Archive for the ‘Teorías de perfil’ Category

Treinta años sin Lihn

22/01/2018

“Conozco a Lynnh. Yo tampoco sé escribir este apellido. Ese hombre es macanudo. Tiene gran talento y bella boca. Facha estupenda, dulce risa. No se lo digas. Se le puede fundir el tacho”. Quien habla es nada menos que Violeta Parra y a quien se refiere es nada menos que a Enrique Lihn. Lo hace en una carta que le envió a su amiga Amparo Claro en febrero de 1965. El pasaje dice mucho sobre el modo de ser de Violeta, pero también da indicios sobre una amistad de la que poco se sabe: esa que unió a dos de las figuras más relevantes de la cultura chilena del siglo XX. Conversaban, se aconsejaban en materia creativa. En 1963, desde París, Violeta le escribió a Nicanor y le pidió que saludara de su parte “al honorable cantor de los cantores mayores: Enrique Lihn”.

Macanudo era y gran talento tenía –bella boca habría que someterlo a consideración–, pero a Lihn nunca, pese a la coqueta suspicacia de Violeta, se le fundió el tacho. No se le subían los humos a la cabeza. No se mareaba: tenía pretensiones y recelos, cómo no, pero era el poeta de la inteligencia y mantuvo en la más alta consideración la ironía y la sospecha, de las cuales, si son genuinas, como en su caso lo eran, se deriva una cierta desconfianza ante todo por uno mismo. A Lihn podrían endosársele perfectamente esas palabras con que el filósofo colombiano Nicolás Gómez Dávila se declaró ironista: “Si la ironía consiste en pensar que la verdad es precisamente lo contrario de lo que estamos pensando, pero que no basta invertir nuestro pensamiento para captarla –así como la acera de enfrente es aquella en que nunca estamos–, pido que se me admita como ironista”.

Una semblanza firmada por Vicente Undurraga, se lee completa por acá.

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Un perfil de Benesdra

06/01/2018

En el primer edificio en el que funcionó el diario argentino Página 12, un olor a cigarrillo se afianza en el ambiente. En un rincón, Salvador junta a varios colegas para anunciarles una importante noticia. Silencio incómodo. Salvador habla: esa noche seres de otro planeta vendrían a Buenos Aires a buscarlo. Había empezado una revolución interplanetaria y él iba a ser el interlocutor entre los dos mundos. Sus compañeros tratan de que cambie de opinión. No hay caso. Benesdra está convencido. Llaman a algunos amigos de Salvador. Lo acompañan al Obelisco. Esperan el descenso de una nave. Dice Benesdra: llegará a medianoche. Esperan. Siguen esperando. Se emborrachan. Terminan en la madrugada en casa de otro amigo: psiquiatra.

Un perfil firmado por Ximena Tordini, en la revista Anfibia. Se lee por acá.

 

 

Guerriero responde

24/12/2017

Leila Guerriero: “No creo que se haya popularizado, sino que hay muchos colegas que quieren escribir crónicas. Eso tiene su lado estupendo: cuando un río lleva mucha agua, o bien desborda, o bien encuentra su espacio. El lado malo es ese esnobismo de considerar la crónica un género de elite. Ahora dicen: “Estoy cronicando”. ¿Qué es eso, por el amor de Dios? Lo importante es hacer bien tu trabajo, seas periodista de noticias o corresponsal de guerra. Me parece una zoncera esa cosa aspiracional que tiene la crónica. Cristian Alarcón dijo algo verdadero: ahora todo se escribe lento y largo. Pero podés leer una noticia de tres columnas en un diario que te quede resonando en la memoria.”

Una entrevista de Daniel Gigena a la escritora, publicada completa en el suplemento Ideas de La Nación. Se lee por acá.

 

Taller Baigorria

21/08/2017

taller osvaldo baigorria

Yo, yo y yo

05/02/2017

El reality show, las entrevistas a personas y personajes de la cultura, la crónica periodística, el biodrama, el auto documental y otros géneros de circulación frecuente que ponen el foco sobre el individuo revelan que el yo, la primera persona, sea conocida o no, se lleva todas las miradas del presente. “Primacía del yo”, “show del yo”, “giro subjetivo” señalan sociólogos y críticos de arte. Una voz autoral que gana espacio en todas las áreas de expresión y que también tiñe la literatura contemporánea. Leemos entonces relatos personalísimos (cuentos y novelas de autoficción, rotula la crítica) en los que la vida cotidiana del narrador -cuyo nombre propio coincide con el del escritor y además es el personaje principal de cada texto- da lugar a reflexiones de diverso tenor y temática, o simplemente al inventario de acciones cotidianas, aparentemente banales y hasta rutinarias. Que tienen gran aceptación y más demanda en todo el mundo. Entre los que practican este tipo de relatos se pueden nombrar a Emmanuel Carrère, Karl Ove Knausgård y Mario Levrero, como ejemplos notables y traducidos a varios idiomas y con demanda siempre en alza. Pero la lista completa sería extensísima, en realidad, inabarcable. ¿Por qué tienen tanta aceptación y difusión este tipo de literatura? ¿Será por el efecto de identificación mutua -con una fuerte dosis de voyeurismo? ¿O acaso esos textos de la vida cotidiana dicen algo más?

Un artículo firmado por Gabriela Baby en La Nación, se lee completo por acá.

Queremos preguntar

20/01/2017

Los dueños de un diario del Perú les han prohibido a sus periodistas hacer preguntas durante las entrevistas. La historia me la contó un reportero que renunció tras intentar sin éxito acatar la medida. ¿Es posible entrevistar a alguien sin abrir la boca? Los directivos del medio implementaron esta innovación para mantener contentos a los accionistas y a los anunciantes, ese dúo tóxico. En las páginas del diario desfilan ministros, empresarios, banqueros y otros poderosos que a veces son accionistas o quienes compran las páginas de publicidad. La prohibición tiene matices: los reporteros pueden conversar con esos personajes sobre el éxito de sus negocios, sobre las millonarias inversiones que crearán miles de empleos en el país y, acaso, sobre su plato de comida favorito. De ninguna manera sobre las cosas que los lectores merecen saber.

Un artículo de Márcos Avilés, se lee completo por acá.

Un canto de cisne a la heroína

29/05/2016

En la época en la que inyectarse un opiáceo en las venas estaba de moda entre los refractarios al sistema, el escocés Alexander Trocchi (1925-1984) se destacó por escribir un clásico sobre la adicción a la heroína, según lo calificó William Burroughs, que algo sabía del tema. Luego de haber editado la revista literaria Merlin en París en los 50, Trocchi escribió varias novelitas eróticas, algunas por encargo y con seudónimo, como Helen and Desire, School for Wives y Young Adam, esta última llevada al cine. Pero El libro de Caín fue su obra última y fundamental, la más subversiva, prohibida y literalmente incinerada en Gran Bretaña.
El narrador de esta novela autobiográfica de apellido similar al autor, Joe Necchi, está a favor de la legalización de todas las drogas y critica la histeria de masas que permite el alcoholismo pero no tolera el consumo de otras sustancias: “Para los hombres comunes y corrientes, toda forma de trastorno mental, salvo emborracharse, es tabú… El alcohólico se humilla a sí mismo. Pero el hombre que está bajo los efectos de la heroína se encuentra más allá de la humillación… Bajo sus efectos te adaptas con toda naturalidad a un nuevo hábitat. Es posible vivir en el umbral de la puerta, en el sofá de alguien, en su cama, en su piso, siempre cambiando de lugar”. También sabe que es posible tener que mentir, estafar y robar incluso al amigo que lo ayudó a conseguir droga la última vez. “En el mundo del yonqui no tienes más remedio que ser muy tolerante con el otro”.
Publicado por Grove Press en 1960, al principio el libro sólo se conseguía en Nueva York dado que sus ejemplares a la venta en librerías británicas fueron confiscados por “incitar a la depravación” y quemados en 1963. En español recién fue publicado por Anagrama en 1992. Por cierto, el uso del argot ibérico en la traducción puede hacer difícil a un lector hispanoamericano entender que el protagonista, que trabaja y vive en una gabarra (chata o barcaza que transporta materiales), sobre el río Hudson, anda “trapicheando todo el día con la pasma pegada a los talones”, le dice a su novia que “tiene que dar el callo” mientras ella avisa que “se comería un rosco” porque es “como si la llevara pegada al chocho, guaperas, mientras no me metan en chirona”.
Traducciones aparte, los detalles, las etapas del rito, el uso correcto del instrumental, los diálogos lentos, el placer, el éxtasis y el cuelgue en las escenas donde el “líquido pálido veteado de sangre se escurre por la aguja y penetra en la vena” reponen de modo contundente la vida clandestina de esas figuras espectrales que eran los yonquis de Manhattan, “relegados a la pobreza, la suciedad, la miseria, sin siquiera la protección de un gueto legítimo”. Porque el narrador también fuma marihuana pero detesta la intransigencia de los consumidores de cannabis hacia la heroína, tanto como a los policías, jueces, médicos y expertos que condenan a los yonquis cometiendo “verdaderos asesinatos como si se sonaran la nariz”. Sin exagerar: en esos años, suministrar heroína a un menor podía ser castigado con la silla eléctrica.
En cuanto al autor, que compartía la aguja con todo el mundo sin importar la edad, tuvo que dejar Estados Unidos después de un serio traspié. Una vez fue a comprar droga a Harlem y al volver al centro lo detuvo la policía. Lo amenazaron con acusarlo de traficar heroína para que entregara a su dealer. Trocchi se negó a hacer esa delación y terminó preso. Por suerte, algunos buenos amigos lo sacaron de la cárcel bajo fianza. Pero el proceso continuó, agravándose cuando fue invitado a un debate por televisión y mostró en vivo cómo se inyectaba. Al advertir que no tenía ninguna posibilidad de evitar la condena, Norman Mailer, Leonard Cohen y otros lo ayudaron a refugiarse en Canadá.
En 1961 regresó a Gran Bretaña, donde pudo registrarse como adicto y recibir tratamiento y drogas de manera legal. Se dedicó a trabajos menores, entre ellos vender libros en el mercado de Portobello en Londres, y publicó una serie de artículos filosituacionistas sobre el Proyecto Sigma, una propuesta de red de artistas, universidad espontánea y agencia de comunidades no jerárquicas que en Argentina se publicó entre 1965-67 como “La insurrección invisible de un millón de almas”, por traducción de Ektor Nho (Miguel Grinberg) en la revista Eco Contemporáneo. También empezó a escribir otra novela, The Long Book, que nunca pudo terminar.
O sea que El libro de Caín fue la despedida de Trocchi de la literatura, si es que alguna vez estuvo allí. “Supongo que ésta es mi última voluntad y testamento, aunque mientras tenga la posibilidad de elegir tardaré mucho en morirme (sólo puedes cultivarte mientras esperas el desenlace)”, escribió en ese canto del cisne anticipado. Murió quince años más tarde, pero no a causa de la heroína sino probablemente del tabaco, un año después de una operación de cáncer de pulmón que se complicó con neumonía. Irónico: se salvó del “chute”, del “caballo” y de la “pasma” pero igual lo alcanzó la parca, como a todos. Eso se comprende.

 

Una nota de Osvaldo Baigorria en Perfil, se lee por acá.