico, de Luti Vernet; bien populares, de Milo Lockett; y aun lacónicas, de Felipe Noble Herrera, quien participó con la obra “Por la vuelta”. A las 18:25, los visitantes más burreros salen disparados para las tribunas.

Ya no sos mi Margarita

La gatera se cierra. El ritmo de la respiración de los caballos se acelera. El de 40 mil personas también. De repente, la señal de largada. Palermo es una olla a presión que estalla por los cielos. Como era lógico, Old Bunch, el favorito que conduce el eterno Pablo Falero, toma la punta sin dificultades. Pero la ventaja le dura poco, demasiado poco. Juan Carlos Noriega, con Lindo Amor, se le pone a la par desde temprano. Pegadito también viene Le Blues. Un poco más atrás, como quien no quiere la cosa, el Margot. Con el brasileño Altair Domingos como socio, inicia una remontada que quedará para la historia. El zaino de aires tangueros es un rayo que atraviesa la pista. Lo sigue de cerca Romaño, conducido por Juan Villagra. Pero Margot vuela en la recta y se consagra en el República. Tres cuarto de cuerpo sobre Romaño, y tres a Le Blues. De yapa, tiempo récord y delirio de la afición. Menos de dos minutos para el infarto.

Un par de horas después, el hipódromo es casi un desierto y los últimos burreros se dispersan en la noche de Palermo. Algunos van hacia la estación de tren más cercana o esperan el colectivo. Los que tuvieron suerte paran un taxi. Por la otra puerta del hipódromo, se puede ver cómo ingresan los noctámbulos que, en las máquinas tragamonedas, apostarán hasta bien entrada la madrugada. Casi todos buscan lo mismo. Salvarse.

Versión completa de la crónica titulada “Entre los viejos burreros y el oxidado jet set criollo, Palermo se juega una fija”, publicada en Tiempo Argentino, se lee por acá.

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