Las dos vidas de Maxi Kaplan

11/09/2017

Entre noviembre y diciembre de 2007, grabé quince horas de conversaciones con Maxi Kaplan. Nos juntábamos en un restaurant de la avenida Flushing, en Brooklyn, cerca de su casa, y hablábamos sobre su vida antes y después de los atentados del 11 de septiembre de 2001. De esas conversaciones escribí un texto de veintipocas páginas, que Maxi leyó, corrigió y aprobó, con un entusiasmo menor al que me habría gustado, la última vez que nos vimos. Éste es un párrafo de la primera página. Maxi había bajado a la explanada del World Trade Center, a las ocho y media de la mañana, para fumar su primer cigarrillo en cuatro años.

Una crónica de Hernán Iglesias Illa, publicada en Medium. Se lee completa por acá.

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Surfistas de la tercera ola

11/09/2017

Lo primero que hay que decir sobre las feministas chilenas, es que tienen razón. No faltan en la vida de la mayor parte de las mujeres chilenas los golpes, las muertes, las violaciones, aunque esos extremos no son más que la metáfora sangrante de un perpetuo estado de humillación, una infinita metáfora de esta minoría mayoritaria, tratada al mismo tiempo como diosas de fertilidad y esclavas que deben agradecer el látigo de la diferencia y la indiferencia que se descarga sobre sus espaldas por un sí y, sobre todo, por un no.

Una columna de Rafael Gumucio en The Clinic. Completa por acá.

Apología del chongo

11/09/2017

La noche está en pañales. Brian, en paños menores. Como carta de presentación, el anfitrión del Golden ofrece a las señoritas su sonrisa de marfil y músculos dignos de un semidiós griego. “No tenga dudas, la primera impresión es fundamental. Mi trabajo es como la chispa que enciende el fuego. Así las chicas van quedando en llamas para el show”, alardea el joven pirómano, ataviado con un asfixiante chupín y fogosos tatuajes. Para completar el look, en su robusto cuello brilla un moñito de etiqueta. El auténtico portero de un infierno encantador.

Mientras ubica a las damas en las mesas, Brian confiesa que hace seis años lleva una doble vida. De día se calza el traje para auditar las cuentas de un hotel. De noche, se lo saca para despuntar el digno oficio de stripper. Arrancó de casualidad, cuando un profesor del gimnasio le vio aptitudes para el baile sensual. Con los años, se curtió en la noche y comprendió que más allá de mantener tonificados los bíceps y bronceado el abdomen, el buen desnudista debe tallar sobre todo su carisma. Y tener la cabeza abierta para brindarse a todos los públicos sin prejuicios: desde los ardorosos boliches donde las mujeres celebran su última noche de solteras hasta las tórridas discos sólo para caballeros. “Es divertido ganarse la vida bailando, siempre hay buena vibra. En definitiva, le damos afecto al público, y todo vuelve.” Esta noche lo custodia su novia: “Cero celosa, lo acompaño siempre que puedo.” Acodada en la barra, la rubia sigue atenta el andar de Brian en la pista. Las chicas lo abrazan, le piden poses para una foto y hasta acarician sus pectorales. Ella ni se mosquea: “Es un laburo como cualquier otro. Pueden mirar, tocar, pero el corazón tiene dueña.”

Una crónica de Nicolás G. Recoaro. Se lee completa en Tiempo Argentino por acá.

El poder de los vientos

28/08/2017

Mientras dirige la batuta, Omar Federico sopla una zanka y golpea el bombo con milenario fervor. Al hombre orquesta lo custodian sus compañeros de la agrupación Wayra Q’ Qantathi. Frente a una tórrida fogata, suspiran con sus sikus la postrera kacharpaya, como se llama a la fiesta que despide el carnaval. Pocos pasos más allá, decenas de bailarines giran en ronda, tomados de las manos. La imagen parece sacada de algún festejo en las alturas de la Puna. Pero si uno ajusta la mirada descubre que no hay cerros de siete colores sobre el horizonte, sólo el gris paredón del cementerio de la Chacarita como fondo.

Una crónica de Nicolás G. Recoaro en Tiempo Argentino. Se lee completa por acá.

Taller Baigorria

21/08/2017

taller osvaldo baigorria

Milonga

21/08/2017

José Meno es un auténtico guapo del 900, miembro de honor de la vieja guardia porteña. “Señor, yo siempre participo en tango Pista. Escenario es un curro for export, un cuentito para los europeos”, asegura el varón de Almagro. Entra a la cancha relajado, con el 235 tatuado en la espalda y un prontuario milonguero grande como una casa. Frente al espejo, se retoca el jopo engominado: “Uno no sabe qué va a bailar, pero si pudiera elegir, no lo dudo, que suene ‘Mala suerte’, el himno nuestro. ¿Lo conoce? Es ese que dice: ‘Yo no pude prometerte / cambiar la vida que llevo, / porque nací calavera / y así me habré de morir. / A mí me tira la farra, / el café, la muchachada, / y donde hay una milonga / yo no puedo estar sin ir.'”

Un crónica de Nicolás G. Recoaro, publicada en Tiempo Argentino, se lee completa por acá.

Todo un palo

15/08/2017

Nicolini es un baqueano experto en la geografía de las boleras nacionales. Con 63 años sobre el lomo, lleva más de 40 derribando bolos con la potencia de sus bombazos. Su fervor por la disciplina de palo chico arrancó en los ’70, años tórridos de la primera “fiebre del bowling” en estas tierras. Su bautismo de fuego fue en el club Morón. Con la vuelta del general Perón al país, Nicolini y su barra de amigos resignificaban una de las máximas justicialistas: iban de casa a la bolera y de la bolera a casa. “Estaban los clubes, pero también empezaban a proliferar las confiterías. Era una salida económica, bien popular. Te tomabas una gaseosa, comías un sánguche y jugabas unas líneas por menos de 2000 pesos moneda nacional, dos fragatas”, recuerda, mientras calibra el primer tiro de la noche.

Una crónica de Nicolás G. Recoaro, se lee completa en Tiempo Argentino por acá.