Archive for the ‘Teorías de perfil’ Category

Taller Baigorria

21/08/2017

taller osvaldo baigorria

Yo, yo y yo

05/02/2017

El reality show, las entrevistas a personas y personajes de la cultura, la crónica periodística, el biodrama, el auto documental y otros géneros de circulación frecuente que ponen el foco sobre el individuo revelan que el yo, la primera persona, sea conocida o no, se lleva todas las miradas del presente. “Primacía del yo”, “show del yo”, “giro subjetivo” señalan sociólogos y críticos de arte. Una voz autoral que gana espacio en todas las áreas de expresión y que también tiñe la literatura contemporánea. Leemos entonces relatos personalísimos (cuentos y novelas de autoficción, rotula la crítica) en los que la vida cotidiana del narrador -cuyo nombre propio coincide con el del escritor y además es el personaje principal de cada texto- da lugar a reflexiones de diverso tenor y temática, o simplemente al inventario de acciones cotidianas, aparentemente banales y hasta rutinarias. Que tienen gran aceptación y más demanda en todo el mundo. Entre los que practican este tipo de relatos se pueden nombrar a Emmanuel Carrère, Karl Ove Knausgård y Mario Levrero, como ejemplos notables y traducidos a varios idiomas y con demanda siempre en alza. Pero la lista completa sería extensísima, en realidad, inabarcable. ¿Por qué tienen tanta aceptación y difusión este tipo de literatura? ¿Será por el efecto de identificación mutua -con una fuerte dosis de voyeurismo? ¿O acaso esos textos de la vida cotidiana dicen algo más?

Un artículo firmado por Gabriela Baby en La Nación, se lee completo por acá.

Queremos preguntar

20/01/2017

Los dueños de un diario del Perú les han prohibido a sus periodistas hacer preguntas durante las entrevistas. La historia me la contó un reportero que renunció tras intentar sin éxito acatar la medida. ¿Es posible entrevistar a alguien sin abrir la boca? Los directivos del medio implementaron esta innovación para mantener contentos a los accionistas y a los anunciantes, ese dúo tóxico. En las páginas del diario desfilan ministros, empresarios, banqueros y otros poderosos que a veces son accionistas o quienes compran las páginas de publicidad. La prohibición tiene matices: los reporteros pueden conversar con esos personajes sobre el éxito de sus negocios, sobre las millonarias inversiones que crearán miles de empleos en el país y, acaso, sobre su plato de comida favorito. De ninguna manera sobre las cosas que los lectores merecen saber.

Un artículo de Márcos Avilés, se lee completo por acá.

Un canto de cisne a la heroína

29/05/2016

En la época en la que inyectarse un opiáceo en las venas estaba de moda entre los refractarios al sistema, el escocés Alexander Trocchi (1925-1984) se destacó por escribir un clásico sobre la adicción a la heroína, según lo calificó William Burroughs, que algo sabía del tema. Luego de haber editado la revista literaria Merlin en París en los 50, Trocchi escribió varias novelitas eróticas, algunas por encargo y con seudónimo, como Helen and Desire, School for Wives y Young Adam, esta última llevada al cine. Pero El libro de Caín fue su obra última y fundamental, la más subversiva, prohibida y literalmente incinerada en Gran Bretaña.
El narrador de esta novela autobiográfica de apellido similar al autor, Joe Necchi, está a favor de la legalización de todas las drogas y critica la histeria de masas que permite el alcoholismo pero no tolera el consumo de otras sustancias: “Para los hombres comunes y corrientes, toda forma de trastorno mental, salvo emborracharse, es tabú… El alcohólico se humilla a sí mismo. Pero el hombre que está bajo los efectos de la heroína se encuentra más allá de la humillación… Bajo sus efectos te adaptas con toda naturalidad a un nuevo hábitat. Es posible vivir en el umbral de la puerta, en el sofá de alguien, en su cama, en su piso, siempre cambiando de lugar”. También sabe que es posible tener que mentir, estafar y robar incluso al amigo que lo ayudó a conseguir droga la última vez. “En el mundo del yonqui no tienes más remedio que ser muy tolerante con el otro”.
Publicado por Grove Press en 1960, al principio el libro sólo se conseguía en Nueva York dado que sus ejemplares a la venta en librerías británicas fueron confiscados por “incitar a la depravación” y quemados en 1963. En español recién fue publicado por Anagrama en 1992. Por cierto, el uso del argot ibérico en la traducción puede hacer difícil a un lector hispanoamericano entender que el protagonista, que trabaja y vive en una gabarra (chata o barcaza que transporta materiales), sobre el río Hudson, anda “trapicheando todo el día con la pasma pegada a los talones”, le dice a su novia que “tiene que dar el callo” mientras ella avisa que “se comería un rosco” porque es “como si la llevara pegada al chocho, guaperas, mientras no me metan en chirona”.
Traducciones aparte, los detalles, las etapas del rito, el uso correcto del instrumental, los diálogos lentos, el placer, el éxtasis y el cuelgue en las escenas donde el “líquido pálido veteado de sangre se escurre por la aguja y penetra en la vena” reponen de modo contundente la vida clandestina de esas figuras espectrales que eran los yonquis de Manhattan, “relegados a la pobreza, la suciedad, la miseria, sin siquiera la protección de un gueto legítimo”. Porque el narrador también fuma marihuana pero detesta la intransigencia de los consumidores de cannabis hacia la heroína, tanto como a los policías, jueces, médicos y expertos que condenan a los yonquis cometiendo “verdaderos asesinatos como si se sonaran la nariz”. Sin exagerar: en esos años, suministrar heroína a un menor podía ser castigado con la silla eléctrica.
En cuanto al autor, que compartía la aguja con todo el mundo sin importar la edad, tuvo que dejar Estados Unidos después de un serio traspié. Una vez fue a comprar droga a Harlem y al volver al centro lo detuvo la policía. Lo amenazaron con acusarlo de traficar heroína para que entregara a su dealer. Trocchi se negó a hacer esa delación y terminó preso. Por suerte, algunos buenos amigos lo sacaron de la cárcel bajo fianza. Pero el proceso continuó, agravándose cuando fue invitado a un debate por televisión y mostró en vivo cómo se inyectaba. Al advertir que no tenía ninguna posibilidad de evitar la condena, Norman Mailer, Leonard Cohen y otros lo ayudaron a refugiarse en Canadá.
En 1961 regresó a Gran Bretaña, donde pudo registrarse como adicto y recibir tratamiento y drogas de manera legal. Se dedicó a trabajos menores, entre ellos vender libros en el mercado de Portobello en Londres, y publicó una serie de artículos filosituacionistas sobre el Proyecto Sigma, una propuesta de red de artistas, universidad espontánea y agencia de comunidades no jerárquicas que en Argentina se publicó entre 1965-67 como “La insurrección invisible de un millón de almas”, por traducción de Ektor Nho (Miguel Grinberg) en la revista Eco Contemporáneo. También empezó a escribir otra novela, The Long Book, que nunca pudo terminar.
O sea que El libro de Caín fue la despedida de Trocchi de la literatura, si es que alguna vez estuvo allí. “Supongo que ésta es mi última voluntad y testamento, aunque mientras tenga la posibilidad de elegir tardaré mucho en morirme (sólo puedes cultivarte mientras esperas el desenlace)”, escribió en ese canto del cisne anticipado. Murió quince años más tarde, pero no a causa de la heroína sino probablemente del tabaco, un año después de una operación de cáncer de pulmón que se complicó con neumonía. Irónico: se salvó del “chute”, del “caballo” y de la “pasma” pero igual lo alcanzó la parca, como a todos. Eso se comprende.

 

Una nota de Osvaldo Baigorria en Perfil, se lee por acá.

Palabras finales de Debord

02/05/2016

La despedida de Guy Debord (1931-1994) tuvo algo de esas “situaciones construidas” que impulsó la Internacional Situacionista, grupo que entre fin de los ´50 y principios de los ´70 propuso la superación del arte en tanto esfera separada de la vida dentro de una revolución que Debord seguía llamando, sin concesiones, “proletaria”. Es curioso observar el derrotero de ciertas palabras que en otros tiempos fueron potentes. En el vocabulario situacionista, una de las más novedosas y equívocas fue détournement: la tergiversación y el desvío de elementos estéticos preexistentes y su composición en una nueva unidad de sentido. Por ejemplo: un título, un recorte de prensa, una frase neutra, un póster, una consigna, una foto cuya relación con el texto no sea obvia de inmediato, producen otros significados si se los inserta en un nuevo contexto. Se modifica un cartel publicitario o señal de tránsito, se arranca un fragmento de su lugar fijo y predeterminado, se desvía su curso y se subvierte su sentido. Desviación o tergiversación serían más apropiadas, pero en las reediciones argentinas de La sociedad del espectáculo, desde su primera publicación por Ediciones De la Flor en el 72, détournementsiempre aparece como “diversión”, quizá tomando en cuenta su traducción al inglés.

Osvaldo Baigorria escribe sobre Guy Debord en suplemento Cultura de Perfil, se lee completo por acá.

Sobre Arenas

13/09/2015

“Que la bandera de Estados Unidos volviera a flamear sobre La Habana y los capitalistas norteamericanos pudieran hacer negocios con los comunistas cubanos no habría sido ningún motivo de celebración para Reinaldo Arenas (1943-1990) si con ello se tejiese un manto de olvido sobre los crímenes contra homosexuales, prostitutas, bohemios y otros réprobos, según él mismo denunció en los años más duros de la revolución. Un chiste cubano que le gustaba parafrasear en su exilio en Nueva York dice que la diferencia entre un país capitalista y uno comunista es que en ambos te dan una patada en el culo pero ‘en el primero puedes gritar y en el segundo tienes que aplaudir’. Otra ironía popular asegura que ‘el socialismo cubano es la fase de transición más prolongada entre el capitalismo y el capitalismo’.” Osvaldo Baigorria escribe sobre las palabras finales de Reinaldo Arenas en Perfil. Se lee por acá.

Cuatro años sin TEM

31/01/2014

“Cuando Ezequiel Martínez, su hijo y albacea, me propuso organizar los manuscritos de Tomás para que investigadores, periodistas y escritores pudieran consultarlos en la sede de la Fundación Tomás Eloy Martínez, que fundó y preside tras la muerte de su padre, dije que sí, que cómo no, que todo un honor. Muy irresponsablemente. Por entonces no sabía el tamaño que iba a tener la tarea. A veces me he preguntado –inútilmente– si la hubiera aceptado de saber cuán grande e interminable iba a ser en realidad. Tantas páginas, tantos borradores, tantos recortes y subrayados y libros marcados e ideas casi ilegibles garabateadas en una, dos, tres, cuatro, cinco libretas y cientos (cientos) de archivos de Word, no podían provenir –pensaba yo– de la cabeza de un solo hombre.” Ana Prieto escribe en la revista Anfibia, a cuatro años de la muerte de TEM. Se lee por acá