Yo no me quiero casar

Por Nicolás G. Recoaro

De blanco y radiante, ella se relaja mientras la maquilladora hace su trabajo. “El make up depende mucho de la personalidad de la quinceañera”, dice Alejandra Gilse y aplica una fina capa de base neutra sobre el rostro de la doncella. El agitado ambiente en el subsuelo del Regente Palace Hotel, en pleno microcentro, no le mueve un músculo de la cara a la muchacha. Una vez delineados sus ojos achinados, la joven confiesa: “Me llamo Sandra, soy modelo. Voy a pasar ropa de 15, pero tengo 32. En el fondo, todas siempre tenemos 15 años.”
Novios, quinceañeras, padres de las “niñas bonitas” y curiosos pispean las novedades. Todo indica que la cascada de chocolate, la globoflexia y los cascos de realidad virtual marcarán tendencia este año. “La gente empieza a vivir la fiesta ya en la exposición”, dicen a coro Sandra y Mariana, las organizadoras de eventos que hace dos años parieron la Expo Bridal & My Sweet 15, uno de las tantos encuentros temáticos dedicados al rubro en la Argentina. “Es una feria distinta, no es masiva: la gente se toma un trago, baila y se tira globos”, agregan. La concurrencia del ágape ronda las 600 personas; muchos parten hacia la pista, donde comienza el primer show de la tarde: Spectrum, el robot de led.
El mercado de las bodas factura más de $ 2000 millones anuales en el país. La cifra se triplica en el caso de los festejos de las teenagers. “Hace 20 años estoy en esto, creció mucho y se puso más exigente”, cuenta Rolando, un veterano dueño de salones de fiesta del Gran Buenos Aires. “La costumbre de festejar sigue, pero más que nada se hacen los 15, hoy un 80% son cumpleaños y sólo el resto, bodas.”
Como un árbol de Navidad, Spectrum perrea en la pista flanqueado por dos voluptuosas partenaires. “Tiene que haber un show, son muchas horas de fiesta”, sostiene Valeria, mamá de Julieta, quien en cuatro meses vivirá su noche soñada. Cuando el robot-humano dispara su cañón de hielo seco sobre la platea, la joven ansía: “Va a ser una noche especial, para disfrutar con todos los que quiero.” Ya sin el casco forrado de luces protegiéndolo, Martín se relaja sorbiendo un gin tonic: “La gente elige el show porque Spectrum baila, hace trencito y agita. Nunca falta el atrevido que te golpea, pero son gajes del oficio. Hay que ganarse la vida y Spectrum me da de comer.”
Plata quemada
En los años cincuenta, Roland Barthes explicaba que este tipo de festejos eran parientes del potlach, el ritual de derroche y ostentación de bienes que realizaban comunidades originarias de América del Norte. Consumo en el sentido en que se consume la madera en las llamas. “Es como prender fuego medio palo en ocho horas”, comenta Sergio Calvo, el papá de una quinceañera que empieza a hacerle sentir el proceso ígneo en su cuenta bancaria. Calvo hace números: “Un cubierto por persona está casi 1300 pesos. Ahí tengo 300 mil, más 50 mil de las fotos, 25 mil por el vestido completo. Necesitás 500 lucas para hacer algo bueno.” Ante la estampida de precios, el estoico padre encara la organización con tiempo: “Todavía falta un año, pero ya me vengo informando. Yo haría otra cosa –dice, respira hondo y mira con ternura a su hija–, pero si me lo pide la nena, hago el esfuerzo.”
Sin esfuerzo, aplicando dosis precisas de paciencia zen, el chef Luciano Miguele talla la corteza de un zapallo. Oriundo de Chaco, se gana el pan trabajando en fiestas desde hace 40 años. “Me gusta la creatividad que me permiten el buffet froid y el tallado. Soy especialista en escultura de hielo”, explica y le da forma a una flor de loto. “Hay trabajos que pueden demorar 20 minutos, y otros una semana”, reconoce y recibe el aplauso de un grupo de padres que analiza conchabarlo para sus festejos. Antes de despedirse, advierte: “Admiro a Rodin, pero sigo mi propio estilo.”
Para vestir santas y novias
Almodóvar dijo alguna vez que el matrimonio es una excusa para que existieran los vestidos de novia. No se equivocaba. ¡Cuántos tules, brocados, encajes, rasos, apliques y terciopelos! Es quizás, el vestido, un monumento en honor a la “pureza femenina”, coronado por una lluvia de blanco arroz. Siempre el omnipresente blanco, aunque esté algo pasado de moda. “Ahora se usa mucho el marfil, el off white. Todo en inglés, los nuestros son vestidos importados”, resalta Karina, una de las dueñas de Vestidos Express. “Son para la novia de hoy, que no tiene tiempo para nada, está juntada, tiene hijos, trabaja y estudia.” Karina se muestra atenta a los caprichos de la moda: “Ahora se usan la gasa y el encaje, con breteles”, aclara y se lamenta porque las descomunales colas Capilla y Watteau corren serio peligro de extinción. “A veces puede ser una pesadilla entender lo que quiere una novia, pero la mujer quiere el vestido, quiere la fiesta, sueña con eso.” Y ese sueño tiene un precio: sus vestidos cotizan entre 5500 y 16 mil pesos.
“Me interesan los vestidos atípicos”, explica Eliana Von K y resalta los detalles de sus creaciones de estilo rococó. “Bien ceñido al cuerpo, con faldas de princesa recontra armadas, mucho miriñaque, corsé asfixiante y el busto que sale como un balcón.” Dice que la mayoría de las quinceañeras le piden propuestas más cómodas, y sobre todo no muy caras. “Hay de todo. Las novias están de nuevo con la onda princesas.” A Eliana no le queda otra que adaptarse a la restauración monárquica.
No lejos de la pasarela donde en minutos desfilará una manada de modelos ataviadas de punta en blanco, la diseñadora Jésica Jiménez hace apología de las tonalidades oscuras. “¿Quién dice que la novia tiene que estar vestida de blanco?”, pregunta la dueña de Imperia Gothic Couture. De estilo medieval, lolita y obviamente gótico, sus diseños incluyen detalles con calaveras, tachas, cruces y cadenas. Una simbología que haría recular a las niñas y novias más beatas. Inspirados por el fallecido diseñador inglés Alexander McQueen, la “reina hooligan” de la moda, sus vestidos incluyen cuellos corset con aires victorianos. “La confección es un trabajo totalmente artesanal, puede llevarme más de un mes.” Su última creación, un vestido con aires steampunk color tierra, puede adquirirse por menos de 5000 devaluados pesos.
“Pero querido, falta un detalle importante. Una novia, sin el ramo, está incompleta”, advierte Cristina. Esta emprendedora del diseño floral cuenta que se aprovisiona de la materia prima que engalana sus productos en el Mercado de las Flores de Barracas. “Cuando la novia es bajita, mejor que use un ramo no muy importante”, aconseja y recuerda el fastuoso ramo que lució la espigada Lady Di en su boda: “Los europeos están mucho más acostumbrados a la flor. Acá son muy minimalistas. Las chicas piden una hoja, una flor y listo el ramo.”
Final de fiesta
La fila india de novias recorre la pasarela. La felicidad es música y ritmo y disciplina en el desfile, en la evocación del “alma pura” de la mujer y del estilo “Frida Kahlo” que proponen los diseños de la casa María de la Cruz. Desde las bandejas, custodiado por una pared de bolas de espejo, el DJ Hernán Castro dispara temas melosos. “En cierto punto me siento como un arquitecto, porque veo el espacio y en base a eso construyo la fiesta”, explica cuando la velada en el subsuelo alcanza su techo. Consultado sobre lo que no puede faltar en un casamiento, no duda: “’New York, New York’, de Frank Sinatra, porque le da glamour, algo de Aretha Franklin y el carnaval carioca, aunque esté medio demodé el ‘pe, pe, pepepepé’ de Disco Samba.”
Cuando la última modelo deja la pasarela, las novias, sus consortes y muchos padres de quinceañeras se agolpan frente a las barras para sorber de golpe el último trago de la expo. El barman Cristian Blachar trabaja a destajo. Prepara generosos daiquiris que harían delirar a Ernest Hemingway.  Al ser consultado sobre anécdotas picantes en algún festejo, prefiere mantener el secreto profesional. “Lo que pasa en las fiestas, se queda en las fiestas.”

Crónica publicada en el diario Tiempo Argentino, se lee por acá.

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