Archive for the ‘Casos’ Category

La delgada línea rosa

09/07/2018

Mirna a través del espejo. Vestido corto bien ceñido al cuerpo, pañuelo de seda escarlata, collares prendidos al cuello, finas pestañas kilométricas, peluca rubia larga y lacia y –de sólo mirarlos dan vértigo– encumbrados stilettos. Un instante más frente al espejo para corregir el labial y listo. Toda una lady.

“Esto es muy simple: cuando termino de maquillarme y me calzo la peluca, desaparece el varón y entro en modo femenino”, explica Mirna, mientras taconea, delicada, por el departamento donde funciona la firma Crossdressing Buenos Aires, un emprendimiento que brinda espacio reservado y un minucioso asesoramiento a los caballeros que gustan de hacer realidad su fantasía de vestirse de mujer.

Mirna aclara que el círculo de los crossdresser porteños no es tan pequeño como aparenta. “Lo que pasa es que hay muchos prejuicios y por eso no se cuenta abiertamente. Imaginate si cruzamos al bar de la esquina y les digo a los parroquianos que me gusta vestirme de mujer. Lo primero que dirían es que soy puto. Y no, querido, a mí me gustan las mujeres, estoy casado y tengo hijos. Me gusta crear este personaje, la transformación completa, darle vida a Mirna. Un día rubia, otro morocha. La posibilidad de mutar, que generalmente los hombres no tenemos. Es un cambio de 180 grados de mi vida diaria de varón. Cruzar al lado B.” Un pasaporte efímero, para atravesar la frontera de la delgada línea rosa.

A los once años, cuenta Mirna, tuvo sus primeras excursiones al lado B. Era fana de Kiss. Cuando sus padres salían a trabajar, aprovechaba para entalcarse la cara como el gatito Peter Criss o el estrellado y más glamoroso Paul Stanley. Lo hacía encerrada en el baño, su mundo privado. “Era un juego con el espejo. Me llamaba la atención saber quién se ocultaba atrás de ese maquillaje.” Pero un día, dio un paso más: “Agarré un rouge de mi vieja y a ese mimo le agregué los labios rojos. Después algo de sombra celeste. Hasta que decidí sacar el talco y descubrí algo raro: una mujer”.

La siguiente escena se desarrolla en el aula de un colegio industrial, a fines de los ’70, durante una clase de Lengua y Literatura: “Mi profe montada en sus botas de taco alto –rememora Mirna–. Ella: toc, toc, toc en el frente. Y yo desde el pupitre preguntándome qué se sentiría estar sobre esos tacos”. La respuesta la encontró en el ropero de su madre: “No había botas, pero sí unos taquitos. Me los puse con las medias azules del colegio y de golpe comenzaron las sensaciones”. Un mundo de sensaciones.

Algunas semanas después, otra vez frente al espejo, empezó a afinar el ojo: “De repente me di cuenta de que las medias del cole no pegaban y me puse unas pantis color verde. ¡Uf, esa sensación del nylon sobre la piel!  Después fue probar un corpiño, para ver cómo se sentía. Pintarme los labios, caminar con los tacos. Era el despertar de las hormonas adolescentes. Me daba placer.”

Mirna pone stop en la narración. Se toma unos segundos, da vuelta la cinta y presiona play al lado A, la historia de G. ¿Qué puede contarnos? “Que desde aquellas experiencias, fue pasando el tiempo. Me puse de novio, me casé, tuve hijos. Estudié ingeniería, me especialicé en gas y petróleo. Nunca dejé de ponerme los tacos y la medibacha, pero mi primera mujer nunca lo supo.”

 

Una crónica de Nicolás G. Recoaro. Se lee completa en Tiempo Argentino, por acá.

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La vuelta de Sobre Sánchez

17/06/2018

Transbiografía, post novela y ensayo colapsado. Editorial Mansalva reedita Sobre Sánchez, el libro de Osvaldo Baigorria que sigue las huellas del errante Néstor Sánchez.

 

sanchez

La tetera es de porcelana

17/06/2018

Estamos invitados a tomar el té. La cita es a las 10 de la mañana, en un edificio ultramoderno, espejado, altísimo y bien acomodado sobre la calle Bouchard, en el frío corazón del Bajo porteño. La sede del Centro Cultural de la Embajada de Japón está en el piso 15. Desde las alturas de la casa diplomática se ven el río de aguas siempre quietas y el fervor de Buenos Aires y sus calles, en movimiento perpetuo.

Concentrada, algo solemne pero sin perder la sonrisa, Malena Higashi termina de ajustarse al cuerpo un finísimo kimono de seda, antes de dar el primer paso sobre el tatami. “Nada puede ser dejado al azar. Desde cómo moverse, las formas de sujetar cada elemento, hasta el tamaño de las maderitas que arden en el brasero, todo tiene un porqué”, advierte sobre los mil y un secretos de la ceremonia del té, el antiquísimo chado. La acompañan Lucy, Gabriela y Vanesa, serviciales estudiantes porteñas de este arte mayor nipón. También la sensei Emiko Arimidzu, decana de la disciplina en estas pampas. Su abuela.

En japonés, chado quiere decir “el camino del té”. Malena dio sus primeros pasos en este sendero cuando apenas sabía caminar. “De chiquita, mi abuela me llevaba a un espacio en Belgrano donde se tomaba el té. También me ponían el kimono. Aprendí más que nada jugando”, recuerda la joven, y mira a la sabia Emiko, que se ríe y comenta: “Todavía sigue jugando”.

Un anfitrión que ofrece el té y un invitado que lo bebe. Para el observador despistado, puede parecer un lacónico elogio de la simpleza que se bebe de a sorbos. Pero este pequeño gran acto rebalsa de simbolismos, estéticas, filosofías. El chado, dice Malena, es la culminación de todas las artes japonesas, porque en la sala de té conviven aportes de la caligrafía, la poesía, el arreglo floral, la arquitectura, la cerámica. Cuatro principios rigen la práctica: la armonía entre las personas y la naturaleza, el respeto, la pureza y la tranquilidad de la mente: “La práctica de chado tiene que ver con encontrar la belleza de las personas y de los objetos, apreciar algún aspecto de la naturaleza y llevarlo a la sala de té. Pero también es una práctica que enseña acerca del orden y la limpieza, a lidiar con imprevistos sin perder la calma. Y hay otro aspecto muy importante que llamamos omotenashi, la hospitalidad japonesa”, explica Malena y exhibe su chashaku, la cuchara tallada en bambú con la que sirve la infusión milagrosa.

Por su conexión con la naturaleza, el chado no puede separarse de las cuatro estaciones del año. En Japón, la primavera, el verano, el otoño y el crudo invierno están relacionados con la poesía. Los versos dictan las características de cada estación. Los cuidados movimientos de Malena sobre el tatami tienen la belleza de un haiku. Gestos diminutos, miradas profundas, frases cortas y por último, pero no menos importantes, infinitos silencios. Malena escribe el chado con su cuerpo. “Hay un concepto japonés de la belleza que viene del término wabi, que es la belleza de lo imperfecto. Murata Juko, un gran maestro de té, alguna vez dijo que la luna es bella cuando está ligeramente cubierta por una nube. La estética wabi no es la luna enorme y brillante en el cielo, es esa luna misteriosa que se insinúa, con un brillo opaco, tenue, detrás de las nubes.”

Una crónica de Nicolás G. Recoaro, publicada en Tiempo Argentino, completa por acá.

Figuritas

28/05/2018

 

Orlando comanda uno de los puestos más concurridos del parque, a pasitos de la avenida Rivadavia, bien cerca de las garitas estables que ofrecen libros de segunda mano y literatura de primerísima calidad. Ha trajinado todas las categorías del rubro. Arrancó hace cuatro años, durante el Mundial de Brasil: “Me enteré de que la gente se juntaba para cambiar figuritas y cuando llegué no lo podía creer: pila de pibes. Yo soy vendedor de alma, y acá vi que había un negocio. Al otro día me vine con una caja de zapatos llena de figuritas.” Así nació el pequeño emporio de Orlando: una tabla sobre cuatro cajones de fruta a manera de exhibidor, una docena de álbumes y cientos de paquetes –precio oficial: 15 pesos– que esperan ser degollados. En el gremio ya es un jugador de primera.

Este año, Orlando incorporó los fundamentales catálogos: “Y bueno, uno se va profesionalizando y hay que organizarse: son más de 600 figuritas. Los folios te ahorran tiempo y se ve mejor la mercadería.” Entre las mil y una caripelas mundialistas que han pasado por sus manos, elige la estampita 322, la de Ikechukwu Ezenwa, arquero nigeriano: “Tiene cara de tipo divertido, jodón. Lo invitaría a comer un asado. Fijate”. Tiene razón.

Antes de regresar a sus tareas lucrativas –una jauría de compradores exige su presencia–, el dealer repite como un mantra el discurso oficial de Panini, la empresa propietaria de los derechos oficiales: “No hay figurita difícil, no hay figurita difícil… El problema es que la gente atesora la de Messi o la de Agüero, para pegar en la heladera o en un cuaderno”. Agrega que las llamadas “leyendas” son las más cotizadas. Las postales del rey Pelé en México ’70 y del Diego en el estadio Azteca van de 60 a 100 devaluados pesos.

Una crónica de Nicolás G. Recoaro, publicada en Tiempo Argentino, se lee completa por acá.

Al final hay hogueras y vanidades

20/05/2018

Siempre más que barroco y churrigueresco en la forma, el lenguaje y las maneras, nunca menos que conservador en el fondo, la filiación artística y las afiliaciones políticas. Defensor de la presencia de Estados Unidos en Vietnam, desconfiado de la supuesta espontaneidad y el desabrido lirismo hippies, defensor del Estado de Israel, enemigo del terrorismo en cualquiera de sus formas, habría sido de los primeros en felicitar al Paraguay por ser de los primerísimos países en abrir su embajada en Jerusalén, ciudad santa de tres religiones monoteístas. Inmaculado en su traje y chaleco de lino blanco y virginiano, con medias bicolores y polainas sudistas donde fuera que lo llevara su oficio de cronista impertérrito pero facundo. Irreverente con las vanidades caducas del Wall Street de los yuppies y la especulación financiera en la era Reagan –que dio título a su novela La hoguera de las vanidades (1989) que dio lugar a un vanidoso, fútil film de Brian de Palma–. Sádico con el boom e-conómico de Clinton y con la sociedad post-racial de Obama. Así fue en vida Tom Wolfe, el autor que más hizo por violar las fronteras porosas de la literatura y el periodismo, y uno de los más involuntarios pero poderosos responsables de que en América Latina la crónica se haya convertido en género de culto y salvoconducto pop para requisas diurnas de todas las torres de marfil y allanamientos nocturnos de todas las chacaritas de la cultura.

Un artículo de Alfredo Grieco y Bavio, se lee completo en el ABC Color paraguayo, por acá.

Grandes valores

20/05/2018

Rolo Quintana brilla en el universo del espectáculo argentino como una estrella distante: “Tengo un carrerón, querido. Imaginate que debuté de muy pibe, a los cinco años. ¡Fui niño prodigio! Hice mucho cine y televisión”, saca chapa el caballero de gafas ahumadas –que por coquetería evita revelar su edad– mientras almuerza pollo a la plancha con ensalada de zanahoria, en el comedor de la Casa del Teatro. Hizo gala de sus dotes actorales en films de la edad de oro del cine nacional, como La cuna vacía y Toscanito y los detectives. “Ojo que también canté mucho y pude hacer giras por toda América Latina. Siempre buscando. También fui comerciante: vendí antigüedades y hasta tuve un restaurante, pero no terminó bien esa historia”. Enseguida, el actor narra un drama de enredos económicos ambientado en el país del 2001, que titula con ironía: “Bueno para la actuación y malo para los negocios”. Los problemas financieros lo dejaron fuera de escena, pero nunca bajó los brazos y mucho menos perdió la pinta. Hace unos años, todavía en la mala, Quintana halló reparo en la Casa del Teatro: “Acá encontré una cama, contención y muchos amigos, mis pares”. Cada tanto, entre café y guitarreadas, rememora con sus compañeros de pensión el sano vicio del canto, y el de los aplausos: “Acá conocemos la magia del escenario. Y es imposible olvidar la pasión del público, te llena el alma”.

El “bailaor” Fernando Ortega es otro de los 35 artistas que comparten el techo de la institución fundada en 1938 para asistir a antiguos laburantes del espectáculo. Con Quintana son amigos hace más de cuatro décadas: comparten mesa puntualmente todos los almuerzos. Durante más de medio siglo en el gremio del flamenco, Ortega le sacó viruta a miles de escenarios. Bailó con todas y todos, hasta para la más grande, Lola Flores, “la faraona”. El recitado y sus pies siempre le dieron de comer. Ahora, con 72 pirulos bien llevados, está retirado. “Acá encontré mi oasis –dice–. Me he pasado la vida dando patadas. Este es el momento del reposo del guerrero, con mis amigos, el broche perfecto de mi carrera. ¡Y olé!”.

 

Una crónica de Nicolás G. Recoaro, publicada en Tiempo Argentino, completa por acá. 

Confesiones de una mascarada

18/05/2018

Hechizos indígenas en México, persecuciones en Irlanda, influencias tenebrosas y posesiones mágicas en los asilos franceses eran argumentos de la denuncia antisocial que Antonin Artaud se había dispuesto a presentar en el Teatro de Veiux-Colombier de París el 13 de enero de 1947. Pero la mayor parte de esa conferencia nunca terminó de ser leída en público.

Artaud había salido siete meses antes de Rodez, último de los manicomios en los que fue aislado nueve años contra su voluntad, atravesando la totalidad de la guerra y la ocupación nazi. En ellos sufrió tantos electroshocks, miseria y dolor a causa de un cáncer no diagnosticado, y de la ausencia de láudano y heroína, que había envejecido de golpe y perdido casi todos sus dientes. Su conferencia trunca es un relato de ese suplicio, en el que no falta humor, como en los diálogos entre el paciente y el psiquiatra que lo acusa de delirios persecutorios y lo amenaza con la tortura eléctrica cada vez que pronuncia la palabra “encantamiento” para referirse a esos hechizos que el narrador-autor decía haber constatado durante su viaje a los tarahumaras y a lo largo de toda su vida.

Pero aun despojado del referente autoral que se presenta con fecha de nacimiento y datos vitales básicos, este texto pide que se lo tome “en serio”, no en serie. Y ese es justamente el problema. Para el racionalismo hegemónico en aquella Europa paradójicamente arrasada por la barbarie, ese racionalismo que supone que todo se puede explicar y poner bajo control, como un delirio de la luz de la razón, la tenacidad con la que este discurso insiste en la existencia de una realidad oscura bajo la conciencia habitual era algo semejante a la blasfemia. El orden psiquiátrico basado en el encierro y la administración forzada de electroshocks no era sino otro dispositivo de ese poder insondable al que el francotirador de Marsella proponía “atacar a mano armada”.

Un discurso que alerta sobre las maniobras ocultas que cada tanto ponen en marcha a poblaciones enteras en “hileras de hombres y mujeres confundidos”, maniobras que mantienen a la conciencia humana “en el embrutecimiento en el que no podemos dejar de verla hundirse cada vez más”, está consagrado a la incomodidad, salvo que se lo lea desde el diagnóstico tranquilizador pero vulgar de “Artaud estaba loco”, o finalmente como ficción, teatro, poesía, un destino descarriado frente al intento de superación de la dicotomía obra-vida que proponía su autor.

Había que atreverse a subir a un escenario para decir lo que este se había propuesto decir en aquel momento. En el documental La veritable histoire de Artaud le Momo, de Gérard Mordillat y Jérome Prieur, los testigos coinciden. Paule Thevenin informa que su amigo Antonin le había preguntado si le iban a dejar expresar todo lo que quería. Por supuesto, ya no había censura. Pero cuando llegó el día de su conferencia, anunciada como el retorno del poeta-actor en un “Tete a tete con Antonin Artaud”, no pudo hacerlo. La sala estaba llena, con unas setecientas personas, entre ellas Gide y Breton, entre toda la crema parisina de la época. Artaud se presentó, balbuceó por un rato y luego se calló. Pánico escénico.

La crítica literaria Marthe Robert dijo que el performer en un momento miró hacia la sala y no pudo continuar. Para el artista plástico Gustav Bolin fue una noche trágica, en la que Artaud se quebró sobre el escenario. El editor y explorador Alain Gheerbrant contó que el actor de pronto sacó un pequeño cuchillo plegable y empezó a golpearse el cráneo con la punta mientras profería insultos contra los monjes tibetanos. Cuando un estudiante en la audiencia intentó intervenir, lo invitó a retirarse de la sala, “si esto va más allá de lo que usted puede entender o seguir”. En general, no hubo contacto ni buena relación con una audiencia que al principio había sido muy amigable y luego empezó a retirarse. En un momento de silencio, alguien gritó: “Diga algo, cualquier cosa, que igual lo adoramos”. Artaud le respondió con aspereza: “¿Y quién le pidió su consejo?”

La máscara de Momo, una expresión que en dialecto de Marsella podía significar “niño”, “tonto”, “ridículo”, y otras acepciones que discute el traductor Ariel Dilon en Historia vivida de Artaud-Momo, también puede ser vista como una sobreactuación burlesca de la demencia del portador, de su carácter de alienado, de extraterritorial. Esa mascarada enfrentó a aquella audiencia y a sus lectores post mortem con el misterio de la locura, de lo que se ha dado en llamar locura, de la pérdida de la razón, del juicio. Fue la performance trágica de un rebelde solitario y furioso que se presentó en escena como alguien que llegó a ver algo que el resto de la sociedad no puede o no quiere ver y que por su insistencia lo castiga. Y aunque las formas del castigo cambien o sean más leves, en el orden actual del mundo lo que se rotula como locura continúa estando del lado del mal y del desorden. Gracias a la edición de Mardulce ahora podemos acceder en castellano por primera vez a un discurso que se expone a continuar bajo la marca de la demencia, aun concediéndole su “verdad poética” o su potencia testimonial, por razones que nunca dejan de ser inquietantes.

Un artículo de Osvaldo Baigorria, publicado en revista Ñ como reseña de Historia vivida de Artaud-Momo, Mardulce, 2018.