Las aguas bajan turbias

Sentado sobre el esqueleto de una lancha, Orlando Héctor Arroyo recuerda al Tuqui, su primer bote. “Me dijeron que no servía ni para hacer un asado. Pero todavía camina. Me costó una pila de plata en los ’70”, cuenta y dibuja con sus curtidas manos una etérea montaña de billetes. Tiene 68 años y más de 40 de vida isleña. Desde los 12 trabaja por su cuenta. Plantó sauces, cazó nutrias y cortó juncos. Sobre todo cortó juncos. “Nunca bajo patrón –resalta Arroyo–. Pero todo se terminó cuando llegó el Colony Park y nos echaron”, dice y convida un mate amargo. Ahora pasa sus días en el continente, en una barriada cerca San Fernando, lejos del río. “A veces vengo a la costa a ver las embarcaciones y me da tristeza. O recuerdo cuando cortaba juncos y sentía que el perro salía corriendo porque había visto una nutria, y yo dejaba la hoz y salía disparado a agarrarla. Extraño la isla, el río… No es tan fácil olvidar”.

Arroyo no olvida los últimos meses de 2008, cuando las topadoras del emprendimiento inmobiliario Colony Park arrasaron su casa y las de otras 20 familias que vivían sobre los arroyos Anguilas y La Paloma, en la Primera Sección del Delta del Paraná. “¿Sabe qué sentí? –confiesa el veterano junquero–. Mire, yo estuve cuatro veces al borde de la muerte. Pero acá me tiene, luchándola. Por eso vengo a la cooperativa, porque este es mi lugar.”

Una crónica de Nicolás G. Recoaro, publicada en Tiempo Argentino, se lee completa por acá

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