Archive for 31 agosto 2016

On the road con Nabokov

31/08/2016

Vladimir Nabokov escribió su perturbador y cautivante clásico Lolita sin respiro, a lo largo de cinco años, desde 1948 hasta 1953. Lo hizo llenando tarjetas de 5×7 pulgadas con notas que tomó viajando en el asiento del acompañante mientras el conductor a cargo, su esposa Vera, manejaba el Oldsmobile negro que tenían. Viajaron desde Ítaca, en el estado de Nueva York, hasta Arizona, Utah, Colorado, Wyoming y Montana. En otras palabras, en el pico de la guerra fría, un novelista ruso expatriado, con el resonante nombre de Vladimir Nabokov, deambulaba por los estados más conservadores, documentándose para un libro sobre la obsesión sexual de un desgastado aristócrata con las “nymphets” (denominación que terminó en el Oxford English Dictionary y se ha traducido al español como “nínfulas”). Lo sorprendente es que Nabokov haya sobrevivido.

Un gran artículo de Landon Y. Jones, se lee en The New York Times y en la revista Ñ por acá.

Anuncios

El parnaso del hip-hop

23/08/2016

A Erik “El Croto”, el rap le dio de comer. Durante años se ganó el mango vendiendo chucherías y rapeando en las formaciones del Roca que van de Bosques a Temperley. “No esperás a que te compren, le ofrecés algo más a la gente: un espectáculo arriba del vagón”, explica el joven de Monte Grande. Erik integra la crew HAL, junto a su primo, un auténtico veterano de la escena doble H de la zona sur: Guillermo es de Burzaco, tiene 35 años y empezó a escuchar rap en los ya lejanos ’90. Es de la generación que tomó la posta de los padres fundadores del rap en el país, aquel parnaso integrado por Mike Dee, Frost y el mediático Jazzy Mel. “A mí no me gusta entrar en la batalla –confiesa–, y quizá eso lo aprendí de la vieja escuela. Para mí el rap es contar mis aventuras, como charlar en una ronda con amigos”. Guillermo pita un cigarrillo y cuenta que trabaja de fletero. Cuando puede, le da rienda suelta a su otra pasión, el graffiti. “Pero la calle está muy dura. Para hacer un buen graffiti necesitás 600 pesos, y ahora no están. Por eso prefiero dar la batalla, pero en la calle, ganando la moneda”.

Una crónica de Nicolás G. Recoaro se lee en Tiempo Argentino por acá.

Simpatía por el demonio

18/08/2016
Desde hace algunos días, un extraño mal aqueja al padre Manuel Acuña. Fiebre, mareos y escalofríos azotan su cuerpo. “Está algo débil, pero los va a recibir igual”, explica Paula Martínez, la joven secretaria del hombre a cargo de la Parroquia Del Buen Pastor, en Santos Lugares. Al parecer, el exorcista más famoso de la Argentina se enfrenta a sus propios demonios: un virus gripal ingresó en su organismo luego de la misa carismática del domingo pasado. El médico fue rotundo en su diagnóstico. Para la cura, nada de agua bendita y oraciones. “Con un poco de reposo voy a andar bien”, dice Acuña, mientras se abanica en la cocina de su hogar.
Tiene 54 años, es obispo luterano, especialista en “sanidad espiritual” y responsable del primer exorcismo transmitido en vivo por la tevé argentina. Muchos lo recordarán por sus intervenciones en programas de la fauna mediática local e incluso internacional: sus batallas contra el diablo llegaron hasta el Discovery Channel y tienen miles de visualizaciones en YouTube. “Al exorcista se lo admira o se lo odia. Muchos dicen que hacemos un trabajo tremendo, pero para otros somos chantas. Para ser franco, la única crítica que me molesta es la que brota de la total ignorancia”, asevera rotundo Acuña, custodiado por su frondosa biblioteca, un ejército de angelitos forjados en cerámica y un póster del film El Exorcista.
Una crónica firmada por Nicolás G. Recoaro en Tiempo Argentino, se lee completa por acá.

La enfermedad como destino

11/08/2016

A algunos les crecerá desde el omóplato un miembro largo como un antebrazo o una doble fila de dientes. Algunas mujeres serán tan fértiles que podrán dar a luz a un niño tras otro después del primero sin volver a tener relaciones sexuales hasta caer exhaustas tras múltiples embarazos. Y algunos infantes padecerán la “maldición de Sísifo” que a los dos años de vida les hará perder todas las habilidades adquiridas desde su nacimiento, obligándolos a reaprender todo de nuevo por dos años más hasta detenerse en otra regresión, y así hasta morir con una mente de bebé en un cuerpo de adulto.

Estas son algunas de las enfermedades contenidas en una enciclopedia médica del siglo XVI que irá descubriendo un novicio llamado Máximo, quien también tiene sus discapacidades, guiado por un anciano bibliotecario que está perdiendo la vista. Primera novela de Vikram Paralkar, médico hematólogo nacido en India y emigrado en 2005 a Estados Unidos, donde se dedica a la clínica y a la investigación en la Universidad de Pensilvania, Las afilicciones puede leerse como una serie de casos revisados por una concepción medieval y pre-científica de la medicina. Cuenta entre sus precursores a Las ciudades invisibles de Italo Calvino y a El libro de los seres imaginarios de Borges, aunque los modos de construir las referencias históricas y religiosas contribuyen a un clima de “realismo mágico” que el autor mismo ha admitido tener entre sus influencias. Y faltan ritmo, velocidad y tensión dramática para relatar cómo cada individuo sufre su enfermedad, intenta curarse y es finalmente derrotado.

Hay ideas notables, como la Amnesia inversa, una falla de la memoria que afecta a quienes conocen al enfermo y no al revés: la víctima ve cómo los demás, incluso sus seres queridos, se van olvidando de ella hasta que nadie la reconoce. O la Aevum insolitum, un trastorno por el cual cada imagen, busto o retrato envejece al mismo tiempo que la persona que representa. O el Corpus fractum, que reproduce en el rostro de cada uno los rasgos de aquellos a los que traicionó, estafó o lastimó al entrar en contacto.

Algunas epidemias evocan figuras bíblicas, como la Confusio linguarum, en la cual las víctimas de pronto pierden sus lenguas nativas y solo pueden hablar con sílabas nuevas y extrañas. Hay varias plagas que afectan la memoria: por ejemplo, la Aflicción de Mnemósine produce una memoria tan prodigiosa que –como Funes- el afectado recordará hasta la forma de una mancha en la página que ha leído y otros detalles ínfimos. Hay otra enfermedad que obliga a observar todos los defectos, hipocresías y secretos más indecibles de las personas y que pudo haber estado inspirada en el cuento del siglo XIX “El misógino”, de John Davis Beresford, donde cierto astigmatismo moral hace que uno, al mirar por sobre el hombro a los demás, no pueda evitar ver todos sus vicios y mentiras. Plagiado incluso hasta el título por el sacerdote y escritor Leonardo Castellani en la década del 1970, el tema tiene aquí una nueva vuelta de tuerca en un caso llamado “intoxicación con Erysifia”.

Con pocas excepciones, las causas de estos padecimientos son de índole moral: contagios psíquicos, heridas y ulceraciones que se producen ante cada acto de malicia, arrepentimientos mal digeridos, castigos divinos por crímenes y pecados. Y aunque el karma de la enfermedad está tratado con humor negro, el médico parece imponerse sobre el novelista, y a veces el moralista sobre el médico, en el tratamiento narrativo de estas patologías fantásticas.

Versión completa de la reseña firmada por Osvaldo Baigorria, publicada con recortes bajo el título “Enfermedades imaginarias” en revista Ñ del 6 de agosto de 2016. Las aflicciones (traducción de Laura Wittner) fue editada por La Bestia Equilátera.

Escuela Libertaria

08/08/2016

En 1984 Diego decidió dejar Arrecifes, en el norte de la provincia de Buenos Aires, para estudiar Bellas Artes en la capital. Al poco tiempo también llegó a la vieja sede de la FLA, en Constitución. Durante aquellos años de la primavera democrática, conoció a un educador anarquista que le abrió las puertas a un nuevo mundo. “Lo que en un primer momento me parecía una casa algo decrépita llena de viejitos, se transformó en un lugar maravilloso. Conocí a gente que estuvo en la Guerra Civil Española”, resalta el artista plástico.

Como si estuviera dibujando sobre un lienzo, pinta una imagen de aquellos días iniciáticos: “Por la casa pasaba siempre un señor que escribía y que estaba muy interesado en el anarquismo. Recuerdo mucho una tarde en que los viejos le estaban sirviendo un té al sol. También le daban un poco de hilo para que cosiera un botón flojo. Resulta que este hombre era un compañero del Borda, y los viejos militantes leían sus textos y le pasaban libros para que siguiera escribiendo. Esa escena me conmovió y decidí involucrarme de lleno.”
Primero descubrió la fabulosa y, obviamente, algo anárquica biblioteca. Después, el monumental archivo conformado por diarios, folletos, volantes y fílmico. Con cinco compañeros, dedicó miles de horas a darle un orden a ese universo. Diego forma parte de una generación “bisagra” entre la vieja guardia ácrata y los jóvenes que se acercaron a la FLA a principios del nuevo milenio. “Para el 2000 casi no quedaban viejos militantes. Entonces empezamos a pensar nuevas caminos, para mantener vivo ese espacio, que nos había recibido generosamente.”

En los años en que la crisis del neoliberalismo expulsaba a millones del sistema, la casona de la calle Brasil cobijó a los desocupados de La Matanza, a militantes del MTD y también a HIJOS. Diego cuenta que la casa comenzó a tener una dinámica renovadora. El Bachi es hijo de esos nuevos vientos.

En 2007, un grupo de docentes se acercó a la FLA con la idea de crear una escuela. Todo ese año, las asambleas fueron dándole forma a un proyecto de educación popular, autogestivo, gratuito y de matriz horizontal. La injerencia del Estado y la oficialización del bachillerato despertaron acaloradas discusiones. “El conflicto más gordo se dio para que fuera libre. Nuestro interés era que participen personas que quisieran ser parte de un proyecto con una pata social. Las diferencias muchas veces son un colchón”, agrega Diego. Finalmente, las clases comenzaron en marzo de 2008 y Diego armó allí un taller de serigrafía.
En 2010, un grupo de militantes violentos ocupó la casona de la calle Brasil, y tanto la FLA como el Bachi tuvieron que buscarse un nuevo espacio y arrancar casi de cero. Y lo hicieron. En la actualidad, Diego sigue dando una mano. Como la que le tendieron aquellos viejos anarcos.

Una crónica de Nicolás G. Recoaro en Tiempo Argentino. Se lee completa por acá.