Archive for the ‘Correcaminos’ Category

En el camino

27/05/2017

Hay tantas maneras de caminar como bípedos hay en el mundo, y cada uno encontrará su modo particular, su gesto único, su ritmo. El de Edgard Scott en Caminantes (Ediciones Godot, 2017) se organiza en torno a lecturas de autores que fueron encontrando, al andar, una peculiar trascendencia, un estilo. No encontraron necesariamente la salud, que de tanto caminar a veces se pierde. Ya en el prólogo a su traducción de Caminar de Thoreau, Scott había insinuado un desdén por el andar como deporte o prescripción médica y cierta atracción por esas figuras de artistas del camino que en este nuevo libro se clasifican como flaneurs, paseantes, vagabundos y peregrinos.

En este pequeño librito, delicadamente ilustrado por Tobias Wainhaus, desfilan Baudelaire y Sarmiento, Walser y Rosseau, Sebald y san Ignacio, Stevenson y Rimbaud, Luis Gusmán y Carlos Correas, entre otros. Rasgos en común: de género masculino, estas figuras se recortan solas, no van en compañía aunque si la encuentran podrán sostenerla un tiempo en busca de alguna quimera, y después partirán de nuevo, seguirán su yiraje, su trottoir. Se camina a solas porque dos ya es multitud: consigna linyera de los errantes pampeanos, algunos de los cuales fueron singulares narradores orales y aquí también aparecen.

Un reseña firmada por Osvaldo Baigorria en la revista Ñ. Se lee completa por acá.

Poesía estatal

15/05/2017

 

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Cuchillo entre los dientes

17/04/2017

Pesada, en caída libre, la maza golpea el acero que reposa tórrido sobre el yunque. Ante cada embestida, el vapuleado metal dispara decenas de chispas como un volcán en erupción. Con dosis desparejas de templanza y frenesí, los mazazos de Mariano Gugliotta dibujan el candente acero de Damasco. “¡Guarda con los chispazos! –advierte el artesano y ensaya la arremetida final–. Como le comentaba hace un rato, este va a ser un cuchillo multilaminado, con varias capas. El proceso es largo: hay que limpiarlas, llevarlas a 1200 grados en la fragua y luego hacer el caldeo a puro golpe: una soldadura sin electrodos. Imagínese el trabajo para lograr el dibujo, es como un hojaldre. Arranco con 20 capas, pero se van plegando, después son 40, 80… Soy el segundo que lo hizo en el país. El primero fue mi padre”.

Gugliotta lleva en los genes el noble oficio de forjar hojas afiladas. La saga familiar arrancó hace varias décadas, cuando su abuelo Miguel llegó de Italia a hacer la América. En el campo comenzó a trabajar en un taller de herrería y adoptó el gusto gaucho por los facones. Su hijo Miguel, mecánico de profesión, heredó la pasión por trabajar el fierro. “Mi viejo fue explorando esta técnica artesanal que viene de los romanos –recuerda Gugliotta–. Le preguntaba a mi abuelo sobre herrería, pero también aprendía de las revistas especializadas yanquis que llegaban acá en los ’80. Pateábamos Corrientes para revolver las mesas de saldos y por ahí aparecía alguna”.

Golpe a golpe sobre el yunque, papá Miguel se transformó en un secreto a voces de la cuchillería. Su otra pasión eran las artes marciales, y un día decidió forjar katanas, el sable curvo de los samuráis. Su fama atravesó fronteras: le llegaban pedidos desde Estados Unidos y aun de Japón. Una tarde, Lou Reed, fan y coleccionista, visitó el taller de Villa Soldati para asegurarse una espada.

Una crónica de Nicolás G. Recoaro, se lee completa en Tiempo Argentino, por acá.

Miedo y asco en Hawai

14/04/2017

La fórmula se repite y sigue siendo infalible hasta la mitad del libro: el periodista-narrador es enviado a cubrir un evento deportivo de masas pero una vez allí todo se desbarranca en una semi-cobertura del acontecimiento entre peripecias regadas con alcohol y drogas legales e ilegales. La maldición de Lono es un texto menor dentro de la obra de Hunter Thompson, comparado con el contundente Miedo y asco en Las Vegas, aunque es una excelente introducción al gran circo del gonzo y presenta menos jerga a traducir al lenguaje callejero de Madrid o Barcelona, lo cual en estas latitudes se agradece.

El escenario hawaiano es por cierto más exótico que otros, incluido el portorriqueño de El diario del ron o el yucateco La gran caza del tiburón, dado que aquellas islas en medio del Pacífico o de la nada, según el narrador, pueden volver loco al más sensato: “No hay ningún otro lugar en el mundo que soporte tan constantemente el embate del mal tiempo de los demás”. Allí es donde se encerró el autor para escribirlo, acompañado como desde sus inicios con el Derby de Kentucky por su amigo el artista inglés Ralph Steadman, cuyos dibujos ilustraron una edición de culto de 1000 ejemplares en 2005, bastante después de haberse agotado la primera edición de The Curse of Lono en 1983.

Una nota de Osvaldo Baigorria, se lee en la revista Ñ.

Los gondolieri del Riachuelo

13/03/2017

Juan Carlos Mansilla tiene 67 años. Hace 43 que es botero. De su padre Luis heredó el oficio, y también al Don Conrado, su bote. Con precisión de biógrafo, todavía recuerda su primera travesía por las aguas barrosas del Riachuelo. Fue en las vísperas del Día de Reyes, el sábado 5 de enero del año 1974. Perón piloteaba por tercera vez, y con viento en contra, los destinos de la Patria. “Mi viejo me hizo entrar a laburar con este bote que ahora ve flotando –subraya Mansilla y ayuda, con ademanes de caballero, a una pasajera que aborda la histórica embarcación–. A mí me enseñó a remar mi padre. Yo le enseñé a mi hijo. Y él le va a enseñar a mis nietos. Este oficio es descendencia.”

Suelta amarras, hunde los remos y comienza con su faena cotidiana. El eterno retorno entre La Boca e Isla Maciel. En poco menos de cinco minutos, el bote une las dos orillas. “Obvio que antes había más movimiento. Piense que en la isla estaban instalados La Blanca, La Negra y el Anglo. Acá se laburaba las 24 horas. Cruzaban 10 mil personas por día y había como 40 boteros”, asegura Mansilla, mientras cobra los magros cinco pesos del viaje al primer pasajero de la tarde.

De aquel pasado dorado, con industrias pujantes, fondas repletas de marineros y prostíbulos lujuriosos, queda apenas un fantasma. “Por ahí a la una de la madrugada bajaba un poco el laburo. En esa época llegué a remar un día entero sin parar”, se ufana Mansilla, y enseguida seca con un repasador las gotas de sudor que le bajan rodando por el cuello.

Una crónica de Nicolás G. Recoaro, se lee completa en Tiempo Argentino por acá.

El cronista desgarrado

19/02/2017

A fines de los años 20, en medio de la miseria, la desesperación de una Europa en crisis y en la que ya crece el fascismo, César Vallejo sobrevivía tensionado no solo por la necesidad económica y la denuncia de la deshumanización capitalista, sino por el conflicto entre su lenguaje poético original y su adhesión incondicional a la revolución rusa y al Partido Comunista de Perú, cuya célula parisina llegaría a fundar. Su poesía se inclinará por la transparencia sin perder ritmo ni potencia léxica, como se verá en los póstumos Poemas humanos y en España, aparta de mi ese cáliz. Pero en su prosa exhibirá una voluntad de “bajar línea” que lo llevará, no tanto al facilismo de lectura, sino a repudiar experimentos semejantes a los que él mismo había desarrollado en su primera etapa y a someterse a la doctrina oficial soviética sobre arte y literatura en años de transición del marxismo-leninismo hacia el estalinismo.

Un artículo de Osvaldo Baigorria sobre César Vallejo, sus ensayos y crónicas. Se lee completo por acá.

Samba, a ti te canto

19/02/2017

Viejo mercado de esclavos y escenario de ofrendas a los orixás africanos, para las primeras décadas del siglo XX Pedra do Sal ya se había transformado en el punto central de reunión de los músicos que descendían al bajo fondo carioca desde los empobrecidos morros. “Esta es la cuna del samba: la zona portuaria, el barrio de migrantes bahianos y, sobre todo, el territorio de los esclavizados”, asevera rotundo Neis Jota Carlos, un elegante jubilado ataviado de punta en blanco: sombrero jipijapa, guayabera crema y zapatillas de running al tono. Neis araña los 80 años, es mecánico hidráulico y está casado hace décadas. Muchas décadas, subraya. Su pasión es la música en general, y el samba en particular. Toca, canta y compone. Mientras degusta una lata de Antarctica bien helada, recuerda sus primeras derivas bohemias en la Pedra do Sal: “Cuando era joven, venía con amigos a cantar y tomar unas cervezas. No era ni por asomo lo que puede ver usted ahora, con tanta gente. Esto era más bien un desierto.” Neis resalta que con el paso del tiempo, y pese a la reticencia de la élite, el samba ganó miles de fanáticos y se transformó en parte fundamental de la identidad nacional brasileña. Antes de perderse en un mar de danzarines y turistas, arriesga: “Acá se dio el origen. Pedra do Sal es la génesis de nuestra cultura.”

Una crónica de Nicolás G. Recoaro, se lee completa por acá.