Archive for the ‘Correcaminos’ Category

Una puta elegante y veterana

15/01/2018

¿Por qué queríamos ir a Buenos Aires a pasar los últimos días del año? Podría decir que tenía algunas reuniones más o menos importantes, y no mentiría. Pero la verdad es que Buenos Aires no apela a ninguna zona racional de mi cabeza. Buenos Aires es una antigua pasión, una querencia inexplicable, un punto vulnerable, una obsesión. Las obsesiones no se curan ni se reprimen: uno se entrega a ellas, resignado. Mi enamoramiento de Buenos Aires comenzó cuando tenía dieciocho años y no sabía que estaba enamorándome de una puta elegante y veterana, que habría de maltratarme y serme infiel, solo para seguir amándola todavía más, como se ama en las grandes pasiones incomprendidas. Me dicen: pero Buenos Aires es vieja, decadente, apesta, huele mal, está decrépita, ha envejecido fatal. Y yo digo: sí, sí, pero la quiero igual, la quiero precisamente por eso, porque es una meretriz antigua, afrancesada, de la que vivo enamorado sin remedio, a sabiendas de que me complacerá solo cuando a ella, tan díscola, se le antoje.

Una columna de Jaime Bayly, se lee completa por acá.

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Pulgar a fondo

01/01/2018

En aquella época los pibes todavía jugaban con autitos. El pequeño Alberto Marcolongo no era la excepción. “Uf, tenía pilas: los Dinky Toys, los Solido, todos de colección. Aunque no parezca, soy de una era anterior al Scalextric, de tracción a sangre. No se imagina lo que fue cuando llegó al país, a principios de los ’60, ¡una revolución!”, recuerda Marcolongo, ya maduro, en las entrañas de AÑEslot, el templo pagano del automodelismo nacional que conduce desde el año 2004. Su vínculo con los bólidos, sin distinción de porte, viene aceitado en su ADN. Su padre, Oscar, fue piloto de Turismo Nacional y director del equipo Fiat. “En mi casa –sentencia– se respiraba mecánica”.

Una crónica de Nicolás G. Recoaro. Se lee completa en Tiempo Argentino, por acá.

Octubre rojo

16/10/2017

A finales de septiembre de 1917, vino a verme a Petrogrado un profesor extranjero de Sociología que se encontraba en Rusia. En los círculos intelectuales y de negocios había oído decir que la Revolución había empezado a ralentizarse. El profesor escribió un artículo sobre este tema y emprendió un viaje por el país, visitó ciudades fabriles y aldeas donde, para su sorpresa, la Revolución estaba claramente en ascenso. Oía hablar continuamente a los obreros y campesinos de lo mismo: “la tierra para los campesinos, las fábricas para los obreros”. Si el profesor hubiera estado en el frente, habría oído a todo el Ejército hablando de la paz.

Un fragmento de Los 10 días que estremecieron al mundo, de John Reed, se lee completo por acá.

Habano Affair

01/10/2017

Roberto es el elegante caballero que da la pitada inicial de la tarde. Todos los jueves a las 13, religiosamente, se apersona en La Casa del Habano para cumplir con la liturgia. Es un empresario ligado al mundo de los seguros, tiene 83 joviales años y más de 20 dedicados al cigarro. “Vengo acá y entro en otro tiempo. Uno se sienta en el sillón, conversamos, pero también se piensa mucho”, dice, al tiempo que disfruta de su vistoso H. Upmann Half Corona. En sus años mozos, fue un moderado fumador de los delgados Particulares 30. “Pero esto es otro mundo. Le doy un ejemplo: fíjese cómo se apaga el cigarrillo. Se lo retuerce, se lo maltrata. Al habano se lo deja morir en el cenicero, con dignidad. Una muerte natural.”

Una crónica de Nicolás G. Recoaro. Se lee completa en Tiempo Argentino, por acá.

El museo de Evo Morales

24/09/2017

La carretera es una recta infinita. En los bordes hay paja brava, maleza, arbustos, grietas, y en el horizonte, algunos cerros del color de una tubería oxidada. A izquierda y derecha aparecen y desaparecen algunas viviendas. La mayor parte del tiempo la superficie es pura pampa, a veces ocre, a veces blanquecina. Los postes de luz son lo más parecido a un árbol en varios kilómetros a la redonda. En un surtidor de gasolina, un motorista como los de las películas de Mad Max, con rastas interminables y la ropa salpicada por un polvo minúsculo, escudriña con unos ojos azules tan inquietantes y apocalípticos como el paisaje. En algunos tramos del viaje, las dunas amenazan con comerse el camino. Pero el sol no calienta: hace frío.

En esta tierra recóndita, a seis horas en coche desde La Paz, nació el presidente boliviano Juan Evo Morales Ayma. Un cartel en Isallavi, la comunidad campesina donde aprendió a pastorear camélidos, recuerda la fecha —26 de octubre de 1959— y un letrero con el fondo verde anuncia: “Casa Evo”. La construcción tiene unos siete metros de largo por tres de ancho, las paredes de adobe, el techo de paja, la puerta cerrada y las ventanas selladas, y es similar a las que hay en las inmediaciones.

Una crónica de Álex Ayala Ugarte. Se lee en El País, por acá.

El poder de los vientos

28/08/2017

Mientras dirige la batuta, Omar Federico sopla una zanka y golpea el bombo con milenario fervor. Al hombre orquesta lo custodian sus compañeros de la agrupación Wayra Q’ Qantathi. Frente a una tórrida fogata, suspiran con sus sikus la postrera kacharpaya, como se llama a la fiesta que despide el carnaval. Pocos pasos más allá, decenas de bailarines giran en ronda, tomados de las manos. La imagen parece sacada de algún festejo en las alturas de la Puna. Pero si uno ajusta la mirada descubre que no hay cerros de siete colores sobre el horizonte, sólo el gris paredón del cementerio de la Chacarita como fondo.

Una crónica de Nicolás G. Recoaro en Tiempo Argentino. Se lee completa por acá.

Todo un palo

15/08/2017

Nicolini es un baqueano experto en la geografía de las boleras nacionales. Con 63 años sobre el lomo, lleva más de 40 derribando bolos con la potencia de sus bombazos. Su fervor por la disciplina de palo chico arrancó en los ’70, años tórridos de la primera “fiebre del bowling” en estas tierras. Su bautismo de fuego fue en el club Morón. Con la vuelta del general Perón al país, Nicolini y su barra de amigos resignificaban una de las máximas justicialistas: iban de casa a la bolera y de la bolera a casa. “Estaban los clubes, pero también empezaban a proliferar las confiterías. Era una salida económica, bien popular. Te tomabas una gaseosa, comías un sánguche y jugabas unas líneas por menos de 2000 pesos moneda nacional, dos fragatas”, recuerda, mientras calibra el primer tiro de la noche.

Una crónica de Nicolás G. Recoaro, se lee completa en Tiempo Argentino por acá.