Alasita sin fronteras

“Acerque el Ekeko, casera”, ordena el yatiri a una auténtica cholita paceña de elegante pollera bordó. El sabio andino baña entonces la figura del morrudo diosito con humo de incienso y unas gotitas de alcohol fino. “Harto rato hay que esperar para tener turno para la chall’a, pero la fiesta no está completa si mi Ekeko no recibe la bendición”, explica paciente Julia Vargas, una migrante que llegó a la Argentina hace más de 20 años, mientras el chamán termina su faena recitando una oración en aymara. El bigotudo Ekeko que abraza Vargas con amor maternal está cargado con fajitos de pesos argentinos y dólares norteamericanos, pequeñas bolsas llenas con arroz y fideos y un par de electrodomésticos del tamaño de un meñique. “Ojalá se cumplan mis sueños para este año. Creo que si uno los desea, van a hacerse realidad. La fe mueve montañas”, confiesa la señora y luego se pierde entre la multitud. Es que los sueños, sueños son, pero en la feria de la Alasita, si no realidad, cuanto menos se hacen miniatura.

Una crónica de Nicolás G. Recoaro, se lee en Tiempo Argentino por acá.

 

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