El hongo

 

 

“Exactamente a las ocho y quince minutos de la mañana, el 6 de agosto de 1945, hora japonesa, en el momento en que la bomba atómica relampagueó sobre Hiroshima, la señorita Toshiko Sasaki, empleada del departamento de personal de la Fábrica Oriental de Estaño, acababa de ocupar su puesto en la oficina de planta y estaba girando la cabeza para hablar con la chica del escritorio vecino. En ese mismo instante, el doctor Masakazu Fujii se acomodaba con las piernas cruzadas para leer el Asahi de Osaka en el porche de su hospital privado, suspendido sobre uno de los siete ríos del delta que divide Hiroshima; la señora Hatsuyo Nakamura, viuda de un sastre, estaba de pie junto a la ventana de su cocina observando a un vecino derribar su casa porque obstruía el sendero de la defensa de incursiones aéreas…”. Así, con pulso quirúrgico, comienza la reconstrucción del desastre a partir de elementos cotidianos que llevan al lector a viajar a Hiroshima y a esas vidas ajenas que se irán transformando en cercanas. El reportaje inicial está dividido en cuatro capítulos: “Un resplandor silencioso”, “El fuego”, “Los detalles están siendo investigados” y “Matriarca y mito salvaje”. Esa fue la estructura que encontró Hersey para hacer un recorrido cronológico, aunque fragmentado, por el primer año de los seis sobrevivientes a partir del momento en que el Enola Gay arrojó a “Little Boy”. Los habitantes de Hiroshima, una de las pocas ciudades japonesas que aún no había sido bombardeada durante la guerra, esperaban con pavor a los bomdarderos estadounidenses B-29 en una rutina de alarmas y simulacros. Que no sirvieron para nada. Además de la destrucción, las imágenes de muerte y la desesperación, lo que primó, en un principio, fue la perplejidad: nadie podía nombrar ni explicar lo que estaba sucediendo. No tenían punto de comparación. A pesar de que sus cuerpos fueron sometidos a una fuerza descomunal, sepultados por los escombros, a pesar de que vieron volar todo por los aires, nadie escuchó una explosión. ¿Era una bomba? Sólo vieron lo que algunos describen como un flash, otros como un destello, otros como un resplandor. A las pocas horas comenzó el fuego. Algunos pensaron que lo arrojado era un polvo de magnesio que explotaba al entrar en contacto con la electricidad. Luego comenzó a gotear algo del cielo: “La señora Nakamura mantuvo a sus niños bajo el paraguas. Las gotas se volvieron demasiado grandes para ser normales y alguien gritó: ‘Los norteamericanos están arrojando gasolina. ¡Nos van a quemar!”. Pero no era gasolina, era lluvia, una lluvia pesada y tóxica producto de la condensación generada por el hongo.

Ana Fornaro escribe en Radar de Página 12 sobre la reedición de Hiroshima, de John Hersey.

Una respuesta to “El hongo”

  1. Maria Egea Ruano Says:

    me gusta mucho el relato de lo cotidiano con el horror

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