Sumo: cuestión de peso

06/11/2017

En cuclillas, con los puños apoyados por delante del cuerpo y la mirada penetrante que recuerda a los samuráis de Kurosawa. Así se preparan Agustina Ramos y Maximiliano Guzmán para chocar de frente. El sensei da la señal y la piba de Parque Chacabuco madruga al cordobés con una embestida que da miedo. El ex rugbier de La Carlota no se apichona ante la tracción 4×4 de la estudiante de Comunicación Social y decide jugar su mejor carta. Se prende del mawashi de la dama y luego la zarandea con la potencia de un terremoto. Forcejean unos pocos segundos, pero es la chica superpoderosa la que hace trastabillar al caballero.

Mientras se seca el sudor de su frente, la vencedora asegura que es una de las pocas mujeres –se cuentan con los dedos de una mano– que practican sumo en el país. El tradicionalista espacio profesional en Japón sigue siendo un universo vedado para las gladiadoras. “Siento que el sumo me pone a prueba todo el tiempo –arriesga Agustina–. Me gusta demostrar el poder de las mujeres. Orgullo femenino.”

Guzmán se recupera de la derrota en un abrir y cerrar de ojos. En pocos minutos enfrentará en el improvisado dohyo al hercúleo Sebastián Montes, un electricista matriculado de Retiro. El cordobés, que también es chef, recuerda que en el último Sudamericano tuvo que bailar con la más fulera: enfrentarse a su sensei: “Fue raro, era la última persona con la que querría pelear en el mundo. Le gané usando el utchari: aguanté su empuje y en el final pude sacarlo de combate.”

Montes cuenta que él tiene a Japón en casa. Su esposa es hija de inmigrantes nipones. En las comilonas en la casa de su suegro, se mezclan el chimichurri y el wasabi sin prejuicios. “Ese instante previo a lanzarme contra el rival es el más agradable de la pelea –asegura el yerno del sol naciente-. No hay que tener dudas, ser decidido y esperar la iluminación.” Alcanzar el satori. «

Una crónica de Nicolás G. Recoaro. Se lee completa en Tiempo Argentino, por acá.

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Modelo para armar

31/10/2017

Aquella noche de finales de los ‘80 en que ensambló su primer rompecabezas, Susana Broggi comprendió que la vida se va armando de a pedacitos. Como en un puzzle, los días van encajando con las semanas, los meses y los años, hasta completar el ciclo vital de la fugaz existencia. Su madre, también Susana, fue quien la inició, a los diez años, en el arte de enlazar diminutas figuras de cartón. Luego de la cena, la sobremesa familiar se estiraba con el ritual de reconstruir imágenes cuidadosamente desmembradas. “Es una pasión que siempre compartimos con mamá. De esos años tengo muy presente uno de la pintura La maternidad, de Renoir. Otro muy querido, un clásico de esa época, tenía unos gatitos sonrientes y muchas flores”, recuerda con nostalgia la psicóloga de 39 años. Alimentar el fervor del juego en los abatidos días de la hiperinflación no era sencillo. “Se conseguían muy pocos ‘rompes’ y obviamente no había variedad. Vivíamos en Caballito e íbamos a la juguetería Tom, sobre Gaona. Revolvíamos como locas y algo se pescaba.” En su adolescencia, una rabiosa mononucleosis obligó a Broggi a una larga temporada de reposo hogareño. Trance que aprovechó para encarar su primer desafío en solitario: un ejemplar de 1000 piezas tatuado con el recalcado motivo del gatito peludo y las flores como telón de fondo. Se encerró en su cuarto y al tercer día resucitó de entre las piezas con la postal acabada del felino. Luego llegaron otros retos: batallando contra 2000, 5000 o más piezas, Susana fue ganando en agilidad y destreza. Se transformó en una curtida artista de la reconstrucción. Sus obras completas, las atesoraba en su escritorio.

Una crónica de Nicolás G. Recoaro, se lee completa en Tiempo Argentino, por acá.

Mundial de taxidermistas

24/10/2017

Apenas se inauguró el Campeonato Mundial de Taxidermia 2003, las cabezas rodaron hasta la puerta. Había zorros y alces y pavos salvajes congelados, patos y búfalos y ardillas listadas y lobos, comadrejas y gatos monteses y grajillas, peces grandes y pequeños y jabalíes de lomo pelado. Los ciervos dispuestos en manadas, en carruajes y sobre plataformas: docenas y docenas de colas blancas y corzos. Ciervos por la mitad, ciervos completos y ciervos con deformidades, estornudando, frunciendo el ceño, haciéndose arrumacos y bostezando, masticando manzanas y mordisqueando hojas. Había millones de ojos: cajas y tazones repletos, algunos pequeños como lentejas y otros tan grandes como huevos escalfados. Había maniquíes de animales con la cara pelada, sin ojos ni orejas y completamente calvos: fantasmagóricos duikers grises y espectrales martas de pino y patos de pecho negro que parecían de otro mundo. Todo un salón de exhibiciones fue abarrotado de equipos, el material necesario para hacer que algo muerto vuelva a la vida: narices de repuesto para osos pardos, dientes falsos para castores, crema de aletas de pescado, arcilla para rellenar y agujas para tapicería.

Una crónica de Susan Orlean, se lee completa por acá.

Vamos las bandas

24/10/2017

Joaquín Chibán es un versado violinista que acompaña a la orquesta desde su gestación. Acaba de terminar la primera clase con un grupo de sonrientes pichones de Paganini: “Los chicos escuchan el sonido del violín y flashean. Ese sonido dulce, expresivo, fuerte y suave a la vez, los atrapa. Lo importante es abrir el oído, aprender a escuchar. Es como un encantamiento”. Él mismo quedó prendido desde chiquito y para siempre de las melodías que crea el arco sobre esas cuatro cuerdas. Por un instante cierra los ojos y recuerda cómo se colaba en la pieza de su tío Jorge, un curtido violinista de tango. Lo admiraba en silencio mientras practicaba algún clásico de la guardia vieja. Fue amor a primera vista. Antes de seguir con sus labores pedagógicas, Chibán reflexiona: “Aprender música es un trabajo lento, muy distinto a la realidad que se vive hoy, donde apretás el botón de una máquina y tenés miles de respuestas en forma inmediata. A los chicos trato de transmitirles la paciencia, porque necesariamente para aprender a ejecutar un instrumento hay que dedicarle horas, trabajar mucho y esforzarse. La vida también es así”.

Una crónica de Nicolás G. Recoaro, publicada en Tiempo Argentino, por acá.

Octubre rojo

16/10/2017

A finales de septiembre de 1917, vino a verme a Petrogrado un profesor extranjero de Sociología que se encontraba en Rusia. En los círculos intelectuales y de negocios había oído decir que la Revolución había empezado a ralentizarse. El profesor escribió un artículo sobre este tema y emprendió un viaje por el país, visitó ciudades fabriles y aldeas donde, para su sorpresa, la Revolución estaba claramente en ascenso. Oía hablar continuamente a los obreros y campesinos de lo mismo: “la tierra para los campesinos, las fábricas para los obreros”. Si el profesor hubiera estado en el frente, habría oído a todo el Ejército hablando de la paz.

Un fragmento de Los 10 días que estremecieron al mundo, de John Reed, se lee completo por acá.

Habano Affair

01/10/2017

Roberto es el elegante caballero que da la pitada inicial de la tarde. Todos los jueves a las 13, religiosamente, se apersona en La Casa del Habano para cumplir con la liturgia. Es un empresario ligado al mundo de los seguros, tiene 83 joviales años y más de 20 dedicados al cigarro. “Vengo acá y entro en otro tiempo. Uno se sienta en el sillón, conversamos, pero también se piensa mucho”, dice, al tiempo que disfruta de su vistoso H. Upmann Half Corona. En sus años mozos, fue un moderado fumador de los delgados Particulares 30. “Pero esto es otro mundo. Le doy un ejemplo: fíjese cómo se apaga el cigarrillo. Se lo retuerce, se lo maltrata. Al habano se lo deja morir en el cenicero, con dignidad. Una muerte natural.”

Una crónica de Nicolás G. Recoaro. Se lee completa en Tiempo Argentino, por acá.

Las aguafuertes según Baigorria

26/09/2017

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