Archive for 29 enero 2017

El último consejo de Vonnegut

29/01/2017

Una tarde de marzo, sobre el final demorado de un largo invierno, Kurt Vonnegut (1922-2007) salió de su casa en Manhattan quizá para sacar a su perrito, a fumar, a hacer ambas cosas o lo que sea. La cuestión es que se resbaló o tropezó en los escalones de la entrada, que podían tener un poco de hielo residual, todo ello agravado por el riesgo de enredarse con la correa del perro, y se rompió la cabeza en la caída. Más allá de las especulaciones, esto es certeza: tras el accidente fue internado con traumatismo de cráneo y falleció inconsciente el 11 de abril de 2007. A partir de este día, la disputa sobre sus últimas expresiones contribuyó a alimentar por un tiempo a los buitres del discurso ajeno que suelen saciar su hambre de palabras finales célebres con carne de todo tipo, fresca o podrida.

Un artículo de Osvaldo Baigorria, se lee completo por acá.

Queremos preguntar

20/01/2017

Los dueños de un diario del Perú les han prohibido a sus periodistas hacer preguntas durante las entrevistas. La historia me la contó un reportero que renunció tras intentar sin éxito acatar la medida. ¿Es posible entrevistar a alguien sin abrir la boca? Los directivos del medio implementaron esta innovación para mantener contentos a los accionistas y a los anunciantes, ese dúo tóxico. En las páginas del diario desfilan ministros, empresarios, banqueros y otros poderosos que a veces son accionistas o quienes compran las páginas de publicidad. La prohibición tiene matices: los reporteros pueden conversar con esos personajes sobre el éxito de sus negocios, sobre las millonarias inversiones que crearán miles de empleos en el país y, acaso, sobre su plato de comida favorito. De ninguna manera sobre las cosas que los lectores merecen saber.

Un artículo de Márcos Avilés, se lee completo por acá.

Submarino amarillo

20/01/2017
Son las cuatro de la tarde del primer miércoles del año y el centro neurálgico de la City luce una soledad ejemplar. En la Parada 0 del Buenos Aires Bus, sobre Diagonal Norte, pequeños grupos de turistas esperan la partida de la áurea unidad 1160. Destino final: los barrios del sur, uno de los tres recorridos que ofrece esta iniciativa turística para obtener, en poco más de tres horas, una panorámica exprés de la Reina del Plata.
“Estos días es el paraíso, señor. Uno puede ir con el colectivo a 10 km/h y nadie le va a andar tocando bocina”, asegura Cristian Marcón, un curtido chofer del bus. Mientras aguarda su turno de salida, degusta un mate dulce y reflexiona con aires zen: “Cómo explicarle: a diferencia del transporte urbano, este trabajo es la paz interior: desconecta del mundo. Acá uno no tiene la cuestión del apuro, nadie te corre, y no te putean los pasajeros.” Marcón, oriundo de Berazategui, tiene 43 años de vida y once de colectivero. Supo ganarse el mango uniendo San Francisco Solano y Ciudad Universitaria en la mítica línea 33. Luce lustrosos mocasines y camisa prolijamente arremangada y cuenta que la rutina laboral es muy distinta en el nicho turístico: “Acá la gente viene a pasear, y yo salgo a dar una vuelta con ellos. Es como salir en el auto con mi ‘jermu’ y los chicos.” De tanto escuchar el audio que acompaña sus derivas urbanas, se ufana Marcón, ha aprendido mucho sobre cultura e historia. Se considera una suerte de historiador móvil: “Me nutrí mucho, y si un turista pregunta, puedo dar cátedra.” Antes de montarse al volante de la mole, asegura que ha paseado a turistas de los cuatro puntos cardinales del orbe. Entre los más famosos recuerda a Dunga, el ex jugador y DT brasileño: “Cuando lo vi se me vino a la mente el gol de Caniggia en el Mundial ’90, pero no me animé a hacerle un chiste. No soy Maradona, pero creo que le di un lindo paseo.”
Una crónica de Nicolás G. Recoaro en Tiempo Argentino, se lee por acá.

La ley de la calle

16/01/2017

El tórrido mediodía es implacable sobre el cemento de Pueyrredón y Bartolomé Mitre, a metros de la estación Once. Un grupo de manteros que quedaron a la deriva tras el violento desalojo del martes pasado deliberan. Los rodea un bravo mar de policías.

“Vinimos de muy lejos para trabajar, cruzamos el océano, y sólo queremos hacerlo dignamente”, afirma Mohamed Anne, un vendedor callejero de origen senegalés. Es oriundo de Thiès, un pueblo industrial desmantelado a 60 kilómetros de Dakar. Tiene 30 años y hace seis zarpó a hacerse la América. Primero Brasil, enseguida Argentina. “Mi sueño era conocer el país de Maradona… y tener un futuro mejor.” Cuando llegó no tenía conocidos, mucho menos documentación en regla. Para pagarse una pensión tuvo que salir a vender en la calle. Unos paisanos africanos le dieron una mano para arrancar. “Ser solidarios es costumbre de mi patria. Estamos muy lejos, tenemos que vivir como familia. Si a alguno le falta para comer, juntamos para ayudarlo”, cuenta. Siente rabia, dice, cuando la tevé habla de los senegaleses como una mafia que vende mercadería robada, asegura que la bijouterie y la ropa la compran en locales habilitados en Flores, La Salada y el Once. “Mercadería que llega al país en containers, con el control legal de la Aduana. Además pagamos el monotributo”, dice y agita entre sus dedos el carnet con el sello de la AFIP. Anne cuenta que las ventas cayeron en picada y que cada vez le cuesta más mandar algo a sus padres en África. Dice que los migrantes se sienten defraudados con el presidente Macri. Y denuncia que en las reuniones entre los representantes oficiales y los delegados de los manteros no participó la colectividad africana: “Nos dejaron afuera. ¿Dónde están nuestros derechos como trabajadores?”

Una crónica de Nicolás G. Recoaro, se lee completa en Tiempo Argentino por acá.

Radio Gombrowicz

08/01/2017

Las comparaciones entre épocas y nacionalidades tienden a deslizarse hacia el lugar común, pero cuando el observador combina sentido del humor con espíritu crítico, su mirada puede tajear la superficie y hundirse como bisturí en el cuerpo de las costumbres. Es la operación que hizo Witold Gombrowicz en Argentina, sobre todo luego de que la radio Free Europe le ofreciera una beca de $100 dólares mensuales en la segunda mitad de la década del ‘50. Con ese ingreso pudo viajar y escribir sin la disyuntiva de la pobreza o el agobio de un empleo fijo como el del Banco Polaco en el que trabajó ocho años. En contraprestación, escribió dos series de crónicas radiofónicas que serían difundidas en aquella radio financiada por la CIA con el objetivo de penetrar la Cortina de Hierro en tiempos de la guerra fría. Una de ellas se tituló “Recuerdos de Polonia” y la otra, “Peregrinaciones argentinas”. Esta última es la que ahora se vuelve accesible en castellano por traducción de Bozena Zaboklicka y Frances Miravitlles.

Un artículo de Osvaldo Baigorria publicado en la revista Ñ. Se lee completo por acá.

Es una lucha

02/01/2017

Para entrar al dōjō, primero hay que descalzarse. Unas pequeñas estatuas de Buda, un tapiz con “La Gran Ola” de Hokusai y el dócil tintineo de las fuurin (“campanas de viento”) decoran la escalera que lleva al gimnasio. Se podría pensar que estamos en algún barrio de Kioto u Osaka. Pero no, la filial del afamado Ihara Dojo –uno de los puntos cardinales del kick boxing a nivel global– se encuentra enclavada en el primer piso del Club Social y Deportivo Alsina, a pasitos de la estación de Quilmes.

Faltan pocos minutos para que den las dos de la tarde. La hora señalada para que se largue la novena edición del Real Japanese Kick Boxing, el evento que reúne a los fanáticos bonaerenses de la disciplina creada por Osamu Noguchi en la década del ’60. “Para muchos, somos unos locos tirándonos patadas, lo que es bastante cierto. Pero hay toda una filosofía de vida atrás del kick boxing”, explica a Tiempo Diego González La Volpe, el sensei que comanda el dōjō quilmeño. Y agrega que detrás del arte marcial también hay una historia.

Una crónica de Nicolás G. Recoaro, publicada en Tiempo Argentino, se lee completa por acá.