Pulgar a fondo

En aquella época los pibes todavía jugaban con autitos. El pequeño Alberto Marcolongo no era la excepción. “Uf, tenía pilas: los Dinky Toys, los Solido, todos de colección. Aunque no parezca, soy de una era anterior al Scalextric, de tracción a sangre. No se imagina lo que fue cuando llegó al país, a principios de los ’60, ¡una revolución!”, recuerda Marcolongo, ya maduro, en las entrañas de AÑEslot, el templo pagano del automodelismo nacional que conduce desde el año 2004. Su vínculo con los bólidos, sin distinción de porte, viene aceitado en su ADN. Su padre, Oscar, fue piloto de Turismo Nacional y director del equipo Fiat. “En mi casa –sentencia– se respiraba mecánica”.

Una crónica de Nicolás G. Recoaro. Se lee completa en Tiempo Argentino, por acá.

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